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Redes sociales, libros y asesinatos

AutorAlfredo Álamo el 24 de septiembre de 2009 en Divulgación

Fever of the bone

Val McDermid es una de mis autoras favoritas de novela negra. No es sueca, pero en su Escocia natal también hace mucho frío en invierno.

Lo cierto es que me enganchó, ya lo he comentado alguna vez, a partir de la serie de televisión Wired in the blood, que, de manera incomprensible, no ha pasado en España de su primera temporada. Los personajes de McDermid son duros, rocosos y llenos de aristas; sus historias, pese a cierta complacencia con las coincidencias, entretienen de principio a fín y siempre hay un buen número de cadáveres para hacer recuento al final de cada libro.

McDermid saca libro nuevo, además con mi personaje favorito de protagonista: el psiquiatra Tony Hill, titulado como Fever of the bone (La fiebre del hueso). Su editorial Little, Brown ha preparado una original manera de promocionar el libro: han creado una red social llamada RigMarole en la que los seguidores de la escritora pueden apuntarse y empezar a conocer otros fans de Tony Hill, comentar el libro o hablar con la autora, además del resto de funciones típicas de las redes sociales.

Lo realmente novedoso, y que me parece una idea interesante, es que en la red social también participan personajes del libro -obviamente interpretados- y que pueden dar mucha más profundidad a la historia, sobre todo porque el personaje del asesino aparecerá en RigMarole, y eso sí que puede dar un juego tremendo.

El único problema que le veo a este tipo de iniciativas es que parecen condenadas a la caducidad, no se puede uno apuntar a una red social por cada autor que decida un juego parecido, resultaría caótico. Desde luego, ahora, en este momento, la iniciativa sobre el libro de McDermid me parece muy inteligente, pero en un futuro, si se quiere hacer algo parecido, tendrá que depender de alguna de las redes sociales que, darwinismo digital mediante, dominen el mercado.

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Película de The Host, Stephanie Meyer al cine otra vez

AutorAlfredo Álamo el 23 de septiembre de 2009 en Noticias

Host

Mientras las películas de la saga Crepúsculo levantan cada vez más expectación, nos llega la noticia de que se ha llegado a un acuerdo por los derechos de la última novela de Stephenie Meyer, La huésped, The host, para llevar el libro a la gran pantalla.

El ambiente de ciencia ficción de la novela será, al menos eso se ha anunciado en un primer momento, reflejado por el director Andrew Niccol, ya conocido en el género fantástico por su película Gattaca y por su último trabajo El señor de la guerra, donde denunciaba el terrible mundo del tráfico de armas.

Como guionista, y aquí cruzamos los dedos para que sea él quien adapte el libro, ha escrito las ya mencionadas Gattaca y El señor de la guerra, así como La terminal o la famosa El show de Truman. Contar con Niccol es tener como baza a uno de los directores que pueden ofrecer solidez a la hora de montar una película, alejándose del baile de directores primerizos que han sobrevolado la saga vampírica de Crepúsculo.

The host, La huésped, se mantuvo en el top de ventas de Estados Unidos durante varios meses, pero parece haber calado menos en el mercado español que los anteriores libros de Meyer. ¿Se desatará la misma pasión por la película de Niccol? Todavía nos quedan unos años para comprobarlo.

Vía: Fantasymundo

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Los cuentacuentos globales

AutorAlfredo Álamo el 23 de septiembre de 2009 en Divulgación

Fuego palabra y voz

Érase una vez, en este mismo planeta, que toda historia, inventada o no, sólo tenía una forma de ser transmitida: de boca en boca, a través de gentes que memorizaban y recitaban tanto canciones como leyendas, algunos, los más mayores, ejerciendo de anclas para las tradiciones de un lugar, y otros, los más inquietos, llevando cuentos de un extremo del mundo conocido al otro.

Toda esa bonita historia se empieza a perder con la aparición de los soportes escritos, pero no es hasta que la alfabetización alcanza a grandes bolsas de la población que la oralidad como transmisión básica de la cultura comienza un declive imparable. Siempre he pensado que los cuentos, mientras se contaban en voz alta, seguían vivos, cambiaban y evolucionaban dependiendo del tiempo y el lugar en el que se narraran; una vez escritos y recopilados, se volvían fijos y estáticos como en una fotografía, perdiendo gran parte de ese vigor que los hacía especiales.

