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Los Libros Plúmbeos

AutorVíctor Miguel Gallardo el 18 de septiembre de 2011 en Divulgación

Libros Plúmbeos

Resulta difícil cuantificar el número de falsificaciones históricas que han acompañado la historia del Cristianismo en sus casi dos mil años de vida. Centrándonos solamente en las puramente literarias, es enorme el número de hagiografías (algo así como biografías de los santos) que tienen una poco fiable base histórica, eso cuando no son directamente exageraciones que apenas tienen que ver con la realidad. Sirva como ejemplo el compendio hagiográfico más importante del Medievo, el Legenda Aurea, recopilación de la vida de casi doscientos santos reunida por Santiago de la Vorágine. No es estrictamente una falsificación: el autor estaba más preocupado por temas doctrinales y por hacer de la vida de los santos descrita un ejemplo para los lectores que de la fidelidad histórica. Sí que serían falsificaciones algunos de los llamados evangelios apócrifos, ya que intentaron pasar por inmediatamente posteriores a Jesucristo cuando, en realidad, fueron redactados bastante después. Ciertas imposturas (por ejemplo, la inclusión de ideas gnósticas) revelan que estos textos no son lo que aparentan.

Otra verdadera falsificación, mucho más reciente, sería la de los Libros Plúmbeos. Aparecidos en Granada, en lo que entonces se conocía como Valparaíso y ahora es el Sacromonte, a finales del siglo XVI, su presencia ya había sido vaticinada en 1588. En esa fecha, y durante las obras de demolición de una antigua mezquita para convertirla en templo cristiano, apareció entre los escombros una caja metálica en cuyo interior se encontraron unos huesos, un pergamino, y una imagen de la Virgen. El pergamino, escrito en latín, castellano y árabe, hablaba de Cecilio, un mártir cristiano de origen árabe que había llegado a la ciudad acompañando a Santiago, y al que la Virgen había dado un encargo importante: el de ocultar una serie de documentos en los alrededores. Estos documentos fueron los Libros Plúmbeos, veintidós discos de plomo, de aproximadamente diez centímetros de diámetro, que estaban escritos (lo cual demostraba claramente que se trataba de una falsificación) en un tipo de árabe no cursivo, sin puntos diacríticos ni vocales, al que se denominó “letras salomónicas”. Obviamente era una impostura histórica: el árabe no existía todavía como lengua literaria en los tiempos inmediatamente posteriores a Jesucristo, por lo que era difícil que un compañero de Santiago hubiera sido el responsable de ocultarlos.

La falsificación, que como podemos ver había sido planificada al detalle, tuvo una motivación política: acababan de terminar las Guerra de las Alpujarras, y se estaba expulsando a la población morisca (esto es, musulmanes conversos al cristianismo) del Reino de Granada. Los Libros Plúmbeos, según las investigaciones más fiables, fueron un ardid de un grupo de moriscos de las clases superiores para justificar la presencia de árabes en la época romana. Y no sólo de árabes, sino de árabes cristianos, como el propio Cecilio. Si se convencía a la Corona de que había habido árabes antes del 711 en la Península, se echaría por tierra una de las principales ideas de la Reconquista, la de que los árabes eran recién llegados que debían ser expulsados de la península. La idea, pese a lo elaborado de la falsificación, no llegó a buen puerto, y todos los moriscos de Granada fueron expulsados. El exilio fue doble, porque también los Libros Plúmbeos fueron sacados de la ciudad y llevados al Vaticano, en donde permanecieron hasta que en el año 2000, y después de múltiples peticiones del consistorio de la ciudad, fueron devueltos al Sacromonte, en cuya abadía descansan hoy día.

El único árabe cristiano que quedó en Granada, por cierto, fue el supuesto Cecilio (más bien sus huesos), que se convertiría en patrón de la ciudad. Como vemos, no hubo problema ninguno en tachar de falsos los libros y, en cambio, tomar por verdaderos los restos del mártir, y el pergamino y la imagen de la Virgen que los acompañaba.

