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Recomendaciones para el Día del Libro 2013

AutorAlfredo Álamo el 16 de abril de 2013 en Noticias

El soviet de los vagos

Si quieres leer o regalar libros este 23 de abril, desde Lecturalia vamos a recomendar una serie de novedades que han aparecido en los últimos meses y que llegan a esta fecha tan importante como algunos de los más destacados en los escaparates… o escondidos en los rincones menos iluminados de vuestra librería habitual. Como siempre, queremos mezclar los lanzamientos más importantes de la industria editorial con esas pequeñas joyas que suelen pasar desapercibidas para el gran público.

Vayamos primero con lo más conocido.

John Boyne, a quien todos conocéis gracias a la fábula de El niño con el pijama de rayas, vuelve con una narrativa mucho más adulta en El pacifista, una novela situada esta vez en el infierno de la I Guerra Mundial en la que explora la amistad, el amor y la traición.

Bímini es el título de la última novela de Alberto Vázquez Figueroa, uno de los autores más vendidos en castellano y que continúa con su estilo fresco y sus historias de aventuras con cierto componente reivindicativo. En Bímini nos encontraremos una intriga ambientada en el mundo de la producción de energía a nivel global.

Kate Morton continúa su camino imparable como autora superventas mundial y publica El cumpleaños secreto, de nuevo explorando los secretos que alberga una familia cuyo pasado no es tan inocente como parecía, muy en la línea de sus anteriores novelas.

7 horas para enamorarte es el nuevo fenómeno sentimental que nos llega importado de Italia, donde parece que estos libros triunfan todavía más que aquí. Giampaolo Morelli nos presenta una perspectiva más adulta y consigue llegar también a un público masculino mucho más amplio.

El lanzamiento del trimestre es sin duda La reina descalza, de Ildefonso Falcones, donde este maestro de la novela histórica se lanza a mediados del siglo XVIII para componer una novela en la que muestra los prejuicios y la intolerancia social de la época, así como la lucha por la integración de nuevas culturas.

El guardián invisible, de Dolores Redondo, es uno de los éxitos de tapadillo, una apuesta de la gente de Destino que les ha salido muy bien. Ambientada en la Navarra rural, la novela mezcla historia familiar y la investigación de un asesinato, junto con un toque cargado de las leyendas del norte.

Por último, recomendar Malvados, de John Connolly, novela que fusiona trama criminal y terror con su maestría habitual, pero que, pese a estar situada en el mismo universo, no está protagonizada por el detective Charlie Parker. Ideal para los que quieran probar si Connolly es de su gusto sin aterrizar en mitad de una serie.

Si con los libros anteriores no habéis tenido suficiente, vamos ahora con esos que no son tan publicitados, pero que atesoran una calidad indiscutible. Descubramos las joyas escondidas.

La escoba del sistema es la primera novela de David Foster Wallace y que permanecía inédita en castellano. Pálido Fuego la edita con mimo y es una obra más que recomendable para todos los seguidores de la nueva literatura estadounidense.

La Buena Novela, de Laurence Cossé es un libro dedicado a los amantes de los libros, a todos los bibliófilos del mundo, a aquellos que se pierden con gusto entre las estanterías de una librería sin ningún objetivo en mente. Editado por Impedimenta, una obra deliciosa.

Soñé con elefantes, de Ivica Dijikic nos permite una mirada a la literatura creada en los Balcanes tras la guerra. Cicatrices sin curar, historias enrevesadas y corrupción a lo largo de esta novela negra, afilada e hiriente. De Sajalín.

Gallo Nero amplía su excelente catálogo con El último dinosaurio, una recopilación de las entrevistas que concedió el creador del periodismo gonzo, Hunter S. Thompson, una figura clave en la literatura americana de finales de siglo XX.

Constructores de monstruos es la nueva novela de Javier Tomeo, una historia heredera de Buñuel y Mary Shelley y que revisa nuestra concepción del monstruo, del otro, del diferente… una construcción monstruosa y negra en sí misma. En Alpha Decay.

No puedo dejar de poner en este listado El soviet de los vagos, de Eduardo Gallarza. Toda narración en la que aparezca el inventor Nikola Tesla gana muchos puntos, pero si además lo juntas con una conspiración internacional, espías de los años 30 y la creación de un arma misteriosa… vamos, que no se puede escapar. De Funambulista.

