Lecturalia Blog: reseñas, noticias literarias y libro electrónico

113.493 libros, 24.683 autores y 95.110 usuarios registrados

Un libro por minuto

AutorGabriella Campbell el 18 de julio de 2010 en Divulgación

Señor de las moscas

Internet ha supuesto un avance inmenso en el terreno educativo y, al mismo tiempo, cómo no, un retroceso. Y es que cuando uno se encuentra ante una asignación de lectura obligatoria, ya no hay que complicarse la vida: ya no es necesario buscar al estudioso de turno del que copiar, ni siquiera darse la ardua tarea de pasar los datos de una libreta a otra, ahora es tan fácil como buscar en la wikipedia, o en varios otras webs preparadas a tal efecto (no, no os vamos a facilitar los enlaces) para encontrar resúmenes, estudios y análisis de obras conocidas que sólo necesitan de un botoncito de impresora para engañar al profesor (aunque afortunadamente, los profesores también usan Internet y a veces se dan a la divertida tarea de introducir frases enteras en el Google para ver si aparecen).

Como una especie de parodia de esta tendencia, o tal vez una aproximación realista al mensaje con el que se quedan los lectores tras terminar algunos de los grandes clásicos literarios, existe la página web anglosajona Book-a-Minute (Un libro por minuto), que resume en escasas líneas, de manera humorística, el argumento de los libros más significativos. Aunque la web está, obviamente, en inglés, a continuación os traduzco algunos ejemplos de esta curiosa página web. Atención: No sigáis leyendo si no conocéis el final de los libros enumerados a continuación: Orgullo y prejuicio, el Infierno de Dante, El señor de las moscas, Retrato de una dama, La tempestad y David Copperfield.

Orgullo y prejuicio, de Jane Austen

Sr. Darcy:
Nada es lo suficientemente bueno para mí.
Srta. Elizabeth Bennet:
Nunca podría casarme con ese hombre orgulloso.
(Cambian de parecer).

El Infierno de Dante

Una mujer hace que Dante pase por un infierno.

El señor de las moscas, de William Golding

(Unos niños naufragan en una isla).
Ralph:
Necesitamos un fuego.
(Hacen un fuego. Se apaga).
Ralph:
Necesitamos un fuego.
(Hacen un fuego. Se apaga).
Ralph:
Necesitamos un fuego.
Jack:
Olvida el fuego. Vamos a matarnos entre nosotros.
Otros niños:
¡Venga!
(Y lo hacen).
FIN

Retrato de una dama, de Henry James

Caspar Goodwood:
Soy un tío majo que te quiere y tengo mucho dinero. Cásate conmigo.
Isabel Archer:
No.
Lord Warburton:
Soy un tío majo que te quiere y tengo mucho dinero. Cásate conmigo.
Isabel Archer:
No.
Gilbert Osmond:
Soy un buscavidas manipulador que te destrozará la vida. Cásate conmigo.
Isabel Archer:
Vale.

FIN

La Tempestad, de William Shakespeare:

Próspero:
Ariel, ayúdame a atrapar a mis enemigos en esta mi isla mágica.
(Próspero y Ariel usan su magia para atrapar a los enemigos de Próspero y llevar a cabo su venganza)
Próspero:
Ya es suficiente. Enemigos, os perdono a todos, y uno de vosotros se puede casar con mi hija. Yo me vuelvo a casa.

David Copperfield, de Charles Dickens:

David Copperfield:
Ay, pobre de mí. Mi vida no es más que una suma de tribulaciones.
Agnes Wickfield:
Tienes que sobrevivir. Te amo, David Copperfield.
David Copperfield:
Gracias. Yo amo a Dora Spenlow.
Agnes Wickfield:
Todavía te amo, David Copperfield.
David Copperfield:
Te amo, Agnes Wickfield.
FIN

Podéis encontrar estos clásicos ultracondensados en la web de Book a Minute. Afortunadamente, la web no se limita a destrozar clásicos, sino también grandes obras de la ciencia ficción y fantasía, narraciones infantiles y películas. ¿Para cuándo un equivalente hispano? ¿Se atreverá alguien a realizar un compendio de dos líneas del Quijote? Seguro que cualquiera podría hacerlo mejor que los de Book-a-Minute:

El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha:

Don Quijote:
Las leyes de la caballería me obligan a destruir esa cosa maligna.
Sancho Panza:
No, mi señor. Esa cosa es una cosa normal que no hace daño a nadie.
Don Quijote
(se cae)
FIN

Autores relacionados Autores relacionados:
Charles Dickens
Dante Alighieri
Henry James
Jane Austen
William Golding
Libros relacionados Libros relacionados:
David Copperfield
Divina Comedia
El retrato de una dama
El señor de las moscas
La tempestad

Diana Wynne Jones, creadora de mundos imaginarios

AutorGabriella Campbell el 17 de julio de 2010 en Divulgación

Castillo en el cielo

Aunque se han traducido y editado algunas de sus obras en España, es muy posible que a muchos de los lectores de este artículo el nombre de Diana Wynne Jones no les diga absolutamente nada. Y sin embargo, es un nombre íntimamente relacionado con otros que seguramente sí les sonarán.