Todo sobre el fénix de los ingenios

AutorVíctor Miguel Gallardo el 17 de septiembre de 2011 en Divulgación

Lope de Vega

Más allá de su incesante y prolífica producción literaria, que le valió apelativos como el de fénix de los ingenios o el tal vez menos cariñoso de monstruo de la naturaleza (dado por Miguel de Cervantes, con el que tuvo una relación con muchos altibajos), la importancia cualitativa de Lope de Vega suele pasar a un segundo plano. Pero no hay que olvidar que estamos hablando del autor que revolucionó la dramaturgia, creando una Comedia Nueva (que teorizó en su libro Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo, de 1609) de la que fue máximo exponente junto a otros dramaturgos como Calderón de la Barca, y que rompía con las reglas comúnmente aceptadas desde la Antigüedad tales como el no mezclar Comedia con Tragedia, o las unidades de acción, de lugar y de tiempo.

Han sido muchos sus biógrafos, siendo el primero de ellos (que cifró en 1800 sus obras teatrales) Juan Pérez de Montalbán, muy cercano a él. Posteriormente también escribieron sobre su vida y obra Cayetano Alberto de la Barrera, Américo Castro, Hugo Renner, Karl Vossler, Luis Astrana Marín o Ramón Gómez de la Serna. Ahora ve la luz una amplísima nueva biografía titulada inequívocamente Biografía de Lope de Vega. 1562-1635, con más de 800 páginas y a un precio de 45 euros, que pretende ser exhaustiva. En palabras de su autor, José Florencio Martínez:

Lope de Vega es un clásico incuestionable, aunque mal conocido, y al ser un autor popular, los expertos han tendido al superlativo y a quedarse con los tópicos.

Los tópicos son muchos: el más prolífico creador literario de nuestra historia, amigo de Quevedo y enemistado con Góngora, enamoradizo y mujeriego. Martínez, que ha tardado una década en terminar esta obra, habla de todo esto, matizándolo, y cubre un hueco que él considera importante: aunque Lope de Vega tiene consideración de clásico, y sus obras siguen representándose con asiduidad cuatrocientos años después, sus numerosas biografías (muchas de ellas, como hemos dicho, llenas de tópicos) no se reeditan. Martínez cita la de Américo Castro de 1919 como uno de los últimos trabajos realmente interesantes que se hicieron sobre el dramaturgo. También apareció mucho material a raíz de la celebración en 1935 del tercer centenario de su muerte, pero el nuevo interés que surgió en esa fecha gracias a la efeméride se vio truncado, como tantas otras cosas, por la Guerra Civil española que empezó al año siguiente.

Una de las cosas que el libro ayudará a redescubrir es el valor literario de Lope más allá del mundo del teatro. Se le suele asociar principalmente a sus piezas teatrales, olvidando que también cultivó la prosa (con varias novelas a sus espaldas) y, sobre todo, la poesía. Esta nueva biografía también pretende ser una antología de su obra poética, inadvertida para muchos lectores posteriores por una fácil cuestión: si en teatro su predominio es incontestable, más allá de que hubiera otros autores importantes en su tiempo, en poesía tuvo que vérselas con Villamediana, Quevedo, y con el que realmente fue el puntal, Góngora, incomprendido en su tiempo aunque su obra ya haya sido rescatada posteriormente y considerada en su justa medida.

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Amores que matan (I)

AutorGabriella Campbell el 16 de septiembre de 2011 en Divulgación

Lanzarote y Ginebra

Parece ser tópico habitual en cualquier buen romance que los protagonistas del idilio se vean obligados a enfrentarse, de manera más o menos continua, a grandes obstáculos, con el doble objetivo de rellenar páginas y de otorgarle al lector una sensación de triunfo si el amor vence, o un provechoso torrente de lágrimas en el caso contrario. Y siempre hay obstáculos más memorables que otros, protagonistas más interesantes que otros, momentos dignos de banda sonora propia, y finales merecedores de premios y alabanzas variadas.

