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Cómo no criticar un libro

AutorGabriella Campbell el 30 de julio de 2011 en Divulgación

Crítica literaria

A lo largo de la historia, la actitud del lector público, aquel que marcaba la opinión sobre una obra escrita, el que producía una valoración o lo lanzaba al mercado (o a su equivalente en cada momento histórico), ha variado considerablemente. Esta figura, conocida hoy como la figura del crítico, ha cumplido siempre una función primordial en la compleja relación autor-libro-lector, sobre todo en tiempos más recientes en los que la sobreproducción editorial es más que evidente, y en los que como lectores disponemos de una cantidad inmensa (tal vez demasiados) de textos entre los que escoger.

En un artículo reciente de Robert Pinsky para la publicación estadounidense Slate, se nos recuerdan tres reglas doradas que se han venido sugiriendo para las reseñas de libros desde el propio Aristóteles. Pinsky las define así:

1.Toda reseña debe decirnos de qué trata el libro.
2.Toda reseña debe decirnos qué dice el autor del libro sobre aquello de lo que trata el libro.
3.Toda reseña debe indicar qué piensa el reseñador o crítico sobre lo que dice el autor del libro sobre aquello que trata el libro.

Cualquier profesional de la crítica académica (en la que pueden interesar más otros aspectos formales o narrativos, por ejemplo) podría ponerle peros a estas supuestas reglas de oro, pero para la reseña periodística suele necesitarse de estas claves. La sorpresa de Pinsky en Slate surgía cuando descubría que rara vez veía que éstas se cumplieran completamente, prefiriendo muchos críticos lucir su talento literario, desviándose por caminos de sorna y desprecio ingenioso hacia el objeto de su análisis en vez de centrarse en lo que al lector (y comprador) podría interesarle, es decir: de qué va el libro, cómo lo enfoca el autor y, finalmente, si el libro merece la pena (o el precio de treinta euros en tapa dura).

Personalmente, añadiría que el aspecto valorativo de la reseña, fuera de su función de mercado, no es siempre estrictamente necesaria, y añade cierta virulencia a muchos textos críticos que puede ser del todo injusta y casi personal. En ese sentido adaptaría una idea que suele promoverse en la crítica de arte (otra cosa, claro, es que se lleve a cabo en el ámbito artístico), que insiste en su papel como mediadora entre el objeto artístico y el receptor, funcionando como herramienta de conocimiento. Es decir, si el crítico literario invirtiera más tiempo desgranando niveles de sentido, analizando formas y personajes y, en general, aclarando la lectura para hacérsela más provechosa al receptor; y menos tiempo alabando o insultando las habilidades del escritor, obtendríamos, posiblemente, una crítica más provechosa, y muchísimo más objetiva. Tal vez un encuentro feliz entre la crítica académica y la periodística podría proporcionarnos textos ideales; reseñas explicativas en un lenguaje comprensible para el lector medio. O tal vez la respuesta sea aun más sencilla, y sólo se trata de conseguir que críticos, reseñadores y similares consigan dejarse el ego en la puerta cada vez que se sienten a hablarnos al resto de un libro.

Kobo se implanta en Europa

AutorAlfredo Álamo el 29 de julio de 2011 en Noticias

Kobo

Muchos son los artículos que hemos dedicado al mundo de los ebooks y los ereaders, siendo normalmente copados tanto por los grandes modelos extranjeros, como Nook o Kindle, como modelos del mercado nacional, como Booq o Papyre. Lo cierto es que hasta ahora no le habíamos prestado la suficiente atención al tercer lector de libros electrónicos del mercado americano, el Kobo.

Lo cierto es que en sus inicios nadie apostaba mucho por este lector de bajo precio que la cadena Borders sacó hace unos cuatro años para luchar por su supervivencia, algo que, lamentablemente, no le ha salido tan bien como esperaba. Sin embargo, el Kobo ha ido funcionando en silencio con la ayuda de más socios y gracias a su política de precios bajos, Kobo está alrededor de los 99$, en su versión más barata, ha ido ganando terreno. Además, su pantalla soporta 16 niveles de gris y lleva WiFi y Blutooth.

