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Los diez finales de libros más odiosos (II)

AutorGabriella Campbell el 2 de enero de 2013 en Divulgación

Las aventuras de Huckleberry Finn

Y continuamos con nuestra lista de finales odiosos. Como ya os contamos en la primera parte del artículo, hemos querido recopilar un conjunto de libros cuyos finales no terminaron de satisfacer a muchos de sus lectores. En algunos de estos casos, se trata de grandes libros cuyas conclusiones podrían considerarse más que adecuados para las historias que presentan, pero que dejan, por una razón o por otra, cierta sensación de frustración al terminar su lectura. Se trata de obras que han tenido críticas muy enfrentadas precisamente por estos finales complejos, no del gusto de todos:

Adiós a las armas, de Ernest Hemingway: Parece ser que muchos lectores se sintieron decepcionados con la conclusión poco satisfactoria de esta obra. Como escribió un usuario de Amazon y de Goodreads este mismo año: El final, bueno, era simplemente estúpido. No había ninguna lección que pudiésemos aprender, ningún final feliz, nada que lo hiciera un buen libro. Es obvio que un libro no necesita un final positivo, del mismo modo que también es obvio que no se puede complacer a todo el mundo; de hecho, Hemingway escribió 47 finales diferentes para la obra.

Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain. Para muchos, esta obra cambia de manera ilógica a partir de la segunda mitad, donde Huckleberry se reencuentra con su amigo Tom Sawyer y se modifica de manera extraña la relación de amistad y respeto que había creado con Jim. Ambos chavales se dedican a mofarse de Jim, como si de repente Twain decidiera convertir una fábula sobre la amistad más allá de las razas en una parodia. T. S Eliot argumentó que la novela da un giro en el momento en que Finn entra en el mundo cómico de Sawyer; sea como sea, la interpretación, el cambio de tono ha decepcionado a muchos lectores a lo largo de los años.

Mujercitas, de Louisa May Alcott. Mujercitas nos dejó a todos cierto regusto amargo cuando la independiente y testaruda Jo rechazó a Laurie, su supuesta alma gemela. Y qué os vamos a contar que no sepáis, en Aquellas mujercitas nada se desarrolla como querría el lector: Beth muere, Amy se casa con Laurie, Meg convive como ángel del hogar con un señor de lo más aburrido y con poco dinero, y Jo… bueno, Jo se queda con un profesor de origen alemán del que poco sabemos, carente de carisma. Alcott pretendía romper con estereotipos y finales previsibles y lo consiguió; se negó a proporcionar historias de amor al uso y consideró que su personaje favorito debía escoger a un hombre menos interesante pero más adecuado a su personalidad y gusto. Con todo, resultaba, para el lector, un tanto decepcionante.

¿Qué opináis de estas obras en concreto? ¿Creéis que los finales estaban a la altura de los libros o consideráis que habrían merecido otro tipo de conclusión? ¿Qué otras obras querríais que hubieran acabado de una forma muy diferente? Esperamos vuestra aportación en los comentarios.

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Las antologías de ciencia ficción española (II)

AutorJuan Manuel Santiago el 1 de enero de 2013 en Divulgación

Prospecitvas

Hablábamos en la entrada anterior de las fabulosas (e imposibles de encontrar) antologías de ciencia ficción española, que nos permiten hablar de un género apasionante, muy satisfactorio desde el punto de vista literario y muy, muy desconocido y, además, muy, muy incomprendido. Las causas de este desconocimiento y de esta incomprensión son muy variadas, pero podemos resumirlas en una: la invisibilidad. La ciencia ficción española, sobre todo en formato de relato y novela corta (los que nos han dado la mayor parte de las obras destacadas del género), es invisible para aquellos lectores que la podrían degustar como se merece. Por un lado, no hay ninguna obra emblemática que se les pueda vender a los lectores de mainstream para que estos la reconozcan; parece una tontería, pero es marketing elemental: si no lo puedes categorizar, es como si no existiera. Por otro lado tenemos el problema intrínseco a las recopilaciones de relatos: no son comerciales, por lo que no se les suele prestar atención. Y, para rematarlo, tenemos otros dos factores extra: la escasa atención que ha recibido la ciencia ficción entre los críticos literarios de medios generalistas, y la nula presencia que ha tenido hasta hace muy poquito tiempo en los planes de estudios académicos y en el mundo universitario.

El primer elemento depende de los lectores (qué sé yo, a lo mejor el éxito de la película Fin hace que de repente todo el mundo se interese por la novela homónima de David Monteagudo), el segundo parece un defecto estructural del mercado editorial español y, en cuanto a los dos últimos, pues bueno, las nuevas generaciones de críticos y profesores universitarios están consiguiendo que el discurso general sea favorable al género (o tal vez sean una consecuencia de este proceso). Gracias a este caldo de cultivo ha sido posible una recopilación como Prospectivas. Antología del cuento de ciencia ficción española actual, seleccionada por Fernando Ángel Moreno, y que introduce una novedad con respecto a las recopilaciones de las que hablábamos en la entrada anterior: no intenta aproximarse a los mejores relatos de ciencia ficción publicados en medios especializados, sino que tira por elevación y nos plantea, lisa y llanamente, un esto es lo mejor de la ciencia ficción española de los últimos treinta años, se haya publicado donde se haya publicado. Además, es una fuente de sorpresas.

