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Literatura Histórica III: Antigua Grecia

AutorAlfredo Álamo el 27 de agosto de 2010 en Divulgación

Salamina

Uno de los periodos más importantes para el desarrollo de la cultura occidental, su filosofía y pensamiento es, sin duda, la Antigua Grecia.

De los griegos nace gran parte de nuestra cultura y gracias a ellos tenemos unas primeras leyendas escritas y cantadas a lo largo de los siglos. Sus mitos conforman, junto con Roma, de la que hablaremos más adelante, una base común para casi toda Europa. Simplemente hablando de Homero y de la Iliada tendríamos suficiente para conocer y hablar de aquella épica casi mítica que va desde las primeros conflictos anteriores a Troya al gran Imperio de Alejandro Magno.

Dentro de la literatura son incontables las obras que han dispuesto su escenario en la Antigua Grecia, aunque no hay tantas que cumplan un mínimo de seriedad y muchas de ellas aprovechan esa época de héroes mitificados para colar aventurillas más cercanas a la fantasía que la historia real.

Dejando a un lado la gran influencia de la novela negra, como para en Roma, a la que dedicaremos un artículo de manera exclusiva, podríamos empezar con uno de los clásicos del género, Robert Graves y su El vellocino de oro, todavía en una época indefinida pero que el buen hacer de Graves convierte en una novela muy interesante.

Otro de los conocidos por los amantes del género, Valerio Massimo Manfredi, tiene unas cuantas obras a destacar, como Talos de Esparta, El talismán de Troya o la serie de Alexandros, en la que narra la vida de una de las más queridas figuras de esta época: Alejandro Magno. Kazantzakis tiene una obra también Alejandro el grande, de obligada lectura sobre el mito.

Nicholas Nicastro también destaca con Hijos de Esparta, hay que tener en cuenta que tras el éxito de la película 300 -basada en un cómico poco histórico y muy personal-, el interés por el mundo espartano ha crecido en los últimos años con títulos como Hijos de Heracles, de Teo Palacios.

Otro de los autores dedicado casi en exclusiva a Grecia, aunque más al mundo de la guerra que a la propia cultura, es Steven Pressfield, con varios libros sobre Alejandro y sus campañas bélicas, como La campaña afgana, por ejemplo.

No podemos dejar de hablar de este rico subgénero de la novela histórica sin mencionar a Mary Renault, prolífica autora que escribió clásicos como La máscara de Apolo, El rey debe morir o El muchacho persa, libros en los que se destaca el mundo sexual griego, algo que muchos autores han preferido dejar de lado.

A título personal, recomendar tres novelas de un autor español, Javier Negrete, que harán las delicias de los aficionados al mundo griego. Una de ellas es estrictamente histórica, La gran aventura de los griegos, otra con más dosis de aventuras, Salamina, y la tercera entraría dentro del género fantástico, siendo ganadora del Premio Minotauro, Señores del Olimpo.

Esta selección, claro, no puede ser otra cosa que una pequeña ventana al increíble número de libros dedicados a la Antigua Grecia. ¿Cuáles son vuestros favoritos? Os esperamos en los comentarios.

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Oesterheld y el Eternauta

AutorVíctor Miguel Gallardo el 26 de agosto de 2010 en Divulgación

Eternauta

Hablar de Héctor Germán Oesterheld y de El Eternauta es hacerlo de uno de los más grandes guionistas de cómic argentinos de todos los tiempos y de su obra cumbre, ampliamente difundida por los países de habla hispana y de una trascendencia que escapa a los límites del cómic. No estamos hablando de una mera obra de ciencia ficción, eso desde luego, sino de todo un símbolo de la convulsa situación política argentina del tiempo que Oesterheld le tocó vivir.