Pero el verdadero impacto de Kobo se notará si los planes de expansión por Europa funcionan al ritmo que esperan, ya han lanzado una tienda de ebooks en Alemania y han anunciado que, en breve, van a seguir abriendo tiendas en Francia y en España. Dejando a un lado los apoyos editoriales que consiga, lo importante de Kobo es su bajo precio y su capacidad para leer formato ePub con Adobe DRM, el estándar «de facto» en el mercado español.

¿Logrará Kobo llegar a España antes que Amazon? Lo cierto es que de poder comprarse en tiendas este ereader daría bastante vidilla al mercado de dispositivos en España, que todavía toma más como referencia los precios del Sony Reader que los del Kindle. Un lector por casi cien euros y dotado de toda esa tecnología podría ser el salto definitivo de este tipo de dispositivos, que ya está llegando a la mayoría de hogares lectores.

¿La pega del Kobo? Pues sus acabados. No nos engañemos, Kobo va a estar siempre un pasito por detrás en calidades y tecnología que sus primos más caros, algo que puede no gustar a los que buscan el último grito, pero que puede ser del agrado de los que no quieren experimentar gastando mucho dinero. Sin embargo, y como toque de atención, el nuevo Kobo táctil pinta muy bien y por 130 dólares va a ser una compra interesante, incluso frente a los grandes.

Cultura Mainstream, el libro

AutorVíctor Miguel Gallardo el 28 de julio de 2011 en Reseñas

Cultura Mainstream

Se publica ahora en España, de la mano de Taurus, el libro Cultura Mainstream, del periodista y sociólogo francés Frédéric Martel, autor de otros trabajos como Le rose et le noir: les homosexuales en France despuis 1968 o De la culture en Amérique. Y de Estados Unidos vuelve a hablar, precisamente, más concretamente de lo que de forma habitual se conoce como cultura mainstream, la que consume de forma mayoritaria el público en contraposición a las corrientes más alternativas y de consumo más reducido.

Aunque India es el país del mundo con mayor producción cinematográfica, o el Reino Unido sea la nación con la música “popular” (muchas comillas) más prestigiosa, aunque Francia siga siendo un referente para las letras, es Estados Unidos la líder mundial, de forma indiscutible, de la industria del entretenimiento. Martel pasa a analizar todo lo referente a la creación y difusión del cine, literatura y música estadounidenses como fenómeno conjunto que responde principalmente a cinco factores que han propiciado su éxito a nivel global: las fuentes de financiación, la importancia de la contracultura como caldo de cultivo para nuevas propuestas culturales, la importancia de la investigación universitaria, la diversidad étnica y cultural del país y la posición privilegiada de los que apuestan por lo singular y rompedor. Los estadounidenses conceden una importancia capital a la creatividad y la valentía, no sólo en las industrias culturales, sino, hablando en términos globales, casi en cualquier ámbito de la vida, ya sea el empresarial, el científico, el teórico, etc. Incluso cuando hablamos de algo tan peliagudo como es la religión, hay que reconocer que nos encontramos ante un estado especialmente creativo y valiente para haber sido la cuna de cultos tan extravagantes como los que todos tenemos en mente (y que no voy a mencionar por una cuestión básica de respeto).

Un factor curioso, en opinión de Martel, es que gran parte de la industria del entretenimiento, y ya no sólo estamos hablando de cine, música y literatura de consumo masivo sino también de los videojuegos (la punta de lanza de la industria cultural en la actualidad cuantitativamente hablando) o de las series y programas de televisión, aunque sea de capital extranjero, responde a planteamientos estadounidenses, aunque esto ya sea casi sinónimo de “globales”. La influencia de los mercados locales sobre los contenidos es ínfima, con honrosas excepciones como pueden ser los cines indio o francés, que no siguen este patrón. Martel va aún más lejos: ya no podemos hablar de “industrias culturales”, sino de industrias de contenidos o industrias creativas. La dependencia del resto del mundo con respecto a Estados Unidos en estas industrias, que ya intuimos, es mayor de lo que pensamos: el sistema de copyright europeo, por ejemplo, se ha visto relegado por el sistema estadounidense, mucho más flexible, la única manera de mantener la competitividad y de integrar a miles de pequeñas empresas de los sectores culturales europeos (perdón, de los sectores creativos o de creación de contenidos) en un entramado global de creación y difusión.