Para los aficionados curtidos en las antologías que mencionábamos en la entrada anterior, porque podrán comprobar lo bien que siguen funcionando los clásicos de la edad de oro de los relatos españoles, pero también porque descubrirán los excelentes relatos de Bartual (el ucrónico Últimas páginas de una autobiografía) y Muñoz Rengel (Brigada Diógenes es nuestro Fahrenheit 451 patrio, aunque la acción transcurra en Roma) y, sobre todo, el inclasificable Arcan, de Manuel Vilas (un must, como relato y como autor; háganse un favor y pídanle amistad en Facebook: su cuenta justifica la mera existencia de las redes sociales).

Para los lectores que se acerquen al género desde fuera, pero sin prejuicios, porque podrán constatar las bondades de obras maestras como El rebaño, de Mallorquí (del que el seleccionador comenta, y no le falta razón, que es uno de los mejores relatos de ciencia ficción, con independencia de la nacionalidad del autor, un postapocalíptico que no tiene nada que envidiarle a La carretera, de Cormac McCarthy), de relatos llenos de sentido de la maravilla (la declaración de amor de Aguilera a Julio Verne es digna de nota), de historias valiosas y valientes (Tren, de Díez, ha abordado la tragedia del 11-M con más amplitud de miras que los autores de mainstream) o de experimentos que van más allá de la literatura y el ensayo (Patrick Hannahan y las guerras secretas, de Vaquerizo).

Y para los lectores que crean que este tipo de antologías es, por definición, predecible, porque tenemos Poetik GmbH, de Pavón (una feroz exploración de la afectividad y la memoria, en la onda de Greg Egan) o NeoTokio blues, de Vázquez (la síntesis perfecta de distopía y cómic japonés).

Es evidente que no están todos los que son, y que cada cual echará de menos algún relato en concreto o a algún autor (por ejemplo, Armando Boix, Víctor Conde, Carlos Fernández Castrosín, Ramón Muñoz, Javier Negrete, Félix J. Palma, Enrique Vila-Matas o Iban Zaldua), pero, en cualquier caso, Prospectivas es una buena recopilación que nos habla de un género vivo y cambiante, un fiel reflejo del presente y, al mismo tiempo, perfectamente consciente de su pasado.

¿Podría ser la antología que redima la ciencia ficción española de su falta de comercialidad y de su invisibilidad mediática? Tal vez no. ¿Puede marcar un antes y un después en la percepción que tienen los mundos académico y crítico de la ciencia ficción española como género? Lo más seguro es que sí: esa es su intención y, desde luego, hay muy buena materia prima para ello, tanto en la introducción de Fernando Ángel Moreno como en los relatos que la componen. Con el tiempo, llegará a ser libro de texto obligatorio de cualquier asignatura sobre cuento español contemporáneo en facultades de filología, ya lo verán.

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Las antologías de ciencia ficción española (I)

AutorJuan Manuel Santiago el 31 de diciembre de 2012 en Divulgación

Antología de la ciencia ficción española

Una de las señales más claras de que un movimiento literario se ha asentado de manera definitiva llega cuando echa la vista atrás y comienza a hablar de sí mismo. El hecho de ser consciente de que hay una historia que merece la pena contar es el primer síntoma de que ese movimiento ya es mayor de edad. Claro que, mal mirado, esto es un poco lo que sucede con los discos de grandes éxitos: a partir de determinado momento, sale más a cuenta reeditar material viejo que producir material nuevo. En realidad, todo depende del color del cristal con que se mire.

La ciencia ficción española en formato breve (es decir, cuentos y novelas cortas) no es una excepción. Salvo tres de las Antologías de novelas de anticipación (en concreto, la VII, la IX y la XVII) que editó Acervo entre 1967 y 1972, y los dos volúmenes de la Antología de la ciencia ficción en lengua castellana que publicó Miguel Castellote Editor en 1973, el género apenas se aventuró fuera de las páginas de revistas y fanzines.