Publicada por primera vez en los años 50, El Eternauta fue ilustrada por Francisco Solano López, pero años más tarde volvió a ver la luz, tras una profunda reescritura del guión, siendo esta vez Alberto Breccia, uno de los historietistas más importantes de la historia de la República Argentina, el encargado de darle vida y forma al guión de Oesterheld. La nueva versión, que apareció en 1969, se posicionaba políticamente de forma más violenta (hubo otra años más tarde, ya en vísperas de la llegada de los militares al poder, de nuevo ilustrada por Solano López), lo que puede que condenara a muerte a Oesterheld, que fue uno de los miles de desaparecidos durante el Proceso de Reorganización Nacional, presumiblemente por su biografía de Ernesto Guevara pero también, indudablemente, por las connotaciones de su más conocida obra. Fue secuestrado el 27 de abril de 1977; para entonces ya habían desaparecido cuatro hijas suyas, de entre 18 y 25 años. Se desconoce la fecha de su muerte, aunque están documentadas sus estancias en Centros Clandestinos de Detención tales como “El Vesubio”, en el que también estuvo retenido ilegalmente y sometido a tortura, entre muchos otros, el escritor Haroldo Conti, que había sido secuestrado meses antes que Oesterheld.

El Eternauta es, sin duda, una de las obras maestras del cómic de ciencia ficción. Relata una invasión extraterrestre de la Tierra y los intentos de resistencia de la población humana. Es llamativo que estos extraterrestres, que nunca son mostrados en la obra, actúan por medio de otros seres a los que controlan mentalmente, ya sean insectos gigantes, grandes lagartos o, incluso, miembros de otra civilización extraterrestre de carácter pacifista. También es llamativo que la sede de esos alienígenas esté situada, según el El Eternauta, en la Plaza del Congreso, lugar en donde se levanta el Palacio del Congreso de la Nación Argentina. La obra fue reeditada de forma habitual en diversas partes del mundo, y dio lugar a diversas continuaciones después de la desaparicón de Oesterheld. También hay que mencionar la polémica derivada de sus derechos de autor, ya que una conversación en la que a la viuda de Oesterheld se le animaba a conseguir dinero con ellos derivó en la cesión por su parte de todos los derechos a un tercero, algo que iba en contra, obviamente, de los intereses de los ilustradores.

Mort Cinder

No obstante, Oesterheld es algo más que El Eternauta. Otro cómic que habría que reseñar, de importancia fundamental en el futuro del género y considerado un clásico dentro y fuera de Argentina es Mort Cinder, publicado de forma periódica de 1962 a 1964. En él, el personaje de Mort Cinder, uno de los más interesantes del cómic hispanoamericano, entra en contacto con Ezra Winston, un anticuario que se verá envuelto, a su pesar, en una trama alrededor de Mort, un hombre cien veces muerto y resucitado que ha vivido algunos momentos fundamentales de la historia. Se trató de una historia de especial importancia para Oesterheld y su colaborador Breccia (que llegó a declarar que “antes y después de Mort Cinder, nada”), en parte hija de las particulares evoluciones estilísticas y personales de ambos. Para Breccia fue la obra cumbre de su carrera; para Oesterheld, una forma de reivindicarse como guionista de talento tras haber sido puesto en evidencia por sus trabajos posteriores a El Eternauta.

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Murió Rodolfo Fogwill

AutorVíctor Miguel Gallardo el 25 de agosto de 2010 en Noticias

Fogwill

El pasado 21 de agosto falleció el escritor (y publicista, y sociólogo, y polemista casi profesional) bonaerense Rodolfo Fogwill, víctima de un enfisema pulmonar causado por una vida de adicción al tabaco. Con su muerte se nos va uno de los personajes más peculiares de las letras hispánicas de las última décadas, alguien que fue perseguido por varios gobiernos argentinos (bien por “rojo” o bien por negocios poco claros), que conoció a Borges, que tuvo muchos hijos, y varios matrimonios, que usó la cocaína para escribir sobre la guerra de las Malvinas y acabó enganchado a muchas otras drogas que combatían sus crisis respiratorios. Que, en definitiva, vivió.

