Lecturalia Blog: reseñas, noticias literarias y libro electrónico

113.483 libros, 24.682 autores y 95.057 usuarios registrados

La red también lee

AutorGabriella Campbell el 25 de octubre de 2012 en Noticias

La red también lee

Aunque los medios de difusión principales de su campaña tal vez no sean los más eficientes (yo diría que el público al que necesitan llegar no es, precisamente, el que se mueve en portales y medios online de literatura, lectura, y cultura en general), estoy bastante de acuerdo con muchos de los aspectos que exponen los promotores de La red también lee. Si bien ahora mismo están predicando en terreno ganado, esperemos que sus ideas lleguen también a otros medios, más tradicionales, para que su voz se escuche más allá de la aglomeración en línea.

¿Y qué es lo que reivindican, exactamente? En su manifiesto o carta abierta, concluyen exponiendo: Los firmantes de esta carta pedimos que, a la hora de reconocer labores relacionadas con la promoción cultural, Internet sea considerado un medio como los otros, ni mejor ni peor, simplemente más interactivo/participativo. Y que el valor de los contenidos que aquí vertimos sea evaluado con el mismo interés y el mismo rigor que los de cualquier otro medio. En definitiva, que los organismos e instituciones del mundo de la lectura y la edición nos juzguen por lo que hacemos, no por dónde lo hacemos.

Perdidos como estamos en estos mundos virtuales de foros, webs, blogs, redes y libro digital, se nos olvida a veces que ahí fuera hay un mundo que puede ser muy diferente: organismos que se agarran a modelos conservadores de fomento cultural; editoriales que se olvidan de que el servicio de prensa va más allá de un par de revistas especializadas en papel; profesores y padres que ignoran la inmensa oferta literaria que espera a sus alumnos e hijos más allá de los libros de texto… Y esto es lo que pretenden recordarnos los creadores de la propuesta, Eva Orúe, Carmen Fernández Etreros (Pizca de papel) y Emilio Ruiz Mateo (Estandarte), que insisten en que la literatura también se vive en Internet. Para la difusión de su carta abierta ofrecen algunas ideas: proponen enviarla por email a todos los que podrían estar implicados (amigos, webs y blogs de literatura, medios de comunicación y, por supuesto, la Federación de Gremios de Editores de España en prensa@fge.es); ponerla en nuestro muro de Facebook; enviarla por Twitter con el hashtag #laredtambienlee; y colocarla en nuestras webs o blogs. Consideran que la Federación de Gremios de Editores en particular necesita de un buen recordatorio de la relevancia de internet en el mundo de lo literario.

Una de las recriminaciones más frecuentes que se lanza al mundo editorial español es la lentitud de su adaptación al nuevo mercado electrónico y a las nuevas tecnologías en general, por lo que lectores y entusiastas de la literatura tienen ahora una oportunidad más para reivindicar el importantísimo papel de la world wide web en el mundo de la crítica, la opinión, el intercambio de ideas, la promoción y todas las demás esferas del mundo editorial, incluyendo, cómo no, la mismísima lectura.

La caída de Arturo y El Hobbit, Tolkien vuelve a estar de moda

AutorGabriella Campbell el 24 de octubre de 2012 en Divulgación

La caída de Arturo - Tolkien

Cuesta pensar que, hasta que se estrenaron las películas de Peter Jackson basadas en El Señor de los Anillos, había un buen puñado de personas que nunca habían oído hablar de John Reginald Reuel Tolkien. Ahora, todos estamos a la espera de la aparición de El Hobbit, El Silmarillion, y todo lo que Hollywood quiera y pueda echarnos. Y claro, no es mal momento tampoco para las editoriales relacionadas con el mundo Tolkien.

No es que lo haya sido nunca: antes de las películas la marca Minotauro ya se desenvolvía bastante bien a lomos de su producto estrella (hasta le quedaban ingresos para deleitarnos con ediciones de papel grueso y lujosa tapa dura de clásicos de la ciencia ficción e incluso algún que otro autor español). Pero el cine ha abierto caminos que los lectores de fantasía no pudieron, y permitió, entre paisajes de infarto, escenas de acción trepidante, un casting excelente y una historia bien contada, que se aficionaran a Tolkien las mismas personas que, inspiradas por la plasmación en pantalla grande, acudieron a la fuente original (y tal vez a otras muchas obras de fantasía: Memorias de Idhún, por ejemplo, fue una de las grandes beneficiarias de este fenómeno fan masivo).

