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La maldición de las secuelas literarias

AutorGabriella Campbell el 31 de julio de 2013 en Divulgación

Loco por el chico - Bridget Jones - Mad about the boy

Segundas partes nunca fueron buenas. No es una expresión del todo acertada: solo hay que mirar a Hilary Mantel con los brazos llenos de premios y la sonrisa radiante de quien se sabe amado por la crítica (la literaria, claro; la crítica popular no ha sido tan favorable, a raíz de sus declaraciones acerca de la familia real inglesa). La culpable es Una reina en el estrado (la segunda parte de En la corte del lobo), y es un ejemplo cualquiera de las muchas buenas secuelas, continuaciones o segundas partes que existen de novelas conocidas. Hasta cierto punto es subjetivo, por supuesto, pero si uno disfrutó de La comunidad del anillo, probablemente disfrutó de Las dos torres; Choque de reyes es, para muchos, incluso mejor que Juego de tronos; uno no puede leerse Un mago de Terramar sin alimentarse también de las otras novelas del ciclo. Podemos mencionar muchos ejemplos de segundas y terceras partes a la altura de las expectativas de sus lectores, pero, desgraciadamente, podemos mencionar muchísimos más de continuaciones que no lo han estado. No diría nunca, pero sí diría que las segundas partes no suelen ser buenas, o por lo menos no suelen ser tan buenas como las primeras.

Parte del problema reside en la intención comercial del autor y de la editorial. Una historia concebida como una sola, dividida en varias partes por exigencias de formato o economía, tiene muchas más posibilidades de mantener una calidad constante que una segunda parte escrita por exigencias del público debido al éxito de la primera (ofrezco, como muestra, el paulatino pero evidente descenso en calidad de la saga Wicked de Gregory Maguire). Y luego encontramos aquella rara ocasión en la que el autor decide, muchos años más tarde, que le falta calderilla para comprarse el tercer Ferrari, y que ya va siendo hora de rescatar del olvido a aquel personaje que quedó cerrado y finiquitado en su momento. El ejemplo perfecto lo encontramos en El hijo de Rosemary, aquella continuación de La semilla del diablo que apareció treinta años después y que empleaba el aburrido recurso del todo fue un sueño, cargándose por completo una trama hasta entonces original y muy inquietante. Y sospecho que no me equivoco si profetizo que la tercera parte de Bridget Jones, Mad About the Boy (Loca por el chico) se convertirá en una de esas enésimas partes que nos sobran.

Jones fue, como la revista Cosmopolitan o la serie Sexo en Nueva York, un producto representativo de su época. Lamentablemente, al igual que la revista Cosmopolitan o la serie Sexo en Nueva York, ha perdido fuerza al no saber adaptar su mensaje de revolución sexual y estética al cambio de los tiempos, y la que fue la gran madre de la chick-lit perdió bastante fuelle en su segunda novela, Bridget Jones: Sobreviviré. Aunque divertida, la obra repetía las mismas inseguridades y obsesiones de su protagonista y, por lo poco que se ha divulgado al respecto, parece ser que esta tercera parte ofrecerá más de lo mismo, eso sí, ya en un entorno definido por la social media (Bridget dispone ahora de cuenta de Twitter). El título que se propuso inicialmente para la adaptación al cine fue El hijo de Bridget Jones, lo cual nos dice bastante de la trama; es más, este hijo sería del personaje de Jones con Daniel, el chico malo del triángulo amoroso de los dos primeros libros, lo que nos indica que Bridget repite errores, una y otra vez, y nunca aprende de ellos, si seguimos la narración expuesta en la columna de Fielding para The Independent. La belleza de la historia de Fielding estaba, al igual que en Orgullo y prejuicio (la obra de Austen en la que se inspiró), en su final feliz. Bridget es imperfecta: le sobran kilos, le da demasiadas vueltas a las cosas, lleva ropa interior fea y se enamora del hombre equivocado; no obstante consigue algo cercano a la felicidad, una aceptación mayor de sí misma y el amor de una persona que la respeta y quiere por lo que es. Si Bridget no hace más que aplazar ese final feliz hasta que este deje de existir, la historia pierde bastante de su atractivo original. Y que Hollywood le ponga un montón de dinero caliente en bandeja a Fielding no tiene por qué ser razón suficiente para que tengamos que lidiar con una saga que se dedica a reciclar las mismas ideas una y otra vez.