Con esto termina mi listado de recomendaciones para el Día del Libro y Sant Jordi, incompleta, parcial y poco objetiva, me temo, pero que vosotros mismos podéis completar en los comentarios. ¿Qué libro vais a comprar o regalar este Día del Libro?

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El Prisionero del Cielo, de Carlos Ruiz Zafón

AutorAlfredo Álamo el 15 de abril de 2013 en Reseñas

El prisionero del cielo- Carlos Ruiz Zafón

La tercera entrega de El Cementerio de los Libros Olvidados se ha convertido ya en uno de los grandes acontecimientos literarios de los últimos tiempos, a la altura de los dos grandes éxitos previos de la serie: La Sombra del Viento y El Juego del Ángel.

En El Prisionero del Cielo vuelven los protagonistas de La Sombra del Viento, Daniel Sempere y Fermín, y tienen que enfrentarse a un secreto que se oculta en la ciudad desde dos décadas atrás. En este viaje al pasado turbio de Fermín nos encontramos con grandes personajes que describen un tiempo de aventura, misterio y zozobra. Con El Prisionero del Cielo Carlos Ruiz Zafón se permite una nueva mirada sobre su Barcelona mítica, reconocida en todo el mundo como un espacio literario único, y desgrana nuevas revelaciones sobre el Cementerio de los Libros Olvidados, sin dejar de lado la voluntad folletinesca y los visibles homenaje a sus maestros, en este caso a Alejandro Dumas y a El conde de Montecristo.

Zafón logra con El Prisionero del Cielo mantener el pulso narrativo de las anteriores entregas, y brinda al lector, una vez más, no sólo una intrigante aventura, sino también una ambientación que se convierte casi en protagonista de la historia. Su final, envuelto en interrogantes y preguntas, no decepciona y anuncia una irresistible cuarta entrega, capítulo final de esta aclamada serie.

Si todavía no conoces esta saga, iniciada en 2001, estás de suerte, ya que Booket publica El Prisionero del Cielo en una edición de bolsillo y a un precio de 12,95 €. Y aprovechando el lanzamiento se recuperan en abril La Sombra del Viento y El Juego del Ángel con un nuevo diseño y un formato de gran calidad, a sólo 10,95€. ¿Estás dispuesto a dejarte atrapar por el autor más leído en castellano de la última década? Ésta es tu gran oportunidad.

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Resurrecciones literarias (II)

AutorGabriella Campbell el 13 de abril de 2013 en Divulgación

La isla misteriosa - Verne

Tras una primera parte en la que hablábamos de los superhéroes de cómic y de Sherlock Holmes, volvemos a evaluar diferentes ejemplos de personajes literarios que se han marchado al otro lado y han vuelto. Creo que no hace falta decir que a continuación puede haber alguno que otro de esos spoilers que tanto miedo nos dan, pero que se supone que mejoran la experiencia lectora.

Gracias al cine y a la inmensa popularidad de El señor de los anillos, pocos lectores se sorprenderán si les digo que cuando Gandalf cae al vacío en plena lucha con el balrog no está tan muerto como podría parecer. Lo mejor es que además regresa con más poder y con la ropa más limpia: de Gandalf el Gris surge Gandalf el Blanco, y uno no puede evitar preguntarse si no se podría haber dado un poco más de prisa y haberles ahorrado algún que otro sufrimiento al resto de personajes. Otra muerte legendaria fue la del capitán Nemo de Julio Verne, quien desapareció en medio de un torbellino en Veinte mil leguas de viaje submarino, para luego aparecer en La isla misteriosa, lo justo y necesario para ayudar a los protagonistas y desvelar su atribulada identidad e historia.