Cuando hablamos de amores mortales, de aquellos que terminan en trágica muerte, desconsuelo y espanto, siempre surge una pareja de fama ilimitada, la formada por los herederos de las familias enfrentadas Montesco y Capuleto; hablamos, cómo no, de Romeo y Julieta, esos nobles italianos surgidos de la pluma del dramaturgo anglosajón William Shakespeare (aunque en el caso de Shakespeare, casi mejor no poner la mano en el fuego en lo que se refiere a autoría). En lo que se refiere a estos dos tortolitos, se sigue la línea clásica de la tragedia, por la que los lectores son conscientes de que la terrible muerte de los amantes podría haberse evitado con un poco de suerte, algo más de tiempo o simplemente una pizca de inteligencia. Lo mismo podría aplicarse a Tristán e Isolda, o a Píramo y Tisbe, por ejemplo, y a tantas otras parejas cuyo patetismo es, precisamente, lo que más nos afecta, lo que más injusto y frustrante nos resulta. Muchas de ellas son, además, adúlteras, lo que parece proporcionar una dimensión más interesante a su relación, debido a su carácter pecaminoso y prohibido. Podemos mencionar a Paolo y a Francesca, de la Divina Comedia de Dante, que fueron descubiertos y asesinados por el marido de Francesca, al descubrirlos en amoroso abrazo precisamente por haber leído la historia de otra pareja muy literaria y muy adúltera: Ginebra y Lanzarote. ¿Quién no recuerda la triste historia de la reina de las leyendas artúricas, y el muy fiel caballero de la mesa redonda, que se vieron traicionados por su pasión (y por el maléfico Mordred, que los acusó ante el Rey Arturo, a sabiendas del caos que acarrearía)? Aunque Ginebra fue rescatada por Lanzarote justo antes de arder en la pira como castigo por su grave afrenta, su huida sirvió de poco en el mundo revuelto que ellos mismos habían propiciado, y terminaron de manera triste, él perdido en las Cruzadas y ella recluida en un monasterio. Por otro lado, algunas versiones de la leyenda apuntan a que Lanzarote del Lago tuvo un hijo con otra mujer (si bien dejó embarazada a su madre, Elaine, por obra de un hechizo, pensando que yacía con Ginebra), por lo que su pecado tenía un doble filo, como tantas otras leyendas en las que intervienen rivales y terceras personas. Mucho se ha escrito también sobre Marco Antonio y Cleopatra, y sobre infinitos personajes históricos que han inspirado a los escritores para llevar sus propias adaptaciones al papel.

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Portadas (y editores) que engañan

AutorVíctor Miguel Gallardo el 15 de septiembre de 2011 en Opinión

Viajes de Tuf - Antes

Suelo hacer mucho hincapié en la mala praxis que acompaña al mundo editorial: desde Lecturalia he hablado de empresas de autoedición encubiertas, de editoriales que dividen en varios tomos (con el subsiguiente aumento del precio) una obra, o incluso recientemente puse en tela de juicio que se engordara un relato para convertirlo en un libro por el simple hecho de que su autor fuera popular. Se me han quedado, a lo largo de este tiempo, otras cosas en el tintero: por ejemplo, la mala costumbre de ciertas editoriales, al sacar el primer volumen de una serie de libros, de no indicarlo debidamente para no “asustar” al lector, o el utilizar el nombre de personajes conocidos como si fueran los autores cuando es evidente que no lo son. Un caso muy claro y muy reciente, denunciado de forma insistente desde diversos medios, es el de Razones para la rebeldía, firmado por el actor y activista (o algo así) Guillermo “Willy” Toledo.

Pero uno no deja nunca de asombrarse cuando observa hasta dónde están dispuestas a llegar las editoriales para ganar lectores. A cualquier precio. Sin importarles que, después, puedan sentirse estafados. Siento ser tan duro, pero la palabra que me ronda ahora mismo la cabeza es justo esa: estafa.

