Lecturalia Blog: reseñas, noticias literarias y libro electrónico

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El jinete de la onda del shock, de John Brunner

AutorAlfredo Álamo el 13 de marzo de 2013 en Reseñas

Jinete en la onda del shock

Antes de empezar esta reseña, tengo que manifestar mi más profunda admiración por John Brunner. De todos los autores que surgieron alrededor de la New Wave, Brunner es posiblemente el que siento más cercano, no sólo por su calidad literaria y su voluntad de experimentación, sino también por su compromiso y su visión del futuro. Leer hoy en día obras como Todos sobre Zanzíbar o El rebaño ciego produce un cierto cosquilleo desagradable: Brunner proyectó una serie de futuros que, si bien no son nuestro presente, no se alejan demasiado de lo que podría llegar a ser nuestro futuro más inmediato. Quizá sea, junto con Ballard, uno de los autores cuya ficción ha sonado con más fuerza en mi cabeza durante los últimos años.

En El jinete de la onda del shock, Brunner critica, no sólo a la sociedad capitalista -me pregunto cómo habrían definido al autor americano hoy, ¿anarquista radical antisistema? Casi peor que en los 70- sino a la propia naturaleza humana, atraída por un sistema que da rienda suelta a lo peor de nosotros.

Brunner anticipa esa red de comunicaciones móvil que hoy tanto utilizamos, aunque a su manera, claro, en mitad de unos Estados Unidos polarizados por movimientos religiosos. La novela sigue a Nick Hafflinger, un genio fugitivo que ha logrado mantenerse al margen del sistema durante años… hasta que es atrapado. Su interrogatorio, sus vivencias, sus secretos, se vuelcan en la historia hasta darle forma. No es una lectura fácil, de hecho, Brunner experimenta con la narración, con el estilo, con el tiempo de la acción, formando un primer muro que puede provocar el rechazo del lector que no busca más que un rápido entretenimiento. Una vez superado este escollo, la novela va cogiendo forma y se convierte en una de las mejores obras de anticipación de los años 70, hoy más de actualidad que nunca.

En resumen, una excelente novela que requiere cierto trabajo por parte del lector, un pequeño esfuerzo que se verá recompensado con creces a medida que el libro avanza. Destacar la nueva traducción de Antonio Rivas para la edición de Gigamesh. Recomendable también leer El shock del futuro, obra de Alvin Toffler para redondear la experiencia.

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En una lengua que no es la tuya

AutorGabriella Campbell el 12 de marzo de 2013 en Divulgación

Nabokov

Cualquiera que se haya atrevido alguna vez con aquello de escribir (y quién no) sabe muy bien de la dificultad de encontrar la palabra exacta, de crear la estructura adecuada, de ordenar los sonidos de modo agradable, de construir un ritmo atractivo. Jugamos con un material complejo, sujeto a reglas interminables (y con frecuencia variables, y si no que se lo digan al pobre sólo) de ortografía, gramática y hasta tipografía, por no hablar de la semántica y el intangible mundo del sentido, de los confusos parámetros del acervo cultural y hasta la caja de cristal de lo socialmente permitido y aceptable, de lo político y emocionalmente correcto.

Todo eso, con un solo idioma.

