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El auténtico Dorian Gray

AutorGabriella Campbell el 3 de octubre de 2012 en Divulgación

John Gray

Si tuvieras que retratar a un personaje de la manera más detallada, precisa y completa que pudieras, ¿no tendría sentido que lo basaras en una persona de tu entorno, alguien a quien conocieras bien y que aportara credibilidad al retrato que ofreces? No es descabellado pensar que algunos de los personajes literarios más complejos y llamativos que conocemos se pudieron inspirar en su momento en algún amigo, familiar o amante del autor. Por supuesto abundan las teorías, las hipótesis y los rumores, pero en algún que otro caso es difícil discutir la evidencia, bien porque el personaje es demasiado parecido a su fuente, o bien porque el propio escritor ha desvelado su origen.

Una de las correspondencias que los críticos y aficionados siempre han considerado más claras es la de Dorian Gray, protagonista de la novela El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, con el amigo (y probablemente amante) de Wilde, el joven apolíneo John Gray. John era, como el Dorian de la novela, extraordinariamente bello, y decían de él que con 25 años podía pasar sin problemas por un efebo de apenas 15. Entre el grupo de amigos de Wilde y de Gray bromeaban con el homenaje que le había realizado Oscar al inspirarse en el joven poeta londinense para crear al personaje que no envejecía, que permanecía lozano mientras que el retrato escondido en su ático se marchitaba a ojos vista, en representación de la decadencia carnal y espiritual de Dorian. Sin embargo, conforme la noticia del origen de este personaje se hacía más y más notoria, y la novela de Wilde acumulaba críticas negativas y acusatorias, John comenzó a negar que existiera tal relación entre su persona y el libro de su amigo, y Wilde terminó declarando que había conocido a John mucho después de escribir el libro, una afirmación poco plausible que surgió, con toda seguridad, por petición del avergonzado John, que además se alejaba más y más de su antiguo amigo y maestro a medida que este se distanciaba de él y de su círculo habitual de amistades debido a su relación con lord Alfred Douglas, por quien al final daría con sus huesos en la cárcel.

Gray sufrió, al igual que el propio Wilde, una transformación espiritual tras sus peores penurias. Wilde la tuvo en prisión, donde escribió De profundis, y Gray, tras entregarse durante un tiempo a las frivolidades y tentaciones de la capital británica, y tal vez influido por el terrible proceso al que había sido sometido su viejo amigo, renunció a la carne y se ordenó sacerdote. Su conversión influyó asimismo en la carrera de su compañero más íntimo, Marc-André Raffalovich, un poeta francés de origen judío conocido sobre todo por sus escritos sobre el tema de la homosexualidad y su relación con el catolicismo. Raffalovich se hizo dominicano y siguió viviendo muy cerca de Gray, con quien nunca dejó de mantener una amistad íntima pero (supuestamente) casta. Falleció de manera repentina en 1934, y Gray, desolado, apenas le sobrevivió cuatro meses.

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Después del apocalipsis (I)

AutorGabriella Campbell el 2 de octubre de 2012 en Divulgación

Literatura y apocalipsis

Por mucho que uno pueda estar a favor o en contra del género de la ciencia ficción, es indiscutible que nos ha ofrecido, de todas las maneras concebibles, uno de los temas favoritos de la literatura: el qué será de la Humanidad una vez ocurra ese gran fenómeno o masacre que nos diezme y destruya; ese momento terrible en el que apenas quede un puñado de nosotros para enfrentarse a la mortalidad de nuestra especie. No son pocos los libros que han decidido dedicarse a la temática postapocalíptica; al fin y al cabo es un principio que juega con nuestros peores temores: la muerte, la lucha por la supervivencia y el final de todo lo que conocemos, ya sea por invasión alienígena, catástrofe natural o la propia estupidez humana.

En este sentido he querido reunir una lista de obras que se concentran en el momento posterior al desastre. Generalmente se centran en la lucha por sobrevivir, el conflicto terrorífico de los recursos escasos, el estrés postraumático y la pregunta de si seremos capaces de seguir poblando la Tierra, de si tenemos futuro como especie. A continuación enumero algunas de las que considero que son las más importantes (y encontraréis unos cuantos más en la segunda parte del artículo):

Apocalipsis, de Stephen King. El título lo dice todo. Lo mejor de esta novela de King es que además de postapocalíptica es preapocalíptica; narra lo ocurrido después de una gran epidemia que mata a gran parte de la población humana, pero a la vez se trata de un enfrentamiento tradicional entre el Bien y el Mal, un conflicto milenario que antecede a una posible destrucción definitiva del hombre. King consigue inspirar miedo, asco y admiración a un mismo tiempo y, como suele ocurrir en sus novelas, el Mal es el que más recursos y herramientas tiene, con diferencia. Durante la mayor parte de la obra el lector tiene la sensación de que es imposible que el Bien prevalezca y, más aún, que el ser humano sobreviva a esta nueva oleada de devastación, producto de su propia idiotez.