Wynne Jones nació en 1934 en Londres, y en su autobiografía declara que su particular forma de escribir probablemente se deba a que con sólo cinco años el mundo se volvió loco. Y no es para menos, sus padres, pendientes del nacimiento de su tercera hija y asustados ante la inminencia de la guerra, llevaron a Diana y a su hermana Isobel (quien luego se convertiría en la célebre teórica literaria Isobel Armstrong) a vivir con sus parientes en la Gales profunda, algo que marcaría a las niñas para el resto de su vida. Aunque finalmente volvieron con sus padres en Essex, éstos se despreocuparon mayormente de sus hijas, ocupados por sus empleos como profesores, lo que les condujo a una infancia solitaria e imaginativa. Diana acabó entrando en Oxford, donde asistió a clases de grandes como C.S. Lewis o J.R.R. Tolkien. De Lewis, Diana recuerda que era un excelente orador, muy popular entre los alumnos. De Tolkien, que era importante sentarse lo más cerca posible del filólogo, ya que si no era imposible entender su suave murmullo. El mismo año en que se licenció, 1956, contrajo matrimonio con John Burrow, especialista en literatura medieval, con quien ha tenido tres hijos, Richard, Michael y Colin.

Es muy probable que siga sin deciros nada su nombre. Tal vez os dé más pistas si os digo que la mayoría de críticos coinciden en que J. K. Rowling le debe bastante a la Sra. Wynne Jones. Y es que todo esto de colegios para brujos, de niños con poderes, ya lo había hecho bastante antes Diana, y para muchos (entre los que me incluyo), bastante mejor. El humor oscuro de Diana, sus múltiples lecturas y su profundo conocimiento de la psique adolescente conducen a una serie de libros que, pese a su calificación de juveniles, son tremendamente adultos. La crítica está siempre presente en sus obras: la crítica a la discriminación, la crítica a la religión y al autoritarismo en todas sus formas; y un sentido agudo de empatía por esos terribles años de desconcierto que llevan a la madurez. Ha sido comparada frecuentemente con Neil Gaiman, autor con quien mantiene una estrecha amistad: ella le dedicó su novela Hexwood, y éste dedicó su conjunto de novelas gráficas Los libros de la magia a “cuatro brujas”, entre las que estaba Jones. En su país natal, Wynne Jones es una referencia constante para los escritores de fantasía, tal vez por su conocida obra La guía completa de Fantasilandia, en la que ridiculiza todos los tópicos de la fantasía de capa y espada.

Aquí en España, sin embargo, Wynne Jones ha dejado su marca sobre todo en los fans de Hayao Miyazaki (La princesa Mononoke, El viaje de Chihiro), quien adaptó uno de sus libros para su película de animación El castillo ambulante, que fue nominada al Óscar en 2005. En el presente, Diana se está recuperando de un cáncer de pulmón, y a sus 76 años sigue escribiendo y publicando maravillosas obras de fantasía para niños y adultos.

Autores relacionados Autores relacionados:
Clive Staples Lewis
Diana Wynne Jones
J. K. Rowling
J. R. R. Tolkien
Neil Gaiman
Libros relacionados Libros relacionados:
El castillo en el aire
Hexwood

La Trilogía de Nueva York

AutorGabriella Campbell el 16 de julio de 2010 en Divulgación

Trilogia de Nueva York

Los aficionados a la narratología han intentado establecer, en muchas ocasiones, una barrera separadora entre los conceptos de autor implícito y autor empírico. El autor empírico sería aquel que escribe un texto, y el autor implícito, aquel que se define como autor del texto dentro de dicho texto. Como ejemplo archiconocido podríamos poner a Cervantes, como autor empírico del Quijote, frente al autor implícito Cide Hamete Benengeli; o también podríamos mencionar a Salinger como autor empírico de El Guardián entre el Centeno, frente al autor implícito Holden Caulfield. Por supuesto un texto puede tener varios autores implícitos. ¿Todo claro? Bien, es fácil, ¿cierto?

Por otro lado, según la relación del autor con sus textos, Gerard Genette, en La literatura de segundo grado (1989) habló de cómo una sola obra puede contener diferentes tipos de textualidad, y por tanto diferentes tipos de autor. En un texto podemos encontrar referencias a otros textos del autor (lo que se conoce como intratextualidad), referencias a un texto anterior que luego se modifica (conocido como hipertextualidad) o una relación crítica con otro texto suyo o ajeno (metatextualidad). Y algunos teóricos abogan por el uso del término “autor textual”, que sería la imagen del autor real o empírico impuesta por el texto que estamos leyendo. Si bien existen muchos más tipos de autor dentro de la narratología, existen otros tantos (y no siempre equivalentes) tipos de lectores: el lector real, el lector al que está dirigida la narración, etc. En muchos sentidos, el autor implícito no tiene por qué ser el narrador (que puede ser, en un texto determinado, un personaje que no es el autor ni empírico ni implícito), y le lector implícito o real no tiene que ser el narratario, por la misma razón. Por otro lado estaría lo que Walker Gibson y Booth definieron como el mock reader, ese lector hipotético que tiene en mente el autor cuando escribe. ¿A que la cosa se empieza a complicar?