Las formas de traer a un personaje de regreso son numerosas. El más conocido es el que acabamos de mencionar, el creíais que estaba muerto pero… ¿acaso visteis mi cadáver? o incluso visteis un cadáver que creíais que era mío pero no lo era. Otros muy comunes son los siguientes: El personaje ha muerto pero de sus células se ha creado un clon que es igual que este a efectos prácticos; el personaje muere en un acto de sacrificio altruista supremo y alguna divinidad o poder sobrenatural “reinicia” la historia de modo que pueda vivir de nuevo; y uno de mis favoritos, ¡el viaje en el tiempo! También está el modo muerto viviente, por supuesto, pero cuando el personaje regresa mediante alguna forma de resurrección directa (es decir, cuando no se trata de una maniobra a lo creíais que estaba muerto pero realmente no lo estaba), nada sale bien. No hay más que leerse Cementerio de animales de Stephen King o La pata de mono de W. W. Jacobs para llegar a la conclusión de que si muere un niño en un texto literario, mejor que se quede muerto. La ciencia ficción y el terror dan mucho de sí para esto de las resurrecciones, como demostró Dan Simmons en Hyperion y sus secuelas: nada como un parásito en forma de cruz para hacer que tus personajes regresen de la muerte una y otra vez, y que de paso descubran una nueva, original y asquerosa forma de atravesar grandes distancias en el espacio. Tampoco es buena idea clonar a tus amigos: en la saga Dune de Frank Herbert, Leto Atreides no hace más que fabricar copias del amigo de su padre, Duncan Idaho, que una y otra vez se rebela e intentar acabar con él; aunque todo tiene sentido y un porqué en la muy sofisticada mente de Herbert.

¿Qué otros tipos de resurrecciones literarias conocéis? ¿Cuáles son vuestras favoritas? ¿Cuáles os resultan más irritantes, por repetitivas, previsibles o incoherentes? Esperamos vuestra aportación, como siempre, en los comentarios.

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El festín de John Saturnall, de Lawrence Norfolk

AutorAlfredo Álamo el 12 de abril de 2013 en Reseñas

El festín de John Saturnall - Lawrence Norfolk

Lawrence Norfolk es uno de esos autores que caminan entre varios mundos a la hora de escribir cuyas historias beben tanto del imaginario popular como de la novela histórica más estricta. La mezcla que realiza está trufada de influencias, como se puede comprobar en El diccionario de Lemprière, con el que ganó el Somerset Maugham, y que le dio a conocer al gran público.

Norfolk llevaba doce años sin publicar novela, un silencio más largo de lo habitual, pero ha vuelto con ganas, ya que El festín de John Saturnall es una historia en apariencia sencilla, pero capaz de llegar con facilidad al corazón de sus lectores. Podríamos decir que nos encontramos ante una novela histórica, pero lo correcto sería decir que Norfolk nos sitúa en una ambientación histórica. ¿A qué me refiero? A que los eventos importantes de la historia con mayúsculas se diluyen en la lejanía dejando paso a multitud de detalles.

En El festín de John Saturnall no nos vamos a encontrar con un protagonista inmerso en conjuras cortesanas, aunque las haya, ni tampoco será un aguerrido soldado el que lleve la trama, y eso que hay batallas: no esperemos a un redomado seductor, pese a que esta es la historia de un amor, no: John Saturnall es un cocinero. Y no uno cualquiera. En la Inglaterra del XVII ser un gran cocinero puede que no tuviera el glamour y la fama de ahora, pero su papel era fundamental para la casa de cualquier noble.

La historia de El festín de John Saturnall toma como base el conflicto religioso y político iniciado por Oliver Cromwell y su New Model Army, una época convulsa y oscura de persecuciones y venganzas. Imaginad, entonces, a aquellos arraigados a las viejas tradiciones, a los que guardaban los viejos secretos de la tierra, las hierbas curativas y la medicina tradicional… víctimas propiciatorias del fanatismo. Huérfano precisamente por estos motivos, Saturnall se convierte en el heredero de un legado gastronómico y filosófico con el que nos podríamos remontar a tiempos de la Britania romana.

Entre receta y receta, entre batalla y desgracia, El festín de John Saturnall es, ante todo, la historia de un amor lleno de dificultades, una narración en la que los personajes luchan por encontrarse a sí mismos y también entre ellos. Destacar finalmente la edición de Galaxia Gutenberg, con sus pequeños grabados y miniaturas. Un placer para la vista.

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Resurrecciones literarias (I)

AutorGabriella Campbell el 11 de abril de 2013 en Divulgación

Resurrecciones literarias - Holmes

Llega el momento de plantearnos qué grandes personajes de ficción han sido resucitados, por la razón que sea, por sus creadores. Los primeros que se nos ocurrirán serán los de cine, probablemente, pero en la literatura el efectismo, la necesidad, el dinero o el aburrimiento también impulsan a autores (o bien a sus seguidores, herederos o editores) a traer de regreso a sus personajes más apreciados.