La autorreferencialidad, es decir, el deseo de recapitular y publicar en formato libro los buenos relatos del género, llega cuando Domingo Santos selecciona, allá por 1982, Lo mejor de la ciencia ficción española. Aunque siempre se le ha reprochado el haber dejado fuera a algún que otro autor que luego fue importante (Rafael Marín, Juan Miguel Aguilera o Elia Barceló, por ejemplo), lo cierto es que esa antología es un buen reflejo de lo que dio de sí la década de 1970, al menos la de la órbita de la mítica revista Nueva Dimensión… porque, claro, de lo que publicaban otras revistas como Zikkurath, ni rastro. La prolongación natural de esta antología llegó en 2003, cuando Julián Díez puso de manifiesto cuán satisfactorias habían sido las dos siguientes décadas (en particular, la de 1990) y nos dejó la modélica Antología de la ciencia ficción española. 1982-2002. También aparecieron otras dos recopilaciones, sin vocación de «lo mejor de» pero llenas de buenos relatos: la Antología 10 seleccionada por Julián Díez en 2004 y los Cuentos de ciencia ficción seleccionados por Miquel Barceló y Pedro Jorge Romero en 1998. Y, claro está, los buenos autores que habían estado escribiendo buenos relatos de ciencia ficción aprovecharon el cambio de milenio para publicar recopilaciones con material propio: Besos de alacrán, de León Arsenal; Sombras de todo tiempo, de Armando Boix; La sed de las panteras, de Rafael Marín; Callejones sin salida y Laberinto de espejos, de Rodolfo Martínez; Transformándose, de Ramón Muñoz, y alguna más.

Entiéndanme, no digo que no haya buenas novelas de ciencia ficción española (que las hay), sino que esta no se puede entender (ni bien ni mal: no se puede entender, y punto) si no se conocen los relatos que la convirtieron en un género estimable y literariamente sorprendente. Pero claro, la mayoría de aquellos fanzines y revistas ya han cerrado, y el mercado editorial es (¿lo es?) históricamente reacio a publicar libros de relatos, por lo que el ochenta por ciento de la buena ciencia ficción española está condenado a la invisibilidad.

De hecho, todas las antologías que acabo de recomendar se encuentran descatalogadas ahora mismo, así que, si no se las han leído o no conocen a sus autores, tendrán que hacer una auténtica prueba de fe y creerme: contienen algunos de los mejores cuentos españoles de los últimos años, con independencia del género literario al que se adscriben.

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Ojos de lagarto, de BEF

AutorAlfredo Álamo el 29 de diciembre de 2012 en Reseñas

Ojos de lagarto, de BEF

Para quienes no conozcan el acrónimo, BEF pertenece al autor mexicano Bernardo Fernández, conocido tanto por su obra dedicada al género negro como a la ciencia ficción, así como por su trabajo en el mundo del cómic.

Ojos de lagarto, la obra que hoy nos ocupa, es una novela escrita de manera episódica, con un elemento principal –¿existen los dragones?– y varias historias que se entrecruzan a lo largo que se desarrolla la narración. Nos encontraríamos, pues, ante varios cuentos largos engarzados entre sí, pero que logran convertirse, gracias al acierto del autor, en una novela dinámica y divertida.

¿Qué nos podemos encontrar en Ojos de lagarto? Bien, BEF toma elementos de la criptozoología -ya saben, esa pseudociencia que estudia la biología de seres mitológicos o legendarios-, en un momento como el final del siglo XIX y principios del XX, en el que la exploración de espacios salvajes hasta entonces desconocidos daba como resultado el hallazgo de nuevas especies animales. De ese modo introduce la posibilidad de la existencia del dragón como un animal real… algo que mezcla entonces con leyendas orientales y la emigración china hacia Estados Unidos y México durante la construcción del ferrocarril.

BEF escribe, pero dibuja un cómic. Ojos de lagarto es una novela visual, rápida, con personajes muy bien definidos y que proporciona un buen rato al lector en busca de una historia divertida, inteligente y con el grado justo de detalle para lograr una inmersión total en la trama. Recomendada para aquellos que disfrutan con las historias de aventuras, sean fantásticas o no, con regusto a novela pulp.

¿Algo negativo? Es evidente que al buscar el artificio y el espectáculo como lo hace BEF, al presentarnos ese mundo a base de cuentos y personajes ya definidos, la narración carece de mayor profundidad y los personajes permanecen estáticos. Algo que, sinceramente, no importa lo más mínimo puesto que el estilo y el planteamiento de la obra cumplen al cien por cien con su objetivo: hacer disfrutar al lector.

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Bachicuya, el pueblo de los 1000 escritores

AutorAlfredo Álamo el 28 de diciembre de 2012 en Divulgación

¿Alguna vez se han preguntado dónde se escriben todos los best-sellers que inundan las estanterías de las grandes librerías? Uno de los secretos mejor guardados de la industria editorial, hoy al descubierto en Lecturalia.

Desierto - Bachicuya

Todavía es de noche cuando nos ponemos en marcha a través del desierto de Sonora. Nuestro conductor ha dicho que es mejor aprovechar la madrugada para llegar a Bachicuya, una pequeña ciudad cerca de Agua Prieta, un destino que no aparece en guías de viaje, documentales pintorescos, y tampoco en muchos de los mapas disponibles para turistas. En Bachicuya les gusta mantener su privacidad, algo que vienen haciendo de manera encomiable desde 1865.