Lo increíble es encontrar a aquellos autores que lo hacen no solo con una, sino con dos o tres lenguas distintas. Encuentran nuevos sonidos, nuevas posibilidades, nuevas realidades con las que jugar. ¿Os acordáis de Vladimir Nabokov, que escribió Lolita en inglés, y que luego la tradujo, él mismo, a su ruso nativo? Uno no puede dejar de admirar su habilidad para asimilar varios sistemas lingüísticos, y su pericia al utilizarlos con fluidez. O tal vez sea, como afirman los políglotas de pro, que cuantos más idiomas conoces más rápido aprendes otros. A lo mejor, cuantos más idiomas conoces, mejor percibes todo lo que se ubica en el significante: toda la magia de la sonoridad universal, de una estética extrañamente común; y a la vez lo que subyace en el significado también adquiere nuevas y maravillosas ramas y delirios. ¿Es precisamente este bilingüismo lo que le concede a Nabokov la belleza de su forma? ¿Es esta mente dividida en varios idiomas (inglés, francés, ruso) la que sabía saltar de un sonido a otro, de un vocablo a otro, de un constructo a otro, para ofrecerle al lector aquello que era hermoso y mortífero a la vez? Desde luego no es un talento que desarrolle cualquiera, como atestigua la existencia de tantísimos grupos y solistas hispanohablantes que ofrecen letras en inglés (y un terrible viceversa) para abrirse al mercado musical, por poner un ejemplo claro, sencillo y muy actual.

Nabokov no fue el primero, ni el último, en una larga lista de autores que han escrito en lenguas no nativas, en idiomas que no eran aquellos con los que aprendieron a hablar, y que han sabido hacerlo con profesionalidad y maestría. Otro de los más conocidos es Joseph Conrad que, a pesar de que era polaco y no aprendió inglés hasta que ya era adulto (y parece ser que siempre lo habló con un acento muy marcado), pudo ofrecerle al mundo una obra de la talla de El corazón de las tinieblas. A pesar de su admirable dominio de la lengua inglesa, Conrad afirmaba que era un suplicio pelear con un idioma que no era del todo suyo: In writing I wrestle painfully with (this) language which I feel I do not possess but which possesses me (Al escribir lucho de forma dolorosa con esta lengua que siento que no poseo, sino que me posee a mí). Para otros, no obstante, su conocimiento más limitado de un segundo idioma le permite liberarse de artificios y de paja, para encontrar una prosa más limpia e inocente, como asegura la escritora Anchee Min, de origen chino y afincada en EEUU.

¿Qué otros autores y obras conocéis y recomendáis que hayan salido de la pluma, bolígrafo u ordenador de un escritor políglota, de alguien que lucha de forma dolorosa con una lengua que no posee? Esperamos vuestras sugerencias, como siempre, en los comentarios.

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El incierto futuro de las bibliotecas en España

AutorAlfredo Álamo el 11 de marzo de 2013 en Opinión

biblioteca

Con los recortes presupuestarios diezmando ayuntamientos y comunidades autónomas, las bibliotecas públicas se han convertido en un elemento superfluo para muchas administraciones. El presupuesto anual para la compra de libros, así como el del mantenimiento del acceso público a la información en Internet, se ha reducido en los últimos años de una manera cada vez más preocupante. Mucho se habla de la biblioteca como alternativa a la descarga masiva de ebooks, o de su transformación en centros de difusión de literatura electrónica… pero, al ritmo que llevamos, es posible que antes se conviertan en meros almacenes de libros y poco más.

Aunque el modelo español ha sido siempre gratuito, la normativa europea nos dicta que hay que pagar un cierto canon por derechos de autor. Hasta ahora se planteaba el pago directo del Estado… la verdad es que no estaba nada claro. En el nuevo borrador de la ley que se está preparando la cosa cambia, y la verdad es que a peor. No sólo se pagará por copia de libro al año en la biblioteca, sino que ese pago se va a contabilizar en el presupuesto asignado a los ayuntamientos o entidades públicas responsables. Eso quiere decir que el mismo estado va a ejercer de controlador y recaudador para las gestoras de derechos.

Pero lo que realmente cambia en este proyecto de ley, y es preocupante, es la aparición de un nuevo concepto, que es el pago por préstamo, a razón de 0,05 céntimos por operación. Esto, además, castiga el presupuesto de las bibliotecas que mejor hagan su trabajo, ya que cuanto más libros presten, menos dinero van a recibir al final. Si a esto le sumamos la reducción de presupuesto general para adquirir nuevos libros, el resultado final no puede ser más preocupante.

