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Ser escritor al alcance de cualquiera

AutorAlfredo Álamo el 23 de agosto de 2013 en Opinión

Escritor

¿Escribir una novela, un cuento, un ensayo… te convierte en escritor? Ese parece ser el debate que se está moviendo estas semanas por Internet, aunque está claro que es una discusión que debería beber de otra más antigua: ¿Qué es ser escritor?

Lo cierto es que con los avances en alfabetización de las últimas décadas y la facilidad con la que hoy en día uno puede acceder a la lectura, así como a medios cada vez más sencillos dedicados a la autopublicación, no es de extrañar que un número mucho más grande de personas sienta la necesidad de expresarse vía una de las artes más difundidas: la literatura. A partir de este momento entramos en un terreno del todo pantanoso, ya que tenemos que apelar a la calidad literaria, ese ente que revolotea exclusivo, y elusivo, y que no siempre tiene que ver con llegar a ser escritor. Me explicaré, ya que no podemos hablar de absolutos.

Hoy en día ser un profesional de la literatura es muy difícil, por no decir que es algo imposible, pero viene a significar que un autor gana el suficiente dinero con sus libros -y algunos bolos- para mantenerse dignamente. ¿Ser un profesional de la literatura tiene algo que ver con la calidad literaria? No siempre. Si hablamos de mercado y de industria lo importante es que el producto final se corresponda con lo que el público demanda. Lo de la calidad, si existe, pues miel sobre hojuelas.

Por otro lado puedes escribir novelas, o cuentos, y no sentir especialmente la llamada de convertirte en un escritor que viva de ello. Con sacar para unas cañas y una cena de vez en cuando ya eres feliz. Un poco de masaje de ego por parte de la gente a la que le gusta lo que escribes y a seguir trabajando. De nuevo, lo mismo. La calidad literaria no es necesaria. Si la hay, pues mejor. Lo importante es encontrar a tu público. De este modo, ¿eres un escritor? Yo creo que sí.

Pero no nos olvidemos de otra cuestión. Aunque la calidad literaria no es siempre sinónimo de éxito o fracaso, hay que tener en cuenta la posibilidad de que aquello que escribas no le interese absolutamente a nadie y que, además, esté horriblemente escrito. Rellenar páginas no te convierte en escritor. No lo descartes antes de lanzarte a escribir como si no hubiera un mañana. Rascar en la guitarra el principio de Smoke on the Water no te garantiza participar en conciertos.

¿Y todo esto a qué viene? A que hay escritores profesionales indignados por la cantidad de manuscritos que les llegan a las editoriales, incluyendo a las más grandes, cuya calidad, según ellos, es muy mala. Y yo me pregunto, ¿si la calidad es mala, de qué se preocupan? En todo caso es un problema para el filtro de las editoriales, que no debería ser difícil de resolver. Aunque a lo mejor, sólo a lo mejor, el problema estriba en que muchos de esos manuscritos de peor calidad encajan mejor con lo que el público demanda y eso asusta a algunos autores acostumbrados a colocar sus libros con facilidad.

¿Y vosotros? ¿Pensáis que la literatura va camino de «aplanarse» buscando satisfacer las tendencias lectoras? ¿O tal vez que la literatura debería marcar esas tendencias, buscando siempre sorprender y evolucionar? ¿A lo mejor un poco de todo? ¿Habrá sitio en el mercado o tendrá que cambiar? Demasiadas preguntas, lo sé. Os esperamos, como siempre, en los comentarios.

El programa que delató el seudónimo de Rowling

AutorAlfredo Álamo el 22 de agosto de 2013 en Noticias

Rowling - Galbraith

La tecnología y la literatura cada vez van más de la mano, pero lo que no me esperaba es que un programa de ordenador fuera clave en revelar la verdadera identidad de Robert Galbraith, autor de El canto del cuco, quien resultó ser la autora J. K. Rowling.

Patrick Juola ha desarrollado en los últimos años un sistema de análisis de textos capaz de despedazar y analizar al milímetro cualquier libro que le sea introducido. A partir de ahí puede buscar paralelismos, usos similares de palabras, longitud de frases, repeticiones, errores gramaticales y un montón más de parámetros, algo que puede ser usado para descubrir quién se esconde tras un seudónimo… o casi.