Pero los ingresos y la comercialización no son la única razón para seguir aprovechando esta mina de oro que es el legado de un profesor universitario nacido en Sudáfrica, al que le gustaba tejer historias con tintes mitológicos e irse de tertulias con grandes de la fantasía como C. S. Lewis, mientras inspiraba a alumnos suyos que a su vez se convertirían en gigantes del género, como Diana Wynne Jones. Minotauro ofrece, 75 años después de la primera publicación de El hobbit de manos de Allen & Unwin, una edición de lujo de las mejores ilustraciones del mundo de Bilbo Bolsón. El libro fue creado por Wayne G. Hammond y Christina Scull, dos especialistas de la obra de Tolkien que han recopilado todo el material pictórico relacionado con la historia: más de cien dibujos, mapas, bocetos, etc., incluyendo imágenes nunca publicadas.

Ah, y también anticipamos la publicación de un poema de Tolkien, unas 200 páginas de versos que se han encajado en un libro rellenado con ensayo y anotaciones de su hijo, Christopher Tolkien. Aparecerá editado por HarperCollins (desconozco si acabará por estar disponible en español; traducir al Tolkien poeta debe de ser una tarea de gigantes). Se trata de una poesía no terminada e inspirada por los mitos artúricos (se titula The Fall of Arthur, La caída de Arturo), en la que el gran escritor trabajó poco antes de comenzar con El hobbit. Es una pieza que podríamos considerar estrictamente para aficionados a la poesía especializada (la obra está escrita en verso aliterativo, una forma germánica en la que se crearon, ya hace mucho, grandes obras como Beowulf), o para fans completistas del universo Tolkien; probablemente estemos ante una publicación de escaso interés para el público general. Sea como sea, las editoriales siguen ofreciendo material, el cine sigue ofreciendo películas, los escritores siguen inspirándose en su mundo… Tolkien es, ante todo, un producto de lo más rentable.

Autores relacionados Autores relacionados:
Christopher Tolkien
Clive Staples Lewis
Diana Wynne Jones
J. R. R. Tolkien
Libros relacionados Libros relacionados:
El arte de El Hobbit
El hobbit

Lejos de África (II)

AutorJuan Manuel Santiago el 23 de octubre de 2012 en Divulgación

Literatura colonial

En la entrega anterior veíamos algunos de los escasos ejemplos de obras interesantes que se han escrito en España con temática colonial africana; en concreto, la relacionada con el Protectorado de Marruecos. Quienes se bajan al Moro en busca de material de primera no son conscientes de que están transitando por territorios que, no hace tanto tiempo (ochenta o cien años) vieron auténticas atrocidades como la utilización de armas químicas, o pifias estratégicas dignas de aparecer en la zona de podio de ensayos históricos del tipo Historia de la incompetencia militar, de Geoffrey Regan (de hecho, Annual aparece como una inestimable contribución española a la historia negra de las batallas más chungas de todos los tiempos).

Pero el Protectorado de Marruecos es, con diferencia, la fuente de novelas coloniales más abundante. Tendrían que ver el páramo (o desierto, por hacer el juego de palabras fácil) que es la narrativa de ficción relacionada con el Sahara Occidental, aunque las novelas coloniales ambientadas en la actual Guinea Ecuatorial tuvieron su público hace medio siglo.

Distingamos: no voy a hablar de novelas escritas por autores españoles en las que sale el Sahara, así que lo siento por Alberto Vázquez Figueroa y Sahara, o el ilustre precedente de Circe, de César González Ruano (novela de 1935), que hoy no toca. Esta entrada va, más bien, de títulos como El último rey del Sahara, de Genis Carrasco, que cuenta las vicisitudes de la colonización española en la que fuera provincia española, allá por los años treinta. El tono a lo Lawrence de Arabia queda un tanto ensombrecido cuando saltamos a los estertores de la dominación española, a esa guerra de Ifni cuyo hecho más heroico fue la actuación de Carmen Sevilla arengando a las tropas en plan Marilyn Monroe. No obstante, de aquel conflicto han salido novelas estimables como El médico de Ifni, de Javier Reverte. Sin embargo, la novela más satisfactoria con temática saharaui es El imperio desierto, de Ramón Mayrata, que cuenta cuatro verdades sobre la precipitada descolonización española provocada por la Marcha Verde, el Frente Polisario y la descomposición del régimen franquista.

Si saltamos a la más meridional de nuestras posesiones, la actual Guinea Ecuatorial, nos encontraremos con que se escribieron bastantes obras de temática colonial en la primera mitad del siglo xx, sin duda por el valor exótico de aquellos parajes, y porque a falta de una Isak Dinesen que escribiera los detallitos de su granja en África, buenos eran los autores de folletines, como Buenaventura Vidal, que escribió La danza de los puñales en 1925, o novelas como Fang Eyeyá, de Germán Bautista Valverde, de 1950. Después de la independencia se desvanecen las novelas guineanas, hasta que Josefina Aldecoa retoma la temática en 1990, con Historia de una maestra. En el año 2000, Armando Boix se atreve a jugar con los géneros histórico y juvenil, y nos regala la estimable Aprendiz de marinero. Sin embargo, hay que esperar hasta 2012 para que Luz Gabás convierta en un best-seller una novela ambientada (parcialmente) en Fernando Poo: Palmeras en la nieve.