Sin embargo, el cuento narrado se mantiene vivo aunque algo aletargado. La mayoría de las veces como entretenimiento para niños, a los que la magia de la palabra sigue atrapando como si de un viejo hechizo se tratara, como si lo lleváramos escrito en la sangre. Para los adultos, la cosa se complica. En dura competencia con la cultura multimedia y del abrumador ocio actual, es difícil convencer a un público potencial para que confíe en un narrador solitario. Pero bueno, los tiempos cambian y si los espectáculos de monólogos triunfan, hay que tener en cuenta que en realidad es oralidad pura y dura la que nos ofrecen.

La labor de cuentacuentos, como ya hemos podido imaginar, es dura. Agradecida, sí, porque el contacto humano, la empatía que produce la acción y reacción inmediata de un grupo humano produce una sensación de euforia difícil de describir. Quizá por eso, por la dificultad y también por la voluntad de adaptarse a los medios acutales, ha surgido en la web la Red Internacional de Cuentacuentos, un portal donde se pretende agrupar a narradores de todo el mundo y también de dar soporte y consejos a una comunidad siempre a merced de la incertidumbre.

Me parece una buena iniciativa, nunca está de más crear una buena comunidad, aunque algunos aspectos, sobre todo, a mi juicio, el de lecturas recomendadas, fallan un poco. A la hora de indicar relatos sería una iniciativa increíble el contar con textos clásicos -ya libres de derechos de autor- o con historias cuya licencia otorgue libertad de uso (como por ejemplo una Creative Commons). Indicar libros y ediciones es un buen inicio, pero con material disponible e inmediato, la web sería mucho más interesante.

En un mundo en el que tanto la literatura, como la música y el cine se muestran estáticos y son tan fáciles de clonar, iniciativas como la del cuentacuentos se muestran únicas para cada representación, imposibles de copiar y de experimentar en casa. Quien sabe, quizá el espectáculo definitivo en el mundo de la tecnología sea la vuelta al contacto humano; al fuego, la palabra, y la voz.

El Print on Demand ataca de nuevo

AutorAlfredo Álamo el 22 de septiembre de 2009 en Divulgación

Espresso book Machine

Dentro del nuevo mundo que la tecnología está creando para el mundo de la edición destaca, y ya lo hemos comentado en varias ocasiones, el Print on Demand (POD) o Impresión bajo demanda.

La Espresso Book Machine es una herramienta capaz de imprimir y encuadernar un libro en calidad bolsillo en apenas cuatro minutos, ofreciendo la posibilidad de obtener cualquier libro disponible de forma electrónica en muy poco tiempo y en cualquier lugar.

Hay varios problemas con esta máquina. El primero de ellos, el más complicado de solucionar, es el del fondo editorial disponible. Está claro que no tiene sentido poder imprimir cuatro o cinco libros nada más. Mientras que las editoriales, por el momento, no se pronuncian sobre qué van a hacer, Google, como viene siendo habitual, ha dado un primer paso, y bastante importante.

Todas las obras digitalizadas libres de derechos, aquellas que no están en litigio en estos momentos -hay obras de las que se desconoce el dueño actual de los derechos y están en una especie de limbo legal a la espera de solución- podrán ser impresas por la Espresso Book Machine. Incluso Google ya ha indicado cuál sería el precio apropiado, 8 dólares, con lo que quedarían 3 para el librero tras descontar costes y derechos para Google y la empresa de OnDemand books.

Es de suponer que la idea de Google es abrir este servicio en un futuro a cualquier obra que esté disponible en Google Books, creando una biblioteca infinta de obras que jamás se descatalogarían. Un proyecto por el cual Google puede que se enfrente a una demanda de monopolio en Estados Unidos.

El otro problema de la Espresso Book Machine es el precio, ya que un pequeño librero tendría que hacer una fuerte inversión para tener una en propiedad. Supongo, lo han empezado a comentar en OnDemand Books, que las máquinas se alquilarían. Veo más probable un renting, ya que la tecnología avanza demasiado rápido como para confiar en un sólo modelo para muchos años. Un sistema de alquiler podría solucionar esto y daría salida a un mercado de segunda mano para estas máquinas.

¿Quién sale perjudicado con este sistema? Las distribuidoras de libros físicos, que sufrirán un golpe duro si este tipo de compra, mucho más cercano al mercado tradicional que el de los e-books, acaba por imponerse. En cuanto a las editoriales, si reciben lo mismo por libro que por su edición de bolsillo sin tener que hacer una inversión previa… supongo que no se lo pensarán demasiado.