La verdad es que no es una herramienta de análisis que ofrezca unos resultados al 100% (me parece que ni siquiera se acercaría a un 80) pero sin duda es útil para confirmar ciertas sospechas y seguir investigando en una u otra dirección. Esto fue lo que ocurrió con la novela de Galbraith: un periodista se acercó a Juola para pedirle que analizara El canto del cuco y lo sometiera a una prueba con Rowling. El proceso también incluyó a otras autoras de misterio, como Val McDermid o Ruth Rendell, para aumentar la muestra. El resultado indicó a Rowling como la autora, tanto en el uso de ciertas palabras y construcciones como por la longitud de las frases. Este empujón llevó al periodista del Sunday Times a seguir investigando la historia: Rowling y Galbraith compartían editorial y tras una entrevista con su agente Rowling reconoció su autoría. Pocas semanas después la autora llegó a un acuerdo con una firma de abogados desde la que había salido el primer «chivatazo» obligándoles a pagar una gran suma de dinero a una organización benéfica.

El programa en cuestión se llama JGAAP (Java Graphical Authorship Attibution Program) y desde luego que es una herramienta curiosa. ¿Significará esto el final del anonimato y del seudónimo literario? ¿Será capaz de identificar a los escritores fantasma que escriben biografías de futbolistas y cantantes? ¿Os parece bien perder ese halo de misterio? Esperamos vuestra opinión, como siempre, en los comentarios.

Vía: Yahoo!

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La mejor venganza, de Joe Abercrombie

AutorAlfredo Álamo el 21 de agosto de 2013 en Reseñas

La mejor venganza

¿Sangre? ¿Quieres sangre? Pues aquí tienes jarras, odres, barriles y hasta bidones de sangre, vísceras y huesos rotos. La mejor venganza es la que se sirve fría, se dice, y Abercrombie añade, y muy bien aliñada con toda la muerte y destrucción que se le pueda añadir.

Joe Abercrombie es conocido por su serie de literatura fantástica de La primera ley, tres libros que le han valido el reconocimiento de numerosos lectores por su manera directa y sin tapujos de narrar la desgracia, la guerra, el hambre y las pasiones de sus personajes. Aunque acaba de firmar un contrato para seguir con esta serie, Abercrombie se ha permitido unas cuantas obras independientes (algo que casi no se lleva hoy en día) siendo La mejor venganza la novela que nos ocupa hoy y que fue ganadora del David Gemmell Legend Award.

La mejor venganza es la historia de Monza Murcato, mujer de pocas palabras, acero afilado y general de un ejército de mercenarios acostumbrados a luchar en nombre de los distintos señores que dominan Styria. Traicionada de la peor de las maneras y dada por muerta, Murcato comienza su plan para acabar con todos aquellos que conspiraron para acabar con su vida, aunque para eso tenga que convertir ciudades en polvo y negarse toda posibilidad de felicidad, presente o futura. Para lograr su objetivo se hace con los servicios del mejor envenenador conocido, de una torturadora y de un joven norteño curtido en mil batallas cuya intención, antes de conocer a Monza, era dejar atrás esa vida dedicada a la muerte. Os aviso que no lo conseguirá. Ni de lejos.

Abercrombie no se guarda nada en La mejor venganza, así que encontraremos numerosas muertes truculentas, despiadadas torturas, personajes indolentes, pasiones desatadas, traiciones inesperadas y un sinfín de luchas, batallas y escaramuzas. Quizás demasiadas. La historia de la venganza de Monza Murcato se alarga y se alarga, en ocasiones sin sentido. Teniendo en cuenta que no hay mucho donde rascar con este argumento (sobre todo para los que ya hemos visto muchas veces Kill Bill) no hay razón para extenderse en cada pelea y batalla, hasta tal punto que te las puedes saltar sin ningún remordimiento si es que no disfrutas con tanta matanza. Total, la mayoría de las veces no aporta nada a la narración.

En cualquier caso La mejor venganza engancha bien, los personajes son divertidos -en su maldad, egoísmo y obsesión- y Abercrombie sabe escribir como si tuviera una navaja entre las manos. Apasionante para los seguidores del escritor, interesante para los aficionados al género y un libro de aventuras pasable para todos aquellos interesados en un libro con el que pasar un buen rato.