Reviso las notas que nos llevaron a ponernos en contacto con el ayuntamiento de la ciudad, un hallazgo que llegó por correo electrónico de manera anónima con algunos datos sorprendentes. Fundada a principios del siglo XIX, Bachicuya era un pequeño pueblo al que durante la época del II Imperio Mexicano fue destinado el capitán Pierre Val Dieux, un joven oficial francés, para mantener una posición avanzada. Algo en apariencia normal pero que sin embargo escondía un pequeño secreto sin importancia: Pierre Val Dieux, además de militar, era un gran aficionado a la literatura. Tanto, que ejercía, junto a otros autores jóvenes de su época, como negro literario de Alejandro Dumas.

Val Dieux y sus hombres llegaron a Bachicuya, donde, al parecer, no había demasiado trabajo duro que hacer. Amigos de la vida tranquila, pronto se instalaron cómodamente y el capitán reanudó su tarea como escritor fantasma de Dumas, usando incluso la valija diplomática para hacerle llegar sus manuscritos. A principios de 1867 se le ordenó al contingente de Bachicuya que volviera a Francia, pero Val Diuex, apoyado por sus oficiales, y los propios habitantes del pueblo, se negó. Coincidiendo con la caída del II Imperio y la confusión siguiente, Bachicuya cayó en una especie de olvido administrativo que duró más de diez años, tiempo más que suficiente para que se iniciara en esta pequeña localidad mexicana uno de los negocios más curiosos de todo el siglo xix y que ha continuado hasta nuestros días: la factoría literaria más grande del mundo.

Nadie se debería sorprender al conocer que muchísimos títulos que hoy en día salen al mercado, tanto bajo el nombre de famosos literatos como de cantantes o futbolistas, no están realmente escritos por ellos. En algunos casos aportan ideas o notas, en otros, directamente, firman y cobran el cheque. Esto, además, no es nada nuevo. Val Dieux lo hacía con Dumas y, al parecer, no le iba nada mal. Hombre dado a pensar a lo grande, decidió aumentar su producción y pronto llamó a otros de los autores, desconocidos para el gran público, que habían compartido autores con él en Francia. En esos diez años de olvido, Val Dieux logró reunir a un nutrido grupo de escritores dispuestos a poner su pluma al servicio de cualquiera que pagara por ello.

El sol sale y el rastro de los neumáticos se pierde a través de una larga estela de polvo. A medida que avanzamos, el desierto se retira para dar paso a unos grandes campos de maíz. Se nota la mano del hombre y también una fuerte inversión. Si bien Bachicuya tiene una industria basada en la literatura, se nota que no han descuidado ni su entorno ni la actividad agrícola, tan importante en la región. Las primeras casas, blancas, de apenas dos alturas, se repiten a los lados del camino. Por fin, después de varias horas de camino, Bachicuya se recorta en el horizonte.

Desierto - Bachicuya

Aunque nos gustaría dar un rodeo y caminar libremente por la ciudad, nuestro conductor nos lleva directamente al ayuntamiento. Es parte del acuerdo al que hemos llegado con Juan Val Diuex, descendiente del capitán francés y, hoy en día, alcalde de la ciudad. Como ya he comentado, cuidan mucho de la privacidad de sus residentes. El propio Val Dieux sale a recibirnos y nos hace pasar dentro del ayuntamiento. El sol aprieta mucho y nos ofrece tomar algo para refrescarnos. Es un hombre de unos cuarenta años, vestido de traje y chaqueta y con unas finas gafas de pasta. De su herencia francesa le quedan unos ojos azules y una piel blanquísima. «Gajes del escritor» nos comenta «En Bachicuya pasamos la mayor parte del día escribiendo». Desde luego, su acento lo delata como un mexicano de pura cepa, aunque por su manera de comportarse me recuerda a algún alto ejecutivo europeo de la Feria de Frankfurt.

Tras unos primeros saludos, Val Dieux nos hace pasar a una gran sala biblioteca con estanterías dobles. Con más de cuatro metros de altura, la cantidad de libros que alberga debe superar, en una primera impresión, los 20.000 volúmenes. Me acerco a la primera estantería, cubierta por una vitrina de cristal. Los libros que alberga son antiguos, diría que de finales del siglo XIX. Alcanzo a ver un título y enmudezco. Le indico a Joan, el cámara, que se acerque para sacar una foto, pero Val Dieux niega con la cabeza. «Por favor, nada de fotos en detalle. Pueden ustedes fotografiar la sala, pero comprenda que no pueden ustedes revelar títulos en concreto.»

La sala alberga los títulos más destacados de los últimos ciento cuarenta años de la historia de Bachicuya, aunque la producción general ha superado con mucho esos 20.000 volúmenes que he calculado.