Acaba de reeditarse un libro fundamental de la ciencia ficción “reciente”. Entrecomillo la palabra pues Los viajes de Tuf, que es la obra en cuestión, es una recopilación de 1986 de relatos publicados diez años antes. Relata las aventuras de Haviland Tuf, un mercader que acaba convirtiéndose en ingeniero ecológico, y que en estos viajes recorre, junto a sus gatos y su orondo cuerpo, diversos planetas en los que prestará su ayuda. No es un libro extremadamente popular fuera del ámbito de la ciencia ficción, pero tampoco estamos hablando de que sea desconocido. Sin embargo, lo que debería ser una gran noticia, su reedición, se ve eclipsada por los hechos que lo acompañan. La editorial que se encarga de la reedición en España ha tenido a bien, y pese a ser una obra de ciencia ficción, utilizar una portada en la que un caballero con una reluciente armadura sostiene una espada ante él. La razón es clara: el autor de Los viajes de Tuf es George R. R. Martin, el mismo que tiene en vilo a media humanidad, permitidme la exageración, con su genial saga de fantasía épica Canción de Hielo y Fuego.

Viajes de Tuf - Después

Como ya comentamos en Lecturalia, la cadena estadounidense de televisión HBO ha adaptado el primer volumen de esta saga, Juego de Tronos, con gran éxito de crítica y público. La serie ya ha sido estrenada en gran parte del globo, y esto ha hecho aumentar exponencialmente las ventas de los tomos de Canción de Hielo y Fuego. En España, esta saga está siendo publicada por una editorial independiente que apostó en su día por ella cuando nada hacía presagiar que acabaría convirtiéndose en el fenómeno de masas que es hoy. La reedición de Los viajes de Tuf, en cambio, viene de una editorial potente. Por si el reclamo del nombre del autor no fuera suficiente, también han recurrido a añadir en la portada el mensaje “Por el autor de Juego de Tronos”, lo que demuestra que el público objetivo ni siquiera es el lector habitual de Martin, sino el de la serie de televisión. Esto no habría pasado de ser una anécdota, y una práctica totalmente aceptada y normal. Sin embargo, el confundir totalmente a propósito al lector con una portada de tintes épicos que no tiene absolutamente nada que ver con el contenido del libro deja muy claro que la editorial no ha intentado rescatar un pequeño clásico olvidado, sino que la única motivación para la edición de Los viajes de Tuf es hacer caja a toda costa y sin importar la satisfacción final del lector.

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Nombres de escritores y cómo quedar como un tipo listo

AutorAlfredo Álamo el 14 de septiembre de 2011 en Divulgación

Reconozcámoslo: a todos nos gusta quedar bien hablando de libros sesudos, los hayamos leído o no, lanzando citas sacadas de viejos almanaques aptas para cualquier ocasión y, cómo no, corrigiendo a un amigo cuando nos está robando el protagonismo en una fiesta.

Para esto último no hay mejor ayuda que una tabla que acabo de ver en Booklicious y que es toda una joya para los amantes del puntillismo y que se niegan a seguir la regla no escrita en la que ante una palabra compuesta en un idioma extranjero siempre hay que pronunciar una parte bien y una mal, ya que pronunciar las dos bien es de pedante y las dos mal, de paleto.

Pues bien, esta regla (también llamada Ley White Label) podría ser aplicada a los nombres de famosos escritores extranjeros, ya que muchos de ellos tienen unos apellidos de lo más peculiar que son pronunciados un poco como más nos da, o como le hemos escuchado a alguien alguna vez en algún lugar. Vamos, que no tenemos ni idea. Para quedar como auténticos connoisseurs o para darle en los morros a otro connoisseur, podemos aprendernos algunos de estos nombres y su pronunciación (atención que está preparado para anglófonos, pero se entiende bastante bien).

