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Libros sobre vacaciones

AutorGabriella Campbell el 9 de agosto de 2011 en Divulgación

Vacaciones y libros

Cuando hablamos de vacaciones, lo primero que se nos viene a la mente es el consabido trío de mar, sol y montaña. Los viajes a la playa, el turismo rural, las excursiones senderistas o las escapadas a balnearios son todo sustitutos más que aceptables a la rutina del resto del año. Incluso quedarse en casa, tomando el sol en el patio de tender la ropa, suena mejor que enclaustrarse en una oficina, contando los días para que llegue el deseado fin de semana. Y ya que en vacaciones se relaja uno (teóricamente), y lee más que el resto del año, parece la época propicia para leer libros que traten, precisamente, sobre las vacaciones.

Pero no todo va a ser coser y cantar, sangría y siesta, en las vacaciones de nuestros favoritos literarios. Ballard disfrutaba desentrañando la parte más sórdida y triste de las vacaciones (puntuales o eternas), de jubilados y turistas en urbanizaciones de lujo de nuestra Costa del Sol, como pudimos ver en Noches de cocaína, donde la reluciente fachada del conglomerado Estrella de Mar escondía todo tipo de amargas realidades, producto de una clase media-alta aburrida, sufridora de diversos grados de insolación y locura. El escritor anglosajón pretendía retratar a una nueva clase social compuesta de habitantes sin ataduras económicas, familiares ni morales, ambientada bajo el sol del Sur de España.

Y la Costa del Sol no es el único lugar donde uno puede celebrar unas vacaciones menos beneficiosas de lo esperado. ¿Quién no se acuerda de la escalofriante Señor de las moscas de William Golding, donde el naufragio en una isla paradisíaca tiene todo tipo de consecuencias alarmantes? Un grupo de preadolescentes, evacuados de una guerra desconocida, se encuentran en un lugar virgen donde deben aprender a sobrevivir y a relacionarse entre ellos. Lo que pudo tener atisbos de Verano azul termina por parecerse más a Battle Royale, y las únicas amenazas reales que presenta la isla es el propio enfrentamiento entre los niños.

En lo que se refiere a las visitas a lugares exóticos que se alargan más de lo esperado, podemos recurrir al tórrido Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell. En los libros que componen el Cuarteto, el calor es el elemento omnipresente, conduciendo lentamente a la desesperación a los personajes, pasionales y enfebrecidos. La Alejandría de Durrell está repleta de actores que sólo están de paso, figuras efímeras que parecen dispuestas a partir en cualquier momento, personas que vienen de otros lugares y que no tardarán en marchar, envueltas de miles de maneras con aquellos que son nativos de la ciudad. Y si buscamos más lugares calurosos con viajes de pesadilla, también podemos visitar Plataforma, de Houellebecq, que analiza de manera polémica la relación entre el turismo, la prostitución y el terrorismo, todo desde la perspectiva de una apatía que contrasta duramente con la extraña pasión de un nuevo amor.

En cualquier caso, vayamos preparados a cualquier viaje de pesadilla: llevemos unos cuantos libros bajo el brazo. Y si lo que tenemos es miedo de que se nos estropeen con tanto baño en el mar y en la piscina, nuestros problemas se acabarán pronto: parece ser que en mayo de 2012 se publicará el primer libro impermeable (el primero para adultos, ya que ya hay unos cuantos dirigidos al público infantil), utilizando una técnica que lleva ya años aplicándose a los billetes de muchos países para aumentar su resistencia.

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El archivo de J. G. Ballard

AutorAlfredo Álamo el 8 de agosto de 2011 en Noticias

Milenio Negro

J. G. Ballard fue un escritor visionario cuya capacidad para ver lo más oscuro de la naturaleza humana hizo que la mayor parte de sus obras no pasaran de ser, en su tiempo, consideradas mucho más que simples obras de ciencia ficción, pese a su tremenda carga ideológica. Ballard predijo un futuro cercano, una evolución social, para ser más exactos, a la que nos estamos acercando peligrosamente. Alejado de la visión más cyberpunk de grandes corporaciones supranacionales, Ballard planteó la vuelta a la vieja revolución pequeño burguesa, la de aquellos a los que habían convencido de que eran ricos, o que podían serlo, pero que a las primeras de cambio se encontraban abandonados a su suerte en un mundo dominado por la crisis financiera. ¿Os suena, verdad?