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Libros para una isla desierta

AutorGabriella Campbell el 20 de agosto de 2013 en Divulgación

Libros y verano

Ahora que parece que el verano se ha decidido por fin a terminar de abrasarnos, a más de uno se le habrá ocurrido la fantasía de escaparse a una playa paradisíaca, a un lugar donde mojarse los pies en una piscina infinita o darse un chapuzón en un mar transparente y azul. Y los suertudos que sí pueden escapar, huir a lugares menos cálidos o, por lo menos, mejor acondicionados, se plantean la pregunta de siempre: ¿qué libro me llevo? ¿Es mejor cargar con ese libro de calidad pero denso, aprovechar las horas de asueto para terminarlo por fin, o meter en la maleta algo rápido y comercial, que me tenga entretenido?

Esto nos lleva también a otra cuestión curiosa: ¿qué nos llevaríamos a un lugar donde vamos a pasar muchas horas sin grandes posibilidades de ocio? Sin internet, sin las amistades de siempre, sin cobertura para el móvil. Si uno se pone a buscar qué se llevarían los demás a esa utópica isla desierta, las respuestas más comunes son las siguientes:

-En Goodreads, la mayoría se llevaría, cómo no, dos libros muy relacionados con islas: Robinson Crusoe, de Daniel Defoe, la novela de naufragio por excelencia, y En la isla, una novela romántica de Tracey Garvis Graves que narra el idilio entre una profesora treintañera y un adolescente, atrapados en una isla perdida en mitad del océano. La tercera de la lista, El paciente inglés, es también una tórrida historia de amor.

-Siempre nos quedarán los clásicos, los largos que pueden durar una eternidad y que además se prestan a la relectura: El señor de los anillos, de Tolkien; Shogun, de James Clavell; Libertad, de Franzen; La broma infinita, de Foster Wallace o incluso grandes monstruos literarios como El Quijote, Guerra y paz o Sueño en el pabellón rojo. También los hay que van especialmente bien con el clima cálido: el abrasador Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell, o El terror de Dan Simmons para refrescarnos un poco con sus elaboradas descripciones árticas.

-¿Y si no vas a una isla desierta, pero a un lugar igualmente perdido, como es Marte? En 2010, varios astronautas entraron en una instalación cerrada que buscaba reproducir para ellos la experiencia de un viaje al planeta rojo. Permanecieron encerrados un año y medio. La expedición se llamaba Mars500, y uno de sus participantes, el italiano Diego Urbina, compartió con los medios los libros que se llevó para pasar los ratos de ocio. Criado en Colombia, uno de los pendientes de Urbina era Gabriel García Márquez, y una de las primeras obras que leyó en aquella expedición simulada fue Relato de un náufrago (volvemos a lo de las islas desiertas). Urbina asegura que muchas de las historias de Márquez expresaban conceptos que él mismo estaba experimentando, sobre todo en lo que se refería a la soledad durante plazos largos de tiempo.

¿Y vosotros, qué libros os llevaríais a vuestro retiro espiritual? ¿Qué lecturas llevaríais a una isla, a Marte, a vuestras vacaciones habituales? Esperamos vuestras respuestas en los comentarios.

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Maneras de inspirarse (I): Fredric Brown

AutorJuan Manuel Santiago el 19 de agosto de 2013 en Divulgación

Fredric Brown

Los escritores son gente rara, lo cual quiere decir que hay que aguantarles todas sus tonterías porque, en teoría, tienen una finalidad clara: no interrumpir su proceso creativo. Si eso implica levantarse a las tres de la mañana, escribir de pie frente a un atril o trabajar de vigilante en un hotel, pues bienvenido sea. Insistimos: el autor es un genio, ese es el método que ha escogido, y no vamos a interrumpirlo, pues ese cabeceo y esos ronquidos seguro que ocultan la inspiración para la enésima obra maestra, y los legos somos incapaces de entenderlo.

Son muchas las maneras que los escritores tienen de inspirarse, pero una de las más llamativas, sin duda, era la de Fredric Brown.