Toda esta danza de autores y lectores queda perfectamente embrollada en La trilogía de Nueva York de Paul Auster. Compuesta de tres novelas: La ciudad de cristal, Fantasmas y La habitación cerrada, forma una tríada de intercambio y de mise en abyme francamente escalofriante, constituyendo sobre el papel la pesadilla de cualquier narratólogo. Su base es la novela negra, la novela de detectives, que es usada como justificación para desarrollar un profundo estudio sobre la naturaleza del lenguaje y de la propia escritura. Su amor por lo literario y lo lingüístico, ámbitos que entremezcla y con los que realiza complejos malabares, puede recordar en ocasiones a Umberto Eco, a sus juegos y enigmas. Sin embargo los enigmas de Eco tienen solución, aunque dicha solución no esté siempre presente en el texto, tienen un porqué y tienen una vida natural. Los enigmas de Auster existen sólo por el amor hacia el enigma en y se desvían significativamente no sólo de la novela de detectives clásica, sino de la propia estructura narrativa.

Auster

Lamentablemente, en su afán de teórico, Auster parece olvidar su perfil de narrador. No hablo del narrador como figura participativa del acto narrativo, sino del narrador como fabricante de historias. Auster usa a sus personajes para sus fines de teórico, no les concede personalidad propia ni les permite obtener vida más allá de las palabras: su creación de historias intrigantes y maravillosas termina, una y otra vez, en un derrumbamiento que sólo tiene sentido en su pletórico mundo de palabras, ninguno en el físico mundo de los eventos. Sus personajes enloquecen, una y otra vez, atrapados por una soga de frases y letras, de manera abrupta e inexplicable. No existe la acción narrativa: no hay cadena coherente de argumentos. La trilogía de Auster es un tremendo y excelso ejercicio de estilo, pero es muy posible que no esté compuesta de novelas.

Autores relacionados Autores relacionados:
J. D. Salinger
Miguel de Cervantes Saavedra
Umberto Eco
Libros relacionados Libros relacionados:
Ciudad de cristal
El guardián entre el centeno
El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha
Fantasmas
La habitación cerrada
Personajes relacionados Personajes relacionados:
Holden Caulfield

Los libros de las primeras damas

AutorGabriella Campbell el 15 de julio de 2010 en Divulgación

Hillary Clinton

En Estados Unidos existe una tradición, me atrevería a decir que centenaria (ya que arranca en 1840), por la que cada cierto número de años entran en competencia en número de ventas dos biografías muy particulares: las de los presidentes y sus primeras damas. Aunque tradicionalmente las autobiografías de las señoras de los presidentes se han enfocado hacia un público mayoritariamente femenino (teniendo un formato más de diario de estilo y memorias que de autobiografía política; las memorias de Edith Wilson, por ejemplo, publicadas en 1939, aparecieron de manera serial en revistas para mujeres, cuyas lectoras estaban más interesadas en los vestidos que utilizaba la primera dama que en importantes encuentros diplomáticos), en los últimos años esto ha ido cambiando, siendo tal vez la obra de Hillary Clinton la de naturaleza más política (lo cual es lógico teniendo en cuenta su propia carrera, no necesariamente vinculada a la de su marido); y Laura Bush ha conseguido llegar recientemente nada menos que al número uno de la celebrada lista del periódico estadounidense The New York Times. Es en precisamente este periódico donde Craig Ferhman ha escrito un interesante ensayo (parte de un libro que está preparando sobre los libros escritos por presidentes de los EEUU) enumerando las memorias más exitosas y conocidas salidas de la pluma de estas “mujeres de”. Históricamente se trata de obras poco polémicas, en las que estas mujeres retratan el día a día en la Casa Blanca, y que sirven para que el ciudadano de a pie pueda satisfacer su curiosidad sobre cómo es vivir junto a uno de los hombres más poderosos del mundo.

Como ocurre con cualquier persona que esté en el punto de mira del público lector, en muchas ocasiones estas autobiografías surgen en respuesta a un gran número de biografías no autorizadas. Es evidente que, ante la oferta de múltiples obras que no son necesariamente fieles a la verdad, las personas aludidas sientan la necesidad de aclarar algunos aspectos de su vida sacados de contexto, exagerados o directamente inventados. En el caso de Laura Bush, la esposa de George W. Bush, antes de la publicación de su propia narrativa, había disponibles varias versiones de su vida, siendo las más conocidas las de Antonia Felix, Ann Gerhart o Beatrice Gormley. No parece, sin embargo, haber libros tremendamente sensacionalistas sobre la Bush; a pesar de las polémicas que siempre rodearon a su marido, Laura ha gozado de un inmenso aprecio y respeto por parte de la mayoría de los estadounidenses.

Por supuesto esta tradición de “presidentas” escritoras no se limita a Estados Unidos, pero no parece que aquí en España haya sido tan popular esto de escribir autobiografías, por lo menos en lo que se refiere a primeras damas. Exceptuando a Ana Botella y su Mis ocho años en La Moncloa, no parece que ninguna primera dama haya publicado una autobiografía (por favor corregidme si me equivoco). Es posible que esto se deba a la todavía joven democracia española, o a que, de muchas maneras, sigue siendo la Reina la que ostenta el cargo de “primera dama” española, como demuestra el gran número de ventas de sus libros-entrevistas por Pilar Urbano.