Pues bien, Ballard, con el tiempo, comenzó a ser tratado, además, como se merecía, como uno de los grandes escritores del siglo XX, sobre todo en el ámbito de la crítica anglosajona. A su muerte, que sucedió en 2009, su archivo fue donado a la British Library, desde donde llevan ya dos años clasificando la ingente donación quizá más orientada a un legado personal que literario, ya que Ballard siempre decía que no guardaba apenas material de su trabajo. Hay que tener en cuenta también que toda la información está o bien escrita a mano o a máquina, ya que el autor británico jamás tuvo un ordenador.

Como documentos literarios interesantes nos podemos encontrar con varios de los manuscritos iniciales de Crash -una de sus obras llevada al cine por David Cronenberg-, uno de sus libros más perturbadores. Para los curiosos de las obras sin acabar, que de eso siempre hay, en el archivo hay cinco libretas con notas para una novela en la que el mundo le declara la guerra a los Estados Unidos y lanza un ataque preventivo sobre sus posiciones militares. La que habría montado Ballard de llegar a publicar esta obra.

De todas formas, no hay mucho más para los amantes de la memorabilia librera, a Ballard no le gustaba guardar constancia de principios en falso o versiones descartadas. De todas formas, cuando el archivo esté clasificado y pueda ser consultado en condiciones no dudo que merecerá una buena exposición de obligada visita para todos los que disfrutamos con los ominosos vaticinios de J. G. Ballard.

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El buzón de sugerencias de la R.A.E.

AutorVíctor Miguel Gallardo el 7 de agosto de 2011 en Noticias

Buzón RAE

Parece que, por fin, algunas voces desde dentro de la Real Academia Española de la Lengua han hecho caso a la petición que muchísimos hispanohablantes llevábamos tiempo reclamando casi a gritos: que no sea una institución encerrada en sí misma, que recoja las opiniones de los ciudadanos para que su Diccionario, el más importante de nuestra lengua y sobre el que se basan todos los demás, se modifique de acuerdo a los tiempos que corren.

Exagero, ciertamente. Lo que la R.A.E. ha creado es un simple buzón de sugerencias electrónico, a través de una dirección de e-mail, en el que cualquiera puede aportar su opinión con respecto al diccionario. Estas opiniones pueden ser muy amplias, desde la petición de inclusión de nuevos vocablos a la eliminación de otros o la corrección de definiciones erróneas o incorrectas. En realidad ésta última utilidad es la que sospecho que en la práctica será más usada. Darío Villanueva, secretario de la R.A.E., lo ha ejemplificado a la perfección con sus últimas declaraciones, en las que comenta una anécdota al respecto: una hispanohablante totalmente anónima (en este caso una ciudadana colombiana residente en Australia) se puso en contacto con la Real Academia para avisarles de que la definición que el Diccionario daba de la palabra “champú” no era correcta. Dicha definición, que seguirá siendo la oficial hasta que en la próxima edición del Diccionario (la vigésimo tercera edición, por cierto) sea revisada, es la de “loción para el cabello”. Según ella sería más adecuado que, en vez de “loción” se utilizara la palabra “jabón”, y según Villanueva tenía toda la razón. Un poco extraño toda vez que la definición que la R.A.E. hace de “loción” sea, en su segunda acepción, la de “producto preparado para la limpieza del cabello o para el aseo corporal”. No entiendo demasiado bien que fuera precisamente este el ejemplo elegido para mostrarnos las virtudes del nuevo servicio.

Villanueva, eso sí, ha advertido sobre que no se aceptarán propuestas sobre corrección política. Ya hablamos aquí en Lecturalia hace unos meses del debate surgido alrededor de la palabra “rural” y sus connotaciones negativas. Es justo a lo que se refiere el secretario de la Academia: “El Diccionario no puede ser políticamente correcto”, manifestó, “porque la lengua sirve para amar pero también para insultar. No podemos suprimir las palabras que usamos cuando nos enfadamos o cuando somos injustos, arbitrarios o canallas”. Villanueva, con respecto al buzón electrónico, fue muy claro al manifestar que “cualquier hablante es para nosotros una autoridad” a la que hay que prestar oídos.