El haber mencionado la droga no es fortuito: por un lado, una de sus obras más famosas, la novela Los pichiciegos, existe gracias (como ya he mencionado) a la cocaína. Doce gramos de esta droga le sirvieron para terminar esta obra en el tiempo récord de seis días, seis días en los que dejó por escrito una lúcida novela sobre el conflicto de las islas Malvinas/Falkland que él mismo negó que tuviera un tono pacifista. No lo tiene: relatada desde la distancia, desde la frialdad, Los pichiciegos hace hincapié en las absurdas circunstancias de la guerra, de todas las guerras en general pero, sobre todo, de la guerra de las Malvinas, perdida desde antes de empezar. Una guerra que podría considerarse un montaje del gobierno militar que regía Argentina, deseoso de azuzar un patriotismo que ellos mismos, con su régimen de terror, persecuciones, censuras y prohibiciones, habían emponzoñado casi hasta la médula. La República Argentina recibió aire, o tal vez una transfusión de sangre, con esta contienda. El precio está claro: casi mil muertos, la mayor parte argentinos, y el doble de heridos. El Reino Unido aplastó casi literalmente la invasión del archipiélago, pero no a coste cero. Argentina perdió, pero el orgullo nacional de muchos no se vio resentido sino más bien al contrario, y todavía hoy se conmemora aquella guerra por algunos círculos. La derrota fue, eso sí, el principio del fin del gobierno militar, que no pudo recuperarse, y supone para toda una generación una vergüenza. No la vergüenza de la derrota, eso no: la vergüenza de la instrumentalización de las muertes de cientos de jóvenes compatriotas, marionetas del alto mando militar. Carnaza para la exaltación patriótica. Vendas para curar años de desapariciones y autoritarismo.

La otra obra más conocida de Fogwill es un cuento, Muchacha punk, que años más tarde dio título a una celebrada antología de relatos. Ambientado en Londres, su inicio es más que popular:

En diciembre de 1978 hice el amor con una muchacha punk. Decir “hice el amor” es un decir, porque el amor ya estaba hecho antes de mi llegada a Londres y aquello que ella y yo hicimos, ese montón de cosas que “hicimos” ella y yo, no eran el amor y ni siquiera –me atrevería hoy a demostrarlo– eran un amor: eran eso y sólo eso eran. Lo que interesa en esta historia es que la muchacha punk y yo nos “acostamos juntos”.

Escrito en 1978, de él dijo Fogwill que

(…) el relato venía sobrecargado de propósitos teóricos y abunda en guiños, anagramas, provocaciones al Estado policial de la época e insidias a escritores de moda

Curiosamente, Fogwill también sufrió dichas insidias en cuanto se convirtió en un autor popular. Se acusó incluso a ciertos círculos intelectuales de sobrevalorar tanto su obra como la importancia del autor en la literatura argentina contemporánea. Se tiene por habitual a Fogwill, no obstante, como uno de los cuatro imprescindibles de las últimas décadas junto con Piglia, Saer y Aira. Es más, se ha dicho que si en las últimas letras argentinas Piglia representaba la inteligencia, Saer la densidad y Aira la locura, Fogwill debía ser, obligatoriamente, los cojones.

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Maus, de Art Spiegelman

AutorRaquel Vallés el 24 de agosto de 2010 en Reseñas

Maus

Con Maus: relato de un superviviente Art Spiegelman no sólo consiguió su mejor obra o una mención especial en el Pulitzer de 1992, también consiguió uno de esos breves momentos en que la miopía congénita que padecen no pocos popes literarios no impide que estos se rindan a un cómic. Maus consiguió incluso un exposición en el Moma de Nueva York.

Art Spiegelman nos cuenta la historia de su padre, joven polaco seguro de si mismo y casado con la heredera de una familia acomodada. A pesar de la tendencia a la depresión de su esposa son un matrimonio feliz, con toda la vida por delante. Pero Vladek y su familia son judíos un terrible “crimen” tras el triunfo del nacionalsocialismo en Alemania y la expansión de esta fuera de su territorio con la invasión de Polonia por parte del Tercer Reich. Vladek es llamado a filas para defender a su país del invasor como cualquier otro joven polaco. Tras su captura por parte de los alemanes y una accidentada vuelta a casa, todo ha cambiado.

Asistimos poco a poco al deterioro de la situación, como se van sucediendo los momentos de desesperación y los de esperanza, como se construye el gueto de Varsovia o como empiezan a llegar los primeros rumores sobre los campos, mientras la mayoría de la población mira para otro lado. En ese día a día, los intentos de mantener cierta fachada de normalidad parecen patéticos. Llega un momento, la deportación a los campos, en que ya nada puede mantener ese intento de normalidad o, simplemente, la esperanza.