Nombres de autores

Recomiendo, por eso de la actualidad, fijarnos que Michel Houellebecq sería “Uellbeq“, nada de “Jalebeq“, como a más de un crítico literario se le ha escapado por la radio, o que Thomas Pynchon se pronuncia “Pinshan” y no “Pinchon” (o Painchón). Es un respiro también saber que a Palahniuk hay que nombrarlo como “Palanik”. Aunque ahora que miro… eso de que a Borges haya que llamarlo “Borjais” me suena a complot gafapasta para desacreditarnos a partir de ahora en presentaciones literarias y cócteles de alto copete.

El club de un millón de ebooks

AutorGabriella Campbell el 13 de septiembre de 2011 en Noticias

Millón de libros

Los ebooks rompen récords de venta en EEUU, y existe un puñado de afortunados autores que puede presumir ya de haber vendido más de un millón de libros electrónicos. Entre ellos están Stieg Larsson, con su archiconocida saga de títulos largos; James Patterson, escritor estadounidense que produce libros a ritmo acelerado, con la ayuda de un equipo profesional de co-autores; Nora Roberts, una de las escritoras que más vende en el género de la literatura romántica (y que además escribe ciencia ficción policíaca bajo el pseudónimo de J. D. Robb, con una pluma que, al igual que Patterson, debe de echar chispas por la velocidad con la que escribe); Lee Child, quien no será tan productivo como Roberts pero que es uno de los más populares en el campo del suspense, con su ex-policía militar Jack Reacher. También están en el prestigioso club Suzanne Collins, autora de la trilogía juvenil Los juegos del hambre, que fue incluida en la lista de la revista Times de las 100 personas más influyentes de 2010 y cuyos libros han estado en la lista de superventas del New York Times durante más de 60 semanas; Michael Connelly, otro escritor de suspense policíaco, que ha arrasado con su serie de novelas protagonizadas por el carismático detective Hieronymus “Harry” Bosch, traducidas a más de treinta idiomas; y por último encontramos al célebre John Locke, quien fue el primero de este curioso club en sobrepasar la cifra de un millón de ventas de ebooks, a través de la plataforma Kindle de Amazon. Como ya comentamos en otro artículo al respecto de este autor en Lecturalia, Amazon estima que se vende un libro de Locke, dedicado también al género policíaco, cada siete segundos. Recientemente se han apuntado también Janet Evanovich, autora de la revolucionaria saga de aventura romántica de Stephanie Plum; y Kathryn Stockett, que sigue ganando premios a velocidad de vértigo con su muy popular The Help (Criadas y señoras).

No es mucha casualidad, viendo estos nombres, que algunos aparezcan en otra lista muy celebrada: la lista de Forbes de escritores mejor pagados. Patterson es el número uno, con muy jugosos acuerdos económicos con su editor (aunque es posible que parte de ese dinero tenga que repartirlo entre sus colaboradores), pero los siguientes en la lista son grandes de la publicación impresa: Danielle Steel, que supera económicamente a su rival de la literatura romántica antes mencionada, Nora Roberts; Stephen King, que además tiene el valor añadido de interminables royalties por adaptaciones al cine y a la televisión, al igual que Stephanie Meyer, de fama “crepuscular”, cuyas versiones cinematográficas han supuesto unos ingresos más que interesantes; también figura Rick Riordan, autor de Percy Jones y los dioses del Olimpo, una serie de libros de inspiración mitológica que recuerda al incombustible Harry Potter; y otros pesos pesados como Dean Koontz o Ken Follett. Rowling, sin embargo, se conforma con un puesto más modesto, ya que sus ingresos actuales, gracias al lanzamiento de la nueva web Pottermore, se estiman en unos míseros cinco millones de dólares.