Vuelvo al leitmotiv con el que comenzó la entrada anterior: parece que el pasado colonial es motivo de vergüenza, y su verdadero potencial como filón narrativo está muy desaprovechado. Tal vez se deba a las nefastas condiciones en que se produjo esa descolonización. En todo caso, se nos oculta que en los años veinte hubo un boom de la narrativa africana, en particular la ambientada en la guerra de Marruecos, y veinte años después proliferaron las de temática guineana. El tiempo ha convertido en ilegibles a la mayor parte de estas obras, que oscilaban entre el panfleto belicista, el panfleto antibelicista y el folletín aventurero y romántico, pero nos ha dejado algunos títulos brillantes (en particular las novelas de Sender y Barea) y, de tres años para acá, algunos best-sellers como El tiempo entre costuras, El médico de Ifni o Palmeras en la nieve. No sé si esta temática es manía personal, o influyen los hechos de que mi padre se criara en Ceuta y viajara por el Protectorado durante su juventud, y su primer destino después de graduarse en la Academia General Militar de Zaragoza fuera una plaza en El Aaiún, pero creo que merece la pena difundir algunas de estas obras.

Autores relacionados Autores relacionados:
Javier Reverte
Josefina Aldecoa
Luz Gabás
Ramón Mayrata
Libros relacionados Libros relacionados:
El imperio desierto
El médico de Ifni
Historia de una maestra
Palmeras en la nieve

Alternativas a 50 sombras de Grey

AutorAlfredo Álamo el 22 de octubre de 2012 en Divulgación

Alternativas a 50 sombras de Grey

¡Que me suben los calores! Digooo, vamos a ofreceros una selección de novelas que deberían gustar a todos esos lectores y lectoras que han disfrutado con el mega-best-seller 50 sombras de Grey y, de paso, atraer a otros que sienten el gusanillo de la literatura erótica y las historias rocambolescas, pero que todavía no se atreven a dar el paso.

A la hora de seleccionar estos títulos me ha parecido conveniente seguir unas reglas básicas: he buscado títulos escritos por mujeres, con cierto contenido erótico -unos más que otras- y que tuvieran un cierto nivel literario o bien un gran éxito de ventas en su día. Al fin y al cabo son alternativas a 50 sombras de Grey, no libros diametralmente opuestos.

Empezamos con un clásico de lo más enrevesado, con una de las historias que más miedo y fascinación han ejercido en los últimos años. Hablamos de Flores en el ático, de V. C. Andrews, que ha vendido más de 40 millones de ejemplares desde su publicación en 1979. Desde luego, la adaptación al cine de 1987 tuvo mucho que ver en este éxito que mezcla horror, intriga, sexo, incesto, maltrato y mucho más.

Si tenéis bastante tiempo libre, no puedo dejar de recomendaros la versión más caliente de Anne Rice -sí, la de los vampiros pálidos y algo afectados, antes de la moda de los vampiros afectados y brillantes- bajo los seudónimos de Anne Rampling y A.N. Roquelaure. No os preocupéis por los nombres, ya que en la actualidad se venden, creo, bajo el nombre de Rice. Pues bien, allá por los primeros años 80, Rice publicó varias novelas, la serie de la Bella Durmiente y los libros Belinda y Hacia el Edén, con un fuerte componente BDSM y que se consideraron bastante fuertes para la época. No es que sea una maravilla literaria… pero sin duda mejora bastante otras series actuales.

Pero si os va la marcha de verdad no podéis dejar de leer Historia de O, la novela que Pauline Réage (seudónimo de Anne Desclos) publicó en 1954 y que supuso una de las primeras novelas sobre la sumisión y el BDSM con un buen nivel literario y desde una perspectiva femenina. Si habéis leído 50 sombras de Grey, Historia de O es una novela que no podéis perderos de ninguna de las maneras. Eso sí, no esperéis una historia complaciente.

Por último, y aguantando el listón literario, no puedo dejar de recomendar Delta de Venus, de Anaïs Nin, una colección de relatos eróticos que rozan la pura pornografía desde el punto de vista de una de las autoras más interesantes de principios del siglo XX. Polémico en su creación, publicación, difusión y lectura, si os quedáis con ganas de más, tened a mano sus diarios. Espectaculares.