Brown detenta el honor de ser un maestro indiscutido en dos géneros no siempre bien delimitados aunque con unos fandoms bien diferenciados: la ciencia ficción y la novela policíaca. Aunque las idas y venidas entre géneros son frecuentes, y muchos escritores bordan ambos géneros cuando se adentran en ellos, es sumamente inhabitual que un autor sea considerado uno de los nombres de referencia del policíaco y de la ciencia ficción. El aficionado español actual tal vez no lo perciba así, ya que sus grandes obras policíacas están descatalogadas en su inmensa mayoría, mientras que sus obras de ciencia ficción, desde novelas capitales como Universo de locos y ¡Marcianos, largo de aquí! (o ¡Marciano, vete a casa! o ¡Marcianos, go home!, dependiendo de la edición) hasta sus relatos cortos (recopilados en Ven y enloquece y Luna de miel en el infierno) han sido reeditadas. Es una verdadera tragedia que novelones como La trampa fabulosa, La bestia dormida o La noche a través del espejo no se puedan encontrar en catálogo.

En todo caso, la trayectoria vital de Fredric Brown fue azarosa. Después de trabajar como corrector de pruebas y tipógrafo en una redacción de periódico, su delicada salud lo obligó a mudarse a Taos (Nuevo México), cuyo clima seco calmaba sus problemas respiratorios. Sin embargo, Brown incurría con demasiada frecuencia en los bloqueos creativos, agravados por su contumaz alcoholismo, que conjuraba de una manera poco provechosa para su salud: se pasaba las tardes en el bar del pueblo, donde, entre farra y farra, pergeñaba algunos de sus magistrales relatos cortos. No es difícil ver la huella del delirium tremens en historias como Pesadillas y Geezenstacks.

Pero el alcohol y el bar no siempre eran suficientes, y los plazos de entrega se le echaban encima. ¿Qué hacía Brown en esos casos? Pues, según cuenta su mujer, se dedicaba a hacer todo tipo de locuras, desde hacerle la vida imposible a su gato hasta agarrar el primer autobús de línea de la compañía Greyhound que pasara por Taos, dejarse llevar hasta donde la carretera lo condujese y, pertrechado siempre con su inhalador y por su botella de licor, pasar varios días recorriendo la geografía del Oeste de los Estados Unidos, observar, observar y observar a su alrededor y regresar, de manera casi infalible, con el argumento de una nueva obra maestra en la cabeza.

No podemos recomendarle este método a todo el mundo, pero es evidente que a Brown le funcionaba. Su extensa y brillante obra lo atestigua.

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Cinco grandes cuentistas olvidados de la ciencia ficción

AutorJuan Manuel Santiago el 17 de agosto de 2013 en Divulgación

Cordwiner Smith

Como todo género literario que ha crecido gracias a la difusión de la cultura popular y la consolidación de las revistas durante las primeras décadas del siglo XX, la ciencia ficción no puede entenderse sin los relatos, sobre todo hasta la década de 1970. La historia de la ciencia ficción, al menos hasta el último tercio del siglo pasado, es la historia de las revistas y de los relatos de ciencia ficción. Muchos de sus autores gozan hoy de un prestigio bien merecido, tanto si solo cultivaron la ficción breve como si se adentraron en la novela: basten los nombres de J. G. Ballard, Alfred Bester, Ray Bradbury, Fredric Brown o Philip K. Dick. Todos ellos son, por así decir, patrimonio de la humanidad, referencias inexcusables en la cultura popular del siglo XX.

No obstante, las revistas especializadas produjeron muchas otras luminarias que hoy han caído en el olvido y que, sin embargo, son plenamente reivindicables. Casi sin excepciones, estos autores están descatalogados y, casi sin excepciones también, apenas se los tiene en cuenta al escribir la Historia con mayúsculas de la literatura fantástica. Hay muchos más, por supuesto, pero allá van cinco nombres que considero imprescindibles, y que tal vez alguien debería reeditar porque merecen la pena, aunque sea por completismo.

Stanley G. Weinbaum (1902-1935). Durante la década de 1930, cuando el factótum de la ciencia ficción era Hugo Gernsback, las revistas Astounding y Wonder Stories todavía no hacían prever la revolución que iba a llevar a cabo J. W. Campbell y, en definitiva, Flash Gordon y Buck Rogers eran lo más representativo que había producido el género, el joven Weinbaum dinamitó el género para siempre gracias a un relato, Una odisea marciana, en el que presentaba al primer marciano realmente «marciano» (es decir, no humanoide) muy simpático y creíble. Apenas año y medio una veintena de relatos después, Weinbaum murió de cáncer de pulmón a la simbólica edad de treinta y tres años, y solo cuatro décadas después aparecieron varias novelas suyas, de las que solo La llama negra se ha traducido al español. Pero su esencia está en Una odisea marciana, el primer gran cuento aparecido en revistas especializadas de ciencia ficción.