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El Proyecto Genoma (de los libros)

AutorGabriella Campbell el 12 de septiembre de 2011 en Divulgación

ADN y Libros

Cada vez surgen más entusiastas de la programación que pretenden aplicar la ciencia de la informática al insondable mundo de la literatura. En la Universidad de Idaho, en Estados Unidos, nació hace unos años el Book Genome Project, cuyo objetivo es “identificar, realizar seguimiento, medir y estudiar las características que conforman un libro”. Pretenden analizarse componentes como el lenguaje utilizado, los personajes y los temas para diferenciar un libro de otro. Al proyecto se han unido investigadores de todo el país y varias editoriales colaboran activamente, pero seguramente el aspecto más interesante de este proyecto sea la página web Booklamp.

Al igual que su equivalente musical, Pandora, toma música que nos gusta y nos sugiere otra que cree que encajaría en nuestros gustos, la web Booklamp pretende llevar a cabo de forma automática una labor hasta ahora reservada al crítico y al lector eficiente y considerado: la de recomendar libros. A pesar de hallarse muy lejos de la perfección (a veces los algoritmos producen resultados curiosos), sus creadores aseguran que tiene múltiples beneficios, entre ellos, por ejemplo, que la inmensa base de datos de títulos literarios permite que dichas recomendaciones no se limiten a obras superventas o de lectura masiva. Según los participantes de este Proyecto Genoma literario, los puntos a través de los cuales se analizan los libros para encontrar similitudes y producir recomendaciones serían tres: aquel que se refiere al estilo y lenguaje (en el que intervienen nociones de ritmo, densidad, descripción, perspectiva y diálogo); aquel que se refiere al tema (las obras se categorizan en más de 2000 subconjuntos temáticos, por los que podemos encontrar un libro que sea, por ejemplo, 10% sobre alienígenas, 50% romántico, 20% sobre ciudades y 20% sobre viajes en carretera); y aquel que se refiere al tipo de personajes. Si bien estos no son parámetros válidos para estudiar una obra en su totalidad, son tremendamente útiles para ese árbol de diversas ramificaciones que ayuda a llegar a un libro nuevo a través de sus semejanzas con otro. Uno se pregunta, sin embargo, si estas recomendaciones no se verán limitadas por la imposibilidad de que una ecuación defina aspectos a veces tan subjetivos como la calidad literaria, o la capacidad de entretenimiento. El que alguien disfrute con novelas de corte histórico ambientadas en la corte anglosajona de Enrique VIII no implica que le gusten todas las novelas de dicho corte, ni que sean todas de calidad comparable; y lo mismo ocurre con novelas para adolescentes sobre vampiros u obras de ciencia ficción dura ambientadas en Marte. En cualquier caso, Booklamp no deja de ser una herramienta interesante, ideal para descubrir libros nuevos y para disponer de una lista de candidatos a nuestra mesilla de noche con más posibilidades de complacernos que una obra recomendada por un conocido con el que no tenemos nada en común, o por un crítico con intereses velados. Por ahora sólo está disponible en inglés, pero suponemos que de tener un éxito aceptable pronto empezaremos a verlo adaptado a otros idiomas.

¿Qué es un minicuento?

AutorAlfredo Álamo el 11 de septiembre de 2011 en Divulgación

Nanoficción

En los últimos años han surgido con fuerza nuevas tendencias en el mundo de la literatura, algunas de ellas retomando formatos que ya existían con anterioridad, como es el caso del minicuento, también llamado microrrelato o nanoficción, cuya existencia moderna podría surgir a mediados de los años cincuenta, de la mano de grandes autores como Borges, Ramón Gómez de la Serna o Max Aub.

El nacimiento de esta nanoficción vino de la mano, probablemente, de la elección de un formato de publicación que exigía, en algunas revistas, texto corto y una ilustración llamativa. Es curioso que este tipo de relato obtenga, tras muchos años casi en el olvido, una segunda juventud casi por los mismos motivos: hoy en día, conseguir captar la atención de un lector en una página de Internet se hace cada vez más complicado; los lectores saltan de enlace en enlace con facilidad y los autores apenas tienen unos segundos para captar su atención. Es entonces cuando el mincuento cumple su función y aparece como una alternativa a textos largos -normalmente mal maquetados- que se pierden en el cementerio de las páginas web no visitadas.