Autores relacionados Autores relacionados:
Ana Botella
Hillary Clinton
Pilar Urbano
Libros relacionados Libros relacionados:
Historia viva: Memorias

Grandes escritores que nunca obtuvieron un Nobel

AutorGabriella Campbell el 14 de julio de 2010 en Divulgación

Borges

El año pasado, la página web compiladora de listas por excelencia, Listverse, publicó un artículo con los que concebía como los diez escritores más merecedores del Premio Nobel de Literatura que no habían llegado a conseguirlo. Seguramente, desde España, diríamos alguno más que se quedó en el tintero, pero éstos son los que ellos eligieron:

-Jorge Luis Borges. Borges se ha convertido en un auténtico referente cultural, y muchos de nosotros podemos preguntarnos exactamente por qué este icono literario no consiguió el anhelado galardón. La razón parece ser meramente política: al jurado no le gustó el apoyo que el escritor prestó al dictador chileno argentino Pinochet y a otros dirigentes de extrema derecha.

-Vladimir Nabokov. Muchos se cuestionan por qué el escritor de origen ruso, nacionalizado estadounidense, no obtuvo el galardón al estar nominado para ello en 1974 (al que también estuvo nominado Graham Greene), y las malas lenguas señalan que los que finalmente ganaron, de forma conjunta, Eyvind Johnson y Harry Martinson, lo hicieron gracias a que pertenecían al propio comité seleccionador del premio.

W. H. Auden. Aunque para nosotros es menos conocido, Auden tuvo (y tiene) un inmenso peso en el mundo anglosajón, influyendo notablemente en el mundo poético. Sin embargo, una serie de errores que cometió al traducir una obra del ganador del Nobel de la Paz, Dag Hammarskjold, y su adherencia al rumor acerca de la homosexualidad de éste, le granjearon significativas antipatías que podrían haberle evitado ser galardonado.

Robert Frost. Y ya que estamos en el tema de grandes poetas anglosajones, muchos se preguntan por qué uno de los más grandes no consiguió nunca el premio literario por excelencia. Frost obtuvo nada menos que cuatro Premios Pulitzer, pero esto no hizo inmutarse al comité sueco, que consiguió ignorarlo durante unos veinte años.

-Emile Zola. El grande del naturalismo, el excelente Zola, no fue premio Nobel. El porqué responde a una tonta confusión que le costó el trofeo a varios escritores más: una mala interpretación de la voluntad del difunto Alfred Nobel, quien estipuló que el Premio de Literatura fuera entregado a escritores con “la obra más notable de tendencia idealista”. El comité seleccionador, durante muchos años, interpretó esto de una forma política, manifestando que el autor galardonado debía cumplir con una serie de requisitos ideológicos ejemplares.

-Henrik Ibsen. Ibsen, el gran dramaturgo noruego, fue víctima también de esta confusión absurda. Los seleccionadores decidieron que no estaba “conduciendo al mundo literario en la dirección adecuada”, y fue sistemáticamente ignorado para el premio.

-Marcel Proust. El famoso autor de En busca del tiempo perdido fue también pasado por alto, aunque estuvo nominado en 1920. Se cree que perdió debido a que el ganador, Knut Hamsun, era de nacionalidad noruega, por lo que parece ser le era más simpático al comité sueco que el francés Proust.

-James Joyce. Nadie sabe muy bien por qué Joyce fue también olvidado. Considerado hoy en día uno de los mayores escritores de nuestro tiempo, nunca consiguió el ansiado premio.

-Leo Tolstoi. Nominado por muchos a mejor novelista de la historia, no pudo convencer al comité del Nobel, quien argumentó lo mismo que con Zola e Ibsen, marcando al célebre autor ruso como una víctima más de la controvertida y mal entendida última voluntad del creador del premio.

-Mark Twain. Es posible que aquí sea más que obvia la preferencia de los estadounidenses por su autor favorito. Si bien para los europeos Twain no es un escritor tremendamente relevante, para los lectores de Estados Unidos se trata de uno de los autores más influyentes de su historia. A éstos no parece hacerles mucha gracia que su escritor fetiche haya sido vencido repetidamente, en un total de diez ocasiones, quedándose sin premio.

¿Qué otros escritores, ya fallecidos, pensáis que merecían un Nobel pero nunca llegaron a recibirlo? ¿Conocéis otras posibles razones por las que los escritores mencionados no llegaran a tener el galardón en sus manos?

Autores relacionados Autores relacionados:
Émile Zola
Eyvind Johnson
Graham Greene
Harry Martinson
Henrik Ibsen

Larra y Zola: El nacimiento del cuarto poder

AutorVíctor Miguel Gallardo el 13 de julio de 2010 en Divulgación

Zola, Yo Acuso

Una de las figuras literarias españolas más importantes del siglo XIX fue el madrileño Mariano José de Larra (1809-1837), que aunque escribió algunas obras enmarcadas dentro del Romanticismo (como por ejemplo su novela El doncel de don Enrique el Doliente), es más conocido por sus artículos periodísticos. Éstos, que aparecieron en diversas publicaciones madrileñas firmados con varios pseudónimos, se consideran fundamentales para la consolidación del ensayo en España y del artículo de prensa, especialmente costumbrista y generalmente satírico, y son considerados como literatura con mayúsculas.

Larra, de todas formas, no es un caso aparte: han sido muchos los escritores que, en un momento u otro, han destacado por sus intervenciones (ya fueran periódicas o puntuales) en la prensa escrita. Tal vez, si hablamos de artículo periodístico escrito por un escritor reconocido y que tuviera la mayor repercusión deberíamos, obligatoriamente, referirnos al autor naturalista francés Émile Zola.