Libros - Bachicuya

«Tenga en cuenta que la población de Bachicuya comprende, al menos, mil escritores en activo. Nuestros números oscilan entre los mil y mil quinientos libros al año. Eso sin contar artículos para revistas, ensayos e incluso tesis doctorales»

Creo que la cara me delata y Val Dieux sonríe. Tiene una sonrisa agradable y una risa franca. Nos hace pasar a una sala más pequeña, su despacho, y señala los libros que tiene encima de la mesa. Son los más famosos que se han escrito en Bachicuya. Ahí es cuando el asombro me desborda. Reconozco las portadas y los nombres y lamento profundamente haber firmado un acuerdo de confidencialidad para venir hasta aquí.

Desierto - Bachicuya

«Tampoco se sorprenda tanto. De hecho, algunos de los autores más conocidos hoy en día, tanto en los USA como allí, en España, han trabajado en Bachicuya en algún momento. Nuestro departamento de Escritura Creativa rivaliza con el de las universidades más prestigiosas del mundo y todos los años recibimos autores para realizar un interinaje. Unos deciden quedarse, otros prueban suerte de vuelta al mundo»

Le pregunto si es rentable mantener una ciudad entera así. Vuelve a sonreír.

«Esta es una industria segura. Llevamos más de cien años trabajando gracias a la vanidad humana. Los autores que viven aquí, en Bachicuya, ganan más al año que muchos de los grandes literatos que se pasean por fiestas y festivales. La tierra es fértil, la vida es sencilla. Apenas hay crimen -excepto los pasionales, ya se sabe como son los autores-, y no hay que preocuparse por contratos, anticipos y devoluciones

Salimos a comer. La cantina donde nos lleva parece más un comedor universitario, con bandejas, autoservicio y una gran cantidad de platos. Además de la comida típica de la zona puedo reconocer, al menos, platos indios, japoneses y españoles. El tequila de después, eso sí, es mexicano al cien por cien.

Cuando el sol decae un poco y el calor se hace más soportable, salimos a pasear. La ciudad podría pasar por el barrio viejo de cualquier ciudad francesa. Val Diuex, el capitán, no el empresario, invirtió una buena cantidad de dinero en reformar la Bachicuya original. La gente con la que nos cruzamos en la calle forma un curioso crisol de razas y edades. Hay varios cafés donde se debate en inglés o castellano y el ambiente no deja de ser un tanto forzado, irreal para encontrarnos casi en mitad del desierto.

Centro - Bachicuya

Nos sentamos en uno de los cafés para hablar con Ernesto K. y Pablo O. Son dos escritores españoles, los dos apenas en la treintena, que llevan aquí tres años. Cada uno ha escrito tres libros que han sido publicados en España por Mondadori y Planeta. Ante la pregunta de cómo llevan lo de ser negros literarios se encogen de hombros y cruzan miradas de complicidad.

«En España colar un libro es muy jodido -dice Ernesto-, el mundillo literario está cerrado para las voces nuevas, sobre todo si no tienes ganas de hacerte el modernillo o inventarte rollos generacionales. Aquí cobras a fin de mes un cheque que asustaría a más de un compañero que se ha quedado en España firmando columnas en los dominicales»

«Sí -añade Pablo-, por ahora no me planteo volver. A lo mejor mediante algún contacto, cuando tenga suficiente dinero para poder dedicarme a escribir solamente lo que me gusta. Por ahora estamos bien en Bachicuya.»

Me despido de Ernesto y Pablo pensando en la clase de mercado editorial que obliga, o fuerza, a autores como ellos -me han dicho los libros que han escrito y son de primer orden- a refugiarse en este pequeño oasis, este nuevo scriptorium que funciona a base de talonario.

Le pido a Val Dieux que nos deje sacar alguna foto significativa de la ciudad pero se niega. Nos permite planos cortos y algún detalle, pero nada de rostros ni de edificios reconocibles. Uno de los éxitos de su negocio, dice, es la absoluta discreción.

Anochece cuando nos despedimos de Val Dieux, en el mismo punto en el que llegamos a Bachicuya, a las puertas del ayuntamiento. Nuestro conductor pone el motor en marcha, impaciente por salir antes de que se haga noche cerrada. Dejamos atrás la ciudad de los mil escritores, las casas blancas y los campos de maíz, para adentrarnos de nuevo en el desierto. Al poco de salir, me giro para dar un último vistazo a la ciudad; ya no queda nada. El polvo y la noche la han hecho desaparecer. Como un fantasma.

EDITADO: En realidad no hay una Bachicuya real, es una de nuestras bromas dedicadas al Día de los Inocentes. Gracias a todos los que han colaborado en la difusión de esta no-noticia y a los que se la creyeron… ¡Inocentes!