Henry Kuttner (1915-1958). Otro autor que murió de manera prematura, pero que escribió una obra mucho más abultada, tanto de ciencia ficción como de terror, gran parte de ella en compañía de su mujer, Catherine L. Moore, con seudónimos como Lewis Padgett. Su cuento más famoso es Las ratas del cementerio, un brillante homenaje a su colega H. P. Lovecraft, pero debería ser recordado por otro curioso homenaje, este a Lewis Carroll: Mimosos se atristaban los borlóboros. Ni se molesten en buscar su antología Lo mejor de Henry Kuttner, más que descatalogada.

Cordwainer Smith (1913-1966). Junto con Robert A. Heinlein y Jack Vance, tal vez el autor de ciencia ficción que despierta desencuentros más viscerales: o lo amas o lo odias. No hay puntos intermedios. Cordwainer Smith era el seudónimo de Paul Linebarger, un destacado fontanero de la Casa Blanca (fue asesor del presidente Kennedy), políglota, tuerto, as de la inteligencia militar especializado en guerra psicológica y en el Lejano Oriente, y personaje bastante de derechas que, en un momento dado, urdió uno de los universos referenciales más fascinantes de la historia del género: la Instrumentalidad, cuyas treinta y pocas narraciones recopiló en cuatro volúmenes Ediciones B (en una edición, sí, lo adivinan, absolutamente inencontrable en la actualidad). Historias como Alpha Ralpha Boulevard, El juego de la rata y el dragón o Los observadores no viven en vano nos trasladan a un futuro irreconocible, postcatastrófico, poblado de telépatas y con gente que, definitivamente, no piensa como nosotros.

James Tiptree, jr. (1915-1987). Al igual que Smith, un personaje tan absorbente como su obra, y cuya biografía se merece una entrada aparte en este blog. Alice Bradley, llamada Alice Sheldon tras su matrimonio con Huntington Sheldon, era una chica de buena familia que hizo sus pinitos como pintora, fue psicóloga experimental, trabajó para la CIA cuando dicha agencia los captó a ella y su marido, y revolucionó el género con los seudónimos Raccona Sheldon y James Tiptree, jr. Durante diez años publicó desde el más absoluto anonimato (incluso engañó a autores como Robert Silverberg, que estaban convencidos de que era un hombre), se llevó los premios más importantes del género y a mediados de la década de 1970 se descubrió su verdadera identidad. Sus recopilaciones Mundos cálidos y otros y Cantos estelares de un viejo primate, que contienen obras maestras de la narrativa del siglo XX como Houston, Houston, ¿me recibe? o Amor es el plan el plan es la muerte son de lectura obligada. E imposibles de encontrar, claro está.

William Tenn (1920-2010). Seudónimo de Philip Klass, profesor universitario y brillante historiador del género, se caracterizó por un empleo de la sátira más propio de la tradición de sus islas Británicas natales que de la literatura al uso en sus Estados Unidos adoptivos. En los cuentos de las (ejem, ejem, descatalogadas) Tiempo anticipado y Mundos posibles podemos leer media docena de obras maestras, entre ellas Tiempo anticipado y La enfermedad.

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Las cinco mejores novelas de Philip K. Dick

AutorJuan Manuel Santiago el 16 de agosto de 2013 en Divulgación

Los tres estigmas de Palmer Eldritch - Philip K. Dick

En realidad, esta entrada podría titularse Cinco novelas recomendables de Philip K. Dick, sin ningún motivo particular; vaya, que son las que me apetece recomendar, y ya, pero sería un título demasiado extenso… y, además, la etiqueta de «lo mejor de» siempre motiva más al lector que vaguedades en plan «lo más recomendable» o «lo que más me mola».

Dicho esto, convengamos en que Philip K. Dick (1928-1982) es uno de los autores de referencia de la narrativa anglosajona del siglo XX, es tal vez el autor de ciencia ficción más influyente a fecha de hoy (gracias, sobre todo, a las adaptaciones cinematográficas de sus obras), ha creado escuela (no hace falta explicar que el adjetivo «dickiano» se refiere a toda aquella trama en la que se pone en duda de manera sistemática el concepto de realidad tal y como lo conocemos) y, en resumen, tiene una obra tan abultada y brillante como irregular, por lo que nunca viene mal desbrozar lo bueno de lo malo. Otro día, si eso, les obsequio con una entrada sobre sus cinco peores novelas.