Soy leyenda, de Richard Matheson. Algunos argumentarán que es la novela zombi por excelencia, pero los muertos vivientes de Matheson son vampiros, si bien vampiros idiotizados y básicos que poco tienen que ver con los elegantes chupasangres de una obra de Anne Rice o similares. En un mundo donde una extraña enfermedad ha convertido en monstruos a todos los que el protagonista, Robert Neville, ha conocido y amado, debe enfrentarse al insoportable hecho de ser, posiblemente, el único hombre vivo del planeta. A diferencia de lo que ocurre en su adaptación cinematográfica, Neville no consigue salvaguardar la existencia humana, de una manera original y muy distinta a lo que suelen tratar las obras de esta temática. La durísima realidad de aceptar un nuevo orden evolutivo y el fin de su especie coloca a esta novela entre las mejores de su género y temática.

Guía del autoestopista galáctico, de Douglas Adams. Esta trilogía de cinco libros (como la definía el propio autor) no encaja con lo que generalmente definiríamos como novela postapocalíptica, pero lo cierto es que narra las aventuras de un humano y varios extraterrestres tras la destrucción de la Tierra, un hecho que es, además, de poca relevancia en el texto. Nuestro planeta sucumbe a la burocracia interespacial, y de un día para otro es derruido para construir una autopista galáctica. En lo que se refiere a la destrucción de la Tierra, tal vez sea la mejor y más absurda de las que pueden leerse.

En la siguiente entrega del artículo seguiremos analizando las mejores obras que examinan el posible final de la Humanidad y, mejor aún, la precaria supervivencia consiguiente.

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Escritores en el púlpito

AutorJuan Manuel Santiago el 1 de octubre de 2012 en Divulgación

Escribir en la cama

No, no quiero hablar de la manía que tienen muchos escritores de convertir sus escritos en un púlpito, soltar sermones de manera indiscriminada y, en definitiva, pontificar como si el mero hecho de tener obra publicada (me encanta esta expresión) los situara varios peldaños por encima del común de los mortales.

(Bueno, sí que quiero, pero tampoco me parece que este blog sea el lugar más apropiado para hacerlo.)

En realidad, el título de esta entrada viene a cuento de las excentricidades a las que nos tienen acostumbrados algunos autores. Es cosa sabida que los escritores son más raros que un perro verde, y que cada uno tiene su superstición favorita. Que si solo pueden trabajar en horario de oficina. Que si solo pueden escribir en ayunas. Que si no consiguen completar ni una línea si no han hecho antes una caminata de tres horas. Que si…

A estas alturas, no debería extrañarnos ninguno de los peculiares hábitos de esa especie llamada escritor. Como, por ejemplo, el hecho de que algunos de ellos… ¡escriben de pie! ¡Pero qué mal tiene que andar esta gente de las varices, por favor! ¿Os imagináis a Tolstoi escribiendo Guerra y paz en postura vertical? Es mucho más descansado escribir tumbado en la cama, como hacía Marcel Proust, pero luego te sale lo que te sale: literatura propia de un burgués acomodado y un poquito hijo de mamá. No. Escribir es sufrir, para sacar el máximo partido a tus habilidades tienes que estar tenso y alerta, y adoptar una postura incómoda es un buen mecanismo para rendir más.

Este es el modus operandi de Eduardo Mendoza, quien, si le preguntan al respecto, añade que solo recurre a esta técnica para redactar los borradores de sus obras. Cuando escribe la versión definitiva deja de lado su pupitre elevado, copia de un escritorio alemán del siglo XVIII, y escribe sentado, como tiene que ser.

Mendoza no es el único. De hecho, hay autores que han ido más lejos que él. Por ejemplo, Ernest Hemingway mecanografió Por quién doblan las campanas de pie, descalzo (pero con los pies mulliditos, porque lo hacía sobre una alfombra hecha con la piel de uno de sus trofeos de caza), descamisado, en bermudas y en uno de los rincones más bulliciosos de su casa.

Más ejemplos. El golpe de genio (o de locura) que llevó a Fernando Pessoa a urdir su intrincada red de heterónimos le llegó un 8 de marzo de 1914, mientras escribía de pie: le salieron treinta y tantos poemas de una tacada, y allí nació Alberto Caeiro. Siempre lo consideró el día triunfal de su vida.