Al igual que Larra, que se suicidó, Zola también tuvo un final trágico, aunque aún no se sabe si se trató de un accidente (murió asfixiado por culpa de una estufa) o si se trató de un asesinato. Zola, que ya había sido años atrás muy polémico tanto por sus trifulcas con algunos miembros del oficialismo artístico parisino (criticando su inmovilismo y su veto a obras impresionistas) como por la crudeza de algunos de sus textos. Pero no cayó en desgracia hasta que se inmiscuyó de forma notable en el proceso abierto por traición al capitán del ejército francés Alfred Dreyfus. Dreyfus era un alsaciano de origen judío, que fue acusado de espionaje y de haberles facilitado documentos secretos a los alemanes. En esto subyacía un doble prejuicio de la época: el de que cualquier alsaciano era susceptible de pasarse al bando alemán y, sobre todo, y lo que motivó al fin la polémica, el hecho defendido por múltiples capas de la sociedad francesa de que los judíos no eran de fiar. Dreyfus fue condenado a cadena perpetua en una de las prisiones más temibles del planeta, la de la Île du Diable, en la Guayana Francesa. Aunque más tarde se comprobó que el traidor no había sido Dreyfus, sino el comandante de origen húngaro Ferdinand Walsin Esterhazy, la justicia francesa puso todos los impedimentos posibles a la celebración de un nuevo juicio. Finalmente éste se celebró (tras cuatro infernales años de Dreyfus en la Guayana), siendo condenado Dreyfus de nuevo pero “con atenuantes”, siendo finalmente indultado debido a su lamentable estado de salud. Poco tiempo después fue rehabilitado y reintegrado al Ejército Francés con el grado de Comandante, ejército con el que llegaría a luchar en la Primera Guerra Mundial.

Pero a nadie se le escapa que fue un artículo periodístico del escritor Émile Zola el que supuso un antes y un después en el caso Dreyfus. Zola escribió una carta abierta al Presidente de la República, Felix Faure, que fue publicada en la primera página del diario L´Aurore el día 13 de enero de 1898. Hasta entonces la mayor parte de la sociedad francesa, manipulada por los medios de comunicación afines al gobierno y abiertamente antisemitas, se encontraba totalmente a favor del castigo impuesto a Dreyfus; tras el alegato de Zola, titulado “J´accuse” (“Yo acuso”), gran parte de los intelectuales franceses y de la burguesía urbana tomaron partido por Dreyfus, desencadenándose una serie de revueltas que hicieron notar al gobierno la obligatoriedad de terminar cuanto antes con el asunto. El affaire Dreyfus acabó de forma satisfactoria, pese a la tardanza, para el oficial francés, no así para Zola, que pasó sus últimos años escondido en Londres y que, nada más regresar a Francia, murió en circunstancias más que extrañas.

No existen, desde luego, muchos paralelismos entre Larra y Zola: pertenecieron a movimientos literarios distintos e incluso escribieron para prensa de ideología poco afín, pero qué duda cabe de que el poder de la prensa, un medio que todavía estaba dando sus primeros pasos, ya se estaba gestando: que dos de los mayores literatos del siglo XIX alcanzaran notoriedad gracias a opiniones controvertidas difundidas por la prensa dice mucho de la fuerza con que ya entonces contaba el denominado cuarto poder. Después de todo, y contemporáneamente al asunto Dreyfus, Estados Unidos le declaraba la guerra a España en parte gracias a una campaña orquestada por los medios de comunicación en manos del magnate William Randolph Hearst.

Autores relacionados Autores relacionados:
Émile Zola
Mariano José de Larra
Libros relacionados Libros relacionados:
El doncel de don Enrique el doliente

El nombre de la rosa: Best-Seller con múltiples lecturas

AutorVíctor Miguel Gallardo el 12 de julio de 2010 en Divulgación

Nombre rosa

Seamos sinceros: no es común que público y crítica coincidan en sus gustos. Novelas que en los últimos veinte años se han convertido en auténticos superventas, convirtiéndose en fenómenos mediáticos, han sido vilipendiadas por la prensa especializada o, en el mejor de los casos, ignoradas sistemáticamente. Los pilares de la tierra, de Ken Follett, ha sido acusada de ser demasiado efectista (los consabidos cliffhangers constantes en cada final de capítulo no son del gusto de la crítica, aunque el público los adore en literatura, cine y televisión); El código Da Vinci, de Dan Brown, de no ser congruente y de tener una prosa simplista; la saga Harry Potter, de J. K. Rowling, de no ser original y de estar basada en otros libros que no acredita; la saga Crepúsculo, en fin, de ser una literatura juvenil de muy baja calidad. El público, no obstante, no atiende a estas razones, y todos estos libros y series de libros se convirtieron en su día en auténticos movimientos de masas. Algunos lo siguen siendo. Han sido adaptados al cine (la obra de Ken Follett es la excepción, por ahora), han hecho correr ríos de tinta en prensa especializada (o no), Internet, etc., y han pasado a formar parte del imaginario popular actual. Le guste o no a los críticos.