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¿Destruir libros para conservarlos?

AutorAlfredo Álamo el 27 de julio de 2011 en Noticias

Digitalizar libros

Digitalizar libros que las editoriales no ofrecen en ebook parece una tendencia que va ganando fuerza en algunos países. En el caso de Francia nos llega el ejemplo de Numérise, una empresa web que ofrece a sus usuarios la posibilidad de pasar sus libros físicos a formato digital.

El caso de Numérise sigue la estela de otras empresas, sobre todo japonesas, que llevan ya unos años ofreciendo sus servicios de digitalización. Hasta ahora, sin embargo, las empresas se ofrecían para trabajar con bibliotecas particulares enteras, con cientos de volúmenes, algo en lo que Numérise se diferencia, ya que ellos trabajan libro a libro y cobran por número de páginas -de cinco a ocho euros las primeras cien páginas y luego en bloques de un euro- ofreciendo el resultado en PDF o en ePub.

¿Cómo ha logrado un sistema en el que trabajar con libros individuales? Bien, lo primero es que se aseguran, mediante una muestra del texto, que su sistema puede digitalizar bien el libro. Luego, tras recibir el libro físico por correo, lo desmontan y recortan para no tener que utilizar escáneres caros o tecnologías de doble cámara como ha hecho Google.

Por un lado, como negocio, han logrado optimizar el proceso, y, desde luego, es un buen servicio para aquellos que han dado el paso definitivo de abandonar el libro físico y abrazar el digital. Quizá con aquellos libros descatalogados, medio rotos y que todos tenemos cogidos con pinzas en la biblioteca, sea una buena opción, ya que muchos de esos libros se volverán quebradizos y, finalmente, desaparecerán.

No sé hasta que punto las leyes de derechos de autor permiten la digitalización de un libro para uso personal en España y en Europa. Como curiosidad, en Japón sí que está permitido dentro de los derechos de copia personal y se ha desarrollado una curiosa costumbre de «Hágalo usted mismo» (DIY) llamada Jisui «cocinar para uno mismo» que se dedica a pasar por un software de reconocimiento de caracteres (OCR) los libros físicos que se compran. Con un par de retoques quedan maquetados y los pasan a su ereader. Eso no es muy diferente de lo que ya pasa en España en algunas comunidades web, aunque la diferencia con Japón es que allí la copia queda estrictamente en el ámbito de lo personal.

Más información: Numérise

Vía: El bibliómano

La reescritura de El nombre de la rosa

AutorVíctor Miguel Gallardo el 26 de julio de 2011 en Noticias

El nombre de la rosa

El nombre de la rosa, la novela más conocida del escritor y semiólogo piamontés Umberto Eco, se publicó en 1980. Sorprendentemente para una obra de sus características (un tratado de semiótica y de teología medieval “disfrazado” de novela de misterio) se convirtió en uno de los libros más vendidos de los años ochenta en los más de treinta países en los que se editó. Hasta la fecha ha vendido más de quince millones de ejemplares, una tercera parte de ellos en Italia; su popularidad, en cambio, fue un arma de doble filo, ya que los críticos, que inicialmente se mostraron entusiasmados con ella (ganando algunos de los galardones literarios más importantes de Europa), se comportaron tal y como suelen, mostrándose indiferentes en cuanto adquirió la categoría de best-seller. Pero ya no había discusión posible: El nombre de la rosa ya era un fenómeno popular que, además, se benefició de una interesante (aunque en parte fallida) adaptación al cine en 1986 de la mano del siempre controvertido Jean-Jacques Annaud.