Los ejemplos más desquiciantes los encontramos en el mundo del cómic de superhéroes. Algunos no se contentan con traer de regreso a un superhéroe de entre los muertos, sino que sienten la necesidad de crear universos paralelos completos para poder utilizar de nuevo a personajes interesantes, o de hacer un reinicio completo para poder empezar otra vez de cero, sin ninguna explicación aparente. Pero si nos ponemos más específicos, y buscamos las resurrecciones más ridículas del mundo del cómic, nos podemos quedar con aquel Spiderman que tomó forma de araña y murió justo antes de dar a luz a una versión de sí mismo (ahora con nuevos poderes mucho más divertidos, como poder expulsar telas de araña de manera orgánica, en vez de tener que utilizar artilugios mecánicos); y tampoco podemos olvidar aquel Robin (Jason Todd) que volvió 17 años después de su muerte cuando Superboy Prime le pegó un puñetazo tan fuerte a la dimensión en la que estaba atrapado que creó alteraciones en el tejido de la realidad. El manga no se queda corto: cualquier aficionado a Dragon Ball habrá perdido la cuenta de cuántas veces mueren y resucitan algunos de los personajes principales.

¿Y qué hay de otros géneros? Sí, el cómic es el más notable en este sentido, más que nada porque la gran cantidad de personajes y de arcos argumentales en un tebeo de tirada larga exigen cierta flexibilidad a la hora de utilizar la muerte como un recurso efectivo; sí, un personaje principal puede morir y esto causará un gran impacto para los lectores, pero con el paso de los años puede ser igualmente eficiente traerlo de regreso. Pero no ocurre solo aquí. ¿Quién no recuerda el famoso enfrentamiento a muerte de Sherlock Holmes y James Moriarty en las cataratas de Reichenbach? Parece que Conan Doyle tenía bastante claro que, después de vérselas con una mente criminal como la de Moriarty, todo lo que podría venir después sería trivial para Holmes, por lo que este debía morir en aquella terrible caída. Por otro lado, necesitaba liberarse de aquel personaje y dedicarse a otro tipo de narrativa; como le dijo a su madre en una carta: Debo reservar mi mente para cosas mejores. Con lo que no contaba era con la reacción desmedida de sus seguidores y editores: con la publicación de El problema final, la que iba a ser la última aventura de Holmes, varios miles de lectores cancelaron su suscripción en la revista The Strand. Conan Doyle ofreció primero una solución de compromiso con la publicación de El sabueso de los Baskerville, que se desarrollaba en un marco temporal anterior al Problema final, pero se vio obligado a resucitar más adelante a su famoso detective, explicando que había conseguido sobrevivir a la caída de Reichenbach y que se había hecho pasar por cadáver para protegerse a sí mismo y a Watson de los enemigos que todavía andaban al acecho.

En la próxima entrega, veremos más ejemplos de grandes personajes literarios que han vuelto de entre los muertos. Es lo bueno que tiene la ficción: nadie tiene que morir en serio si el autor no quiere, y si no que se lo pregunten a los escritores de novelas de zombis.

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José Luis Sampedro (1917-2013)

AutorJuan Manuel Santiago el 10 de abril de 2013 en Divulgación

José Luis Sampedro

Con José Luis Sampedro me ocurría lo mismo que a los contemporáneos de Ed Wood con Bela Lugosi: durante casi toda la década pasada, cada vez que leía alguna entrevista o me enteraba de que sacaba nuevo libro, no podía evitar preguntarme: «Ah, pero ¿no había muerto»? Supongo que, de alguna manera, lo maté cuando padeció la grave enfermedad que lo llevó a escribir el que es mi libro favorito de todos los que escribió: Monte Sinaí. En él contaba, de manera breve, concisa, directa e implacablemente hermosa, los pormenores de su estancia en un hospital neoyorquino cuando padeció una grave dolencia cardíaca que casi acaba con él. Esta obra, con sus no recuerdo si ochenta o noventa páginas a tamaño de letra grandote, contiene más consuelo y alegría (y motivos) de vivir que toda la morralla de autoayuda que me había leído diez años antes, cuando padecí una enfermedad bastante seria. Siempre pensé que ojalá hubiera existido Monte Sinaí por aquel entonces, porque me habría ayudado de verdad a sobrellevar las sesiones de quimioterapia, no como las manidas páginas de La enfermedad como camino o Usted puede sanar su vida, que no hacían sino ponerme de mala leche por aprovecharse del dolor ajeno con fines comerciales.