No es habitual, por tanto, que crítica y público coincidan. La novela El perfume, de Patrick Süskind, publicada en 1985, lo consiguió parcialmente, aunque no ha estado exenta de malas críticas. Críticas que, en cualquier caso, no fueron unánimes. Nada comparable, desde luego, al gran best-seller bien valorado por la crítica por excelencia de los últimos años, El nombre de la rosa, del italiano Umberto Eco. Esta novela, publicada en 1980, sigue, treinta años después de su publicación, estando de actualidad. Dudo mucho, por ejemplo, que los libros de la saga Crepúsculo vayan a perdurar tanto en el tiempo: Eco, que más que escritor es un teórico literario, escribió una obra que está más allá de modas pasajeras (en el caso mencionado, los populares vampiros), y construyó una novela casi redonda en la que, según el lector, se habla de una cosa… o de otra totalmente distinta.

Para el lector menos ducho, El nombre de la rosa es una novela detectivesca ambientada en la Edad Media. Esto es indudablemente cierto: la trama de la novela, en la que Guillermo de Baskerville y su inseparable Adso de Melk se introducen en una abadía italiana plagada de misterios, no tiene nada que envidiarle a algunas de las novelas más lúcidas de este género. Guillermo de Baskerville no es, evidentemente, más que un proto-detective, dado el contexto histórico, pero se reconocen en él muchos rasgos que luego encontraremos en los grandes referentes literarios de este tipo de literatura.

Nombre rosa

Pero El nombre de la rosa es mucho más, y al menos hay que mencionar otras dos lecturas diferentes alejadas del género detectivesco. En primer lugar, la novela es un pequeño tratado sobre la religiosidad de la época que hace especialmente hincapié en los movimientos heréticos que, aparecidos desde el mismísimo interior de la Iglesia Romana, se expandieron por gran parte de Occidente, convirtiéndose en todo un problema para el Papado debido a que su diferente concepción del cristianismo, seguramente más cercana a la de los primeros cristianos que a la del poder eclesiástico medieval, amenazaba con poner en jaque a la supremacía espiritual del Santo Padre en vastas extensiones de tierra por toda Europa.

Una tercera lectura se puede extraer de la novela: Umberto Eco, tras actuar como novelista en cuanto a la trama y como historiador y sociólogo en cuanto al contexto, no puede sino introducir elementos propios de la disciplina de la que es especialista, la semiótica, en el desarrollo de los acontecimientos. Desde el mismo título, muy significativo, Eco deja bien clara su intención de no elaborar una novela al uso, plana y sin sustancia, y durante cientos de páginas nos sumerge en un lenguaje polisémico, repleto de imágenes sensoriales e intelectuales. Asimismo, se adentra en los símbolos propios de la cultura de la época, heredera de la Antigüedad Clásica (aunque a alguno de los personajes de la novela esto no les resulte adecuado). Estamos ante una novela que es un tres en uno, lo que permite que sea releída una y otra vez hasta conseguir desvelar todos los misterios que contiene, lo que seguramente explique su inmensa e incansable popularidad.

Autores relacionados Autores relacionados:
Dan Brown
Ken Follett
Patrick Süskind
Umberto Eco
Libros relacionados Libros relacionados:
El código Da Vinci
El nombre de la rosa
El perfume
Los pilares de la Tierra
Personajes relacionados Personajes relacionados:
Guillermo de Baskerville

Ecoedición y sostenibilidad

AutorRaquel Vallés el 11 de julio de 2010 en Noticias

Ecoedición

La ecoedición es un concepto todavía poco conocido dentro del mundo editorial que parece ajeno a las políticas de “reparación ecológica” llevadas a cabo en otras industrias, actúen estas últimas bien por motivos de imagen, o bien por convencimiento. Para que un libro llegue a nuestras manos, primero han de darse una serie de pasos que engloban muchos aspectos diferentes, desde la elección del papel a la distribución. Así, por ejemplo, la industria papelera es una de las más contaminantes y depredadoras de las que podríamos denominar “industrias tradicionales” y las editoriales son que sus clientes de forma que la elección de una u otra debería atender a motivos de responsabilidad corporativa (concepto que deberíamos recuperar y exigir, más cuando hay tantos intereses en que desaparezca del mapa) y hacerse bajo principios de sostenibilidad.

El nueve de junio se celebró la tercera edición del Parlamento de la Ecoedición, reunión en la que diferentes organizaciones relacionadas con la edición o de carácter ecologista ponen en común sus propuestas e ideas sobre como mejorar desde este punto de vista todo el proceso de producción del libro, desde el diseño editorial, a la elección de la materia prima o la propia producción.

Uno de los elementos más reclamados es la necesaria información al consumidor y que esta sea fiable. Así, en la edición del año pasado se denunciaba el uso incorrecto de distintivos como “papel ecológico” o que se dispone de determinado certificado cuando no es así; las regulaciones al respecto son rigurosas y el uso de estos términos a la ligera no deja de ser un engaño del tipo de los productos bio, eco y similares. En la página del parlamento tenéis hasta catorce puntos de estas malas prácticas (el texto está en catalán pero es fácilmente entendible).