Hay más ejemplos. Philip Roth presume de escribir siempre de pie, desde que se dio cuenta de que eso lo ayudaba a liberar la mente. Y Vladimir Nabokov no solo escribía de pie, sino que también necesitaba que su lápiz estuviera siempre impecablemente afilado.

Vemos, pues, que escribir de pie no es tan extraño como pudiera parecer.

(De todos modos, me sigo quedando con el método de escritura de Marcel Proust.)

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Emily Dickinson sale de su reclusión

AutorGabriella Campbell el 29 de septiembre de 2012 en Divulgación

Emily Dickinson

Emily Dickinson, nacida en Amherst, Massachusetts, el día 10 de diciembre de 1830, siempre ha sido uno de esos grandes misterios literarios que ha confundido incluso a los biógrafos más avezados. Dickinson, a pesar de tener una juventud bastante sociable y relativamente feliz, fue encerrándose poco a poco en su hogar, cada vez más afectada por las frecuentes muertes que la rodeaban. Torturada por los fallecimientos de sus seres más queridos, Emily se concentró en cuidar de su madre, del hogar familiar y de su propia poesía. No fue hasta su muerte cuando su hermana Lavinia encontró los más de 800 poemas que guardaba en su habitación.

Tal como le había pedido su hermana, Lavinia quemó toda su correspondencia, y los poemas quedaron en manos de la esposa y de la amante de su hermano, quienes durante años se disputaron la edición y publicación de su obra. Si bien conservamos, gracias sobre todo a estas dos mujeres rivales, la mayor parte de la obra poética de Emily, casi todos sus documentos personales se han perdido en el tiempo, y por tanto tiene importancia singular la aparición de un daguerrotipo cuya imagen podría representar a la poetisa.

Hasta la fecha solo se habían encontrado dos imágenes de Dickinson cuya autenticidad estuviera avalada por los expertos. Se trataba de una pintura, donde aparecían ella y sus hermanos, y la otra, una fotografía, donde aparecía una Emily adolescente. En los últimos cincuenta años han surgido dos nuevas contendientes, supuestas fotografías de la poetisa, pero ambas han sido, por lo general, desacreditadas y se duda seriamente de que representen a Emily. Y ahora aparece una nueva imagen, un daguerrotipo que, si bien todavía no las tiene todas consigo, está despertando verdadero interés entre los expertos. La Dra. Susan Pepin, directora de neuro-oftalmología del Dartmouth Medical School en Estados Unidos, está convencida de la identidad de una de las dos mujeres que aparecen en la imagen, a las que identifica como Emily y como Kate Scott Turner, una de sus amigas. Pepin ha llevado a cabo una comparativa anatómica muy precisa y detallada entre esta imagen y las demás conservadas; se estima que esta es de finales de los 1850, donde la escritora parece tener entre 27 y 33 años, aproximadamente. El vestido que lleva estaría, entonces, más que pasado de moda, pero parece ser que esto era algo más que usual en el caso de la autora de Amherst.

Mucho se ha especulado acerca de las razones que llevaron a Emily a resguardarse en su domicilio cada vez más a partir de 1860. Lejos de perder el contacto con el mundo exterior (sabemos que se carteaba de manera frecuente con amigos y parientes, y que aceptaba visitas en su hogar), dejó simplemente de salir de la residencia familiar (se ha teorizado que padecía de agorafobia, entre otras muchas afecciones como la depresión, la epilepsia o un caso grave de desamor). Fue en estos años cuando escribió la mayor parte de su producción poética, fue en su habitación donde tuvo su gran explosión creativa. Nos queda tan poco de ella misma, de su vida, que una imagen podría valer, tal vez, más que mil palabras. El tiempo nos dirá si se trata de la Dickinson o de cualquier otra mujer joven de la época que tuvo la fortuna de compartir con ella la misma nariz y una misma mirada brillante.

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La edad de la duda, de Andrea Camilleri

AutorAlfredo Álamo el 28 de septiembre de 2012 en Reseñas

La edad de la duda - Andrea Camilleri

El autor italiano Andrea Camilleri es uno de los grandes autores del género negro en Europa y lo es, precisamente, por su facilidad para crear obras como la que hoy nos ocupa; La edad de la duda es, como casi todas las novelas protagonizadas por Salvo Montalbano, una pequeña obra maestra.

Para quien no conozca a Salvo Montalbano, decir que es un comisario de una pequeña ciudad en Sicilia, con una gran capacidad para resolver crímenes sólo igualada por sus ganas de comer, beber un poco de vino y disfrutar de las mujeres, aunque, como bien dice el título del libro, esté ya en la edad de la duda. Y es que Montalbano, inmerso en una relación cada vez más distante y, por momentos, irreal, pierde a veces el norte en cuanto a sus sentimientos y sus impulsos, dejándose llevar a mundos imaginarios, y lujuriosos, por mujeres jóvenes de hermosas facciones.