La alegría de vivir y las ganas de transmitirla. Dos constantes en la vida y obra de José Luis Sampedro. Toda esa actitud que convierte Monte Sinaí en uno de mis libros de referencia se puede ver en La vieja sirena, Real Sitio o, sobre todo, La sonrisa etrusca. La aventura interior de un viejo cascarrabias que se amansa durante sus últimos meses gracias a un nietecito recién nacido es un buen resumen de ese José Luis Sampedro ancianito de barba profética, ese pope de las juventudes, ese abuelito que todos habríamos querido tener; en resumen, ese anciano con vocación de referente moral de las nuevas generaciones (tras las desapariciones de José Luis López Aranguren y Enrique Tierno Galván, que desempeñaban ese papel hasta los años ochenta). Quiso la fatalidad que Sampedro viviera una situación irónica: nada más escribir este delicioso canto a la vida y la aceptación de la muerte inminente, Sampedro pasó por el trance de la pérdida de su primera esposa.

Contaba Sampedro que, cuando él era joven, los jóvenes leían y comentaban los escritos de Unamuno o de Ortega y Gasset, como sabios que eran. Añadía que le aterraba la idea de que lo consideraran un sabio, porque no era esa su intención. En realidad, esta parte de su biografía, los últimos tres o cuatro años en los que fue el pope español de la literatura indignada, podrían titularse Sabio por accidente. El motivo: haber escrito el prólogo de ¡Indignaos!, de Stéphane Hessel, con quien lo unían muchos elementos en común, y haber escrito parte del ensayo colectivo Reacciona, una de las biblias del movimiento 15-M. Si La sonrisa etrusca lo convirtió en el abuelito ideal de los jóvenes de la generación X y Monte Sinaí lo convirtió en el héroe de todo aquel que haya padecido una enfermedad seria, sus últimos ensayos lo convirtieron en un icono pop, el último superviviente de una generación (Francisco Ayala, Medardo Fraile y pocos más) de moral inconmovible y ética a prueba de bombas. Los paralelismos entre Hessel y Sampedro son evidentes: ambos pertenecieron a dos bandos enfrentados (Hessel, alemán nacionalizado francés, participó en la Segunda Guerra Mundial como dirigente destacado de la Francia Libre; Sampedro, más modesto, combatió en ambos bandos y vivió en el Marruecos colonial), desarrollaron una trayectoria profesional impecable durante la posguerra (Hessel, como coautor de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre; Sampedro, como catedrático y lector de economía en varias universidades españolas y anglosajonas), explotaron como ideólogos de masas ya en su novena década, a base de contar, de manera breve y sencilla, verdades como puños… y, para rematar el paralelismo, fallecen ambos con apenas un mes de diferencia. No sabemos cómo le sentaba esta notoriedad a Hessel, pero a Sampedro le resultaba cargante y, de hecho, fue su deseo expreso que la noticia de su fallecimiento no trascendiera hasta después de haber sido incinerado, para evitar el circo mediático y necrófilo consustancial a los fallecimientos de gente mediática.

Muere el hombre, a los noventa y seis años, pero nos queda la obra. Es un topicazo del tamaño de cualquiera de esos árboles que transportaban Tajo abajo los gancheros de El río que nos lleva, pero, en el caso de alguien como José Luis Sampedro, es una invitación a leer magníficas novelas como La sonrisa etrusca o La vieja sirena, confesiones sinceras hasta la lágrima como Monte Sinaí, o ensayos necesarios y veraces como Reacciona.

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Todo se aprovecha (II)

AutorJuan Manuel Santiago el 9 de abril de 2013 en Divulgación

Chandler, Black Mask

En una entrada anterior veíamos el problema tan tonto que se buscó Jonah Lehrer por autoplagiarse, es decir, copiar y pegar artículos suyos ya publicados y tratar de colocarlos como material inédito en el blog de The New Yorker. Acabó costándole la dimisión de la revista, y es más que seguro que su carrera como periodista científico.