Una nueva oportunidad para conseguir un mercado sostenible en base a un avance tecnológico que quizá sea más del agrado de aquellos empresarios que identifican copia digital a piratería.

Rutas de alcantarilla

AutorRaquel Vallés el 22 de septiembre de 2009 en Noticias

India

Si vas a Estocolmo puedes hacer la ruta Millenium y rememorar los lugares donde viven sus aventuras Lisbet Salander y Mikael Blomkvist. En Londres podrás seguir los pasos de Jack el Destripador y sus truculentos crímenes. En París puedes seguir la existencial vida de Simone y Sartre. En Cuba emborracharte con el fantasma de Hemingway. Y en Bombay seguir los pasos de los protagonistas de Slumdog Millionaire, película basada en ¿Quiere ser millonario? de Vikas Swarup, y visitar las chabolas mientras intentas no caerte en una fosa séptica. Es la evolución lógica, después del turismo escatológico (cementerios, poetas muertos) faltaba el turismo chabolista.

Gracias a la agencia Reality Tour podemos hacer una visita a Dharavi, el mayor suburbio de Asia y comprobar que, además de pobres como ratas, trabajan de sol a sol, sobreviviendo gracias al reciclaje de aquellas cosas desechadas por otros barrios. La parte positiva es que el ochenta por cien de los recaudado se invierte en el mismo Dharavi para mejorar, aunque sea mínimamente, la vida de estas personas. Si tenéis la intención de hacer esta visita es recomendable leerse primero el libro y dejar de lado la visión más edulcorada de la película.

De todas formas, este tipo de iniciativas me siguen produciendo un poco de repulsión. Sería como visitar Guantánamo a cambio de ir pagándoles la representación legal -en el caso de que la tuvieran, claro- o los lugares de reclusión de los secuestrados de la FARC mientras van haciendo caja para pagar el rescate. ¿Para cuando visitas guiadas a los corredores de la muerte de los EE.UU.?

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Después de la novela histórica, ¿el género negro?

AutorAlfredo Álamo el 21 de septiembre de 2009 en Opinión

Detective

El motor principal de la industria de ficción española viene siendo en los últimos años la llamada, en muchos casos con demasiada generosidad, novela histórica.

Con éxitos incontestables como La catedral del mar o El último Catón, la novela histórica, hibridada, eso sí, con elementos de suspense -conjuras, maldiciones, secretos y conspiraciones-, desembarcó en forma de cientos -si, cientos- de novelas muy parecidas entre sí. De ese modo, cuando las novelas del siglo de oro se pusieron de moda -justo con el estreno de Alatriste– todo parecía cortado por el mismo patrón. Con el aniversario del 2 de Mayo, otro tanto de lo mismo. Ahora, si no me equivoco, todas las grandes editoriales han tirado mano de archivo histórico y colaboradores habituales para lanzar una andanada a la línea de flotación lectora abanderando el nombre de Hipatia, justo con la llegada de Ágora, la película de Alejandro Amenábar.

Y aunque dentro de esa miriada clónica de Hipatias, entre las que de seguro habrá obras diferentes (mi apuesta está clara: La última noche de Hipatia, de Eduardo Vaquerizo y publicada por Alamut), lo cierto es que no apetece ir leyendo veinte libros con la misma portada y con, más o menos, el mismo cuento.

Pero las tiradas de la novela histórica, y es mi opinión, la sensación que tengo, parecen declinar en favor de los nuevos elegidos de la mercadotecnia: los autores de novela negra -si son nórdicos mejor, que es lo que más pega-, que se habían ido haciendo un hueco poco a poco en colecciones dedicadas y que ahora, de repente, se van a ver sometidos a un proceso nuevo. No me refiero a mayores tiradas y presentaciones, después de todo, eso va con el oficio; será interesante ver cuántos escritores que jamás habían prestado atención a la novela negrocriminal van a sacar su libro personal, original y de género en los próximos meses, aunque dudo que lleguen al nivel de John Banville y su alter ego negresco Benjamin Black, que en estos momentos amenaza con fagocitar al autor -entre comillas, por favor- serio.

¿Asistiremos a un desembarco similar al de la novela histórica en la negra? Espero que no, la novela negra tiene que funcionar con corazón, entrañas y algunas otras partes del cuerpo, cosas de las que carecían por completo las últimas novelas pseudohistóricas que han pasado por mis manos.