La dualidad de Alice B. Sheldon

AutorGabriella Campbell el 30 de julio de 2013 en Divulgación

James Tiptree Jr.

Alice Bradley Sheldon nació en 1915, y desde el principio fue una mujer extraordinaria. Es posible que la conozcáis mejor como James Tiptree Jr., un escritor de ciencia ficción subido a la New Wave estadounidense, uno de los creadores del género más importantes de su tiempo, que influyó al mismísimo William Gibson.

En la cúspide de su carrera, tanto Robert Silverberg como Isaac Asimov argumentaban que, pese a algunos rumores que habían empezado a surgir, Tiptree tenía que ser, por determinados elementos que abundaban en su prosa y en la elección de temas en sus cuentos, un escritor masculino. Mientras, Sheldon se escondía: respondía a cartas de aficionados y autores y se comunicaba bajo seudónimo, no fue hasta la muerte de su madre cuando muchos ataron cabos, siguieron pistas y desvelaron su identidad. Sheldon vivió siempre una vida doble (como bien retrató su biógrafa, Julie Phillips): por un lado era Alice, la prodigiosa científica hija de un abogado y de una escritora, que había llegado al rango de mayor en el ejército del aire de Estados Unidos, que había viajado por todo el mundo y que había trabajado, junto con su segundo marido, para la CIA; por otro era Tiptree, un innovador dentro de la ci-fi que ofrecía escritos donde la figura de la mujer y la relación entre los sexos tomaba un peso nuevo en este tipo de obras (Sheldon adoptó este seudónimo para proteger su reputación en el mundo universitario, donde era una respetada investigadora y docente; más tarde presentó también a Raccoona Sheldon, la supuesta protegida de Tiptree, que no era más que una nueva faceta de la misma escritora). También era dual su sexualidad, en sus propias palabras, me gustan mucho algunos hombres pero, desde el principio, incluso antes de saber nada, siempre fueron las chicas y las mujeres las que me iluminaron por dentro.

Dual fue también su vida de casada: contrajo matrimonio en dos ocasiones, primero con William Davey, cuando ella apenas tenía 19 años (solo duraron siete años juntos), y luego con el que sería su compañero de por vida, Huntington D. Sheldon, justo después de terminar su carrera militar. Juntos iniciaron una pequeña empresa, hasta 1952, cuando ambos se unieron a los servicios de inteligencia estadounidenses. Abandonó la CIA en 1955, para regresar al mundo académico.

Dual fue, también, su muerte, ya que no fue solo la suya, sino también la de Huntington. En 1987, ya con 71 años, mató a su marido, que ya contaba con 84 años y estaba bastante enfermo. Tras la muerte de este, ella se suicidó. Los encontraron muertos en su cama de matrimonio, tomados de la mano. Parece ser que la nota de suicidio que dejó llevaba ya años escrita, y que la había estado guardando para cuando fuera necesaria. Sheldon siempre había tenido problemas emocionales (algo que se reflejaba en los textos tan intensos que producía) y ya había intentado quitarse la vida en varias ocasiones anteriores. El pacto mortal al que llegaron Alice y su marido (por el que acordaron morir juntos si el estado de él llegaba a límites insoportables) fue el punto y final de una vida que fue realmente extraordinaria, de principio a fin.