¿Y bien? ¿Qué os parece esta pequeña selección? Sin duda faltarán muchos libros, pero para eso os tenemos a vosotros, lectores, y nuestra sección de comentarios. ¿Cuál es tu alternativa a 50 sombras de Grey? Os estamos esperando.

Autores relacionados Autores relacionados:
Anaïs Nin
Anne Rice
Pauline Réage
V.C. Andrews
Libros relacionados Libros relacionados:
Belinda
Delta de Venus
El rapto de la bella durmiente
Flores en el ático
Hacia el Edén

Las reglas de la lectura (en 1937)

AutorGabriella Campbell el 20 de octubre de 2012 en Divulgación

1937

Una vez más, volvemos la vista atrás para comparar lo que se decía antaño de los libros, de la lectura, con los valores y opiniones que solemos compartir en nuestros días. En este caso lo hacemos gracias a Christian Sheehy, que encontró una lista de reglas para la lectura que pertenecían a la biblioteca donde trabaja, y que están fechadas en 1937. Aquí las tenéis: las indicaciones que sigue el lector ideal, según la dirección de esta biblioteca hace más de setenta años (podéis ver la imagen de la que hemos extraído el texto aquí):

  • -Read with a definite purpose, a problem, in mind: Lee con un propósito concreto, un problema, en mente.
  • -Grasps the author’s point of view and central theme: Identifica el punto de vista del autor y el tema central.
  • -Lays hold of the order and arrangement of the author’: Aquí parece que falta alguna palabra al final, pero tal y como está podría entenderse como: Aprehende el orden y la disposición del texto.
  • -Pauses occasionally for summarizing and repeating: Se para de vez en cuando a resumir y repetirse lo leído.
  • -Constantly asks questions of his reading: Se hace preguntas sobre lo que ha leído, de manera constante.
  • -Evaluates the worth of what he reads: Realiza una valoración de lo que lee.
  • -Varies the rate of his progress through the reading: Varía el ritmo de su lectura.
  • -Ties up what he reads with problems of his own: Asocia lo que lee con sus propios problemas.

Algunos de estos consejos se nos quedan, tal vez, obsoletos. La primera indicación es algo equívoca, y parecería contraria a la recomendación más actual de intentar comenzar a leer un libro sin prejuicios ni ideas preconcebidas. Tampoco queda muy claro a qué se refieren con variar el ritmo de la lectura, ya que aunque es cierto que muchos lectores modificarán su ritmo de lectura debido a factores externos (tiempo, entorno, etc.), no tiene por qué ser algo obligatorio ni recomendable. El último consejo va mucho más allá de lo que podría parecer: habla de empatía, esa cualidad fundamental en cualquier lector; la capacidad para sentir lo que sienten los personajes, de experimentar todo tipo de emociones gracias al texto. Por otro lado, los demás puntos insisten en fundamentos de análisis que hoy en día permanecen vigentes incluso en el análisis literario más básico: entender la intencionalidad del autor y comprender la estructura utilizada, es decir, obtener una visión técnica básica del libro (en el sentido tradicional, sin tener en cuenta aspectos externos como el contexto histórico-sociológico). Queda también patente la necesidad de una involucración activa con el texto: el lector debe trabajar sobre el libro, debe preguntarse sobre lo que ha leído para dejar constancia de que lo ha aprovechado, y debe emitir juicios de valor que ayuden a formar su capacidad crítica y que le proporcionarán nuevas herramientas a la hora de escoger una nueva lectura, de enfrentarse a un nuevo texto.

Mantel triunfa en el Man Booker… otra vez

AutorGabriella Campbell el 19 de octubre de 2012 en Noticias

Bring up the bodies - Hilary Mantel

Hilary Mantel no es una escritora cualquiera. Es la primera británica que ha ganado el Premio Booker dos veces, y la primera mujer en hacer este codiciado doblete.

En una época de seres sobrenaturales resplandecientes y conservadores; de erótica mal escrita; de reediciones ad infinitum de autores consagrados cuyas novelas nuevas apenas muestran un mínimo de esfuerzo, de consideración por el lector ni por la prosa; en una época así, donde el Pulitzer de ficción ni siquiera parece merecer un ganador, llega el Man Booker y demuestra que a veces sí se puede premiar a una obra de calidad, que a veces se premia a un escritor que se dedica precisamente a lo que debe dedicarse: a escribir. A un autor que, lejos de las luces del estrellato, compagina trabajo, documentación, esfuerzo y pasión para crear obras que puedan perdurar. Obras que puedan entrar en el colectivo literario, en el entramado cultural (usando cultural en el sentido más elevado de la palabra), en la textualidad (nunca mejor dicho) de hoy y de mañana. Y tengo la firme convicción de que Hilary Mantel es un ejemplo perfecto de este tipo de autor.