La 23ª edición del Diccionario de la Real Academia ya está en marcha, después de que la publicación de la anterior, de 2001, no estuviera exenta de polémica. Pedro Álvarez de Miranda, filólogo nacido en Roma y uno de los académicos más recientes (“heredó” el sillón Q de Carlos Castilla del Pino en 2010) ha sido el elegido para ser el director de la nueva edición, en la que estarán involucradas las veintidós Academias de la Lengua Española. Como novedades aparecerán por primera vez palabras como “abducir”, “cultureta”, “jet lag”, “libro electrónico” y “muslamen”, así como también “antiespañol”. Porque, como bien dice Villanueva, nuestro idioma no sirve sólo para amar, claro.

Literatura española… adaptada (I)

AutorVíctor Miguel Gallardo el 6 de agosto de 2011 en Divulgación

Ninette y un señor de Murcia

No debería sorprendernos el hecho de que algunas de las películas más importantes de la historia del cine español sean adaptaciones, precisamente, de algunas de las novelas más importantes de nuestra literatura. No todas, por supuesto: de existir un “top” del cine español y no cientos (o miles, ya que cada aficionado al cine tiene uno en la cabeza), nos encontraríamos con gran cantidad de guiones originales entre los puestos más altos. Sería impensable que no estuvieran en los primeros puestos de esa lista cintas como El verdugo, Plácido, Bienvenido, Mister Marshall, El extraño viaje o El cochecito, todos ellos guiones originales de Berlanga, Azcona y compañía. Dejando a un lado al ínclito Luis Buñuel, lo mejor de nuestro cine fue firmado por ellos, por Juan Antonio Bardem y por Fernando Fernán Gómez.

Pero Azcona y Berlanga trabajaron sobre todo con guiones originales. Incluso Buñuel, el más particular de nuestros creadores cinematográficos (y seguramente el menos español de todos), recurrió en ocasiones a guiones adaptados. Una de sus grandes obras, Tristana (1970), se basa en una novela de Benito Pérez Galdós de 1892. No es la única adaptación en su carrera: Ese oscuro objeto del deseo (1977) bebe de la obra de Pierre Louys, Leonor (1975) de la de Ludwig Tieck, Diario de una camarera (1964) de la de Octave Mirbeau y El río de la muerte (1955) de la del mexicano Miguel Álvarez Acosta. Desafecto de España y lo español durante la convulsa posguerra, el que una de sus últimas obras maestras estuviera, por fin, basada en un autor patrio no parece ser casualidad aunque, de todas formas, Buñuel prefirió durante la mejor época de su carrera utilizar sus propios guiones, escritos en solitario o con colaboradores como Jean-Claude Carrière o Luis Alcoriza.

Al igual que el tándem dirección-guión formado por Luis García Berlanga y Rafael Azcona, Juan Antonio Bardem, otro de nuestros más importantes directores, tampoco recurrió con frecuencia a nuestra literatura para elaborar sus obras. La que es quizás la más importante obra de Bardem junto con Muerte de un ciclista (1955), fue la excepción que confirma la regla: estamos hablando de Calle Mayor (1956), que se basaba en la obra de Arniches La señorita de Trevelez. Calle Mayor fue una de las primeras películas españolas que triunfó fuera de nuestras fronteras en festivales de importancia: si Bienvenido Mister Marshall (1953) había tenido gran acogida años atrás en Cannes, la película de Bardem triunfó en otro festival, el de Venecia, en donde recibió el premio de la Crítica y debió llevarse el León de Oro al ser la película más votada (el premio quedó finalmente desierto). La irregular carrera de Bardem, que acabó realizando telefilmes para televisión, no tiene más que dos o tres guiones adaptados más, entre ellos uno basado en la obra de Julio Verne (La isla misteriosa y el Capitán Nemo, 1973).

Fernando Fernán Gómez, en cambio, sí que fue un director que recurrió de forma habitual a novelas más o menos conocidas a lo largo de su fecunda carrera cinematográfica. Entre sus adaptaciones hay que reseñar El malvado Carabel (1956), basada en una obra de Wenceslao Fernández Flórez; Sólo para hombres (1960) y Ninette y un señor de Murcia (1965), ambas de Miguel Mihura; La venganza de Don Mendo (1961), de Pedro Muñoz Seca; El mundo sigue (1963), de Juan Antonio Zunzunegui; Los palomos (1964) y Cómo casarse en siete días (1971), de Alfonso Paso; Mayores con reparos (1966), de Juan José Alonso Millán. Fernán Gómez, que protagonizó la mayor parte de las películas que dirigió, muchas de las cuales con guiones originales o adaptados suyos, llevó esta omnipresencia creadora hasta el extremo en 1989 con El mar y el tiempo, película que contaba con su dirección y guión adaptado, que por supuesto protagonizó… y que para más inri se basaba en una novela propia.