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La danza de la gaviota, de Andra Camilleri

AutorAlfredo Álamo el 29 de julio de 2013 en Reseñas

Danza de la gaviota - Camilleri

Cuando el comisario Montalbano asiste a la muerte de una gaviota, la cual, antes de caer a tierra, ejecuta una extraña danza sobre la arena de la playa en Vigàta, no puede dejar de pensar en si acaba de asistir a algún tipo de presagio. En cualquier caso, a partir de ese momento el comisario se ve envuelto en uno de los casos más desagradables de su carrera.

Camilleri vuelve a presentarnos una de sus deliciosas novelas cortas en las que logra aunar la investigación policial, el toque social, algo de gastronomía y el humor que tan bien sabe dosificar a lo largo de la breve, pero intensa, historia. Hay poco que añadir en cuanto al desarrollo y la planificación de la novela, ya que Camilleri sigue un esquema reconocible por todos sus seguidores. Para los que no conozcan la larga trayectoria de este escritor italiano, recomendarles buscar su primera obra y comenzar en seguida a leer.

Montalbano se ve en La danza de la gaviota envuelto personalmente en la investigación, ya que uno de sus hombres ha desaparecido y podría haber muerto. Envuelto, como siempre, en esa lucha por deshacerse de la burocracia y llevar el caso como a él le viene mejor, aunque sea a base de mentir descaradamente a su jefe superior, y sin dejar de lado su relación -cada vez más deteriorada- con Flavia, esta vez se encontrará con un caso que quizá le viene demasiado grande…

El resultado es el habitual en Camilleri. La danza de la gaviota es una novela que se lee con agrado y con su habitual dosis de realidad social y política, camufladas entre los diálogos que se suceden a velocidad vertiginosa entre los personajes. Un libro recomendable para los aficionados al género, pero que, como ya hemos dicho, se disfruta más si se conoce bien a los personajes.

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Las cinco mejores novelas de Stanislaw Lem

AutorJuan Manuel Santiago el 27 de julio de 2013 en Divulgación

Solaris

A estas alturas caben pocas dudas de que Stanislaw Lem (1921-2006) es el mejor escritor de ciencia ficción en lengua no inglesa; sobre todo, desde que editoriales como Funambulista o Impedimenta dieron a conocer algunas obras inéditas suyas o reeditaron sus grandes clásicos traducidos directamente del polaco, cosa que no era lo habitual en las ediciones de Bruguera, Alianza o Minotauro. Es decir, somos la primera generación de letraheridos que pueden leer traducciones fidedignas de uno de los grandísimos escritores del siglo XX. Al placer de descubrir a Stanislaw Lem (cosa que espero que suceda después de que lean esta entrada) se le puede sumar el de redescubrirlo, si ya lo habían leído en esas traducciones de traducciones.

Dicho esto, paso a comentar cinco novelas especialmente destacables de Stanislaw Lem. ¿Son las mejores? Puede que sí, puede que no. En la zona de comentarios nos pueden dejar sus impresiones.

El hospital de la transfiguración (1948, pero publicada en 1955). Para quien esté acostumbrado al Lem cienciaficionero, esta novela resultará desconcertante, ya que el tono extremadamente realista lo puede distraer de una evidencia: aquí está el Lem racional, empírico, duro y resabiado de siempre. Las inquietudes de un joven médico que trabaja en un sanatorio (que tiene poco que ver con La montaña mágica de Thomas Mann) en los albores de la Segunda Guerra Mundial le dan pie a Lem para esbozar un discurso coherente e irónico que no hizo sino desarrollar con los años. Como es lógico, la censura comunista le dio hasta en el carné (de identidad, que no del Partido).