Vladek va contando la historia a su hijo Art y es aquí donde Spiegelman va más allá del relato sobre el Holocausto, para enseñarnos lo que implicó la supervivencia para los pocos que lo consiguieron, como sus vidas y la de sus familias quedaron marcadas. Así, la narración se mezcla la historia principal del pasado con la vida de Vladek, refugiado en los Estados Unidos, en el presente y su relación con su hijo.

Spiegelman utiliza animales para representar a las diferentes partes de la historia: los nazis son gatos, los polacos cerdos, los franceses ranas o perros los estadounidenses. Los judíos son ratas dentro de la ratonera Polonia.

Es un relato duro (no podría ser de otra forma), desgarrador que el personal estilo de Art Spiegelman consigue dotar de gran realismo, a pesar de estar representada la historia por animales. Por que esta substitución de hombres por ratas o gatos en ningún caso supone una infantilización o dulcificación de la historia.

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Anécdotas de escritores VI

AutorGabriella Campbell el 23 de agosto de 2010 en Divulgación

Byron

-A Ray Bradbury le ofrecieron una suma considerable (unos cien mil dólares) por adaptar el guión de Guerra y Paz para la versión cinematográfica de King Vidor (1956). Bradbury se negó, explicando que el libro nunca le había llamado la atención y que había sido incapaz de leerlo, a diferencia de su esposa, que lo leía constantemente. La película fue un gran éxito pero Bradbury no se arrepintió de su decisión, alegando que “algunas cosas no pueden hacerse por dinero”.

-Una de las obsesiones comunes a la mayoría de los escritores es la cantidad ideal de palabras que deberían escribirse al día. Si bien la media suele oscilar en torno a las 1000 palabras, existen casos extremos, como Trollope, que producía unas 1000 palabras por hora, entre las cinco y media y las ocho y media de la mañana; o como Joyce, al que en una ocasión un amigo le preguntó, tras encontrárselo por la calle, que si había tenido un día productivo. El autor irlandés le contestó que sí, ya que había conseguido alcanzar la tremenda cantidad de tres frases. Claro que, teniendo en cuenta la hechicería lingüística de Joyce, esto no sería moco de pavo.

-La célebre bailarina Isadora Duncan le escribió una vez al dramaturgo George Bernard Shaw, comentándole que deberían tener un hijo juntos. “Piénsalo”, le insistió, “con mi belleza y tu cerebro, ¡qué maravilla de niño sería!”. Bernard Shaw le contestó: “Sí. ¡pero qué desastre si fuera al revés!”.

-Durante una de sus giras por Estados Unidos para firmar libros y dar conferencias, Mark Twain visitó a un barbero local para que lo afeitara. Twain informó al barbero de que era su primera visita a esa localidad, y éste le dijo que era un buen momento para estar allí, ya que Mark Twain iba a dar una conferencia esa misma noche. El barbero le preguntó a Twain si pensaba asistir, a lo que éste respondió que “seguramente”. El barbero luego le preguntó si había comprado una entrada, a lo que el escritor respondió que todavía no. El barbero le informó de que se habían agotado las entradas, así que tendría que escuchar la conferencia de pie. A esto Twain contestó, suspirando: “Qué mala suerte tengo, ¡siempre tengo que estar de pie en las conferencias de ese tipo!

-El conocido poeta romántico Lord Byron le regaló en una ocasión una espléndida y lujosa biblia a su editor, John Murray. Murray se mostró orgulloso de tan generoso presente, hasta el día en que descubrió que Byron había hecho una pequeña alteración en el texto: el último versículo del capítulo 18 del Evangelio de San Juan, que decía “Barrabás era un ladrón”, tenía la palabra “ladrón” tachada y sustituida por “editor”.

-Sir Arthur Conan Doyle, el popular creador de Sherlock Holmes, disfrutaba gastándole a sus amigos bromas pesadas de bastante mal gusto. Un día envió doce telegramas a doce amigos suyos, todos ellos personas importantes y de bastante poder. El telegrama decía “Huye inmediatamente, han descubierto tu secreto”. En menos de 24 horas los doce habían abandonado el país.