Pero bueno, busquémosle el lado lúdico al asunto. Amigos escritores que me están leyendo, siempre pueden canalizar su pereza y desidia de maneras más creativas, como por ejemplo canibalizando textos a la manera de Raymond Chandler, quien, es cosa sabida porque él mismo lo convirtió en una de sus señas de identidad, se dedicó a reconvertir sus relatos pulp de las revistas Black Mask y Dime Detective Magazine nada menos que en novelas tan emblemáticas como El sueño eterno, Adiós, muñeca, La ventana siniestra, La dama del lago o La hermana pequeña. Claro está, hablamos de formatos diferentes, y aunque la alambicada mente de Chandler hizo que algunas novelas fueran canibalizaciones de diferentes partes del mismo relato, no dejó de haber una labor de ampliación y de trabajo extra. Que se lo curró, vamos.

Algo similar hizo el Philip K. Dick más desquiciado de la década de 1960, los de las fiestas en las que alardeaba de haberse tomado hasta cien pastillas y los años en los que tranquilamente podía escribir media docena de novelas. En La pistola de rayos, por ejemplo, a la trama general le añade nada menos que un relato entero que pasaba por ahí, Veterano de guerra, y varios fragmentos de otros relatos.

Queda una última manera de aprovechar material propio como quien se hace los canelones el día de san Esteban (lo que nos llevaría a hablar de canelonización, como guiño a la canibalización chandleriana), mucho más cansada pero también más constructiva. Supongamos que has escrito un tecnothriller de mil páginas bastante ramplón, pongamos por caso El quinto día, en el que, a la manera de una peli apocalíptica de Roland Emmerich o de Michael Bay, el alemán Frank Schätzing nos narra un sinfín de catástrofes originadas por el escaso cuidado que le profesamos al medio marino. (Nótese el uso indisimulado de la teoría de Gaia; ya saben, la Tierra es un ser vivo que toma sus propias decisiones y nos va a eliminar como a parásitos molestos si le tocamos los ecosistemas.) Pues bien, Schätzing tomó una decisión que aplaudimos: después de haberse pasado unos cuantos años acumulando bibliografía sobre geología y biología marinas, escribió un monumental ensayo de divulgación científica, Noticias desde un universo desconocido, que es una auténtica maravilla para lectores profanos como yo y, supongo, ustedes. Bien narrado, supongo que bien documentado y, sobre todo, muy útil. Schätzing no llega a autoplagiarse (bastante tiene con la denuncia del biólogo marino y periodista alemán Thomas Orthmann, quien afirma que le ha fusilado unos cuantos artículos palabra por palabra), pero aprovechó los centenares de obras que leyó mientras preparaba El quinto día para escribir una obra relacionada (spinoff, dirían los más modernos) que es, a todas luces, mucho mejor que la novela original.

¿Qué más casos conocen ustedes de autoplagios, autoanarroseos, canibalizaciones y canelonizaciones literarios?

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Posibles futuros del libro (III): La ficción automática

AutorAlfredo Álamo el 8 de abril de 2013 en Divulgación

Robot escritor

Vender lo máximo posible. Ese es el lema de muchas grandes editoriales hoy en día. Esto es un negocio y aquí hemos venido a ganar dinero. Todo eso de la literatura y el arte está muy bien, pero si tengo que sacar euros, habrá que buscar best-sellers hasta debajo de las piedras. ¿Calidad literaria? Pues… si la tienen bien, y si no… también. El resultado no hay más que verlo, a la que salta una obra que consigue despuntar un poquito en el mercado, ¡Bang! Dos meses después ya tenemos la mesa de novedades cubierta de obras del mismo estilo, de la misma extensión y hasta con un diseño similar.

La producción de libros clónicos, muchos de ellos por encargo, otros lo son por mera coincidencia o por estar abandonados en el fondo editorial, es todo un mundo. Los escritores de best-sellers también buscan esas tendencias para poder presentar a sus editores ideas que les gusten, así que, en el fondo, es un bonito círculo que mueve bastante dinero.