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Piratería de libros: A Dickens también le pasó

AutorGabriella Campbell el 27 de diciembre de 2012 en Divulgación

Cuento de navidad

Uno de los argumentos más conocidos dentro de la narrativa universal, y del que siempre nos acordamos al acercarnos a las fiestas de final de año, es el de Un cuento de Navidad, de Charles Dickens. Adaptado y homenajeado hasta la saciedad, esta historia del célebre escritor británico ha trascendido las fronteras de lo anglosajón; en ella, un viejo avaro y miserable, Ebenezer Scrooge, aborrece todo lo que es bueno y bonito y, ante todo, navideño. Durante la Nochebuena se le aparecen varios fantasmas: el de su socio fallecido, el fantasma de las Navidades pasadas, el fantasma de la Navidad presente, y el fantasma de la Navidad futura, que es el que, finalmente, le enseña su propia tumba y le introduce el suficiente miedo en el cuerpo como para que el hombre haga un carpe diem en condiciones y se dedique a celebrar tan señaladas fiestas de la forma más alegre y generosa posible.

Pero lo que muchos desconocemos es que este celebrado cuento, esta historia tan conocida, sufrió de un caso algo ridículo de piratería. Dos meses después de que apareciera publicado por Dickens, en 1844, la revista Parley’s Illuminated Library lo copió y lo puso a la venta. Dickens los llevó a juicio y ganó. Para su desgracia, los piratas fueron los que ganaron, a la larga, ya que se declararon en bancarrota y el pobre autor tuvo que cubrir él mismo los costes del juicio en el que había salido victorioso: nada más y nada menos que 700 libras esterlinas, el equivalente de más de sesenta mil euros actuales. Su experiencia con la cara más triste de la ley inspiró a Dickens a la hora de escribir otra de sus grandes obras, Casa desolada.

A Dickens le llevó apenas seis semanas escribir su cuento navideño, que se publicó el 19 de diciembre de 1843, y cuya tirada inicial, de seis mil unidades, se agotó antes de Nochebuena. Esta metáfora de la sociedad en la que vivía, donde la ley no protegía a las víctimas de la revolución industrial, y a la que Dickens señalaba predicando, como su fantasma, un terrible futuro de muerte y destrucción, tuvo una influencia tremenda sobre sus lectores. Tal vez la anécdota más conocida sea la relacionada con el dueño de una fábrica de Boston, Massachusetts, que acudió a una lectura de este relato en Nochebuena, y se vio tan emocionado por la historia que decidió cerrar su fábrica el día de Navidad; acto seguido le envió a cada uno de sus empleados un pavo para el almuerzo. Fue un relato que asoció de manera definitiva a la Navidad con la buena voluntad, la compasión y la generosidad con la que hoy en día se espera que la celebremos.

Lo cual no quita, claro, que hubiera alguien dispuesto a aprovechar este cuento para hacer algún que otro beneficio. Resulta triste que un relato tan lleno de buenas intenciones acabara costándole tanto tiempo, esfuerzo y dinero al gran escritor; pero al mismo tiempo fue, curiosamente, un proyecto de lo más rentable; decidió, para escándalo y crítica de sus coetáneos (que no entendían cómo un autor de su talla se rebajaba a realizar representaciones como un actor cualquiera) llevarlo al teatro él mismo, diez años después de su primera publicación, lo que le acarreó grandes aplausos e infinitas entradas vendidas. Durante 17 años se subió al escenario para compartir con su público su historia navideña; fue también su despedida del mundo. En 1870 realizó su última representación; tres meses después murió, y nos legó uno de los cuentos de Navidad más conocidos del mundo.

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Bienvenidos a la New Adult Fiction

AutorGabriella Campbell el 26 de diciembre de 2012 en Divulgación

Easy de Tammara Webber

Uno de los mayores aciertos de J. K. Rowling al escribir los libros de Harry Potter fue que en vez de visualizar a sus lectores con una misma edad, unánime y atemporal, se los imaginó en constante evolución y crecimiento. Los libros maduraron para responder a estos lectores potenciales, lectores que habían empezado con Harry Potter y la piedra filosofal cuando eran apenas unos niños, y que para Harry Potter y el príncipe mestizo ya eran adolescentes que necesitaban de obras más complejas (y también, como pudo vislumbrar Rowling, más oscuras). La escritora británica supo adaptarse a un público lector que crecía con sus libros, con lo que el atractivo de estos se multiplicó. Cubría así un espectro lector bastante amplio, algo que suele fallar en otras sagas largas, que están dirigidas a receptores de edades determinadas.

Pero no todos los escritores saben atender a un espectro tan variado, ni son capaces de combinar el atractivo de la literatura para jóvenes con la madurez de la literatura adulta, como pudo Rowling, cuyas novelas atraen a niños, adolescentes y a adultos (o como ocurre con George R. R. Martin, cuyas novelas, marcadamente adultas, caen con frecuencia en las ansiosas manos de lectores adolescentes). ¿Qué ocurre cuando encontramos un nicho de difícil definición, a medio camino entre la literatura juvenil y la literatura adulta?