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Algunos ilustres académicos

AutorVíctor Miguel Gallardo el 22 de agosto de 2010 en Divulgación

RAE

Aunque para muchos la Real Academia Española les resulte completamente ajena, la verdad es que es una institución vital para el mantenimiento y evolución de nuestro idioma, aunque, por supuesto, algunas de sus decisiones pueden causar controversia (un ejemplo sería todo lo relacionado con las tildes diacríticas o, también, la inclusión o no de ciertos términos). Fundada en 1713, algunos de los más importantes literatos, teóricos de la literatura o filósofos españoles han formado parte de ella. También hay omisiones vergonzantes, especialmente de mujeres, ya que la primera en convertirse en académica fue Carmen Conde, nada menos que en 1979, doscientos sesenta y seis años después del inicio de la RAE: Aún hoy la presencia femenina es anecdótica, con tan sólo cinco mujeres en contraposición a nada menos que treinta y siete varones. Para más inri, dos de esas cinco representantes aún no han tomado posesión de su cargo. Estamos hablando de la más reciente académica, Soledad Puértolas (electa este mismo año), y de Inés Fernández Ordóñez, elegida en 2008. Está por ver todavía quién sustituirá a los recientemente fallecidos Carlos Castilla del Pino, Francisco Ayala y Miguel Delibes.

En la actualidad son varios los escritores y escritoras electos, muchos de ellos suficientemente conocidos para el gran público. Tal es el caso de Arturo Pérez Reverte, Álvaro Pombo, Ana María Matute, Javier Marías, Francisco Brines, Antonio Muñoz Molina, Luis Goytisolo o Pere Gimferrer. Otros muchos son teóricos de la literatura, filólogos o filósofos, pero también hay casos más llamativos, como el de los periodistas Luis María Ansón y Juan Luis Cebrián, el director y guionista cinematográfico José Luis Borau o el dibujante Antonio Mingote, aunque hay que mencionar que los tres han hecho incursiones en la novela o la poesía. También es curiosa la inclusión del peruano Mario Vargas Llosa, que es, a la vez, académico en su país y en España.

No son casos extraños: a lo largo de su historia han pertenecido a la Academia personajes muy relevantes de la sociedad española, no todos estudiosos de la lengua o escritores. Tal es el caso de Emilio Castelar (presidente de la I República), Niceto Alcalá Zamora (su homólogo en la II Républica), Antonio Maura (cinco veces Presidente del Consejo de Ministros y uno de los políticos españoles más importantes de principios del siglo XX), Antonio Cánovas del Castillo (otro importante político, esta vez de finales del XIX) o Fernando Fernán Gómez (más conocido como actor que como literato). También, rizando el rizo, fue electo Santiago Ramón y Cajal, Nobel de Medicina en 1906, aunque murió antes de poder tomar posesión. Pero, por lo general, echando un vistazo a los miembros históricos de la RAE, poetas, dramaturgos y novelistas han tenido siempre una buena representación.

Algunos de los más conocidos serían los fabulistas Iriarte y Samaniego, Antonio Buero Vallejo, Camilo José Cela, Vicente Aleixandre, Manuel Machado, Benito Pérez Galdós, José Zorrilla, Ramiro de Maeztu, Juan Valera, Gerardo Diego, Pedro Antonio de Alarcón, Ramón de Campoamor, Pío Baroja o Dámaso Alonso.

Casos aparte serían los de Miguel de Unamuno, Antonio Machado, Miguel Mihura, José Hierro y Jacinto Benavente, varios de los más grandes literatos del siglo XX español. Todos fueron electos pero, debido a sus muertes, nunca llegaron a tomar posesión. El caso de Jacinto Benavente es especialmente sangrante: habiendo recibido el Nobel de Literatura en 1922 no se entiende que no fuera nombrado académico hasta 1954, cuando ya contaba con 87 años. También es curioso el de Antonio Machado, electo en 1939 (su hermano pertenecía a la RAE desde tres años antes), cuando ya no estaba en condiciones de volver a Madrid para tomar posesión de su asiento.

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¿Tienen futuro las lenguas artificiales?