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Leyes de mercado, de Richard Morgan

AutorVíctor Miguel Gallardo el 20 de septiembre de 2009 en Reseñas

Leyes de mercado

Faltan novelas, o al menos novelas de éxito, que puedan llegar a nosotros y no acaben disimuladas en el fondo del catálogo de grandes y pequeñas editoriales, que nos hablen de forma vívida acerca de las previsibles consecuencias de nuestro actual sistema económico y ético. No es casual que mezcle economía y ética: en un mundo que cada vez se aleja más (al menos en Occidente y Asia Oriental, sedes de los más importantes mercados mundiales) de éticas tradicionales basadas en sistemas filosóficos o religiones, se impone la moralidad emergente del dólar. O del euro. O del yen.

Dice Fernando Ángel Moreno, prologuista de la fantástica Leyes de Mercado, que el autor británico Richard Morgan de cierta forma ha recogido el guante que autores como Disch o, sobre todo, Ballard, dejaron caer hace unos años. Las similitudes con este último e inmortal autor son más que evidentes: el mundo desarrollado en Leyes de Mercado podría ser compatible (tal vez sólo un poco más avanzado en el futuro) con el de muchas de las historias ¿distópicas? (los signos interrogativos no son casuales) de Ballard. Y, como muy bien señala Moreno, no estamos hablando de ciencia ficción, por mucho que la historia se desarrolle a mediados del siglo XXI y haya un componente tecnológico muy presente en toda la novela, sino de auténtico costumbrismo literario.

Sea como fuere, Morgan acierta al hacer una prolongación en el tiempo de la sociedad actual creíble y, por tanto, brutal. De no ser verosímil, gran parte de la crudeza se habría disipado; dicho de otra forma, es más fácil estremecerse con una escueta escena de asesinato en una novela realista ambientada en nuestros días que con las matanzas de las novelas de Pournelle, situadas en un futuro que se nos antoja imposible. En todo caso, y pese a que el autor fabrica un mundo creíble, a mi juicio parte de una premisa falsa. La novela se anticipa a la recesión (fue escrita unos años antes de que empezara la actual crisis financiera mundial), describiéndola escuetamente, y nos explica muchos de los factores que desembocaron en la sociedad futura que nos presenta. Sin embargo, se olvida de algo de lo que jamás se habría olvidado Ballard: de explicar la evolución de las clases medias. Queda muy claro, tras leer Leyes de mercado, la evolución tanto de las clases bajas como de la élite, así como la de los países en vías de desarrollo y los subdesarrollados. Sin embargo, vuelve a caer en un tópico de la ciencia ficción británica que no se sostiene (o, al menos, a mí me lo parece): el de imaginar en el futuro cercano de los países occidentales una reclusión en áreas bien delimitadas de la población menos privilegiada. Que, además, parece ser bastante más numerosa que el resto de la población. No hay manera posible de sostener un sistema económico neoliberal (y, en el caso que nos ocupa, dominado por corporaciones) que no cuente con una clase media mayoritaria y pudiente que consuma lo producido en países en vías de desarrollo para mayor gloria de los empresarios locales. La clase media en Leyes de mercado apenas se vislumbra, pero se intuye en los trabajadores de bajo rango de las zonas en donde los ejecutivos campan a sus anchas. No obstante, parece ser insuficiente; y no parece, por otro lado, que cuente con recursos económicos válidos para ser un agente activo de la economía.

Tal vez esto sea hilar muy fino: la novela es un magnífico entretenimiento. Más que eso, Morgan nos hace recapacitar sobre la futilidad de los organismos internacionales y los estados nacionales (reducidos aquí a simples realidades económicas) y sobre la imposición de una ética fundamentada en el rendimiento y el beneficio y no en cuestiones morales, hasta el punto de que los ejecutivos de una compañía se juegan los ascensos o las buenas cuentas en carreras mortales sobre las desiertas autopistas, o en donde los intermediarios latinoamericanos, cuchillo en mano, luchan en reconvertidas plazas de toros por conseguir tal o cual puesto de trabajo. Simplemente brutal.

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Ojo con los premios literarios

AutorVíctor Miguel Gallardo el 19 de septiembre de 2009 en Divulgación

Azar

Muchos que empiezan a escribir pueden llegar a ver en los premios literarios la solución a muchos problemas: por un lado, gran parte de ellos están dedicados al cuento o relato corto, o a la poesía (no a poemarios completos, quiero decir, sino a simplemente un puñado de poemas), por lo que no se ven obligados a tener que embarcarse, a las primeras de cambio, en la confección de una interminable novela; por otra parte, existen tantos premios y tan diversos (algunos temáticos, otros dirigidos a ciertos colectivos), y pueden llegar a ofrecer premios en metálico a priori muy jugosos, que el incauto escritor novel se frotará las manos ante las perspectivas de éxito inmediatas.