Uno de los instrumentos que se están empezando a utilizar es la “mochila ecológica” mediante la cual se informa en cada libro de la cantidad de energía o la cantidad de agua utilizadas en la fabricación del papel, la emisión de CO2 a la atmósfera emitida en el proceso de su producción y distribución, etc. Algunos datos que nos pueden hacer pensar sobre este proceso son los ofrecidos por un estudio alemán sobre libros infantiles presentado en la Feria del Libro de Frankfurt. De cincuenta y un libros analizados diecinueve contenían pulpa de maderas de bosques tropicales sin posibilidad de trazabilidad, la mayoría impresos en China, país que utiliza más del 50% de la pasta de papel producida en Indonesia, cuya selva es una de las más amenazadas del planeta.

Respecto a la pregunta de si los ebooks serán una solución o sólo un cambio de problema, tema recurrente, creo que es una pregunta falsa: la pregunta no es qué industria es más contaminante, si no si vamos a ser capaces de exigir toda la información y vamos a actuar consecuentemente. Somos los clientes finales y, por tanto, podemos y debemos exigir responsabilidad corporativa pero, sobre todo, debemos practicar nuestra responsabilidad individual.

Thrall, el señor de los clanes. Libros de World of Warcraft

AutorVíctor Miguel Gallardo el 10 de julio de 2010 en Reseñas

Thrall

Hablar de World of Warcraft es difícil, muy difícil, si el que lo hace no quiere herir susceptibilidades. Ocurre exactamente lo mismo con muchos otros productos que han generado el denominado “fenómeno fan”, ya sean del ámbito de la literatura (Harry Potter o Crepúsculo serían dos ejemplos recientes muy válidos), la música, el cine o la televisión. A nadie en su sano juicio se le ocurriría iniciar una conversación que empezara con un contundente “Esta serie me parece muy mediocre” teniendo como contertulios a media docena de losties convencidos (estoy hablando, por supuesto, de la serie de televisión que más ha dado de sí en la última década, “Perdidos”). Ir a un concierto de Miley Cirus o Tokyo Hotel con una camiseta alusiva a la baja calidad de su música desencadenaría, sin lugar a dudas, un linchamiento.

Para los que no sepan de qué estoy hablando al referirme a World of Warcraft (a partir de ahora usaré las siglas WoW, que además es el término que sus seguidores suelen utilizar), hay que decir que no es más que un videojuego. O una saga de videojuegos, según se mire, pues el actual WoW ya ha tenido unas cuantas expansiones y se alimenta del imaginario ya expuesto de forma más escueta en la añeja saga Warcraft, de la que existieron tres partes (estamos hablando, por tanto, de una serie de videojuegos que han ido apareciendo en los últimos dieciséis años). En WoW se recrea un mundo de fantasía situado principalmente en el planeta Azeroth y en el que aparecen elementos reconocibles en otros universos fantásticos de la literatura y el cine tales como dragones, elfos, orcos, enanos y gnomos. El WoW como tal vio la luz en noviembre de 2004 y su fama, lejos de decrecer, ha ido aumentando con el tiempo, dejando en la estacada en todos estos años a todo competidor que le intentó quitar el trono de juego online más popular dentro de la categoría MMORPG (en cristiano: videojuego de rol multijugador masivo en línea).

Actualmente WoW tiene más de diez millones de suscriptores que pagan religiosamente su cuota mensual de casi quince euros. Una simple multiplicación nos hará notar que estamos hablando de una gallina de los huevos de oro a la que la piratería, que haberla hayla (son centenares los “servidores pirata” que ofrecen el juego de forma gratuita) no sólo no afecta negativamente, sino todo lo contrario, actuando como cebo para miles de jugadores que, cansados de sus carencias técnicas, deciden pagar el juego oficial. Ante un fenómeno de este calado, los dueños de WoW, la compañía Blizzard, no podían olvidarse de ampliar los productos relacionados con la franquicia: así, dentro de no mucho aparecerá en los cines, y de la mano del director Sam Raimi (el mismo que hace que cada nueva película de Spiderman sea un nuevo récord de taquilla), el film Warcraft. Blizzard no se ha limitado a esto: han aparecido productos relacionados con WoW tales como juegos de tablero, juegos de cartas, figuras de colección, ropa, cómics (de la mano nada menos que de DC) y, por supuesto, libros.

WOW

Los libros basados en el universo de World of Warcraft, y de ahí mi hincapié inicial en lo de las susceptibilidades, no van a ganar ningún premio literario, eso es seguro, y se pueden situar a la altura de todas esas series literarias que han nacido al amor de una franquicia repleta de fanáticos (por poner dos ejemplos sangrantes, ahí estarían Warhammer y Star Wars). Por no ser, no son ni siquiera totalmente fieles a la historia que durante años los aficionados han ido aprendiendo conforme recorrían Azeroth junto a sus personajes virtuales. No dejan de ser interesantes, eso sí, para conocer algo de la intrahistoria de este planeta y sus razas, pero desde luego no son recomendables ni para personas que no conozcan WoW ni, desde luego, para simples jugadores ocasionales.

Llama la atención que al tiempo que la que es seguramente la mejor novela ambientada en este universo imaginario (Warcraft 2: El Señor de los Clanes, de Christie Golden) está narrada desde el punto de vista de la Horda (los aparentes “malos” de Azeroth), la película a estrenar se hará desde la perspectiva de la Alianza (los aparentes “buenos”). Dado que los fanáticos del videojuego se han alineado con una u otra facción hasta límites rayanos en el extremismo religioso, cabe preguntarse si desde Blizzard se está fomentando la visión de que los Aliados son más de ver imágenes en una pantalla de cine mientras comen palomitas siendo, en cambio, los Horda más propensos a sentarse delante de un libro para imaginar todo lo allí narrado. Ante esta apresurada impresión, y de nuevo sin ánimo de herir susceptibilidades, sólo tengo algo que decir: ¡Por la Horda!