Por ahora esto es un borrador, pero pronto será aprobado. No sé hasta qué punto la sociedad española comprende la importancia de las bibliotecas como centro de información y de acceso a la cultura. Son un bastión. Y si su uso, por los recortes y las nuevas leyes, disminuye, que a nadie le extrañe ver por la red archivos comprimidos con más de diez mil ebooks, sin duda la semilla fuera del sistema de las nuevas bibliotecas digitales.

¿Se ha estancado el desarrollo de los lectores electrónicos?

AutorAlfredo Álamo el 9 de marzo de 2013 en Opinión

Nuevos e-eraders

Parece que fue ayer cuando salieron a la venta los primeros lectores de tinta electrónica, con toda la expectación que levantaron a su alrededor. Si bien su resolución no era muy buena y la frecuencia de paso de página dejaba bastante que desear, en muy poco tiempo se encontraron soluciones a los problemas y limitaciones más básicas.

De esos modelos quizá demasiado pesados y voluminosos hemos pasado a unos e-readers estilizados y con una resolución de pantalla más aceptable. Sin embargo, pese al rápido desarrollo inicial, avivado, cómo no, por Amazon y su Kindle, parece que nos hemos topado con un techo, un punto estático del que no se sabe bien cómo vamos a salir.

Me explicaré mejor. Los últimos modelos de lectores electrónicos son prácticamente iguales. Resolución, batería, wifi, pantalla táctil… vaya, si analizamos cuál ha sido el último salto de diseño nos encontramos que es una luz integrada. En sí, el e-reader, hoy por hoy, no parece en la lista de «cosas a mejorar» por parte de las grandes empresas tecnológicas. Sony, una de las que más interés ha mostrado, apenas mejora el corazón de sus dispositivos y remoza el exterior, consiguiendo un buen producto, pero muy similar al anterior.

Os estaréis preguntando, ¿pero, qué es lo que quiere este? Si la única función del e-reader es mostrar los ebooks, y esa función se cumple, ¿qué más hace falta? Pues bien, en mi opinión la tecnología de pantalla todavía no ofrece dos cosas fundamentales: un buen contraste y una resolución óptima de la tipografía. No voy a entrar en temas como el del color, que sería ideal para las revistas, o de un buen procesador que permita, en un momento dado, una navegación web decente.

Si miramos un poco al futuro de las pantallas y a la convergencia entre tablets y e-ereaders que nos vendían hace un par años, la verdad es que a nivel comercial no se ha avanzado nada. Teniendo en cuenta que las tablets forman un mercado que se renueva a gran velocidad y que los e-readers se compran con la idea de que van a durar hasta que se rompan, es lógico que los fabricantes inviertan más en el mercado que les va a dejar beneficios. De hecho en los últimos meses el número de lectores electrónicos vendidos se ha reducido muchísimo. A medida que la oferta se cubre pasa mucho más tiempo en surgir la necesidad de cambiar. Y a eso añado: sobre todo si lo que se ofrece no se diferencia mucho de lo que ya tienes.

Las grandes ideas, además, como el papel electrónico flexible, tampoco aparecen por ninguna parte, así que habrá que esperar a ver si aparecen nuevos conceptos sobre la mesa o se va a exprimir al máximo la tecnología disponible, pese al aspecto cada vez más obsoleto que presenta.

Qué hay que leer si se quiere escribir (II)

AutorJuan Manuel Santiago el 8 de marzo de 2013 en Divulgación

Dardo en la palabra

En la entrada anterior les proponíamos varias lecturas más que recomendables para profesionales de la escritura, ya se trate de editores, correctores, traductores e incluso (y ahí quería yo ir a parar) aspirantes a escritores o autores consumados. Les hablaba de los manuales básicos. Pero hay más lecturas recomendables.