Craso error. Dejando a un lado el hecho de que el “casi cualquiera puede escribir” no es equivalente a que cualquiera pueda hacerlo bien, también es cierto que no nos podemos engañar (aunque escribamos de forma fantástica) pensando que todos los premios que se ofrecen son susceptibles de ser ganados. Algunos, aunque no nos guste, están dados de antemano, y esto sucede tanto con concursos literarios importantes y consolidados (de esos con premios en metálico de varios miles de euros) como con pequeños certámenes organizados por corporaciones locales o asociaciones de vecinos. La mayoría de estos falsos concursos (falsos en el sentido de que no hay disputa alguna ni proceso concursal propiamente dicho) dejarán bien claro en sus bases una serie de parámetros parecidos a los de bases de concursos “limpios”; sin embargo, y he de reconocer que estoy hablando más por una corazonada personal derivada de la experiencia como jurado y participante, los concursos que más hincapié hacen en las bondades de los miembros del jurado son los que más me hacen sospechar. Como autor, cuantos más doctorados, cátedras y libros a sus espaldas tienen dichos miembros, más raudo huyo de participar en el premio en cuestión.

No hay que desesperarse, de todas formas: una buena parte de los premios que año tras año se convocan son legítimos y objetivos. Con el tiempo uno aprende a discriminar entre unos y otros: por ejemplo, si al echar un vistazo al palmarés de un premio uno se encuentra con multitud de nombres conocidos, es mejor intentar probar fortuna en otro. De la misma forma rehusaría en participar si, al revisar la lista de anteriores ganadores de un premio de carácter local (por ejemplo, organizado por un ayuntamiento de una localidad pequeña o una biblioteca pública), uno se encuentra con que todos o gran parte de ellos son oriundos del municipio. Gracias a Internet se suele dar amplia publicidad de hasta el más pequeño certamen, así que no hace falta más que sumar dos y dos para darse cuenta de lo poco probable que resulta dicha “casualidad”.

La música del azar, de Paul Auster

AutorVíctor Miguel Gallardo el 18 de septiembre de 2009 en Reseñas

La música del azarl

Paul Auster es uno de los escritores más importantes de nuestro tiempo, habiéndonos brindado libros imprescindibles como “La invención de la soledad”, “El país de las últimas cosas” o “El cuaderno rojo”, entre otras muchas. La novela que nos ocupa, “La música del azar”, vio la luz hace casi veinte años, y puede ser una buena muestra de qué puede llegar a hacer el autor estadounidense para los que todavía no se hayan acercado a su obra.

La historia es narrada por Jim Nashe, un bombero de Boston que, tras ser abandonado por su mujer, recibe una herencia de un padre al que apenas conoció. Tras dejar su casa y su trabajo se lanza a las carreteras de Estados Unidos, conduciendo sin rumbo fijo y sin más objetivo que el de hacer kilómetros día tras día. Cuando está a punto de quedarse sin dinero conoce a un joven jugador de póquer llamado Jack Pozzi. Por azar.

Y es que el azar es el verdadero hilo conductor de la novela, aunque también lo son las oportunidades (el nombre original de la novela, “The music of chance”, es bastante más ilustrativo que la traducción al español), tanto las que se aprovechan como las que se dejan pasar. En todo caso, no todo lo que le acontece a Nashe parece del todo fortuito: para empezar, ninguno de los tres hitos con los que empieza la narración (el abandono conyugal, el cobro de la herencia y el dejarlo todo para dedicarse a viajar) puede ser considerado azaroso. La historia vuelve a girar completamente (de hecho hace cambiar el tono de la novela por completo, pasando a tener tintes kafkianos) en el momento en que, esta vez sí por pura suerte, Nashe conoce a Pozzi. A partir de ahí es bastante discutible que todo sea aleatorio: tal y como Pozzi llega a decir en un momento dado, emparentado su discurso con la teoría del caos, puede que no sea sólo cuestión de suerte, sino que cualquier pequeño movimiento o hecho, aunque no parezca relacionado con el efecto resultante, puede desencadenar resultados devastadores.