Lejos de la novela histórica a la que estamos acostumbrados en el circuito comercial, donde hay mucho más de novela (y no necesariamente buena) que de base histórica, la trilogía de esta británica gira alrededor de la figura de Thomas Cromwell, uno de los personajes más vilipendiados por la tradición británica, al que Mantel resucita como uno de los pocos actantes de su obra (si es que uno puede hablar de acción en sus novelas, donde el tiempo y los personajes fluyen, se entrecruzan y mueren) al que no apetece encerrar para siempre en la Torre de Londres. Su texto goza de una atención al detalle asombrosa, de un fondo contextual que responde a cientos de horas invertidas en la investigación sobre la vida de este curioso consejero de Enrique VIII, de la recopilación de documento tras documento que pudiera arrojar luz sobre la personalidad de este ser misterioso. El coro de personajes de Mantel parece ser un homenaje a todo lo que es complejo y malévolo en el ser humano, apoyado por el desastre del fanatismo religioso y político. Del mismo modo que ocurre en el Yo, Claudio de Graves, la autora juega con una corte fervorosa, compuesta de maniobras y juegos de poder que harían palidecer a la propia Livia, donde un hombre noble (o tal vez simplemente humano) intenta mantenerse a flote y proteger a los que quiere, por cualquier medio, ético o no. Pero lo ético tiene poco peso en las historias de Mantel, donde los lazos familiares, el deseo y la ambición son los verdaderos protagonistas.

La obra ganadora en concreto ha sido Bring Up the Bodies, la secuela de Wolf Hall, que ya ganó el Man Booker en el 2009 (en España se tradujo como En la corte del lobo). Mantel ya está trabajando en la tercera y última entrega, que tiene el título provisional de The Mirror and the Light. Se desconoce cuándo saldrá publicada esta última parte, y a Mantel le gusta tomarse el tiempo necesario para escribir sus obras. La escritora ha declarado que no se esperaba en absoluto ganar de nuevo el Booker. Tiene ya sesenta años, y toda una vida de escritura a sus espaldas, con obras que recibieron críticas muy positivas pero que nunca despegaron a nivel comercial. El éxito de su trilogía sobre Cromwell, compuesta de obras elaboradas y densas, con una prosa algo extraña y trabajada hasta la obsesión, es totalmente inesperado. En cuanto al premio, en la ceremonia de entrega se mostró eufórica, aturdida. No sé, dijo la Mantel, esperas veinte años a que te den un Booker y de repente llegan dos de golpe.

Autores relacionados Autores relacionados:
Hilary Mantel
Libros relacionados Libros relacionados:
En la corte del lobo

Lejos de África (I)

AutorJuan Manuel Santiago el 18 de octubre de 2012 en Divulgación

Literatura colonial

Puede que a nadie le extrañe el hecho de que dos de los best-sellers españoles de las últimas temporadas sean El tiempo entre costuras, de María Dueñas (amor y espionaje en el Marruecos colonial), y Palmeras en la nieve, de Luz Gabás (amor y plantaciones de cacao en la isla de Fernando Poo): al fin y al cabo, tratan acerca de nuestro no tan glorioso pasado colonial, y ya se sabe, al lector le molan las tramas amorosas ambientadas en escenarios lo suficientemente exóticos como para dar la rienda suelta a la imaginación y el espíritu aventurero, pero lo suficientemente cercanos como para jugar la carta sentimental, el pues yo tenía un abuelo que también estuvo allí. Tampoco le extrañará a nadie saber que ambas van a ser adaptadas al formato audiovisual por Antena 3, la primera en forma de serie, y la segunda en forma de película. A fin de cuentas, el revival histórico que nos invade las convierte en productos idóneos para ser disfrutados por el gran público desde las butacas de sus casas o de su sala de cine.

Bueno, pues si a nadie le extraña que dos novelas con temática colonial triunfen de tres años para acá, ¿nos pueden decir por qué se escriben tan pocas? No es infrecuente leer novelas españolas ambientadas durante la colonización española en América, pero ¿qué pasa con África? Aaamigos, ahí la cosa cambia, y cierto es que estudiosos como Antonio Carrasco González han conseguido elaborar un censo impresionante de obras con esta temática (Historia de la novela colonial hispano-africana), pero no hace falta ser un lince para entender qué es lo que pasa: las novelas coloniales dejaron de interesarnos hará unos cuarenta años. En 1975, para ser exactos. ¿Complejo de culpa? ¿Vergüenza histórica por una pérdida de imperio colonial tan falta de épica como de escrúpulos morales? ¿Mero desconocimiento? De todo un poco.