La investigación (1959). O cómo convertir la novela policíaca en ciencia ficción dura. Prácticamente nunca se ha ido tan lejos (bueno, sí, en La fiebre del heno, también de Lem) en el abordaje de las limitaciones del método racional y el conocimiento como herramientas válidas para realizar una investigación policial. Tenemos una serie de crímenes sin motivo, sin oportunidad, y casi sin medios ni cuerpos. ¿Qué hacer? ¿Cómo encarar las pesquisas? ¿Realmente son creíbles todos los Sherlock Holmes y Hercules Poirot de este mundo? Stanislaw Lem arroja más preguntas que respuestas, deja al descubierto nuestra impotencia y nos regala una novela magistral, un tanto oscurecida por la larguísima sombra de Solaris.

Retorno de las estrellas (1961). Un Lem de primera categoría del que apenas se habla. Por eso la incluyo en vez de otras grandes novelas del autor sobre cuya calidad sí hay consenso, como El Invencible, La voz de su amo o Memorias encontradas en una bañera. ¿Han sufrido jet-lag después de un viaje transoceánico? ¿Sí? Pues imagínense lo que se puede sentir si eres un astronauta que, por efecto de la dilatación temporal, se pasa setenta años fuera de la Tierra aunque solo hayan pasado unos meses en tiempo subjetivo. El primer capítulo es un alucinante estudio sobre el extrañamiento y la desorientación, la pérdida definitiva de asideros y puntos de referencia. Y a partir de ahí, la cosa no hace sino ir a peor para el protagonista, convertido prácticamente en una mezcla del buen salvaje rousseauniano y de un antihéroe digno de novelas de Nabokov o Vian.

Solaris (1961). Habría sido una tontería omitir esta novela, la más famosa de Lem, fuente inspiradora de dos películas infieles y respetuosas a partes iguales con el original (la de Tarkovski es una obra maestra, pero, si obviamos lo del trasero de George Clooney, la de Soderbergh tampoco está nada mal). Metáfora casi perfecta de la incomunicación humana con inteligencias extraterrestres (aspecto en el que, aunque parezca mentira, Lem profundizó aún más en la posterior El Invencible), es también una perfecta novela de amor y desamor, así como una dura crítica al método científico. ¿Qué sentido tiene enviar científicos terrestres y humanos para tratar de desentrañar la posible inteligencia de un planeta extraterrestre e inhumano?

Fiasco (1986). El Finnegan’s Wake de Lem, después del cual abandonó la escritura de ficción, no solo porque aquí cierra todas sus tramas (cabe la duda razonable de que el protagonista sea el piloto Pirx de sus cuentos) sino porque el propio autor reconoce que ya no se puede ir más allá en el análisis del método científico, la posible comunicación con inteligencias extraterrestres y las limitaciones de nuestro cerebro como herramienta para intentar percibir el mundo real. Una bofetada continua al lector, que deja con la lengua fuera y que, precisamente por ello, no cuenta con demasiadas simpatías entre los lectores de un género al que, al fin y al cabo, Lem tildó de infantiloides. Una obra de madurez, en todos los sentidos.

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Celsius 232: Calor fantástico en Avilés

AutorAlfredo Álamo el 26 de julio de 2013 en Noticias

Celsius 232

Si eres un fan fatal de la literatura fantástica y disfrutas persiguiendo a tus autores favoritos libro en mano (para que te lo firmen, claro) no puedes perderte la que se está convirtiendo en la cita más importante del género en España: el festival Celsius 232 que vuelve a celebrarse en Avilés para su segunda edición.

En esta fiesta de la literatura podréis encontraros con numerosos escritores, tanto nacionales como internacionales, entre los que habría que destacar nombres como Rodolfo Martínez, Ian Watson, Víctor Conde, David Simon, Emilio Bueso, Steven Erikson, Joe Abercrombie, Jon C. Grimwood, David Monteagudo, José Carlos Somoza, Fernando Marías, Javier Negrete, David Moody o Ismael Martínez Biurrun, entre otros. ¿Entre otros? Sí, entre otros muchos: el Celsius 232, que se celebra del 31 de julio al sábado 3 de agosto presenta una densidad de autores por metro cuadrado y día difícil de repetir. En cualquier caso, aquí tenéis el listado completo.