En un cuarto nivel, conviene hacer acopio de algunas monografías sobre aspectos concretos que debemos tener presentes cuando escribimos, leemos o corregimos un texto. Estas pueden ser meramente descriptivas, como el Diccionario general de sinónimos y antónimos, de José Manuel Blecua (y, por favor, métanse en la cabeza que NO es buena idea escribir un sinónimo o antónimo diferentes cada vez que aparece la palabra que se ha consultado), el Diccionario de uso de las mayúsculas y minúsculas, del omnipresente José Martínez de Sousa (herramienta que les recomiendo vivamente a todos esos periodistas, abogados y profesores universitarios metidos a escritores que son incapaces de escribir «profesor», «licenciado» o el nombre de su disciplina académica en minúscula) o el Diccionario de uso de las preposiciones españolas, de Emile Slager. Pero también podemos tener textos doctrinales, didácticos, amenos, comprometidos y llenos de ejemplos sobre asuntos específicos, como Perdón imposible. Guía para una puntuación más rica y consciente, de José Antonio Millán, que no solo nos enseña a poner bien las comas, sino que también consigue un objetivo mucho más difícil: que nos quede clarísimo por qué hay que emplear según qué signos de puntuación. La anécdota que da título al libro, aunque apócrifa, es la mar de esclarecedora.

Llegados a este punto, el aspirante a escritor mínimamente diligente debe proveerse de un buen arsenal de textos más comprometidos que le enseñen pequeños trucos de escritura o grandes obviedades estilísticas. El abanico de posibilidades de este quinto nivel es muy amplio, y abarca desde el clásico El dardo en la palabra, de Fernando Lázaro Carreter, hasta los Una defensa apasionada del idioma español, de Álex Grijelmo.

No obstante, subiremos un nivel y recomendaremos dos manuales que tienen tanto de textos normativos sobre gramática y ortografía como de manuales de escritura y redacción en sentido estricto. Por un lado tenemos el Manual de español urgente (MEU), de la Fundación del Español Urgente (Fundeu), que es una ampliación del manual de estilo de la Agencia EFE y les puede solucionar muchísimas dudas que no aparecen ni en los manuales de Martínez de Sousa. Y, por otro lado, lo más parecido a un manual de redacción que hemos visto en esta serie de entradas: La cocina de la escritura, de Daniel Cassany, altamente recomendable.

Pero en fin, si son ustedes de los que creen que para escribir una buena novela basta con lo puesto, y que allá se las compongan los editores y correctores de su texto (¡y ay de ellos si les tocan una sola coma en contra de su parecer!), lo único que puedo recomendarles, siendo honrado, es un divertimento que, al mismo tiempo, es buena literatura y una magnífica lección sobre el punto de vista y la creatividad, de la que todos los escritores deberían tomar buena nota: Ejercicios de estilo, de Raymond Queneau.

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¿Para qué comprar nuevos libros?

AutorAlfredo Álamo el 7 de marzo de 2013 en Opinión

Libros nuevos

Nos encanta leer. Buscamos ratos muertos en el metro, en el autobús, en el tren, en un parque después de comer, haciendo cola, en casa justo antes de ir a dormir. Si bien es cierto que no todo el mundo puede leer tanto como le gustaría ya que la falta de tiempo es un problema de difícil solución. Pero leemos. Y compramos libros. Al menos, hasta ahora.

Que nadie se sorprenda. A día de hoy cualquiera con un conocimiento de Internet básico puede encontrar páginas web con ebooks para descargar, o páginas web con enlaces a esos libros (o incluso páginas web con los enlaces escritos, pero desactivados, a libros, no vaya a ser que alguien tropiece y haga clic por accidente) y descargarlos a golpe de ratón en algunos segundos. Sí, no están todos los libros. Pero hay muchos. Muchísimos. Algunos muy buenos, otros sencillamente entretenidos y también una gran multitud de libros aburridos.

Así que mientras se discute sobre el futuro del modelo del copyright y los derechos de autor, se teoriza sobre la naturaleza de la obra original y de la propia autoridad del creador para reconocer un texto como suyo, la gente va a lo suyo y se descarga libros, la mayoría sin entrar en filosofías o pensar en los futuros del libro. Esto es así.