El caso es que no siempre fue así. Desde que Pedro Antonio de Alarcón cubriera la guerra de 1859 (sí, la de las batallas de Wad-Ras, Tetuán y los leones del Congreso) y vertiera la experiencia bajo el título de Diario de un testigo de la guerra de África, la aventura colonial española en Marruecos ha sido objeto de numerosas y muy buenas obras, tanto literarias como ensayísticas. Ya en el siglo XX, con África convertida en nuestro único continente con colonias tras la pérdida de Cuba y las Filipinas en las guerras de 1898, las sucesivas guerras libradas en el protectorado de Marruecos nos costaron, de manera sucesiva, una revuelta de reservistas que desembocó en la Semana Trágica de 1909, un desastre como el de Annual que desembocó en la dictadura de Primo de Rivera en 1923, y una cúpula militar que había recibido ascensos por encima de sus posibilidades y nos condujo a una guerra civil en 1936. Y muchos franquistas de viejo cuño deben de estar dando gracias, casi cuarenta años después, por el hecho de que la Marcha Verde y el sálvese quien pueda en que se convirtió la descolonización del Sahara en 1975 no desembocaran en una Revolución de los Claveles, similar a la que había dignificado la historia de Portugal un año antes. Como para no querer correr un tupido velo, ¿eh? Por cada libro autocomplaciente del tipo Raza, de Jaime de Andrade (o Francisco Franco, como prefieran ustedes), que nos ofrecía una visión épica y edulcorada del conflicto, tenemos tres novelas descarnadas que nos lo presentan como la carnicería que fue: El blocao, de Guillermo de Torre (1928), Imán, de Ramón J. Sender (1930) o La ruta, el segundo volumen de la trilogía La forja de un rebelde, de Arturo Barea (1941-1944). Mientras Rick Blaine (veterano de las Brigadas Internacionales) suspiraba por Ilsa en Casablanca, Paul Bowles fijaba su residencia en Tánger y escribía El cielo protector, y William Burroughs se inspiraba en esa misma ciudad para componer los pasajes más incomprensibles de El almuerzo desnudo, nosotros pasábamos ampliamente de un territorio, el Protectorado de Marruecos, que, no lo olvidemos, fue español hasta 1956. Solo en fechas recientes, gracias a la ya citada El tiempo entre costuras, de María Dueñas, o Cuando leas esta carta, de Vicente Gramaje (o novelas juveniles como Raisuni, de David López, o Morirás en Chafarinas, de Fernando Lalana) se ha recuperado la memoria de una época y un escenario que, insisto, parece que están proscritos, o nos causan una profunda vergüenza. Eso sí, todos sabemos dónde está el islote de Perejil.

Autores relacionados Autores relacionados:
Arturo Barea
Fernando Lalana
Luz Gabás
María Dueñas
Paul Bowles
Libros relacionados Libros relacionados:
Cuando leas esta carta
Diario de un testigo de la guerra de África
El almuerzo desnudo
El cielo protector
El tiempo entre costuras

Tócala otra vez, Ozzy (II)

AutorJuan Manuel Santiago el 17 de octubre de 2012 en Divulgación

Sergio Algora - no tengo el placer

En la entrega anterior veíamos algunos ejemplos de buenas obras narrativas urdidas por estrellas del rock, en lo que viene a ser una refutación del principio que los reduce a escritores de segunda. ¿Acaso El desertor, de Boris Vian, pertenece a una categoría inferior a La espuma de los días por el mero hecho de que no haber sido concebida como una novela sino como una canción? Mientras intentan responder esta pregunta en absoluto retórica, vayan leyendo los poemas que recopiló Jean Clouzet en El inencontrable Boris Vian.

Por hacer el chiste fácil, el subtítulo de Corre, rocker, de Sabino Méndez (la mitad creativa de Loquillo en los tiempos de Intocables y Trogloditas), debería haber sido Confieso que me he chutado, aunque, como comprobarán si tienen la ocasión de leerla, es eso y mucho más. El autor de las letras de La mataré, Cadillac solitario o los himnos de Ciutadans de Catalunya y UPyD (sic) despacha con elegancia cuestiones controvertidas como su expulsión de la banda, o cuál de ellos era adicto a qué droga, a la par que efectúa un retrato muy duro del Madrid y la Barcelona de la Movida (los episodios que transcurren en el piso que tenía enfrente de la Modelo parecen sacados de Una mirada a la oscuridad, de Philip K. Dick) y se permite alguna que otra fantasmada (¿quién iba a decir que esa cantante de grupo madrileño emblemático de la época perdió el virgo con él?).