Pero no todo son presentaciones de libros, que las hay, y muchas, o mesas redondas, que son unas cuantas, o conferencias interesantes: también habrá numerosos eventos literarios (no os podéis perder La cocina de los monstruos en vivo, con Martín Piñol haciendo de Chef Zombi) así como actividades paralelas muy interesantes, como las que organiza la Escuela Asturiana de Esgrima Antigua, las demostraciones de rol y wargames y animación callejera con ambientación de Star Wars.

También habrá cine fantástico proyectado en la plaza y comida para todos los asistentes (este año, fabada, como no debería ser de otra forma) entre otras sorpresas que la organización está preparando para este año, como la temible Sandía de Halloween. En resumen, un festival que promete cuatro días de intensidad febril, mucha literatura fantástica, litros de sidra y kilos de fabada para los que no tienen miedo al calor. Imprescindible.

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Embassytown, de China Mieville

AutorAlfredo Álamo el 25 de julio de 2013 en Reseñas

Embassytown - China Mieville

Mieville es uno de los autores más premiados de la literatura fantástica contemporánea, en sus estanterías podemos contemplar galardones como el Stoker, el Hugo, el BFA, el Locus, el World Fantasy Award, el Arthur C. Clarke o el Nebula. Con Embassytown se quedó a las puertas de llevarse el Hugo de 2012 que al final fue para Entre extraños, de Jo Walton.

Con este bagaje hay que decir que la obra de Mieville ha experimentado una rápida evolución en los últimos años, en los que ha ido abandonando el barroquismo más surreal y apabullante que podíamos encontrar en La estación de la calle Perdido o El consejo de hierro, para ir depurando un poco más su prosa, menos artificiosa en los decorados pero no menos compleja en los conceptos, como ya comentamos en la excelente La ciudad y la ciudad.

Embassytown es un libro en el que cuesta meterse de primeras. Mieville pone el listón alto y a partir de ahí todo es maravilla, pero la espina dorsal de la novela recorre unas teorías lingüísticas que a veces toca repasar una o dos veces para entender qué nos está contando. Su maestría a la hora de inventar sociedades alienígenas, en las que se nos detalla la cultura y, sobre todo, la relación con la propia dinámica humana, queda reflejada como nunca en los Anfitriones, la raza dominante donde la Ciudad Embajada se ha establecido.

La historia en sí nos lleva de la mano de Alice Benner Cho, una joven nacida en la Ciudad Embajada la cual es testigo directo, y actor importante, en un cambio sustancial del status-quo de esta colonia humana perdida en lo más lejano del espacio. Cómo contar en esta reseña todo el corpus que incorpora Mieville a través de los Anfitriones sin extenderme demasiado es muy complicado (no me quiero imaginar lo que ha sufrido Gemma Rovira para traducir el libro). Baste decir que estos seres sólo pueden comunicarse a través de su propio idioma y que este presenta una complejidad poco habitual: sólo puede ser expresada mezclando dos voces que compartan una misma mente. Para ellos es fácil: tienen dos bocas, pero para los humanos supone la creación de unos clones especiales: los embajadores, auténtica élite de la Ciudad Embajada.

A partir de esta premisa, de esta situación artificiosa hasta el límite, Mieville traza una historia de conjuras políticas, lingüísticas y religiosas que contiene no pocos momentos de acción y que, si bien a veces nadas algo perdido entre las teorías que expone (nada nuevo en Mieville), engancha a base de bien y hace de Embassytown una de las mejores novelas de ciencia ficción de los últimos años.