Habría que definir qué puede ser un minicuento, claro. Por ejemplo:

Era de noche y todas las mariposas bailaban a la luz de una luna azul

No es una nanoficción, es una imagen evocadora, lírica, pero no nos propone ni un juego, ni un planteamiento ni una resolución, es tan sólo un paisaje desconectado Este suele ser uno de los grandes errores a la hora de escribir minicuentos. Sin embargo:

El zombie apuró la última copa de ácido. Todas las mariposas escaparon de su interior para bailar bajo la luz de la luna azul metano sobre el camposanto.

Pese a ser un texto todavía muy pequeño presenta una estructura más apropiada, con personaje, situación y complicidad con el lector. Un cuento, cuanto más corto es, debe apelar a todo el mundo que puede tener en común con sus lectores. En el caso anterior, es una historia de terror, pero puede ser algo más común como el mundo del circo:

Ni el jefe de pista, ni los payasos, ni el trapecista o el forzudo de barba negra pudieron imaginar que la cuerda por la que el faquir trepaba, colgando desde ninguna parte, era en realidad una serpiente invisible a la que pintaba de blanco para cada función. Sólo el mimo descubrió su secreto poco antes de morir de su mortal picadura entre horribles espasmos y grandes aplausos de un público ignorante de su grave situación.

Minicuentos los puede haber de varios tamaños, claro, estos ejemplos están dedicados a la nanoficción, que es mi preferida. Como ejercicio para comprender cómo hacer un microrrelato interesante os propongo un juego. Coged una cuartilla en blanco y escribid un relato que ocupe una cara por completo. Luego dobladla por la parte escrita y reducid vuestra historia hasta que quepa en la media cuartilla. Repetid el proceso hasta que ya no podáis doblar más la hoja o ya no podáis reducir las palabras, entonces desplegad la cuartilla y leed el resultado… divertido, ¿verdad?

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La comedia del diablo, de Christopher Moore

AutorAlfredo Álamo el 10 de septiembre de 2011 en Reseñas

La comedia del diablo

Christopher Moore es un autor con un sentido del humor muy particular, capaz de realizar obras surrealistas y darles un toque de realidad que es marca de su estilo personal. La comedia del diablo fue su primera novela publicada en 1992, y se nota que todavía tenía que pulir un poco sus herramientas literarias.

Moore es más conocido por obras posteriores, como ¡Chúpate esa! o La sanguijuela de mi niña, consiguiendo crear a su alrededor un grupo de fieles seguidores adictos a ese juego entre realidad y ficción que sabe crear tan bien. Por otro lado, hay un montón de lectores que no acaban sus libros, ya que no entran en ese juego literario y metarreferencial con el que construye sus historias.

En La comedia del diablo, Moore plantea ciertas bases de su universo personal, como es el pueblo de Pine Cove, un trasunto de esos pueblecitos de Nueva Inglaterra tan típicos de las novelas de Stephen King, junto con algunos personajes recurrentes. La historia no deja de ser peculiar: Travis es el amo de Engañifa, un demonio malvado y cruel, con quien lleva más de 80 años en los que no ha envejecido un sólo día. Travis va a su ritmo, pausado y sin prisas, mientras que Engañifa ya se está impacientando de su presencia. La aparición de un viejo Djinn, enemigo mortal del demonio, acrecentará el caos en la vida de algunos de los tranquilos habitantes de Pine Cove.

La novela se lee con agrado, sobre todo si el lector es aficionado a la literatura fantástica y comparte con Moore los referentes. Hay muchísimas bromas y guiños literarios con los que entretenerse si se coge el libro con ganas, aunque es cierto que Moore abusa demasiado de esa complicidad y presta menos atención al cuidado de la narración que en obras posteriores.