Pese a ser un buen libro, Corre, rocker no deja de ser más de lo mismo, una historia similar a Éramos unos niños o I am Ozzy: las memorias de un músico, los recuerdos de una época en la que era el rey del mundo, una excusa para hablar de sus influencias, sus amigos y sus no tan amigos. ¿Convierte esto a Sabino Méndez, Patti Smith y Ozzy Osbourne en personas ególatras, seres incapaces de hablar de otra cosa que no sea su vida y milagros? En absoluto: las estrellas del rock también pueden escribir buenas obras de ficción, cuando se ponen. Basten tres ejemplos: No tengo el placer, de Sergio Algora (cuentos en la onda surrealista de las letras de El Niño Gusano, que piden a gritos una adaptación al cine por… ¿Pablo Berger?, ¿David Lynch?), Política de hechos consumados, de Nacho Vegas (que, entre otros contenidos, incluye una reescritura en prosa de una de sus canciones emblemáticas, El ángel Simón) y El viaje íntimo de la locura, de Robe Iniesta (o El Código Da Vinci con banda sonora de Extremoduro).

La muerte se ha llevado por delante a algunos músicos, compositores e intérpretes españoles que podrían haber escrito grandes obras literarias de ficción (Carlos Berlanga, Bernardo Bonezzi, Pepe Risi, Enrique Urquijo o Antonio Vega), pero no pierdo la esperanza de que, algún día no muy lejano, Fernando Alfaro, Christina Rosenvinge o Josele Santiago nos den alguna sorpresa, previsiblemente en clave de realismo sucio. Raro sería que el resultado defraudase.

Autores relacionados Autores relacionados:
Loquillo
Boris Vian
Nacho Vegas
Ozzy Osbourne
Patti Smith
Libros relacionados Libros relacionados:
Corre, rocker
El viaje íntimo de la locura
Politica de hechos consumados

El final de Poirot

AutorGabriella Campbell el 16 de octubre de 2012 en Divulgación

Hércules Poirot

Empecemos por lo más importante: Si eres aficionado a las historias de detectives de Agatha Christie protagonizadas por su peculiar sabueso gourmet Hércules Poirot, es posible que este artículo revele más de lo que te gustaría saber. Si has leído su novela Telón, seguramente no haya peligro ya de spoilers, esa palabra que puede referirse bien a un tipo de alerón que se añade a los coches o a desvelar al incauto lector información acerca del final o de algún aspecto importante (y hasta ahora desconocido) de la trama de una obra.

Christie supo desde el principio cómo iba a terminar su popular detective. Cuatro décadas antes de su publicación, ya lo tenía escrito. Mantuvo el texto a buen recaudo, mientras escribía y publicaba libro tras libro de misterios, asesinatos y asombrosas revelaciones finales. Pero con el tiempo hemos descubierto aspectos aún más esclarecedores de la relación de la escritora anglosajona con su personaje más emblemático. Hace poco ha salido a la luz un ensayo de la escritora que fue encargado en 1945 por el Ministerio de Información británico, acerca del estado del género policiaco en su país. Suponemos que la idea original era presentar un estudio que alabase el talento literario nacional ante la mirada atenta de otros países, pero Christie fue más allá, presentando un cuadro de lo más completo de grandes autores y obras contemporáneas, sin olvidarse de grandes clásicos y favoritos como Conan Doyle, y sin dejar de criticar a aquellos que le parecían menos que perfectos, eso sí, siempre con elegancia y de manera constructiva. Termina, de hecho, atacándose a sí misma, y pone al gran Poirot como ejemplo de lo que puede fallar al crear un personaje sin tener en cuenta su posible largo recorrido. Exclama en su ensayo Be very careful what central character you create -you may have him with you for a very long time! (Ten mucho cuidado con qué personaje central creas, ¡podrías tener que tratar con él durante mucho tiempo!).

Teniendo en cuenta el carácter revelador de este ensayo, y todo lo que nos dice del trabajo de una de las mujeres que más libros ha vendido en la historia de la literatura, sorprende que el texto, creado en 1945, haya tardado tanto en compartirse con el público lector. David Brawn, editor de Harper Collins, descubrió el escrito en 1997, pero no tuvo ocasión de publicarlo hasta ahora, como prefacio a una obra detectivesca reeditada, originalmente de 1933, que salió de las plumas de los mejores escritores de la época. Si bien el texto apareció en una revista rusa allá por el año 47, fue más o menos ignorado hasta su distribución actual, donde sirve como accesorio ideal para un conjunto de textos de autores coetáneos de Christie, que se unieron en su momento en lo que definían como The Detection Club (El Club de la Detección) para escribir una novela común llamada Ask a Policeman (Pregúntale a un policía). La obra será así, en conjunto, una representación coherente de la intriga y el suspense en la narrativa inglesa de su tiempo. Y en cuanto al final del policía particular, del investigador más conocido de Christie, ese término a una vida de lucha contra el crimen más enrevesado y extraño, esa anticipación de cuarenta años que supo guardarse su creadora, ese adiós que llegó a materializarse incluso en un obituario en el New York Times, mejor será que leáis Telón y no os estropeemos del todo el gusto por la sorpresa.