Puestas así las cosas, aclaro que este listado de novelas más que recomendables de Philip K. Dick no es inmutable, y que mañana podría reescribir esta entrada y ofrecerles otras cinco novelas, sin repetir ninguna. Porque, a fin de cuentas, el lector medio estará esperando que tire por lo predecible y les hable de las novelas más célebres de Dick: El hombre en el castillo, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, Tiempo de Marte, Ubik o Valis. Pues no, hoy no toca. Es la ventaja de hablar de un autor con al menos una docena de obras maestras incontestables… más los relatos, terreno que merecería otra entrada similar a esta.

Por orden cronológico de escritura, estas son las cinco afortunadas.

Tiempo desarticulado (escrita en 1958 y publicada en 1959). Fuente de inspiración indisimulada de El show de Truman (y, de manera algo más disimulada, de las secuencias paranoicas de Una mente maravillosa), nos muestra a un Philip K. Dick que aún escribía novelas realistas de tapadillo, pero introduciendo elementos de ciencia ficción para poder venderlas en un mercado que tenía asegurado. La premisa (que un señor como Raggle Gumm pueda subsistir gracias a su capacidad de ganar todos los días el premio en metálico reservado a quien acierte el pasatiempos del periódico) conecta directamente con el centenar de relatos que escribió en la década de 1950, por lo que, en cierto modo, también se trata de una novela-gozne con su brillante producción breve. Sin duda, la primera gran novela de Philip K. Dick.

Clanes de la luna Alfana (escrita en 1963 y publicada en 1964). Viene avalada con la etiqueta casi eterna de «la mejor de las novelas menores de Philip K. Dick», lo cual es rigurosamente cierto hasta que te la relees y descubres que, ¡qué narices!, es un pedazo de novelón. Fue escrita en la época en la que Dick se zampaba hasta un centenar de pastillitas al día y escribía cuatro o cinco novelas al año, lo que no hace sino acentuar su mérito. La idea de que un planeta habitado por tribus o clanes cuyos componentes padecen diferentes trastornos mentales es tan desquiciada que parece condenada al fracaso, pero Dick consigue que funcione y, de paso, nos regale más momentos deslumbrantes que en muchas de sus novelas supuestamente grandes (léase la reunión del primer capítulo, con sorpresa final). Uno de esos Dick a los que no te queda más remedio que tenerles cariño, mucho cariño.

Los tres estigmas de Palmer Eldritch (escrita en 1964 y publicada en 1965). Ahora la venden con el reclamo de «novela que previó el cambio climático», aunque, por supuesto, la intencionalidad de Dick apuntaba en otra dirección: nos hallamos ante su primera novela religiosa, verdadera precursora de Valis y de sus últimas obras, y en ella se pueden percibir muchísimas de las obsesiones de juventud del autor (la máscara de Palmer Eldritch no es sino una sublimación de la careta antigás de la primera guerra mundial con la que el padre de Dick asustaba a su hijito de tres años). Cuentan las leyendas urbanas que John Lennon quiso adaptarla al cine, lo que da una idea del predicamento que comenzaba a tener Dick en los ambientes contraculturales de la década de 1960.

Una mirada a la oscuridad (escrita en 1973 y publicada en 1977). Aquí no hay excusa que valga: es la novela fundamental de Dick, por el momento en que la escribió y por las cosas que cuenta en ella, nada menos que el proceso en el que tocó fondo en el mundo de la droga, así como su rehabilitación paulatina. El epílogo, dedicado a sus amigos muertos o con secuelas por culpa de la droga (entre los cuales se cuenta él mismo), es tan estremecedor que uno se queda sin palabras. La adaptación al cine, más que digna, ayudó a cimentar su fama entre los nuevos lectores de Dick, que llegaban sin prejuicios a la novela de ciencia ficción más hippie de Dick, o la novela beatnik más cienciaficcionera, según se mire.