Ojo, que no quiero decir que esto sea algo totalmente negativo. Se dan casos donde la descarga de libros ha redundado en un aumento de las ventas de determinados autores (no de todos) y que hay muchos creadores cuya satisfacción se ve resuelta con la propia gratificación de verse reconocido. Hoy, simplemente, me gustaría hacer una reflexión como lector.

Si puedo acceder a, no sé, pongamos unos 300 libros, entre novelas, antologías y ensayos, de buena calidad, que no me haya leído y que pueden estar en mi e-reader en unos diez minutos… bueno, sería genial, ¿verdad? Teniendo en cuenta la media de lectura en España, ese bloque de libros podría durarme unos doce años. 12. Más de una década de buena lectura asegurada. Gratis. Más de diez años en los que no tendría que preocuparme no sólo de comprar libros, sino de estar atento al panorama editorial. ¿Para qué comprar libros nuevos, sin apenas referencias de su calidad, si tengo a mi alcance años de obras ya contrastadas?

He dicho 300 libros, pero podrían ser más de mil. Y sin irme muy atrás en el siglo XX, me parece. Se ha publicado tanto ya, y tan bueno, que, sinceramente, nunca se puede estar al día. Así que ¿para qué comprar libros nuevos? no es tanto una pregunta a la que pretenda dar respuesta con este artículo, sino un interrogante que abro para que vosotros, lectores, participéis de los posibles cambios y soluciones que tienen que llegar de manera inevitable. Y me refiero al momento actual, ahora, ya, no dentro de diez o quince años y a cómo será el futuro, si un oligopolio del copyright o un paraíso de la cultura libre.

Así que esperamos vuestra opinión, hoy más que nunca, en los comentarios.

Qué hay que leer si se quiere escribir (I)

AutorJuan Manuel Santiago el 6 de marzo de 2013 en Divulgación

María Moliner

Quienes hayan visto el título de esta entrada tal vez piensen que les voy a recomendar unos cuantos libros acerca del arte de la escritura, versiones recauchutadas del enésimo taller literario y consejitos de escritores con vocación de servicio público. No es mala idea, y lo más probable es que le dedique otra entrada a ese asunto, pero en realidad quería hablarles de la biblioteca básica que debe acompañar a todo aquel que se diga escritor, redactor o, por extensión, persona interesada en esa inmensa y rica aventura que es el lenguaje.

En efecto, todo escritor que se precie debe pertrecharse de unas cuantas lecturas básicas que lo ayuden a mejorar sus capacidades léxica, sintáctica, gramatical y ortográfica. No quiero entrar en el eterno debate acerca de si una obra es más o menos válida por el hecho de que el autor no sepa poner bien las comas (al fin y al cabo, mi fuente de ingresos principal es la corrección de textos, y vivo, literalmente, de las comas, las tildes y los anacolutos ajenos), pero sí me gustaría hacer hincapié en la necesidad de poseer una biblioteca básica de consulta. Tal vez no sea sano llegar a extremos como el de Juan Rulfo, que era capaz de pasarse un día entero decidiendo dónde colocaba una coma, o decantándose entre dos palabras igualmente correctas, pero creo que es muy útil que los autores dispongan de las herramientas necesarias para decir lo que quieren decir y como lo quieren decir, de modo que el mensaje se transmita de manera inequívoca y perfecta. Vamos, lo que se llama escribir bien.

Presupongo que el escritor, en ciernes o no, domina (o, al menos, conoce en un grado superior a la media) el léxico, la gramática y la ortografía de la lengua en que escribe. Tanto si es así como si no, cualquiera que desee escribir a tiempo completo debería contar en sus estanterías (virtuales o físicas) con el Diccionario de la lengua española, la Ortografía de la lengua española y la Nueva gramática de la lengua española. Son las obras de referencia básicas para cualquiera que ame el idioma y aspire a expresarse en él de una manera correcta. Hasta aquí estamos todos de acuerdo, ¿no?