Auster no termina de realizar una obra redonda precisamente porque Nashe, el protagonista, es cualquier cosa menos un personaje presa del destino: su personalidad impulsiva y testaruda es la culpable de gran parte de sus desgracias, por no decir que de todas. Es, en cambio, un enamorado de las oportunidades: en todo parece querer ver una manera de dar un paso adelante (o en dirección contraria; la cuestión, para él, parece ser moverse), y pocas veces se para a pensar en las consecuencias, simplemente actúa. Y eso, me temo, no puede considerarse ni mala suerte, ni azar, ni destino, sino falta de planificación, inconsciencia y obcecación. Y no hay música que pueda mover eso.

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Los nuevos escritores frente al reto digital

AutorAlfredo Álamo el 18 de septiembre de 2009 en Opinión

Escritor en facebook

Llega, o eso parece, el e-book para instalarse, de una manera u otra, en las vidas de libreros, editores, distribuidores y escritores. A cada uno de estos sectores que componen, a grosso modo, el mundo del libro, le toca jugar con mejores o peores cartas la mano que supone la aparición de un nuevo formato.

Los escritores, a priori, parece los que menos tienen que perder con toda esta transición. Hay muchas voces que aluden a que la labor del escritor sigue siendo la misma: escribir. Esa es su función básica, y que luego el libro se lea en un libro con cubiertas de lujo o en un clon chino del iPhone, pues pasa a ser problema del resto de implicados. Lo cierto es que no es así.

Los ejemplos de escritores que ponen a disposición del público ciertos libros en descarga gratuita, incluso algunos con cesión de derechos, encierran algunas pequeñas trampas. Que Vázquez Figueroa lo haga, indicando además que le es beneficioso a la hora de las ventas globales, o que en Estados Unidos lo practique Cory Doctorow -con un peso en la red que ya quisiera alguna editorial al completo-, son excepciones dentro del mundo digital. Los autores con un nombre ya hecho arriesgan poco en estos experimentos, digamos que el trabajo de márketing, de difusión del nombre, de creación de marca, ya está hecho y se están limitando, más o menos, a la parte final del proceso. Si además tienen a una editorial fuerte detrás y una buena tirada en papel… sólo son ejemplos de lo qué podría llegar a ser

Para que un autor pudiera saltarse la parte editorial -una idea que algunas voces están dando por seguro en un futuro próximo-, dejaría en manos del autor un proceso que hasta ahora seguía, con suerte, a cierta distancia. La creación de un libro -como objeto, aunque sea digital-, lleva bastante trabajo. La buena maquetación y corrección de un texto no son tarea fácil (aunque es cierto que hay editoriales en las que tampoco se aprecia mucho cariño por estas artes) siendo tareas a las que dedicar estudio y profesión. Luego, claro, está el mundo de la venta. ¿Anuncios? ¿Promoción? Los más optimistas piensan que el boca a boca y el márketing viral son la panacea para el libro, pero es más probable que haya que buscar estrategias como hasta ahora para que un libro determinado alcance cierta visibilidad en un mundo que se anticipa como superpoblado.

La venta directa escritor-lector existirá, no me cabe duda. Es una libertad nueva que autores conocidos podrán ejercer en un momento dado, y que servirá para dar a conocer a nuevos talentos. El problema al que llevo tiempo dándole vueltas es el mismo que atenaza a la red desde hace tiempo, el ruido. Un inmenso mar de fondo en el que discriminar lo bueno de lo corriente o lo muy bueno de lo realmente malo se puede convertir en una tarea titánica. Quizá sea ese el nuevo papel editorial, o puede que sea el hueco que las revistas, cada vez más de capa caída, ocupen para ahorrar al lector el bombardeo constante de novedades.

Otro de los aspectos que también cambiará a partir de ahora es la relación del autor con el lector. Parece improbable que la gente, acostumbrada cada vez más a la interacción constante e inmediata a través de las redes sociales, se conforme con los chats digitales promovidos por las editoriales. Sin duda las presentaciones físicas irán a menos -ya lo están haciendo- y los escritores -o sus sufridos becarios más jóvenes- se verán inmersos en el extraño mundo de las relaciones digitales.

¿Se aplica esto a todos los escritores? Por supuesto que no. Las grandes figuras de la literatura actual y aquellos outsiders que no aceptan normas ni las necesitan, tienen su propio camino. Es a los que traten de dar el salto profesional a la escritura, o al menos a un respetable y ocasional trabajo, a quienes el mundo digital les aguarda con gigantescas posibilidades y terribles problemas. Vamos a vivir, sin duda, tiempos interesantes.

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