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La sociedad Juliette, de Sasha Grey

AutorRaquel Vallés el 24 de julio de 2013 en Reseñas

La sociedad Juliette

La sociedad Juliette de Sasha Grey se presenta como uno de los libros eróticos para mujeres que han surgido como setas otoñales a rebufo del incomprensible éxito editorial de las Cincuenta sombras de Grey con la que comparte colección en la editorial Grijalbo. Para cerrar comparaciones y hablar del libro destacar sólo dos puntos: aunque nunca ganará un premio literario serio, al menos tiene estilo y no hace sangrar los ojos; no es un libro romántico clónico, aquí no hay un mequierenomequiere, ahorateodioperotedeseo. Es un libro erótico, así que lo que hay es sexo y, siendo una novela escrita en primera persona, en esta ocasión el personaje principal es capaz de desarrollar pensamientos complejos.

Catherine es una joven inteligente y culta, que estudia cine, tiene un novio al que quiere y una gran curiosidad sexual que no consigue desarrollar dentro de la pareja. Su novio está en ese momento más preocupado por su trabajo en la campaña electoral de un político que por las necesidades de su novia, que se van despertando acompañadas de referencias cinematográficas. Una compañera de clase de Catherine, Anna, descubre que fantasea con uno de sus profesores y comprende, y anima, sus inquietudes.

Anna le habla a Catherine de la sociedad Juliette, una sociedad marcada por el secretismo y el poder de sus socios. Catherine comienza así un viaje iniciático que le abre un mundo desinhibido que parece ser lo que estaba buscando, consiguiendo dar rienda a fantasías que ni sabía que tenía, pero intentando mantener la normalidad con el resto de su vida, un equilibrio muy complicado, porque la línea de la moral de Catherine no es la misma que la de Anna, a quien envidia por su capacidad de sensualidad, y porque nuestra vida nos sigue a todas partes, por mucho que te refugies en una sociedad secreta, y no puedes partirte en trozos.

El libro es un más que digno ejemplo de erotismo que si bien está centrado en el crecimiento personal de la protagonista tiene un punto de misterio que recuerda mucho a Eyes Wide Shut, película a la que la propia Catherine hace referencia.

Sasha Grey ha trabajado como actriz (pasó primero una etapa como actriz porno) y esta es su primera novela.

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El chocolate vende libros

AutorGabriella Campbell el 23 de julio de 2013 en Noticias

Libros y chocolate

El chocolate es uno de esos alimentos del que constantemente obtenemos noticias positivas. Que si es afrodisíaco. Que si nos hace más felices. Que si combate el colesterol malo. Que si podría ayudar en la prevención del cáncer, etc. Vale, también suele llevar azúcar y una cantidad de calorías no siempre deseable, pero ese es un mal menor.

Lo que uno no podría imaginarse es que, además, ayuda a vender libros. Un equipo liderado por Lieve Goucé, compuesto de especialistas de distintas instituciones y universidades belgas, se dedicó a llevar a cabo un experimento durante diez días que buscaba, en primer lugar, explorar los diferentes efectos de un aroma de chocolate en el ambiente tanto para consumidores generales como para consumidores con objetivos de compra claros y, por otra parte, investigar si un aroma de chocolate presente en un entorno comercial tendría un efecto positivo en el comportamiento de los consumidores en relación con productos del mismo tipo (o productos de temática congruente con el aroma). El experimento se llevó a cabo con 201 participantes, en el entorno de una librería, y mostró que el olor del chocolate influyó de forma positiva para el comercio: los clientes se mostraban más dispuestos a quedarse, a hablar con los empleados y a dedicar más tiempo a examinar los productos. Las ventas, además, fueron más altas. El aroma era sutil, sin llegar a hacerse pesado, y provocaba que los consumidores, en vez de buscar un libro en concreto y llevarlo directamente a la caja, quisieran quedarse más tiempo en el entorno chocolateado.