Amazon, cómo no, ha sido la que ha terminado de etiquetar la tendencia, al categorizar a estos libros como New Adult Fiction (ficción para nuevos adultos). El nombre surgió en 2009, a raíz de un concurso del sello editorial St. Martin’s Press, que solicitaba manuscritos con protagonistas un poco mayores que los típicos de la literatura juvenil, y que puedan ser atractivos para un público adulto. Poco a poco la etiqueta, que se aplica a todo tipo de temáticas, comenzó a usarse para libros que cubrían ese mercado menos explorado en literatura contemporánea de los veintipoco, un mercado que había quedado algo abandonado desde el declive de la chick-lit más joven, y que se ha visto saturado, sobre todo, de obras destinadas más bien a adolescentes. Esta nueva categoría empieza a tentar a las editoriales, que la consideran una manera perfecta de ampliar su mercado potencial. Comienza a tomar fuerza gracias a ciertos grandes éxitos de autores autoeditados que han obtenido fama y prestigio comercial subidos a la nueva ola digital. Estos libros que avanzan ahora con paso firme tienen como nexo a su lector: este por lo general ha terminado sus estudios básicos y es universitario y/o ejerce su primer trabajo serio. Es un lector que acaba de independizarse y que está aprendiendo, de repente, a valerse por sí mismo y a ser realmente un adulto. Mientras que la literatura juvenil se trata más del autodescubrimiento, del bildungsroman, del paso de la infancia a la madurez, en la New Adult Fiction se trata de encontrar el lugar de uno en la sociedad y de empezar a construir una vida propia fuera del entorno íntimo de la familia. Los protagonistas ya no son niños ni adolescentes, sino adultos, si bien unos adultos con escasa experiencia vital, como recién salidos de fábrica, con la carga que supone responder a una serie de responsabilidades hasta ahora desconocidas, acordes con su nueva edad y condición.

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John Wayne y un ornitorrinco entran en un saloon…

AutorJuan Manuel Santiago el 25 de diciembre de 2012 en Divulgación

Albert of Adelaide

Los lectores más avezados habrán reparado en que el título de esta entrada se inspira en Platón y un ornitorrinco entran en un bar, de Thomas Cathcart. ¿Significa eso que vamos a hablar de libros de filosofía? No, pero sí vamos a hacerlo de ornitorrincos. En concreto, de Albert, el simpático protagonista de Albert of Adelaide, de Howard Anderson, que próximamente será publicada por RBA y que apunta maneras de sorpresón de la temporada.

Albert es un prófugo del zoológico de Adelaida y se interna en el Gran Desierto para buscar la Vieja Australia, el territorio mítico de sus ancestros. En vez de eso, se mete en mil y una aventuras, que lo terminan convirtiendo en una especie de Robin Hood del desierto. Albert se alía con un uombat alcohólico y un diablo de Tasmania un pelín zumbado para luchar contra los mafiosos locales (una zarigüeya y un ualabí), la amenaza de los dingos montaraces, y la xenofobia y el desprecio de los canguros y bandicuts. Albert of Adelaide es una historia dura, de perdedores que intentan trascender todos los obstáculos que se interponen entre ellos y su sueño, contada con la épica de un western de John Ford, la crudeza de un western de Sam Peckimpah y la economía de medios de un western de Sergio Leone. También es un retrato de la contradictoria Australia, tan acogedora con los emprendedores pero, al mismo tiempo, tan racista con los aborígenes. Es, por definirla de alguna manera, lo que le habría salido a Robert Crumb si adaptara Hell on Wheels o Deadwood al cómic, pero situando la acción en Australia y añadiendo animalitos.

Animalitos. Esta es la clave. Lo que hace que Albert of Adelaide funcione como un novelón (aparte de lo bien escrita que está) es el tono de fábula. La presencia de animales, desde Esopo hasta nuestros días, pasando por Lafontaine y Samaniego, es una coartada argumental para presentar los vicios y virtudes de los seres humanos. El mensaje se entiende mejor si introducimos en la narración una cigarra y una hormiga… o una granja en la que los cerdos se hacen con el poder, como hacía George Orwell en Rebelión en la granja, que es otro de los referentes ineludibles de Howard Anderson.

Que quede claro: no estamos hablando de novelas con animalitos que hablan (y aquí podríamos remontarnos a Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll, El viento en los sauces, de Kenneth Grahame, El mago de Oz, de L. Frank Baum o, ya puestos, hasta la teleserie Alfred J. Kwak o la película Porco Rosso), sino de novelas para adultos en las que los animales han sido humanizados para que la moraleja de la fábula se entienda mejor. Novelas en las que se ha antropomorfizado personajes animales.