Eco, que ya está a punto de convertirse en octogenario, sorprende ahora con la noticia de la reescritura de la novela. No para ampliarla y completarla, que sería lo realmente interesante para los millones de fanáticos lectores de su obra, sino para todo lo contrario: lo que pretende es convertirla en una novela más liviana, más del gusto del público actual (mejor dicho, del público actual consumidor de best-sellers), acostumbrado a las vueltas de tuerca extremadamente retorcidas e inteligentes (nótese la ironía) de Ken Follett, a los argumentos enrevesados de Katherine Neville o a los inteligentes juegos literarios que impregnan la obra de Stephenie Meyer.

La adaptación a menos de novelas no es algo habitual, pero existen versiones reducidas, tanto para público infantil y juvenil como adulto, de algunas obras mastodónticas clásicas. Leer un Quijote o un Guerra y Paz adaptado puede tener cierto sentido, sobre todo desde el punto de vista didáctico. No todo el mundo tiene el tiempo, y las ganas, de leerse los Episodios Nacionales de Galdós al completo (yo, al menos, no conozco a nadie que haya conseguido semejante hazaña), y en los institutos españoles, en donde el Quijote fue siempre de lectura obligatoria, era normal que los propios alumnos discriminaran entre capítulos importantes y capítulos “paja”. Para un lector principiante, leer una versión reducida de esta obra puede ser más que suficiente e incluso beneficioso: no se sentirá irritado ante la perspectiva de pasar horas y horas ante el libro.

Pero, ¿qué pretende exactamente Eco con esta iniciativa? ¿Equiparar su obra con la de los grandes clásicos o simplemente hacer un poco (más) de dinero con una novela que cuenta ya con tres décadas a sus espaldas? Después de todo, y aunque la complejidad de El nombre de la rosa es más que evidente (en principio no parece el libro más adecuado para todo tipo de públicos, de ahí lo extraño de su popularidad), tampoco es tan extenso como para necesitar este tipo de recortes.

A no ser que Eco se vaya a limitar simplemente a eliminar la media docena de tediosas y eruditas enumeraciones que jalonan el libro, que todo es posible.

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Sobre recitales, presentaciones y lecturas

AutorGabriella Campbell el 25 de julio de 2011 en Opinión

Charles Dickens

Aunque en España estamos ya más que acostumbrados al frecuente acto de la presentación literaria, aquel en el que autor, editor e invitados varios convocan a prensa, amigos y familiares para hablar de su libro, tal vez nos estemos librando, por ahora, de la aun más frecuente costumbre extranjera de la lectura pública, por la que el autor realiza una gira de visitas a librerías para promocionar su libro a través de una lectura del mismo de, por lo menos, treinta minutos.

Si bien en nuestro país existe esta actividad, no está tan generalizada y suele restringirse a los extremos: o bien se concentra en ámbitos universitarios y academicistas, o bien para libros de gran tirada y mayor promoción; pero, en países como Estados Unidos parece ser que cualquier escritor de medio pelo se halla obligado a organizar por lo menos una lectura de su obra, a la que habrán de asistir (o no), periodistas, lectores y cualquier interesado en aprovecharse de la ocasional copa de vino de cortesía. Caso aparte es el del escritor de literatura infantil y juvenil, que en España sí tiene una actividad paralela a la del escritor general estadounidense, debido a su aparición estelar en centros educativos. Los niños, curiosamente, parecen mostrar más interés y paciencia en este sentido y, además, los escritores de literatura infantil parecen estar, en su mayoría, versados en el arte del cuenta-cuentos, especializados en poner voces de princesa o de monstruo, según donde y cuando haga falta.