En un segundo plano, más especializado, tenemos obras de consulta como el Diccionario Panhispánico de Dudas, que se puede consultar en línea en la página web de la Real Academia, y que es una herramienta sumamente útil. Me hago cargo de que, llegados a este punto, puedo estar empezando a soliviantar algunos egos, pero háganme caso: se trata de una lectura muy útil.

Ascendiendo un escalón más, si quieren ustedes completar conocimientos, y además aspiran a escribir con la intención de publicar e incluso de vivir de lo que publican, su biblioteca básica debe estar provista de dos obras fundamentales de José Martínez de Sousa: el Manual de estilo de la lengua española (MELE) y el Diccionario de usos y dudas del español actual (DUDEA), aunque sea para comprobar de primera mano qué palabras y anacolutos les han cambiado esos señores malos de la editorial en la odiada corrección de estilo, y por qué lo han hecho así en vez de asá. Si le tienen tirria a Martínez de Sousa, prueben con el Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española, de Manuel Seco, y el incombustible Diccionario de uso del español (DUE), de María Moliner.

¿Les parecen demasiadas lecturas, contradictorias incluso, y no están para dispendios? Pues bueno, aparte de recomendarles que consulten la página web de la Real Academia de la Lengua, les sugiero dos manuales que funcionan muy bien a modo de recapitulaciones de lo visto en los párrafos anteriores: Hablar y escribir correctamente. Gramática normativa del español actual, de Leonardo Gómez Torrego, y la Ortografía y ortotipografía del español actual, de José Martínez de Sousa.

Con todo esto van más que servidos. Y si les parece mucho material, piensen en una cosa: ¿acaso no les parece normal pasarse un año entero documentándose, y leyendo cantidades ingentes de obras de consulta, cuando escriben una novela histórica? Bueno, mejor no contesten a eso, que a lo mejor me llevo un chasco.

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Los 120 días de Sodoma vuelve a casa

AutorGabriella Campbell el 5 de marzo de 2013 en Noticias

Saló - 120 días de Sodoma

Devolvednos nuestro tesoro aberrante es más o menos lo que le ha venido a decirle la BnF (Bibliothèque nationale de France) a los herederos de un coleccionista suizo de erótica, Gérard Nordmann, que tienen en su posesión el manuscrito original de Los 120 días de Sodoma. Se trata de una creación que, en palabras de su comprador potencial, Bruno Racine, director de la biblioteca, es depravada y “la pieza más atroz, extrema y radical de Sade, si bien luego añade pero no vamos a juzgarla.

La historia del manuscrito es, ya de por sí, digna de una novela de aventuras a lo Alejandro Dumas. El marqués lo escribió en unas hojas pequeñas y estrechas de papel que formaban un largo rollo que escondía entre los resquicios de la pared de su celda en la Bastilla. Justo antes del ataque contra la Bastilla en 1789, transfirieron a Sade a un manicomio, y lloró con amargura la pérdida de su manuscrito. Con el tiempo el texto fue recuperado, vendido, revendido y publicado.

En 1929 lo compró el vizconde de Noailles, cuya esposa era descendiente directa de Sade. Lo heredó su hija, quien se lo confió a su amigo editor Jean Grouet, quien resultó ser un timador en toda regla. Grouet le vendió el texto al ya mencionado Nordmann, por unos 44000 euros, en 1982. Por supuesto, la familia Noailles lo denunció, y el Tribunal Supremo francés ordenó que se le devolviera el manuscrito. Por una serie de razones legales (Suiza todavía no había firmado el tratado de la Unesco para la restitución de objetos culturales robados), los Noailles tuvieron que volver a llevar el caso a juicio, esta vez en la patria de Nordmann, que determinó lo contrario que la corte francesa. Todo este tiempo, el manuscrito ha seguido en Suiza, pero tras el fallecimiento de Nordmann sus herederos han expresado su intención de venderlo a un coleccionista francés. Para los herederos de los Noailles, aunque esto significaría el regreso de la obra a su país de origen, sería inaceptable. Desean que pase al patrimonio de su país, a la Biblioteca Nacional.