También influía en el tipo de libro que compraban, ya que tendían a preferir libros de temática relacionada con el chocolate. Así, las ventas de libros relacionados con comida y bebida subieron en un 40 %, mientras que los libros no relacionados con este (libros de historia y novelas de suspense, por ejemplo), solo subieron un 22 %. Como nota de interés, a pesar de todo lo que se ha dicho siempre acerca de que el chocolate es un alimento que le encanta sobre todo al sexo femenino, el estudio no mostró ninguna disparidad entre sexos a la hora de examinar los efectos del aroma. Sin embargo, sí parece tener algo de fundamento eso de que el chocolate se asocia con lo sexual y romántico: uno de los géneros más favorecidos por el aroma fue el rosa.

Los responsables del estudio terminaron sugiriendo que otros aromas agradables podrían ayudar con las ventas de géneros relacionados. Tal vez un aroma a mar, a sal, ayude a vender libros náuticos o de viaje, o un aroma floral ayude a vender libros de jardinería. El poder del olfato y su fuerte vínculo con la memoria puede ser bastante productivo para la venta: si uno huele chocolate, recuerda la agradable experiencia de comerlo, y la satisfacción que le produjo, por lo que se siente más tranquilo y a gusto. Por otro lado, bastantes pequeños trucos utilizan ya los comercios en general para animarnos a comprar, siempre da cierto reparo averiguar que nos están manipulando de forma sutil (y no tan sutil) para que gastemos un dinero que, en otras circunstancias, tal vez no invertiríamos.

Las mejores primeras frases de la literatura

AutorJuan Manuel Santiago el 22 de julio de 2013 en Divulgación

Rayuela

Ya hemos hablado largo y tendido de la importancia de las primeras frases. Cierto, el hecho de que una obra de ficción comience con una frase impactante no sirve de nada si el resto no está a la altura, pero resulta innegable que puede ayudar al lector a engancharse.

A principios de la década de 1990, Antonio Muñoz Molina venía de dar sendas lecciones al respecto en dos de sus primeras novelas. Beltenebros comenzaba con una de las frases más redondas y sugerentes de la literatura española reciente (Vine a Madrid a matar a un hombre al que no conocía), y El invierno en Lisboa arrancaba con una de esas frases de un párrafo, propias de la novela negra de toda la vida, que hay que saber degustar y releer (Habían pasado casi dos años desde la última vez que vi a Santiago Biralbo, pero cuando volví a encontrarme con él, en la barra del Metropolitano, hubo en nuestro mutuo saludo la misma falta de énfasis que si hubiéramos estado bebiendo juntos la noche anterior, no en Madrid, sino en San Sebastián, en el bar de Floro Bloom, donde él había estado tocando una temporada). Por eso, cuando ganó el Premio Planeta con El jinete polaco, no perdió ocasión de ironizar con el hecho de que era una novela contracorriente para tratarse de Muñoz Molina: ni enganchaba desde la primera frase ni se leía de una sentada, sentenció el autor. Y con ello daba a entender lo que opinaba de las primeras frases, aunque hubiera sido un maestro consumado en el arte de atrapar desde la primera línea de una narración.

La historia de la literatura está llena de primeras frases impresionantes, y emplazamos al lector, a modo de pasatiempo veraniego, a recordar con nosotros cuáles son sus favoritas. Ponemos tan solo algunos ejemplos de obras que no serían lo que son (o no lo serían en nuestra memoria) si no comenzasen como comienzan:

Rayuela, de Julio Cortázar.
El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez.
El misterio de la cripta embrujada, de Eduardo Mendoza.
Historia de dos ciudades, de Charles Dickens.
Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez.
Anna Karenina, de León Tolstói.
Los intereses creados, de Jacinto Benavente.
La Regenta, de Clarín.
Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez.
Neuromante, de William Gibson.

Como ven, hay muchas maneras de comenzar un libro, desde lanzar una pregunta hasta soltar un spoiler del final, incluir paradojas y contradicciones, antropomorfizar ciudades vetustas o comparar un paisaje portuario con elementos de alta tecnología. Todo es válido y, a juzgar por estos diez ejemplos, todo puede funcionar si se da con las palabras adecuadas.