La comedia del diablo me ha hecho pasar el rato, no puedo negarlo, y aunque me ha encantado la inclusión de un H.P. Lovecraft reencarnado en dueño de cafetería y experto en lenguas muertas, entiendo que son precisamente ese tipo de personajes los que lastran el total de la obra para aquellos que vienen de fuera. Moore carece de la capacidad de otros autores, como Jasper Fforde, para no divagar demasiado y prestar más atención a la broma que a la trama.

En resumen: un libro que se lee rápido, tiene unos golpes de humor buenos y se olvida con facilidad debido a su estilo poco elaborado.

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Clásicos que aburren

AutorGabriella Campbell el 9 de septiembre de 2011 en Divulgación

La Regenta

La Regenta, de Leopoldo Alas Clarín, es una de mis novelas favoritas. Es posible que nunca la hubiese probado si no hubiera estado entre las lecturas obligatorias de mi centro de enseñanza, ya que por sí misma no gozaba de nada que me llamase la atención. De acuerdo, había adulterio, una feroz crítica al conservadurismo religioso y mil atracciones más entre sus numerosas páginas, pero no era fácil saberlo cuando lo primero con lo que una se encontraba, siendo adolescente, era con un capítulo largo y tedioso con una descripción pormenorizada de Oviedo, perdón, Vetusta, desde lo alto de un campanario. La obligación escolar me hizo ir más allá de esas primeras páginas y pude disfrutar de una obra excelente, emocionante y tremebunda, pero de haber sido por mi propio interés lector, nunca habría superado esas densas primeras páginas.

¿Cuántos libros, descritos como clásicos literarios, tenemos en la estantería, promesas olvidadas de cultura, de estatus intelectual? ¿Cuántas obras están protegidas por la impenetrable pátina del prestigio, cuántas de ellas acaban sirviendo, pese a nuestros mejores deseos, como el mejor remedio contra el insomnio o incluso como conveniente extra bajo la pata de una mesa coja? Cortázar decía que no había podido leer El Quijote hasta que comenzó a hacerlo en sus visitas al excusado; el Ulises de Joyce decora más de una habitación, cubriéndose de polvo, infeliz en su inutilidad. En muchas ocasiones necesitamos un contexto, una valoración, apéndices de conocimiento que nos expliquen por qué un volumen de insoportable aburrimiento es una de las obras cumbre de la literatura universal. En estos casos, la literatura se parece al arte pictórico. La crítica puede marcar la diferencia ante un cuadro, como por ejemplo El Matrimonio Arnolfini, donde sólo vemos una pareja poco agraciada en una habitación de extrañas proporciones, cogida de la mano; las palabras adecuadas pueden hacernos apreciar el contexto histórico, político y social, el detallismo del paisaje, el inteligente juego del espejo, la aparición de elementos pictóricos de extraño simbolismo, etc. Cuando queremos darnos cuenta, la pareja nos resulta hermosa y la habitación cobra una vida propia que trasciende lo visual. Con frecuencia, con los libros nos pasa algo semejante: el entendimiento del juego de crítica, sátira y pura diversión que aliña la novela de Cervantes y la apreciación del maestral uso del lenguaje de Joyce pueden llevarnos a encontrar en sus libros un verdadero goce que poca literatura podrá proporcionarnos.

O tal vez, sólo tal vez, sigan pareciéndonos escritos densos, lentos, en resumen, aburridos. Por otro lado, lecturas hay para todos los gustos, y obras como Guerra y paz o Cien años de soledad levantan casi tantas pasiones como bostezos. Las conversaciones sobre la conveniencia de largas escenas bélicas (o la abundancia de absurdas cancioncillas) en El señor de los anillos ya son bastante cansinas de por sí. Pocas personas hay que recomienden lecturas como La voluntad de Azorín, La madre de Gorki o Tiempos difíciles de Dickens, por su valor como entretenimiento. Y vosotros, lectores, ¿qué libros preferiríais usar para avivar el fuego este próximo invierno antes de tener que volver a pasar por el suplicio de leer más de dos páginas seguidas?

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