En Estados Unidos, comienzan a alzarse voces protesta contra esta práctica, cada vez más insulsa, y ahora de poco interés comercial para la entidad editora. Llenar una librería de asistentes era vital para vender ejemplares hace veinte años, pero hoy en día, debido al rápido acceso por internet de unidades tanto en papel como digitales, no es tan necesaria la comunión con el autor, y mucho menos si éste no es precisamente un showman. En un reciente artículo del New York Observer, el periodista literario Michael H. Miller se lamentaba de la gran cantidad de lecturas a las que se veía obligado a asistir y que encontraba, francamente, muy aburridas. Asegura Miller que las mejores lecturas son aquellas que llevan a cabo escritores con una gran capacidad de entretenimiento, generalmente aquellas que no son tanto lecturas y se centran más en la interacción con el público mediante sesiones de pregunta-respuesta o incluso lecturas conjuntas entre todos los asistentes.

Y tal vez aquí es donde se separa la lectura de la prosa del acto de recitado. Generalmente, el propio ritmo de la poesía permite una interpretación más activa e interesante del texto, por lo que un recital es, en potencia, bastante más interesante (debido, también, a la lectura de textos cortos). Por supuesto, esta separación no es estricta, ya que existen escritores de prosa con una capacidad asombrosa para la lectura en voz alta (algunos de ellos incluso con formación teatral), y poetas con nulas capacidades interpretativas. De cualquier forma, cada vez nos cuesta más pararnos a escuchar, rememorando los viejos tiempos de la tradición oral, en los que la literatura se compartía de boca a boca, y más en un tiempo en el que el escritor es, ante todo, escritor; no actor, cantante ni cómico.

Criópolis, de Lois McMaster Bujold

AutorAlfredo Álamo el 24 de julio de 2011 en Reseñas

Criopolis

Hacía quince largos años que Lois McMaster Bujold no se acercaba al personaje que le hizo merecedora de numerosos premios, Miles Vorkosigan, uno de los mitos de la ciencia ficción contemporánea.

En el planeta Kibou-daini la costumbre dicta que la criogenia es la manera habitual de actuar en el caso de enfermedad grave o muerte muy reciente. Cientos de miles de ciudadanos esperan que sus problemas se resuelvan mientras duermen bajo el cuidado de las corporaciones criogénicas que dominan el planeta. Miles Vorkosigan, enviado en una de sus clásicas «misiones diplomáticas» es raptado por un grupo terrorista contrario a la criogenia y que pretende llamar la atención de la comunidad espacial. El secuestro sale mal y Miles se ve perdido entre los pasillos sin fin de un almacén de cuerpos… a partir de ahí, como siempre, todo se complica.

Bujold no arriesga con Criópolis. Si en lugar de hace quince años hubiera publicado el anterior el año pasado, apenas se notaría la transición. Si acaso que retoma el esquema más detectivesco y menos personal que caracterizó sus últimas novelas. Bujold usa el escenario de ciencia ficción como Lindsay Davis lo hace con la Antigua Roma para dar salida a sus intrigas entre la novela detectivesca y la de espionaje. Por suerte, con ese inmenso trasfondo que ya tiene creado tras tantos libros, Bujold es capaz de crear una trama sólida sin demasiados problemas, aunque quizá pueda resultar un poco extraña para aquellos que se acerquen a la obra de la autora americana por primera vez.

Como elemento distintivo de Criópolis, podríamos señalar los capítulos protagonizados por Jin, un niño clave en la trama, y que complementan los dedicados, como siempre, al lord Vorkosigan y sus planes siempre rayanos entre la locura y la genialidad.

En resumen, un libro entretenido, correcto y con las características que han hecho famosa la obra de Bujold, pero quizá falta de esa frescura y fascinación con las que el joven Miles atrapaba y que el maduro Miles no llega a alcanzar con la misma facilidad.

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Grandes pseudónimos

AutorGabriella Campbell el 23 de julio de 2011 en Divulgación

Mark Twain

Dentro del constante juego autor-lector que encontramos en la literatura en general, no es raro hallar casos de escritores que no son exactamente lo que quieren hacernos creer. Más allá del engaño narrativo, podemos ver autores que se reinventan a sí mismos, como si fueran otro personaje más, de mil maneras distintas, de las cuales una de las más populares, por tantas razones, es cambiarse el nombre. A continuación enumeraremos algunos de los más raros y notables.