AutorVíctor Miguel Gallardo el 21 de agosto de 2010 en Opinión

Esperanto

No son pocas las lenguas creadas expresamente por el hombre, ya sea para enriquecer el contexto de obras literarias (la fantasía épica y la ciencia ficción son especialmente propensas a introducirlas, baste mencionar a J. R. R. Tolkien, a George Orwell o a Anthony Burgess), bien por motivos menos mundanos. Así, por ejemplo, la más importante de ellas, el esperanto, nació como lengua auxiliar. Así es: Lázaro Zamenhof, el oftalmólogo polaco que la creó, no quería que el esperanto se convirtiera en una lengua común de uso mayoritario, sino que pensaba que serviría a la perfección como segunda lengua en encuentros entre personas de diferente nacionalidad. No obstante, una corriente dentro de los esperantistas defiende que el esperanto se convierta en lengua universal, desplazando a los idiomas existentes. En mi opinión sus pretensiones están bastante desfasadas: es lógico pensar, hace un siglo, en un idioma que pudiera servir de puente entre hablantes de diferentes lenguas para así no imponer a nadie la enseñanza de una segunda lengua extranjera, pero a día de hoy, y debido tanto a la influencia de los mass media (nótese que no es gratuita la inclusión de este término en estos momentos) como a otros factores, entre los cuales no es precisamente el menos importante el avance de la educación obligatoria en gran parte de los países, educación obligatoria que usualmente incluye en sus programas de estudio segundas y hasta terceras lenguas, ya no es necesario inventarse una lengua que conozca una gran parte de la población mundial. Y no es necesario porque ya existe: nos guste o no una gran parte de la humanidad puede hacerse entender, mal que bien, en inglés. Existen ya países, tal es el caso de los escandinavos, en el que la fluidez en inglés de gran parte de la población es, si no comparable al idioma nativo, sí al menos equiparable al de muchos angloparlantes.

De todas formas, la influencia de los principales idiomas artificiales en estos momentos podría calificarse, siendo muy generosos, de residual. El esperanto, el más extendido, apenas es hablado por unos cientos de miles de personas en todo el mundo, siendo muy pocos (estoy hablando de unos pocos miles) los nativos esperantistas. Se podría pensar, teniendo en cuenta los idiomas que fueron su base, que debería estar más extendido en países cuya lengua principal es una lengua romance. No obstante es China uno de los países con una comunidad esperantista más activa: para un chino resulta más fácil aprender otro idioma (uno que, además, no tiene connotaciones políticas para el régimen comunista) que ciertos dialectos de regiones vecinas.

El ido es otra de las lenguas construidas más populares. Se trata de una variación significativa del esperanto: occidentalizó aún más su grafía (eliminando los signos diacríticos) y acometió ciertas reformas que eran demandadas por la comunidad esperantista de principios del siglo XX. Aunque en un primer momento adquirió cierta fuerza a costa de su lengua matriz, acabó cayendo en desuso, y no ha sido hasta fechas recientes (en parte gracias a Internet) que ha vuelto a adquirir protagonismo. Un protagonismo, ya lo habrán adivinado, mínimo.

Klingon

La interlingua, en cambio, sí vivió en tiempos recientes un cierto auge. En contraposición al esperanto, en cuyo idioma se han escrito novelas, se han rodado películas y se han grabado canciones (y que además aparece como idioma universal en algunos libros y películas ambientados en el futuro), la interlingua ha tenido su caldo de cultivo dentro del ámbito científico, siendo considerada por muchos como un idioma perfecto para la difusión de estudios y análisis. Sin embargo, y pese a que en un principio intentó convertirse en la nueva lengua franca europea (comparándose con el latín que, lingüísticamente, unió al continente durante la dominación romana), hay que hacer notar que el empleo y uso del inglés en la parte occidental de Europa y del alemán y el ruso en la parte oriental hacen innecesaria, repito, la difusión de un idioma que, de partida, cuenta con el inconveniente de ser casi desconocido para millones de personas.

Volviendo al principio, a la pregunta que da título a este post, tengo que responder que no, que no tienen futuro, al menos las lenguas construidas serias. Lo más probable es que dentro de un siglo las lenguas artificiales más extendidas sean aquellas surgidas del ámbito literario o fílmico. Será cuanto menos curioso ver triunfar al sindarin o al klingon allí donde el esperanto y la interlingua fracasaron.

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Novela histórica II: La Prehistoria

AutorAlfredo Álamo el 20 de agosto de 2010 en Divulgación

Clan del oso cavernario

Vamos a comenzar la serie de artículos sobre los subgéneros de la novela histórica haciéndolo de una manera cronológica. Nada mejor entonces que comenzar por el verdadero principio, por aquellas novelas que han situado su historia antes de la cultura escrita, justo en el filo de nacimiento de la humanidad tal y como la conocemos hoy en día. Estamos hablando, como no, de la prehistoria, aunque, debido a su enorme extensión temporal, lo haremos de un modo muy general.