Permitidme entonces que lance la vista hacia delante. No mucho, no hace falta, quizá dentro de diez años, donde el crecimiento del ebook y de la autoedición habrá subido a niveles nunca vistos y, además, el desarrollo tecnológico en el campo de la inteligencia artificial y la semántica alcanzará también su plenitud. Con ese escenario en mente me gustaría hablaros de Philip M. Parker, un profesor de marketing que lleva más de una década perfeccionando un software dedicado a la creación de libros enteros. Son obras entresacadas de otras, revisadas rápidamente por un experto -o no- y muy, muy específicas, dedicadas a la tecnología, la ciencia o la lingüística. Con los datos que he podido revisar, a día de hoy lleva por lo menos 700.000 obras registradas, casi todas a la venta en Amazon. Parker anunció hace unos años que ya estaba trabajando en un sistema similar para producir libros de ficción romántica, al ser un género con tramas muy similares y fáciles de revisar. Todavía, que yo sepa, ha cumplido su amenaza, pero, ¿dentro de una década?

Y es que escribir un libro clónico a partir de otro no es tan difícil. Son palabras y las palabras se organizan de una manera lógica. Partiendo, por ejemplo, de 50 sombras de Grey, de E. L. James, podemos alimentar un programa de ordenador e ir cambiando parámetros: En lugar de en Washington, en la Toscana, que la protagonista no sea una estudiante sino una turista; nada de ejecutivo agresivo, ponemos un especialista en vinos y finalmente se retocan a mano algunas perversiones. En una semanita o menos podemos tener cien libros de esos, y si la tecnología avanza como parece, incluso podemos eliminar una intervención humana.

¿Os imagináis terminar, no sé, el último libro de John Connolly y decirle a tu propio ordenador que te genere una historia parecida? ¿Que incluso pueda continuar con el mismo personaje protagonista? El resultado no será muy original, pero eso no ha detenido a la industria editorial hasta ahora, ¿verdad?

Si esto os parece demasiada ciencia ficción, deciros que Alexander Prokopovich ya sacó en 2008 un libro construido a partir de Ana Karenina y otros 17 libros más, con un estilo, según él, como el de Haruki Murakami. Habría que verlo, claro, pero quizá el futuro esté más cerca de lo que pensamos.

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La catedral del mar, serie de televisión

AutorAlfredo Álamo el 6 de abril de 2013 en Noticias

La catedral del mar - Serie de televisión

La serie de televisión basada en la novela de Ildefonso Falcones, La catedral del mar, será una realidad, según han anunciado desde la cadena televisiva Antena 3. Al parecer el proyecto quiere seguir la estela de producciones como Los pilares de la tierra o El laberinto y gozará de un importante presupuesto.

Si bien el proyecto acaba de firmarse, parece un movimiento más que adecuado por parte de Antena 3, ya que la ficción televisiva en España está gozando por un buen momento y parece ya preparada para adaptar novelas de tanto éxito como La catedral del mar. Además, al ser una coproducción con otros países europeos se ha decidido rodarla en inglés para acceder con facilidad al mercado internacional.

La catedral del mar ha sido uno de los mayores éxitos de la industria editorial española de los últimos años, con más de cinco millones de ejemplares vendidos en 43 países. Ildefonso Falcones, además, acaba de publicar su última novela, La reina descalza, uno de los libros que apunta alto para copar las listas de ventas el Día del Libro.

Para los pocos que no sepan de cuál es el argumento de La catedral del mar, decirles que se desarrolla en la Barcelona del siglo XIV y está centrada en la construcción de Santa María del Mar, alrededor de la cual enhebra las andaduras del resto de personajes, en especial las del joven Arnau. Pocos amantes de la novela histórica habrán dejado pasar esta historia que pronto dará el salto a la pequeña pantalla donde, esperemos, logren captar el espíritu que Falcones supo darle a la novela.

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Pedro Almodóvar, escritor

AutorJuan Manuel Santiago el 5 de abril de 2013 en Divulgación

Patty Diphusa

No voy a entrar a analizar si los palos que le están cayendo a Los amantes pasajeros, de Pedro Almodóvar, están justificados o no, entre otras cosas porque este es un blog literario, pero el estreno de la película del director manchego es una buena excusa para hablar de su faceta literaria, esa que, al parecer, ha descuidado en este último guion.