En caso de mencionar el nombre Howard Allen O’Brian, es muy probable que a nadie le resulte familiar. Sin embargo, Anne Rice es un nombre muy conocido, y ambos corresponden a la misma persona. Bautizada como Howard Allen en honor a su padre, la escritora no tardó en cambiarse el nombre por algo un tanto más femenino, Anne, y adoptó el apellido al casarse con su marido, el poeta Stan Rice. El caso de Rice es peculiar, además, ya que generalmente son las mujeres las que optan por escoger nombres masculinos en la literatura, como demostraron las hermanas Brontë, que optaron por hacerse llamar Acton Bell (Anne Brontë), Currer Bell (Charlotte Brontë) y Ellis Bell (Emily Brontë) para sus primeras obras, con la esperanza de que se les tomara más en serio en una época en la que las mujeres generalmente se dedicaban a la menospreciada novela romántica. Algo parecido le ocurrió a George Elliot, nacida Mary Ann Evans, que además se escudaba en una falsa identidad para ocultarle al público en general su larga relación de amor y convivencia con un hombre casado.

Hay muchos motivos que empujan a un autor a esconderse detrás de un pseudónimo. En el caso de Eric Arthur Blair, la publicación de su obra Sin blanca en París y Londres, inspirada en sus propias experiencias desempeñando todo tipo de trabajos en las ciudades mencionadas mientras intentaba hacerse un nombre como escritor, lo obligó a utilizar un nombre falso para no incomodar con la obra a sus padres. Aunque hizo uso de varios pseudónimos, será el de George Orwell el que finalmente le traerá el reconocimiento debido, con novelas como 1984 o Rebelión en la granja. También se han utilizado pseudónimos con frecuencia para separar dos tipos de actividad, como le ocurrió al matemático Charles Lutwidge Dodgson, quien adoptó el nombre de Lewis Carroll para separar su prestigio como científico de su éxito como escritor (se trataba de un juego de palabras con su nombre original: Lewis es otra forma adaptada al inglés de Ludovicus, la versión latina de Lutwidge, y Carroll es un apellido irlandés parecido al nombre latino Carolus, de donde proviene Charles).

Algunos pseudónimos son ya casi material de leyenda. No queda nada claro el origen real del nombre Mark Twain, con el que Samuel Clemens comenzó a firmar sus obras en 1863. Aunque el propio Clemens explicó que hacía referencia a una expresión usada para designar el estado de un río (significa dos brazas de profundidad), dicha explicación ha sido frecuentemente puesta en duda, ya que algunos de sus biógrafos aseguran que hace referencia al alcohol que bebía de fiado en la taberna de John Piper en Nevada.

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Diástole, de Emilio Bueso

AutorRaquel Vallés el 22 de julio de 2011 en Reseñas

Diástole, de Emilio Bueso

Diástole es el nombre del último libro publicado por el escritor de terror Emilio Bueso, una demostración del buen momento que vive el género en España, en cuanto a la calidad, aunque cueste encontrar estos libros en el batiburrillo de títulos clónicos que llenan las estanterías de las librerías y las preferencias de las editoriales, en el siempre limitado mercado del terror.

En Diástole, Bueso nos lleva a los Pirineos franceses, donde vive Jérôme, un pintor fracasado convertido en un politoxicómano que arrastra su vida y sus pinceles hacia un nuevo nivel de podredumbre a cada paso que da. Pero Jérôme tiene, o eso parece, una última oportunidad de volver a pintar, de hacer un paréntesis en su decadencia, gracias a un encargo fuera de lo corriente: hacer un retrato durante cuatro noches seguidas de Ivan, un hombre retirado en una mansión escondida en la montaña con la única compañía, o eso parece, de un criado rumano y de dos perros de extraño comportamiento.