Como es lógico, al no existir registros a los que poder acceder, y estamos hablando de decenas de miles de años, la escritura sobre este periodo se tiene que basar en los hallazgos arqueológicos y en teorías antropológicas, eso, claro, si se intenta mantener un mínimo rigor. Desde el punto de vista de la fantasía tenemos ésta época ampliamente tratada de una manera mítica, y desde puntos de vista tan extraños como el de un Mamut en varias novelas de Stephen Baxter.

Si hay que destacar una serie de libros situados en esta parte de la historia, está claro que Jean Auel dio en el blanco con El clan del oso cavernario (1980) y todas sus novelas-secuela posteriores, como El valle de los caballos o Los cazadores de mamuts, que forman la saga de Los hijos de la tierra.

Para los que no se hayan acercado a estos libros, decir que hablan del momento en que todavía conviven los hombres de Neanderthal y los de Cromagnon. Auel se documentó en profundidad para la escritura de estos libros aunque desde los años 80 se han realizado descubrimientos que dejan el libro un tanto cojo desde el punto de vista teórico, pero que no afectan a la calidad y desarrollo de la historia.

Bernard Cornwell, conocido por su personaje Sharpe, inmerso en las guerras napoleónicas, tiene también una incursión en la prehistoria, aunque mucho más cercana en el tiempo que El clan del oso cavernario. Stonehenge nos narra la construcción del grupo megalítico más conocido del mundo desde el punto de vista de la tribu que llevó su construcción. Bien documentado, aunque con un alto componente de ficción, es uno de los libros quizá menos conocidos de su autor, pero que resulta muy interesante.

Si además de la ficción os interesa la realidad sobre la prehistoria, no estaría de más echarle un vistazo a Atapuerca y la condición humana o a Atapuerca, perdidos en la colina, donde además podemos conocer cómo se realiza una investigación arqueológica de la más grande proyección mundial.

Como bonus extra, en película podemos encontrar En busca del fuego, basada en la novela de J.H Rosny, que es más de aventuras que histórica, pero que está muy bien realizada -se llevó un Oscar de maquillaje, el César de 1982 a película y director y un Saturno, entre otros-, y os puede dar una idea -lejana- de los parajes y seres que poblaban las estepas europeas hace miles de años. Para los menos exigentes, también se realizó una adaptación de El clan del oso cavernario protagonizada por Daryl Hannah… que no resultó tan interesante como el libro. Para eso mejor perder el tiempo con joyas tales como Cuando los dinosaurios dominaban la tierra.

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El efecto Facebook. Zuckerberg en los libros

AutorGabriella Campbell el 19 de agosto de 2010 en Noticias

Facebook

Si a estas alturas desconoces la existencia del omnipresente caralibro, es muy probable que sea porque has estado dando vueltas alrededor de la Tierra dentro de una nave espacial. Aunque no seas parte de ese 20% de la comunidad internauta que se conecta todos los días a Facebook, lo más seguro es que conozcas a alguien que tiene una granja virtual, etiqueta a todos sus amigos en fotos en las que salen borrachos, y pierde más tiempo de trabajo enganchado a la red social que en los mejores tiempos del Messenger de Microsoft, que ya es decir. Era inevitable que un fenómeno de esta envergadura engendrase textos, y seguramente el más completo y popular al respecto sea The Facebook Effect (El efecto Facebook), de David Kirkpatrick, periodista de la revista Fortune, una conocida revista sobre internet y tecnología. La obra se ha publicado en dos partes, cubriendo la primera la historia corporativa de la empresa y de su creador, Mark Zuckerberg, siendo la segunda un análisis de su alcance a nivel tecnológico y social.

A pesar de su detallada descripción de los entresijos del nacimiento y desarrollo de Facebook, está clara la postura de Kirkpatrick en favor a Zuckerberg. Su pormenorización de los juicios celebrados contra éste (tanto por abandonar a contribuyentes iniciales del proyecto como por tratar de manera dudosa la privacidad de sus usuarios) no es precisamente objetivo, y su buena relación con el joven dueño de esta red social parece enturbiar su visión de los hechos. Su prosa es mediocre y su imparcialidad, cuestionable, aun así la obra no deja de ser fascinante, narrando el viaje de un visionario que, a pesar de las multimillonarias ofertas que recibe por su empresa, se niega a venderla ya que asegura no querer dinero, sino desarrollar su idea.