Autores relacionados Autores relacionados:
Agatha Christie
Arthur Conan Doyle
Libros relacionados Libros relacionados:
Telón
Personajes relacionados Personajes relacionados:
Hércules Poirot

Tócala otra vez, Ozzy (I)

AutorJuan Manuel Santiago el 15 de octubre de 2012 en Divulgación

Patti Smith - Éramos unos niños

Uno de los grandes clásicos del mes de octubre es el Premio Nobel de Literatura. Como todos los años, se desatan las cábalas, se elaboran las quinielas, suenan los nombres de rigor y se llega a la conclusión de que Bob Dylan está entre los favoritos. Entonces, como todos los años, vuelan los argumentos a favor y en contra, unos opinan que es el poeta más influyente del siglo XX (hecho relativamente fácil de demostrar) y otros lo tildan de simple músico y otras lindezas por el estilo.

Pues no sé qué decirles. Crecí en un piso cuyas estanterías albergaban los dos volúmenes de canciones y poemas de Bob Dylan, editados por Visor allá por 1971 y compartiendo espacio y colección con Blas de Otero, Arthur Rimbaud o Paul Eluard. Es decir, tuve acceso al Dylan de papel antes que al de vinilo: mis hermanos mayores eran más de los Stones, los Doors y, por supuesto, Patti Smith. Por algún motivo, siempre lo consideré literato a la par que músico e intérprete. No creo que la Academia Sueca se equivocase si le concediera el Nobel de Literatura, del mismo modo que me pareció un tremendo acierto el Premio Príncipe de Asturias de las Letras a Leonard Cohen.

Pero bueno, yo es que soy friki y rarito, y mi concepto de literatura engloba a Bob Dylan, Alan Moore o Rafael Azcona. No entiendo la polémica acerca de la conveniencia o no de darle un premio literario a un señor que ha escrito tantas o más páginas de buena poesía que otros galardonados con el Nobel.

Tampoco entiendo que alguien pusiera el grito en el cielo cuando le concedieron el National Book Award a Patti Smith por Éramos unos niños, la fascinante historia de su relación con Robert Mapplethorpe. La autora de la mejor primera estrofa de primera canción de disco de debut de toda la historia del rock (Jesús murió por los pecados de alguien / pero no por los míos) retrata con pasión al artista postadolescente y todo el ambiente neoyorquino de los años setenta. Es, al mismo tiempo, una biografía (la de Mapplethorpe), una autobiografía (la de Patti Smith) y un libro de historia de la cultura popular.

Menos lograda desde el punto de vista literario, pero no por ello menos disfrutable, es I am Ozzy, el libro de memorias de Ozzy Osbourne, que básicamente escribió Chris Ayres a partir de las transcripciones de las conversaciones que mantuvieron en la fase de preparación del libro. Muy metido en su personaje, Ozzy da muestras de ser un auténtico cachondo mental, y no puedes dejar de reírte a mandíbula mientras relata su paso por la escuela, siempre a un tris de caer en la delincuencia juvenil (puro Richard Lester, créanme), las alucinantes sinergias creadas con la hija del dueño de su discográfica (y futura segunda esposa) o el famoso episodio de la cabeza del murciélago arrancada de cuajo durante un concierto. Pero también nos arranca las lágrimas cuando refiere el accidente que le costó la vida a su guitarrista, o nos hace reflexionar sobre el precio de la fama cuando detalla los pormenores de Los Osbourne, el reality show de la MTV al que debemos engendros como Jersey Shore, Embarazada a los dieciséis o Mario y Alaska. El subtítulo Confieso que he bebido es, más que una licencia poética del (impecable) traductor Pablo Álvarez, una auténtica declaración de intenciones.

Pero claro, pensarán ustedes que las estrellas del rock son incapaces de escribir sin contar batallitas de sus años dorados. En absoluto: cuando se ponen, pueden escribir novelas más que estimables, como Y el asno vio al ángel, de Nick Cave, es un american gothic a lo Las colinas tienen ojos que no tiene desperdicio.

Autores relacionados Autores relacionados:
Alan Moore
Arthur Rimbaud
Blas de Otero
Bob Dylan
Leonard Cohen
Libros relacionados Libros relacionados:
Confieso que he bebido
Éramos unos niños