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Facebook compra Push Pop Press

AutorAlfredo Álamo el 5 de agosto de 2011 en Noticias

Push Pop Press

Un libro tradicional convertido en formato ePub para un lector electrónico no modifica en absoluto la manera de leer, de recibir la información. Texto plano mostrado en unidades (páginas) con, ocasionalmente, dibujos estáticos.

El año pasado surgió una iniciativa apadrinada por el político y filántropo Al Gore para dar salida a las voces que buscaban un nuevo tipo de libro para la época digital y multimedia. La editorial Push Pop Press presentó un formato nuevo, especialmente diseñado para dispositivos móviles -tablets o teléfonos- que aprovechaba las características más importantes de las nuevas tecnologías, es decir, la adición de vídeos, fotos y sonidos acompañando a un texto, pero de una manera lo más intuitiva posible y que fuera capaz de funcionar con la información en lugar de caer en el vicio más grande de la Sociedad de la Información: la dispersión de contenidos y la falta de atención.

Pues bien, parece que su iniciativa, que estaba suspendida en el tiempo, ha encontrado un nuevo valedor, Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook, que ha valorado las posibilidades de esta empresa y ha decidido comprarla. Sin embargo, en principio, no parece que Facebook vaya a ofrecer libros electrónicos, como se ha rumoreado, sino que es precisamente esa facilidad de uso e integración de elementos multimedia la que ha llamado la atención del empresario americano. Eso tampoco quiere decir que Push Pop Press deje de lado el mundo de los libros, pero es más probable que su trabajo redunde más en la interfaz y el trabajo de Facebook en los próximos meses que en nuevos proyectos dedicados a los libros.

Este movimiento, sin embargo, apunta a la posibilidad futura de un registro coherente sobre nuestros movimientos en la red, nuestros aportes, nuestra nueva historia social que, hasta ahora, se pierde y en la que vivimos cercanos a la inmediatez, sin poder echar la vista atrás y ordenar bien todos esos pensamientos, fotos, vídeos y comentarios a los que dedicamos más tiempo cada día; un libro transmedia que recoja nuestra existencia virtual.

Más información: Push Pop Press

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Grandes pseudónimos (III)

AutorGabriella Campbell el 4 de agosto de 2011 en Divulgación

Valle Inclán

Como ya comentábamos en el artículo anterior, no han sido los autores extranjeros los únicos en usar un nom de plume o pseudónimo. En España hay una larga tradición de utilizar nombres de guerra para el ejercicio literario, y a veces eran realmente más títulos bélicos que autoriales, debido a su uso como tapadera para todo tipo de peleas, insultos y combates lingüísticos y personales.

El pseudónimo llegó a convertirse en un nombre tapadera, como es el caso del conocido Alfonso Fernández de Avellaneda, que en 1614 hacía circular una versión apócrifa de una obrilla llamada El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, y que incluía en su prólogo toda una colección de palabras de desprecio hacia el autor de dicha obra, Miguel de Cervantes. En cuanto a quién se hallaba detrás del nombre Avellaneda, nadie lo sabe con seguridad, pero se barajan nombres como Jerónimo de Pasamonte, Pedro Liñán de Riaza, Baltasar Elisio de Medinilla o Cristóbal Suárez de Figueroa. En los casos primeros, sobre todo, parece estar involucrada la vengativa mano del dramaturgo Lope de Vega, que pudo haber encargado dicho apócrifo a alguno de estos escritores, amigos suyos, o haberlo realizado, parcialmente, él mismo. Lope no era ajeno a los pseudónimos, se le conocen varios, entre los que destaca, seguramente, el de Gabriel Padecopeo, que utilizó para algunos de sus poemas, probablemente para ocultarse de la furia de maridos, hermanos y padres de las mujeres a las que agasajaba en sus versos.