La segunda parte, recientemente publicada, es también interesante por su estructurado diagnóstico del estado actual y futuro de las redes sociales y sus posibilidades. Sin embargo, Kirkpatrick peca aquí también de mostrarse demasiado optimista; el inevitable escalofrío que produce saber que Facebook podría poseer la mayor base de datos del mundo no parece afectarle. En supuestas palabras del propio Zuckerberg cuando estaba arrancando su proyecto: “Tengo 4.000 correos electrónicos y sus contraseñas, fotos y números de seguridad social, la gente confía en mí, son tontos del culo”. En cualquier caso, Zuckerberg ya tiene bastantes detractores, existen otros libros que han tenido éxito gracias precisamente a la demonización de su persona y de su empresa. Ben Mezrich publicó con Doubleday The Accidental Billionaires: The Founding of Facebook, A Tale of Sex, Money, Genius, and Betrayal, que ha sido traducido a nuestro idioma con el título de Multimillonarios por accidente. El nacimiento de Facebook, una historia de sexo, dinero, talento y traición, título que, como podéis ver, no deja nada a la imaginación. Según Mezrich, fue precisamente su falta de sexo, es decir, su escasa habilidad social con el sexo opuesto, lo que acabó llevando a Zuckerberg a crear Facemash, una red para puntuar el atractivo de sus compañeras de Harvard, y que fue la semilla inicial para crear una red mayor, en su principio sólo para universitarios. Es obvio que Zuckerberg no sale muy bien parado en este libro, pero es inevitable: el inmenso éxito de Facebook y el carácter especial de su fundador son alimento perfecto para un best-seller, tanto, de hecho, que a finales de año veremos la adaptación cinematográfica.

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Un lugar incierto, de Fred Vargas

AutorAlfredo Álamo el 18 de agosto de 2010 en Reseñas

Un lugar incierto

No es la primera vez que confieso que Fred Vargas, medievalista, francesa y autora de las más peculiares novelas negras de los últimos años, me tiene completamente ganado. Espero cada nuevo libro con impaciencia y, por fortuna, mi ansia viene recompensada con historias diferentes, personajes inolvidables y diálogos geniales.

Además, he de decir que en Un lugar incierto Vargas no se deja llevar tanto por el Deus Ex Machina tan exagerado en alguno de sus últimos libros y, aunque los que esperan una novela enigma o de gran lógica queden decepcionados, creo que en esta ocasión el argumento está más trabajado que en otras ocasiones.

Un lugar incierto pertenece a la serie de novelas con el comisario Adamsberg como protagonista; Adamsberg el ausente, el dibujante, el que vive en las nubes, el que sigue los rayos de luz alrededor de su cocina moviendo una silla. Adamsberg que se enfrentará en esta ocasión a sentimientos y enemigos que en ocasiones llegan a superar todos sus esfuerzos.

Pero vamos con el argumento. Un montón de zapatos -con pie incorporado- aparecen frente al cementerio de Highgate, lugar temido y odiado por toda la policía londinense. Este hecho, en apariencia anecdótico, coincide con la visita a la capital inglesa de Adamsberg y su lugarteniente Danglard. En realidad es un crimen que no les concierne, pero Danglard -la mayor enciclopedia viviente- cree reconocer uno de los zapatos como un calzado familiar, ¿francés?, no, serbio. Como unos que llevaba su tío.

Esta es la manera que tiene Vargas de soltarnos en medio de una trama que nos llevará de Londres a las aldeas perdidas de Serbia, de las calles de París a los despachos del gobierno francés. En esta ocasión Adamsberg no sólo buscará a un asesino sino que tratará, con desespero, de salvar tanto su propia vida como su carrera dentro de la policía.

Un lugar incierto es la mejor novela de Fred Vargas hasta el momento, recomendable al 100% para aquellos que ya conozcan a la autora francesa y quizás, sólo quizás, un poco hermética para aquellos que se acerquen a sus novelas por primera vez.

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