¿Mansión escondida? ¿criado rumano? sí, parece que eso nos suena. Pero Bueso no permite que esto nos haga perder el interés por la historia, al contrario, juega muy bien sus cartas, nos arrastra a la historia de Ivan, quien, a lo largo de esas cuatro noches, se la va contando a Jérôme para que éste sea capaz de realizar el retrato. Jérôme, por su parte, nos cuenta retazos de su propia vida, de su decadencia sin esplendor. Es en esta mezcla, de historia fantástica y de realidad sucia, o de sucia casi realidad, que después de todo la historia nos la cuenta un toxicómano, como la novela consigue un gran ritmo y donde la irrupción de la intriga de espías consigue llevarnos en volandas a un final magníficamente narrado, sin duda lo mejor de la novela, sin querer desmerecer al resto de la historia.

En poco más de 230 páginas visitamos el Leningrado soviético y el asediado por los nazis, conocemos el infierno en la tierra en que se ha convertido Chernobil, mientras el mono de Jérôme reclama su chute y el retrato de Ivan va tomando forma a lo largo de los 24 capítulos. Una novela muy recomendable de uno de los autores más personales de esta nueva hornada de escritores de terror patrios.

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La feria de las vanidades, de William Thackeray

AutorGabriella Campbell el 21 de julio de 2011 en Reseñas

Feria de las Vanidades

El título de la novela más conocida de William Thackeray proviene de la obra El progreso del peregrino, de John Bunyan. Esta obra de Bunyan, alegórica, se presentaba como una narrativa llena de símbolos donde los protagonistas avanzaban en un largo viaje representativo de la vida del cristiano. Existe un lugar en esta larga alegoría denominada Vanity Fair, la feria de las vanidades, y fue en este lugar donde Thackeray ubicó a sus protagonistas.

Aunque Thackeray era un excelente creador de personajes, es indudable que las dos mujeres protagonistas brillan con una intensidad a la que los secundarios apenas pueden aspirar. El escritor toma a los dos tipos por excelencia de la mujer en su tiempo, el dócil ángel del hogar y la maléfica femme fatale, y los conjuga de modos extraños e ingeniosos. En Amelia encontramos todas las virtudes de la mujer modelo: dulzura, obediencia, sencillez, acompañados de una generosa dosis de estupidez y cabezonería. En Becky encontramos todos los defectos de la perdida: ligera de cascos, manipuladora pero a la vez esclava de sus pasiones, avariciosa, pero al mismo tiempo inteligente y con una valentía fuera de lo común. Con estas notas añadidas, Thackeray presenta a dos personajes que, dentro del estereotipo que aparentaban emular, se manifiestan de maneras inesperadas. Y el placer de Thackeray al retratar a su mujer fatal, muy a diferencia de la tristeza con que otros autores realistas como Zola o Flaubert presentaban a sus personajes femeninos rebeldes, es evidente, muy evidente, a lo largo de la obra.

Becky Sharp sólo tiene miedo a una cosa: a la pobreza. Utilizará todos sus trucos, todos sus recursos, para garantizarse una seguridad económica, aunque para ello tenga que sacrificar valores, amistades y su propio entorno social. Sharp es una pícara sin apenas conciencia, sabia con los recursos que su feminidad le confiere. Es interesante asimismo cómo Becky utiliza de manera descarada sus encantos, de una manera eficiente y provechosa, a pesar de que se nos describe como una criatura menuda y no especialmente agraciada, poseedora, eso sí, de unos enormes y brillantes ojos verdes y de un sentido del humor ocurrente, además de buenas dotes para la danza, el canto y el arte del entretenimiento en general. Si bien sus ardides acaban volviéndose en su contra, no terminan de condenarla, obteniendo finalmente el perdón y el apoyo financiero de un hijo al que ella misma había ninguneado. Sin embargo, el carácter sumiso y afectuoso de Amelia sólo le acarrean miseria tras miseria, e incluso su supuesto y merecido final feliz no termina de convencer, ni al lector ni a ella misma. A pesar de las supuestas lecciones morales que debía conllevar la obra de Thackeray, queda patente cuál es su personaje favorito, con cuál se regodea más en su narrativa. Y es que a él, como a tantos de nosotros lectores, también le gustaban más los villanos en la literatura.

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