Otro nombre artístico con el que se han deleitado los lectores españoles ha sido el de Miguel de Musa, con el que un joven Francisco de Quevedo escribió unos versos que parecían parodiar el estilo de un tal Luis de Góngora, una imitación burlesca que el cordobés no perdonó y que inició una de las batallas literarias más conocidas del mundo literario. También tenemos en nuestro país casos de mujeres escritoras que utilizaron nombre masculino para poder hacerse hueco en un mundo de grandes autores y escasas autoras, ya lo hacía en el siglo XIX Cecilia Böhl de Faber al firmar como Fernán Caballero.

La lista de pseudónimos españoles es larga, y de muchos se han destapado los nombres originales (o nunca se ocultaron en gran medida, usándose, como en los ejemplos que vimos en los artículos anteriores, simplemente para distanciarse del nombre utilizado en su actividad profesional). En el caso de Azorín, por ejemplo, la posición política del escritor y su uso ferviente del periodismo como medio de crítica y ensayo lo impulsaron a utilizar varios pseudónimos diferentes, si bien al final de su vida los abandonó para firmar con J. Martínez Ruiz, su nombre real. Cabe mencionar también a Valle Inclán, bautizado Ramón José Simón Valle Peña, que tomó su nombre artístico de su antepasado, Fernando de Valle Inclán; y si hablamos de otros países hispanohablantes no podemos dejar de mencionar a Plácido, el cubano Gabriel de la Concepción Valdés; al chileno Pablo Neruda (Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto), o a la también chilena Gabriela Mistral (Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga).

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Qué leer cuando estás de vacaciones

AutorGabriella Campbell el 3 de agosto de 2011 en Divulgación

Banana Yoshimoto

A pesar de las cada vez más comunes restricciones de peso y espacio cuando llega el anhelado momento de viajar por vacaciones, parece ser que el libro (o libros) sigue siendo uno de los elementos más comunes que incluimos en maletas, bolsos y equipaje en general. No en vano el verano es seguramente la época del año con mayores ventas de libros, ya que la oportunidad de tumbarse junto a la playa o la piscina, o de enfrentarse con trayectos de larga duración, nos anima a ponernos al día con una actividad que, con el trajín del día a día, tenemos más abandonada: la lectura. ¿Pero qué libros son los que llevamos con nosotros de vacaciones y, más importante, nos los leemos?

Para aquellos para los que la lectura es un acto público, de demostración, urge hacerse ver con algún clásico de la literatura universal, o con alguna recomendación oscura de libreros y webs alternativas. Sin embargo, desde un punto de vista práctico, ¿es Guerra y paz el libro más recomendable para descansar junto a la orilla? ¿Y la recopilación de poesía dadaísta, es manejable para las siestas post-paella? ¿No preferiría el lector, en una situación semejante, tener entre sus manos algo más ligero y de fácil digestión? Los blogs y webs de lectura recomiendan obras intermedias: generalmente superventas bien considerados como la saga Millenium o cualquier cosa de Murakami. El thriller sueco, sin embargo, no se limita a Los hombres que no amaban a las mujeres, otros escritores del helado norte como Camilla Läckberg o Anna Jansson están haciendo mella en los lectores de nuestro país, y otros escritores del lejano oriente empiezan a verse también en nuestras estanterías y en nuestras maletas, como la exitosa Banana Yoshimoto.

Tal vez lo más inesperado de este verano ha sido la irrupción de lo fantástico en las bolsas de viaje. Tras el creciente éxito de obras consideradas de ciencia ficción como La chica mecánica de Bacigalupi, parece que ciertos géneros tradicionalmente considerados menores podrían hacer las delicias del lector generalista. Tras el apabullante éxito de El señor de los anillos gracias a las películas de Peter Jackson, la creación de la serie Juego de tronos por parte de la siempre meritoria cadena estadounidense HBO ha sido el incentivo necesario para que aquellos que todavía no conocían la obra de George R. R. Martin puedan acercarse a la fantasía épica sin complejos. La oferta de Martin de una épica para adultos aleja la imagen de lo fantástico como literatura juvenil y nos acerca a una saga de lectura rápida y trepidante, que puede ser devorada con la misma voracidad que un Dan Brown o un Ken Follett (pero tal vez con más orgullo). Y si uno no quiere tener que cargar con varios tomos de tamaño poco manejable llenos de Lannisters, Starks y Targaryens, siempre puede recurrir a un lector electrónico, con la ventaja de poder leer absolutamente cualquier cosa sin temor a quedar poco (o demasiado) intelectual frente a sus compañeros de vóley playa.