Autores relacionados Autores relacionados:
Christie Golden
Libros relacionados Libros relacionados:
Crepúsculo
Thrall, el señor de los clanes
Personajes relacionados Personajes relacionados:
Harry Potter

La prensa escrita como instrumento político

AutorVíctor Miguel Gallardo el 9 de julio de 2010 en Opinión

Pravda

Solemos quejarnos amargamente de que tal o cual medio está politizado”; es decir, que los medios de comunicación tienden a silenciar ciertas informaciones, al tiempo que se les da más importancia de la debida a otras, de forma totalmente deliberada y en base a afinidades ideológicas. Esta definición podría ser mucho más cruel y hacer referencia a la creación de noticias falsas (o, mejor dicho, falseadas, es decir, con una base real y poco más) que aparecen periódicamente en prensa escrita, radio y televisión cada día. Aunque muchos son los lectores, especialmente los no alineados con formación política alguna, que reclaman la aparición de una verdadera prensa objetiva, esto es muy difícil de conseguir; es más, cuanto más afirma un nuevo medio de comunicación ser objetivo e imparcial, más probable es que éste se encuentre en la lista de los que se mueven por intereses partidistas. No hay forma de evitar esto: los medios de comunicación ejercen una gran influencia sobre el público; como, por otra parte, también suelen ser empresas privadas, es lógico pensar que serán financiadas por aquellos que quieran utilizarlas para su propio beneficio. En otras palabras: cualquier nuevo medio de comunicación que surge necesita de una financiación, y ésta vendrá de empresas afines a la línea ideológica que la dirección del medio vaya a imponer. Los supuestos nuevos medios “objetivos e imparciales” no nos pueden engañar en esto: ningún nuevo medio que opte a tener una buena implantación puede ser objetivo e imparcial por la simple razón de que los inversores no son objetivos e imparciales.

La prensa escrita ya nació siendo parcial, y lo hizo más con el afán de remover conciencias que para informarlas. La expresión “cuarto poder”, que sitúa a la prensa al mismo nivel de los tres poderes tradicionales (ejecutivo, legislativo y judicial) hace referencia precisamente a este hecho, el de que los editores y periodistas poseían un instrumento de vital importancia en las sociedades contemporáneas: aparentando informar, realmente estaban formando opiniones en sus lectores. Si la verdadera función de la prensa escrita hubiera sido, simple y llanamente, la de informar, con un solo periódico habría bastado: en vez de eso, durante el siglo XIX (por poner sólo un ejemplo) hubo miles de cabeceros diferentes en toda Europa y América, algunos de los cuales sólo duraban un puñado de números para luego cambiar de denominación y volver a salir a la calle.

En el siglo XX se perfeccionó aún más a la prensa escrita como elemento político. Cualquier estado autoritario que se precie ha contado con su órgano de “información” oficial. En la China de la Revolución Cultural de Mao, por ejemplo, nació el Diario del Pueblo (el Rénmín Rìbào), publicado por primera vez en 1948 y que, a día de hoy, sigue siendo un diario fundamental de la República Popular China, y que sigue siendo el periódico oficial del Partido Comunista. En la Unión Soviética existieron varias publicaciones periódicas “oficiales”, entre las que las dos más importantes podrían ser el diario Pravda (dependiente del PCUS) e Izvestia (voz oficial del Soviet Supremo). El paralelismo de ambos diarios era evidente, pues respondían a los mismos intereses, aunque la forma de plantear la información era relativamente diferente, lo que daba una falsa impresión de ser dos alternativas diferenciadas para seguir la actualidad del bloque soviético. Ambos subsisten en la actualidad aunque de forma muy limitada.

Prensa

En el mundo hispanohablante también hemos contado con nuestros propios “diarios oficiales”. Algunos todavía existen, como es el caso del periódico cubano Granma (dependiente del Partido Comunista Cubano); otros han desaparecido, como el nicaragüense Barricada, que fue un activo importante durante la revolución sandinista. Aparte de estos diarios, que se han hecho populares debido a las particularidades de ciertos procesos políticos, son muchos los partidos políticos que poseen sus propios medios de información, particularmente enfocados a sus afiliados, algo que ocurre en España con el medio El Socialista, que, fundado por Pablo Iglesias, todavía sigue subsistiendo dentro del PSOE. Pero este tipo de medios de comunicación no deben ser confundidos con los anteriores pues no persiguen el mismo fin: el adoctrinamiento del lector ya no es necesario pues se le presupone. Las fuentes de financiación también están claras, pues proceden de los partidos políticos y de sus fundaciones. Aquí habría que mencionar a los medios de comunicación públicos, es decir, aquellos que son sufragados por los ciudadanos y no por partidos políticos o inversores privados, y preguntarnos la razón de que, la mayor parte de las veces, sean estos medios públicos los más proclives a ser tachados de “partidistas”.

Autores relacionados Autores relacionados:
Mao Zedong