Y aquí entra Bruno Racine, responsable de la compra de documentos fundamentales como el archivo completo de Foucault, dispuesto a pagar más de tres millones de euros para conseguirlo. Eso sí, el dinero saldría del bolsillo de donantes particulares. Quién sabe si entre ellos estará el donante anónimo que en su momento permitió que Racine recuperara para Francia las memorias del famosísimo Casanova.

Los 120 días de Sodoma es un texto pervertido en el sentido más peyorativo del término. Narra la historia de cuatro hombres poderosos y adinerados que secuestran a un grupo de jóvenes y los someten a todo tipo de vejaciones y tortura (Pasolini supo adaptarlo de manera estremecedora para el cine, con una versión claramente crítica para con el fascismo). Abre una vez más la discusión acerca de la moralidad (o falta de ella) en el arte, pues habrá muchos que consideren que un texto de este tipo no puede ser tesoro nacional. Pero Sade fue un escritor revolucionario que pudo trastocar los conceptos de bien y de mal respecto a la sexualidad, al mismo tiempo que la obra podría interpretarse como una crítica feroz a los extremos y a la corrupción del poder; en cualquier caso la calidad de sus escritos y lo que han significado para la historia de la literatura superan, con creces, el horror de su contenido.

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La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero

AutorAlfredo Álamo el 4 de marzo de 2013 en Reseñas

La ridícula idea de no volver a verte - Rosa Montero

La verdad es que el último libro de Rosa Montero es de difícil clasificación. ¿Es un ensayo? ¿Es narrativa? ¿Es una biografía? Quizá una mezcla de los tres y algo más, una narración híbrida para un libro notable.

La semana pasada tuvimos la suerte de hablar con la autora y desgranar con ella las claves del texto. Gestado en sus inicios como un prólogo al diario de Marie Curie, notas que empezó a tomar tras la muerte de su marido Pierre, La ridícula idea de no volver a verte pronto cambia, muta, y toma conciencia propia, convirtiéndose en una narración donde Rosa Montero nos enseña retazos de la vida de Curie y a la vez pone gran parte de sí misma en una obra donde la muerte, el duelo, pero también la vida, la energía y la ligereza, forman un camino por el que perderse.

Montero usa un lenguaje directo, habla al lector de manera sincera y sin tapujos. En este sentido, el libro se comparte con el autor, participamos de su visión y de sus confesiones. Como nota novedosa, Montero introduce una serie de hashtags al más puro estilo tuitero, que usa para remarcar las ideas que le parecen más importantes (como la #intimidad, #honraralpadre o las #palabras) que sirven también para hacerse un mapa visual de la narración.

¿Y qué nos cuenta? Un poco de todo. Admiración por alguien del intelecto y la pasión de Marie Curie, por su fuerza y su valentía, pero también nos destaca esa parte humana, ese lado torturado desde el amor perdido, del sinsentido que resulta enfrentarse a la ausencia y al silencio de una parte de nosotros. Montero proyecta su propio duelo, sus propias historias, que son, al fin y al cabo, universales.

En definitiva, un libro peculiar, personal, cargado de una intensidad poco habitual y que sirve para hacernos reflexionar sobre la vida, la muerte y el amor. Ahí es nada. Apenas doscientas páginas que contienen algo inmaterial y precioso, un trocito del alma de Rosa Montero. Aprovéchenlo. Les vendrá bien.