Almodóvar, como buen hijo cultural de la transición y artífice de la Movida madrileña, bebió de todas las fuentes literarias, cinematográficas y culturales de la España del tardofranquismo. Ello le sirvió para crearse un imaginario que hoy llamaríamos kitsch, petardo y gay, que explotó con rabia y sin complejos en los cortometrajes en Súper 8 que dirigió durante la década de 1970, y que tuvo continuidad en aventuras como el grupo musical Almodóvar & McNamara, las incursiones narrativas a las que nos referiremos a continuación y, por supuesto, sus primeras comedias urbanas: Pepi, Luci, Boom y otras chicas del montón y Laberinto de pasiones. Después de darle un giro melodramático a su obra con Entre tinieblas (que considero su primera gran película), alcanzó la celebridad nacional con ¡Qué he hecho yo para merecer esto! y La ley del deseo, y la celebridad mundial con Mujeres al borde de un ataque de nervios.

A esas alturas (y hablamos de toda la década de 1980 y de sus siete primeras películas), el consenso entre la crítica era que Almodóvar era un magnífico director pero un mal guionista. Lo cual es a todas luces injusto, pero no anda desencaminado, y me explico. Lo que la crítica cinematográfica llamaba ser un mal guionista no era sino poner el dedo en la llaga de su verborrea, de esa incontinencia narrativa, de las ganas de meterlo todo a presión aunque no viniera a cuento y, en resumen, de unos altibajos que hacían que sus primeras películas fueran tan irregulares porque ese caos narrativo acababa pesando más que su brillante uso del encuadre o su extraordinario talento como director de actrices. Luego llegaron Átame y, en especial, Todo sobre mi madre, Hable con ella y Volver, y el debate quedó zanjado: Almodóvar consiguió demostrar que, a fin de cuentas, era, también, un gran guionista. Y hasta le dieron un Oscar por ello. Eso sí, nunca se le negó que fuese un narrador nato. De hecho, Almodóvar fue uno de los autores destacados de la escena underground de la transición, como atestiguan Fuego en las entrañas y Patty Diphusa.

Sobre la primera tal vez no se pueda hablar en serio, pero tiene su valor literario y, por supuesto y por encima de todo, como hija de su época, de aquellos años tan mitificados como despendolados de la Movida. Publicada por La Cúpula (la editora de El Víbora, que daba rienda suelta a sus fotonovelas porno, como Toda tuya), e ilustrada por el hoy famoso Javier Mariscal, Fuego en las entrañas era una vuelta de tuerca, cañí y desprejuiciada como ella sola, a novelas como Con las mujeres no hay manera, de Boris Vian. Por volver a la crítica cinematográfica, durante estos días se le ha reprochado mucho a Almodóvar el guion petardo de Los amantes pasajeros con comentarios en plan «es que han pasado muchas cosas desde Fuego en las entrañas», lo cual es cierto, pero me da pie a pensar que la jugada maestra del manchego tal vez debería haber consistido en liarse la manta a la cabeza y haber adaptado esta obra suya seminal. Nos habríamos reído más. Bueno: nos habríamos reído, y punto.

Más redonda desde el punto de vista literario es Patty Diphusa, que apareció serializada en la revista La Luna de Madrid y se titula así por el álter ego femenino que Almodóvar se creó, y que a su vez, en la ficción, se creó un álter ego masculino llamado Pedro, en un giro escheriano y vacilón que da mucho juego, sobre todo en forma de diálogos entre ambos. Patty es una estrella del porno que desgrana sus confidencias con gran desparpajo, un uso inapropiado de las mayúsculas y las palabras gruesas, y un retrato desopilante del Madrid de la época. En la reedición de Anagrama se puede leer abundante relleno, como lo denomina el propio Almodóvar, en forma de autoentrevistas y reflexiones sobre el cine, que nos muestran a un cineasta con todas las letras.

Sin embargo, el texto definitivo de y sobre Almodóvar es Los archivos de Pedro Almodóvar, publicado hace año y medio por Taschen, coincidiendo con el estreno de La piel que habito. Aparte de los certeros textos sobre las películas (con unas impagables introducciones, generalmente escritas por Gustavo Martín Garzo), vemos agudas reflexiones del propio Almodóvar acerca del proceso de creación de sus películas, así como retazos de las dos obras ya citadas, muchas autoentrevistas (que no falten) y emotivos relatos de su infancia en esos colegios de curas represores que tan bien diseccionara en La mala educación. Eso sí, se trata de una obra para coleccionistas, de modo que prepárense para apoquinar ciento y picos euros. Pero el libro se merece el desembolso, se lo aseguro.

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