Este es mi top 10 particular, y los emplazo a buscar las frases de marras, para acentuar la sensación de que esto es un juego. ¿Cuáles son las suyas?

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Libros para el verano: Tres grandes marinos

AutorJuan Manuel Santiago el 20 de julio de 2013 en Divulgación

Slocum - barcos

¿Qué mejores lecturas veraniegas que tres libros relacionados con el mar? La playita, las tortillas de patata haciendo chup-chup en la fiambrera, esos cuerpazos que se tuestan como gambas a la parrilla… Y, de fondo, el rumor de las olas, que tal vez nos haga imaginar que somos aguerridos marinos y estamos surcando los mares en nuestro velero, como hicieron (y escribieron) los tres personajes de los que hablaremos a continuación.

Antes de continuar, querría aconsejarles a los lectores que destierren prejuicios (navegar en clíper, queche o cualquier otro tipo de velero es algo propio de élites, de acuerdo, no todos podemos permitírnoslo) y se dejen guiar por el espíritu aventurero y el mecer de las olas (o de las tormentas, llegado el caso).

El primero de nuestros protagonistas es Joshua Slocum, gran marino y asimismo gran persona, personaje y, como comprobarán ustedes si leen Navegando en solitario alrededor del mundo, escritor. Con un estilo brillantísimo y socarrón, Slocum nos cuenta su infancia en Nueva Escocia, cómo se aficionó al mar y comenzó a frecuentar barcos pesqueros, hasta que consiguió capitanear su primera nave y, más tarde, compró un barco que estaba para el desguace, lo reconstruyó, lo llamó Spray, y se hizo con él a la mar dispuesto a cumplir la que sería la primera circunnavegación del globo terráqueo en solitario. Las más de 46.000 millas náuticas y los más de tres años de periplo de Slocum a bordo del Spray, desde el 24 de abril de 1895 hasta el 3 de julio de 1898, marcan el comienzo de la navegación moderna, aunque el estilo narrativo del autor sigue siendo decimonónico, más deudor de las novelas de aventuras que de los relatos posteriores. Algunos de los pasajes de esta obra parecen space opera; otros, capítulos perdidos de Los viajes de Gulliver, y unos cuantos, novelas de Robert Louis Stevenson. Una verdadera gozada de libro

… que, obviamente, creó escuela. La voz del narrador puro a la antigua usanza que era Slocum da paso al tono casi periodístico de sir Francis Chichester, uno de los pioneros de la aviación, así como consumado marino. La narración de su periplo, mucho más rápido pero no menos accidentado que el de Slocum (del 27 de agosto de 1966 al 28 de mayo de 1967) se puede leer en La vuelta al mundo del Gypsy Moth, y nos presenta a un héroe solitario y anciano (cumplió sesenta y cinco años en el transcurso de su viaje) que lucha contra los elementos mientras bate, uno tras otro, todos los récords relacionados con la circunnavegación en solitario.

Pero donde Slocum era un escritor ameno y Chichester tenía vocación de divulgador, Bernard Moitessier se erigió en el verdadero poeta de las narraciones biográficas de periplos marinos. Todas y cada una de las páginas de Cabo de Hornos a vela son poesía pura, un canto a la libertad (valga el tópico) y a la mar. El barco de Moitessier se llamaba Joshua, en honor del pionero Slocum. La narración del temporal de «los cuarenta rugientes» (nombre de uno de los vientos que soplan por los océanos australes, y que han convertido la travesía del cabo de Hornos en una de las más difíciles y épicas del mundo) tiene momentos dignos de narración de Edgar Allan Poe. Años después, su viuda, Françoise, relató el mismo periplo en la obra 60.000 millas a vela, pero, si vamos a hablar de ella, lo procedente sería dedicarle otra entrada del blog a las narraciones marinas escritas por mujeres, que las hay, y muy interesantes.

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