Los referentes son la ya citada Rebelión en la granja, de George Orwell y La colina de Watership, de Richard Adams. Dos obras maestras indiscutibles a las que Albert of Adelaide, pese a ser una buena novela, tal vez no se acerque, ni literaria ni antropomorfizadoramente hablando, pero con las que tiene una deuda evidente.

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La fortaleza, de F. Paul Wilson

AutorAlfredo Álamo el 24 de diciembre de 2012 en Reseñas

La fortaleza, de F. Paul Wilson

Con La fortaleza, Alamut nos trae uno de los títulos clásicos del terror fantástico americano de los años 80, escrita por el prolífico, y poco conocido en castellano, F. Paul Wilson, autor de más de cuarenta novelas de género.

La fortaleza fue el primer libro de terror de Wilson, antes se había dedicado más a la ciencia ficción, y en el que mezcla una historia bélica al más puro estilo Ludlum con elementos del horror desconocido, como Lovecraft, y la figura del héroe solitario que parece, con toda seguridad, heredada de la obra de Robert E. Howard.

En La fortaleza encontramos un destacamento alemán cuya posición en un viejo, y misterioso, castillo de los Alpes Rumanos se vuelve insostenible a medida que alguien -o algo- va acabando con sus integrantes uno por uno. La intervención de un oficial de las SS conseguirá que la situación no mejore en absoluto mientras que al otro lado del Mediterráneo, un hombre misterioso inicia su viaje hacia la fortaleza ocupada.

La novela es un claro ejemplo del horror fantástico de su época, que ayudó a configurar, y su estilo está lleno de un momento de tensión tras otro, sin preocuparse por guardarse nada, y sin complejos con su mezcla de géneros, resultando una lectura atractiva para aquellos aficionados al horror y a la aventura. La fortaleza es una novela dinámica, con un ambiente opresivo muy logrado, y que, pese a seguir aferrado a la existencia de un enemigo real y físico -algo que seguirá usando en el resto del ciclo de El Adversario-, consigue ir un poco más allá que la mayoría de novelas de buenos contra malos, aunque se echa de menos un poco más de desarrollo en los personajes principales

No puedo dejar de mencionar la adaptación cinematográfica de la novela, El torreón, dirigida en 1983 por Michael Mann y que resultó un absoluto fracaso de taquilla, en parte debido al efecto «Lady Halcón» de la banda sonora compuesta por Tangerine Dream. (Pese a todo, he de decir que recuerdo la película con mucho cariño).

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La mujer de negro, de Susan Hill

AutorRaquel Vallés el 22 de diciembre de 2012 en Reseñas

La mujer de negro - Susan Hill

La mujer de negro de Susan Hill puede definirse sin problemas como una historia victoriana de fantasmas y el hecho de haber sido escrita en 1983 casi parece un error tipográfico. Contiene todos los elementos necesarios: el protagonista forastero, incrédulo pero valiente que encontrará un aliado, el pueblo que guarda un secreto, una historia pasada terrible, un escenario hermoso pero aterrador, una casa misteriosa… todos estos puntos unidos a una historia en primera persona que recuerda al estilo de La dama de blanco convierten a esta novela corta en un perfecto ejemplo de novela de fantasmas.

Arthur Kipps trabaja en una firma de abogados que se encarga de los asuntos de la señora Drablow, recientemente fallecida, y es el encargado de viajar a la casa de la difunta para poner en orden sus posesiones; es el primer trabajo importante para Kipps que lo ve como una oportunidad de hacerse valer frente a su jefe y conseguir afianzar su posición económica y poder así casarse con su prometida, Stella. Así que abandona el Londres frío y brumoso de noviembre camino de Crythin Gifford en la costa este, entusiasmado con el trabajo y con la posibilidad del viaje. La llegada a Crythin Gifford es más fría de lo que esperaba y el propio viaje en tren parece un aviso de que nada va a ser como espera.

Así que ya tenemos al forastero intrépido en el pueblo que guarda un secreto y es que, bien pronto, Kipps advierte que nadie quiere hablar sobre la señora Drablow y en el funeral de la anciana tan solo acuden él y el representante de la inmobiliaria, aunque Kipps llega a ver a una mujer joven que parece querer presentar sus respetos a la anciana.

La señora Drablow vivía en Eel Marsh una casa ubicada en las marismas que queda aislada cuando sube la marea y por la que sólo se puede acceder mediante un paso en una zona donde las nieblas pueden impedir toda visibilidad. Tenemos así, la casa misteriosa, con cementerio incluido, y el escenario incomparable. Nos falta la historia terrible, que provoca el miedo en el pueblo y que amenaza a sus habitantes como una maldición.

La mujer de negro es una novela corta, muy entretenida, que consigue grandes momentos de tensión y que no debería de faltar en ninguna biblioteca de aficionado al terror. Una efectiva historia de género que ha tenido diferentes versiones tanto en teatro, televisión y cine.

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