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Digital y papel, un nuevo enfrentamiento

AutorGabriella Campbell el 2 de marzo de 2013 en Opinión

ebook futuro lectura comprensión

¿Es mejor leer en papel o en ebook? Esta debe de ser una de las preguntas que más se han realizado (y contestado) en los últimos tiempos dentro del mercado editorial y del mundo de la lectura en general. Hay respuestas para todos los gustos: están los nostálgicos del papel, aquellos que hablan de su comodidad visual, su tacto y su olor, aquellos que asocian contenidos emocionales con el contenido impreso; y por otro lado están los que defienden lo electrónico, su aspecto práctico y las posibilidades que ofrece por sus aplicaciones y diseño. También es cierto que los lectores electrónicos de hoy en día, con su ligereza, sus pantallas anti-brillo y todo lo demás, tienen poco que ver con los primeros e-readers que aparecían poco a poco, aquellos que pensamos que nunca podrían sustituir al papel.

Para muchos se trata de una discusión sin ganador ni perdedor; disfrutan de las ventajas de ambos formatos, aunque la mayoría sigue teniendo vínculos sentimentales con la obra impresa. Y esto ha influido de manera notable en la recepción que ha tenido un estudio reciente que pretendía demostrar, de una vez por todas, cuál de los dos formatos era más cómodo para la lectura. El Dr. Schlesewsky, un profesor del departamento de Literatura y Lingüística de la universidad alemana Johannes Gutenberg de Maguncia, publicó los resultados de su experimento en uno de los periódicos más importantes de su país, y la respuesta de los lectores fue apabullante: no aceptaban lo que Schlesewsky tenía que decirles: que, desde un punto de vista estrictamente científico, no nos cuesta más leer en ebook que en papel.

Parece ser que en Alemania hay una creencia bastante generalizada (me atrevería a decir que hasta cierto punto en España también) de que el lector electrónico ofrece una lectura más pobre, una comprensión lectora menor a la del libro impreso. Según Kretzschmar, otro de los responsables del estudio iniciado por Schlesewsky, lo que la gente percibe y cómo interpreta su propio comportamiento no es lo mismo que lo que te dicen los datos de los mismos sujetos al realizar una prueba lingüística. Aunque tú insistas en que te cuesta más leer en un formato que en otro, esa no tiene por qué ser la realidad objetiva de lo que está ocurriendo en tu cerebro.

Ayudados de una tecnología que les permitía monitorizar el movimiento del ojo y de sensores EEG para medir el voltaje de la actividad theta del cerebro (directamente relacionada con la codificación y recuperación de la memoria), el equipo científico de varias universidades alemanas pudo trabajar en colaboración con grupos de lectores de diferentes edades para determinar las diferencias entre la lectura en ebook y en papel. Los profesionales descubrieron que la actividad era la misma, tanto en movimiento visual como en actividad cerebral, para la lectura en tres formatos diferentes: papel, lector electrónico y tableta; si bien la mayor parte de los participantes, en una ronda de preguntas anteriores a la prueba, había especificado que preferían la lectura en papel que la realizada en un soporte electrónico. La única pequeña variación surgía con el grupo de adultos de mayor edad (de 60 a 77 años), que demostraba menor nivel de actividad al utilizar una tableta; es decir, que les costaba menos esfuerzo, tal vez por el tamaño mayor de la pantalla. Podéis leer el informe completo del estudio aquí (en inglés).

Todo esto da a entender que, independientemente de nuestras tendencias subjetivas, el esfuerzo y el proceso de comprensión del texto es el mismo, leamos en el soporte que leamos (siempre que este tenga unas condiciones mínimas, claro, no creo que los monitores de ordenador de hace quince años o las pequeñas pantallas de los teléfonos móviles sean comparables con los soportes que se utilizaron en las pruebas mencionadas). Es interesante reconocer hasta qué punto somos animales de costumbre, y hasta qué punto nos agarramos a determinados elementos por pura fijación emocional o nostalgia.

No hay nada como el olor de un libro nuevo, es cierto. Pero lo que ya no podremos argumentar es que leer ese libro en papel sea más fácil o más cómodo para nuestra mente que un .mobi, .pdf o similar en nuestro soporte electrónico favorito.