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Nefasta última semana de julio

AutorVíctor Miguel Gallardo el 2 de agosto de 2011 en Noticias

Agota Kristoff

La última semana de julio de este año ha visto cómo fallecían tres escritores que, cada uno en su terreno, han sido de gran importancia en las últimas décadas. El primero en abandonarnos fue el historiador, especializado en el mundo árabe, Joan Vernet i Ginés. Vernet es uno de los historiadores españoles más importantes en su campo de todo el siglo XX, y uno de los promotores principales de los novedosos estudios sobre ciencia árabe, además de la evolución de la ciencia en el Medievo y el Renacimiento. Sobre el mundo islámico no se limitó a profundizar en sus avances científicos y tecnológicos y en su repercusión en el mundo cristiano medieval, sino que también son importantes sus aportaciones en materia de investigación religiosa. Suya es una importante traducción del Corán, el libro sagrado de los musulmanes, y suya también es una biografía de Mahoma, su principal profeta, publicada hace un lustro. Sus intereses también le llevaron, entre otros muchos trabajos, a traducir el libro de Las Mil y Una Noches. Vernet fue merecedor de muchos premios a lo largo de su carrera, entre ellos el Premio Menéndez Pidal, la Cruz de San Jordi o el Premio Sharjah.

Apenas unos días después fue Agota Kristof, escritora húngara en lengua francesa, la que falleció. Aunque sus primeras incursiones en la literatura fueron en el teatro y la poesía, es conocida principalmente por una trilogía de novelas que en España ha sido publicada bajo el título de Claus y Lucas. La trilogía está compuesta por las novelas El gran cuaderno (1986, Premio Europeo de Literatura Francesa), La prueba (1988) y La tercera mentira (1991). El gran cuaderno es su obra más importante, y ha sido traducida hasta la fecha a una treintena de idiomas.

El último día de julio fue el autor cubano Eliseo Alberto el que nos dejó, tras una larga búsqueda de un donante de riñón que pudiera salvarle la vida. El riñón llegó finalmente, pero murió por complicaciones cardíacas durante la intervención. Eliseo Alberto, que residía desde hace décadas en México (cuya nacionalidad adoptó), se hizo popular en las letras hispanas después de ganar en 1998 el prestigioso premio de novela Alfaguara, que se convocaba de nuevo después de un parón de más de veinticinco años. La obra premiada fue Caracol Beach. No era su primera novela, tampoco fue la última; ni siquiera era el primer premio importante que recibía (ya había ganado años atrás el Premio Nacional de la Crítica cubano por su primera novela, La fogata roja). Eliseo Alberto, nacido en una familia que lleva las letras en la sangre (su padre fue el poeta Eliseo Diego, y su hermana, que todavía reside en Cuba, también es escritora), fue muy crítico con el gobierno castrista, que lo consideró un traidor a la revolución por su libro Informe contra mí mismo, escrito en 1978 después de que las autoridades cubanas le obligaran a denunciar por escrito a sus propios familiares.

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Sin hogar ni lugar, de Fred Vargas

AutorAlfredo Álamo el 1 de agosto de 2011 en Reseñas

Sin hogar ni lugar, de Fred Vargas

Fred Vargas es una de las autoras francesas más destacadas de novela negra, con un estilo peculiar que le permite firmar algunas de las historias más originales de la narrativa criminal de los últimos años. Destaca, sobre todo, por sus personajes, tanto en la serie protagonizada por el Comisario Adamsberg como por la de los Evangelistas.

En Sin hogar ni lugar nos encontramos, precisamente, a estos, Marc, Lucien y Mathias, los tres historiadores -como la propia Vargas-, atrapados en un viejo caserón y malviviendo como pueden, cada uno obsesionado con sus propias fantasías y extrañas costumbres. A este trío de personajes se une con mayor protagonismo el expolicía Louis Kehlweiler, que es, en definitiva, quien se encarga del misterio correspondiente.

Sin hogar ni lugar nos trae la historia de Clément Vauquer, un joven con un leve retraso mental y a quién la policía busca por el asesinato de varias mujeres. Vauquer busca ayuda en la única persona que le ha ayudado de verdad en su vida, una vieja prostituta que ahora ejerce de librera. Esta acabará recurriendo a Kehlweiler en un asunto para el que el expolicía pedirá ayuda de los tres evangelistas y a sus peculiares métodos.