Radio Libre Albemut (escrita en 1976 y publicada en 1985). Novela póstuma, se trata de un borrador de la más que famosa Valis, la novela en la que Dick reconoce de manera descarnada y sincera que estaba loco de atar, y que no era buena idea chutarle pentotal sódico cuando iba al dentista. A diferencia de esta, Dick se recrea más en la trama política, en vez de tirar por la vertiente autobiográfica, lo que hace un poco incomprensible el que la novela fuera rechazada por su editor: es muy entretenida y reivindicable, y lleva al paroxismo la paranoia del autor con su bestia negra, Richard Nixon, convertido aquí en Ferris F. Fremont, un anticristo capaz de montar un sistema opresor que nos permite considerar esta novela como una de las distopías orwellianas más estremecedoras del último cuarto del siglo XX, en la que, además, parece que, al fin y al cabo, el Imperio sí podría tener fin.

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Snuff, de Terry Pratchett

AutorAlfredo Álamo el 15 de agosto de 2013 en Reseñas

Snuff de Terry Pratchett

Al hilo de un reciente debate, en el que muchos analistas unían la literatura fantástica a la juvenil como un todo, inicié la lectura de Snuff con la intención de mantenerme alerta ante los signos que darían la razón a los que piensan que la fantasía es necesariamente escapista e infantil. ¿El resultado? Ninguna sorpresa, me temo, Pratchett sigue en la misma línea que otros autores satíricos ingleses y maneja como nadie las claves del lenguaje común que le brinda el género, creando una narración divertida y adulta, llena de guiños y demostrando que, pese a ser el libro número 39 ambientado en Mundodisco, todavía tiene mucho que contar.

Snuff corresponde a la serie protagonizada por la guardia de Ankh Morpok, con el comandante (y duque) Vimes asumiendo todavía más protagonismo que anteriores entregas. En esta ocasión, Vimes inicia unas vacaciones -las primeras de su vida- en un lugar inhóspito, misterioso y desconocido para él: el campo. Ejerciendo de duque consorte, Vimes viajará hasta la casa solariega de la familia para que su hijo aprenda más de la historia familiar y él descanse del constante flujo de asesinatos, robos y delincuencia en general que asola la ciudad. Como es de esperar, Vimes no está muy cómodo con ese periodo de inactividad y pronto encontrará un asunto sucio en el que meter las narices… y la verdad es que, como se descubre más adelante en el libro, había pocos más sucios en los que hacerlo.

Pratchett nos presenta la figura del trasgo, un pueblo considerado como alimañas sin entendimiento, pero que alberga más secretos de los que nadie podía imaginar. Reflexiones sobre nuestra sociedad y nuestra percepción del otro, los derechos humanos y la vida en general, son lo que podremos encontrar en Snuff.

Como punto negativo, quizá la sobreexplotación de Vimes, que en momentos se deja ver como una extensión directa del autor. Algo que en otros libros viene disimulado por la enorme cantidad de secundarios con calado que le rodean, pero que aquí no se da. Es lo que tiene la soledad del campo.

En resumen, una buena entrega de Mundodisco, que hará las delicias de los seguidores de Pratchett y que es excelente muestra de cómo el humor y la fantasía son entretenimientos y, a la vez, elementos clave para una acertada reflexión sobre nuestra realidad actual.

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Perseguidos por su éxito (I): Arthur Conan Doyle

AutorJuan Manuel Santiago el 14 de agosto de 2013 en Divulgación

El mundo perdido

Muchos escritores son incapaces de sobreponerse al éxito de determinadas obras suyas, y terminan encasillándose, aunque no les apetezca. A fin de cuentas, una vez que has triunfado resulta difícil no ceder a la tentación de seguir haciendo más de lo mismo. Por expresarlo con símiles musicales, lo difícil no es hacer un Bad después de haber triunfado con un Thriller, sino embarcarte en un Achtung Baby o un Automatic for the People después de haberlo petado con un The Joshua Tree o un Out of Time.

El caso paradigmático de escritor víctima de su propio éxito es Arthur Conan Doyle. Su obra es ingente, el autor le dio a todos los palos literarios posibles, desde la novela histórica hasta la ciencia ficción avant-la-lettre, pasando por esos últimos y sonrojantes años consagrados a buscar hadas… pero todo el mundo lo recuerda por la inmortal creación del detective Sherlock Holmes y su ayudante el doctor Watson. Consciente de que Holmes era un lastre para su carrera literaria, y de que lo que realmente le gustaba era la novela histórica, Doyle llegó todo lo lejos que se puede llegar, y mató a su criatura, en contra del consejo de su madre, que le había advertido de que los lectores no se lo iban a tomar bien.