Vargas traza una historia que comienza siendo sencilla pero que se va complicando a medida que pasan las páginas, mientras juega un poco al engaño, como tanto le gusta, y acaba planteando la solución tras un enigma creado un poco a medida de la situación. Si algo se le puede reprochar a Vargas es ese uso recurrente del Deus ex machina, pero como compone tan bien las situaciones, los diálogos y los personajes, casi que podemos dejarle pasar ese detalle. Por lo demás, Sin hogar y lugar cumple y mejora la anterior aventura de los evangelistas, Que se levanten los muertos.

Sin hogar ni lugar es una de las primeras novelas de Vargas, pero ya contiene los elementos de sus posteriores novelas, sin dejarse llevar tanto por las ensoñaciones de Adamsberg. En resumen, un buen libro de intriga e investigación que hará las delicias de sus seguidores y agradará a cualquiera que quiera pasar un buen rato de ocio.

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Grandes pseudónimos II

AutorGabriella Campbell el 31 de julio de 2011 en Divulgación

Richard Bachman

Si bien ya hemos mencionado algunos de los pseudónimos más conocidos de la historia de la literatura, las razones que se escondían tras estos nombres falsos eran sencillas: vergüenza, interés profesional, o la necesidad de cambiarse de sexo. Pero se dan algunos casos donde la propia identidad del escritor se desdobla con el pseudónimo, creando un tira y afloja muy particular entre escritor y alter ego. Esto es lo que ocurrió, por ejemplo, con Stephen King y Richard Bachman.

Cuando King estaba ya en la cúspide del éxito, se preguntaba frecuentemente si éste se debía a una simple cuestión de suerte y excelente márketing, o al talento en sí. Además, le irritaba no poder publicar la cantidad de libros con la frecuencia que querría, ya que sus editores limitaban su producción a un libro por año para no saturar el mercado. Así que se inventó al escritor Richard Bachman (escogió el nombre Richard en honor al pseudónimo del escritor Donald E. Westlake, Richard Stark; y el apellido Bachman por el grupo de rock Bachman-Turner Overdrive), y publicó con éste una serie de libros usando escasos medios publicitarios, para ver cómo funcionaría. Lamentablemente para King, el secreto no duró mucho, ya que los libros estaban llenos de referencias a su obra en general, y el estilo era muy similar al que empleaba con su nombre real, algo que los fans no tardaron en reconocer, a pesar del esfuerzo del escritor por crear una persona ficticia, con foto y dedicatorias falsas en los libros firmados por Bachman. Acabó dándose por vencido, y mató a Bachman, informando de su “fallecimiento por cáncer de pseudónimo” (aunque desde entonces se han “encontrado” varias obras póstumas del autor). King no fue el primer escritor famoso que decidió escribir bajo pseudónimo para probarse, en Francia algo similar fue llevado a cabo por Romain Gary, que publicó varios libros con el nombre de Émile Ajar, en un intento de descubrir si sus libros tendrían la misma aceptación sin la influencia de su propio prestigio. El resultado de su experimento (que a King realmente no le dio tiempo de comprobar, ya que se descubrió antes de tiempo su ardid) fue positivo, obteniendo unas cifras de ventas notables.

Más allá de lo conveniente de hacerse pasar por hombre o por mujer, cada vez es más común que los escritores reduzcan a iniciales su nombre para evadir los prejuicios asociados a cada sexo. En especial, las mujeres procuran esconder su nombre usando esta treta para publicar en géneros todavía asociados a escritores masculinos, como es el caso de la ciencia ficción. Un buen ejemplo sería D. C. Fontana (Dorothy Catherine Fontana), guionista de la serie Star Trek, que también ha utilizado varios pseudónimos masculinos. La propia J. K. Rowling prefirió abreviar su nombre para no condicionar con éste a lectores habituales de fantasía, género donde el sexo femenino puede asociarse a un tipo de literatura más romántica, menos “épica” que la de sus equivalentes masculinos. Otro caso curioso, en lo que se refiere a la literatura fantástica y a la ficción especulativa, es el que lleva años dándose en nuestro país, por el que numerosos escritores españoles utilizan nombres extranjeros para publicar sus obras, debido a la desconfianza que todavía existe hacia la calidad de lo producido en España dentro de dicho género.

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