¿Qué sucedió? Lo previsible: los lectores no se lo tomaron bien. Cuando Doyle precipitó a Sherlock Holmes y su archienemigo Moriarty por las cataratas de Rochenbach en el relato El problema final, de 1893, la reacción de sus lectores fue aún más dura de lo que había previsto la madre del autor, y hace que a su lado las diatribas de los espectadores de Juego de tronos y los lectores de Canción de Hielo y Fuego contra George R. R. Martin sean casi reconfortantes. Consecuencia: Doyle resucitó a Sherlock Holmes en La casa deshabitada y, de paso, escribió algunas de las mejores obras surgidas de su pluma.

Pero Holmes no dejó de ser una carga impuesta por el éxito seguro. En realidad, lo que le gustaba a Arthur Conan Doyle era la novela histórica. Una de sus mayores decepciones fue comprobar que el público desdeñaba obras tan maravillosas como La Compañía Blanca, ambientada en la Aquitania de la guerra de los Cien Años y protagonizada por los entrañables Juan de Hordle, Samkin Aylward, Alleyne Edricson y sir Nigel Loring, que habría de protagonizar la llamémosle precuela, Sir Nigel, que cosechó un fracaso aún más rotundo que su predecesora. No le fue mucho mejor con Las hazañas del brigadier Gerard y Aventuras de Gerard, ambientadas durante las guerras napoleónicas y tan trepidantes y divertidas como las dos novelas ya citadas.

Si hubo una obra que resarciera a Doyle del fracaso (relativo) que supuso haber vivido y escrito a la sombra del éxito del omnipresente y absorbente Sherlock Holmes, esa fue la serie del profesor Challenger, que dio obras tan entretenidas como El mundo perdido, un pequeño clásico de la literatura fantástica del cambio de siglo.

En cuanto a los coqueteos de Arthur Conan Doyle con el espiritismo y lo que hoy llamaríamos magufismo, corramos un tupido y piadoso velo.

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El noveno círculo de hielo, de James Thompson

AutorAlfredo Álamo el 13 de agosto de 2013 en Reseñas

El noveno círculo de hielo, de James Thompson

James Thompson lleva más de quince años viviendo en Finlandia y está perfectamente integrado en su sociedad, quizá una de las más cerradas de Europa debido a su situación geográfica y a su difícil idioma. Thompson logró un gran éxito con su primera novela, Ángeles en la nieve, primero en Finlandia y luego en Estados Unidos, antes de dar el salto al mercado internacional. El noveno círculo de hielo es la segunda entrega de las andanzas del inspector Vaara y es de lo más recomendable.

El inspector Vaara trabaja en homicidios de Helsinki, donde ha sido trasladado tras los sucesos descritos en el primer libro, junto a su mujer, que es estadounidense y se encuentra embarazada de nueve meses. A lo largo de El noveno círculo de hielo, Vaara se encontrará con varias situaciones difíciles, desde la resolución de un complejo asesinato que atraerá la atención de las más altas esferas hasta la elaboración de un informe sobre un viejo héroe acusado de crímenes de guerra. Por si fuera poco tendrá que lidiar con la visita de sus cuñados americanos y tratar de lidiar con unas fuertes migrañas que le acosan sin descanso.

Uno de los puntos más interesantes de la obra de Thompson es su visión sobre Finlandia. No nos encontramos con la voz de un narrador nativo, sino la de un extranjero que ha ido descubriendo sus tradiciones y que trata de explicarlas poco a poco, integrándolas en la narración. Finlandia debe ser uno de los países que menos se conocen al sur de Europa si exceptuamos su famoso sistema educativo, así que se agradece acceder a esas curiosidades que Vaara se va encontrando.

Otro elemento curioso es el de la colaboración de Finlandia con la Alemania nazi en contra de la Unión Soviética, uno de esos puntos confusos de la historia europea que aborda con naturalidad. Hay que decir, claro, que el personaje del inspector Vaara es más que interesante, combinando una cierta inocencia con un temperamento explosivo. Los secundarios acompañan la trama perfectamente y promete una continuación todavía más interesante.

En resumen, El noveno círculo de hielo es una novela negra ambientada en Finlandia, pero que no es una novela negra nórdica al uso, sino una agradable mezcla entre el ritmo americano y el europeo. Buenos personajes, trama bien resuelta y, sin duda, una serie a la que seguirle el rastro en el futuro.

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