En La edad de la duda a Montalbano le pasa algo así, claro que, como siempre en las novelas de Camilleri, la vida privada del comisario es indisoluble de sus acciones para resolver un crimen. Aquí nos encontramos con una intriga en la que se ve envuelto el cadáver de un desconocido que un velero de lujo ha recogido cerca del puerto de Vigatta, tan cerca que es responsabilidad suya encontrar al culpable y no de las autoridades marítimas. Mientras intenta librarse de la burocracia y juega, muy al límite, con la paciencia de sus superiores, Montalbano irá pensando sus movimientos mientras desgrana menú tras menú en la trattoria de Enzo. Hay ocasiones en las que pienso que con la vida que tiene, Camilleri pronto nos escribirá La edad del infarto con Montalbano en el hospital.

La edad de la duda es un libro que se lee en apenas unas horas y que divierte como el resto de la serie de libros de Camilleri. Rápido, inteligente y con diálogos antológicos. Una nueva muestra de que lo bueno, si breve, dos veces bueno. Por fortuna, todavía tengo unos cuantos libros de Montalbano por leer. Más que recomendable.

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Firmas, firmas, firmas (II)

AutorGabriella Campbell el 27 de septiembre de 2012 en Divulgación

Firma - Umberto Eco

En la primera parte del artículo os hablábamos de los intentos de diversos autores por conseguir un récord Guinness con grandes firmas coordinadas de libros (y de paso, obtener un buen número de ventas para la librería responsable). Como contraste a estos gigantescos eventos organizados y dirigidos hacia un récord de firmas, llama la atención lo que le ocurrió a la escritora Jacqueline Wilson en la localidad británica de Bournemouth. Wilson entró en una librería local con la intención de pasar un par de horas, pero acabó quedándose hasta medianoche, firmando más de 3000 libros. Lamentablemente, la librería no había convocado a los del Guinness, ya que la reacción de los aficionados fue totalmente inesperada, y no pudo ser contabilizada como récord. Es muy probable que haya habido más casos similares, encuentros esporádicos de autores con su público donde comienzan a formarse larguísimas colas y el autor, que no quiere decepcionar a aquellos que llevan horas esperando para conseguir una rúbrica, permanece al pie del cañón durante el tiempo que haga falta.

De nuevo regresamos a la pregunta con la que reflexionábamos en la entrega anterior: ¿realmente merece la pena acudir a estas firmas? En un momento en que el libro es más efímero que nunca, donde las ediciones baratas de bolsillo pueden caerse a trozos una vez leídas, está claro que la firma ya no es una inversión. Hay puntos de venta que hacen negocio con ella, vendiendo a precios especiales centenares de ejemplares para los que han secuestrado al autor, encerrándolo en la librería hasta que termine de firmar, solo ante el propio librero y algún que otro empleado, todos los libros designados. Pero, por lo demás, si hay escritores que firman sus libros de mil en mil… ¿realmente tendrá algún valor, más allá de lo meramente emocional, una copia más con un autógrafo ilegible? No todos los autores son, después de todo, tan entregados como Enrique Jiménez Corominas (portadista de la edición de Gigamesh de Canción de hielo y fuego y autor de maravillas visuales como Dorian Gray, adaptación al cómic de la novela de Oscar Wilde), que cuenta con las colas de firma más lentas de la historia, debido a su dedicación a todas y cada una de sus rúbricas, debidamente ilustradas.

Con todo, a veces merecen la pena estas firmas masivas por la aventura que suponen para escritores y lectores. A Jonathan Franzen le robaron las gafas en una firma de Gran Bretaña, y el temible ladrón exigió un rescate de 100.000 euros por ellas (por fortuna pudieron atrapar al culpable antes de que los aficionados tuvieran que hacer una colecta para recuperar este accesorio tan valioso, ya que eran las mismas gafas con las que Franzen había posado para la portada de la revista Time). El humorista y presentador estadounidense Jimmy Fallon se llevó una sorpresa firmando en Manhattan cuando una de las asistentes, ataviada con un bigote falso, se quitó la parte de arriba para mostrarle sus encantos más privados. Pero siempre podría ser peor: la política estadounidense Sarah Palin firma bebés.

Como siempre, os animamos a contarnos vuestras propias experiencias en los comentarios al artículo. ¿Cuál fue la última firma de libros en la que estuviste? ¿Y la mejor dedicatoria o autógrafo que te han hecho? Quedamos a la espera de conocer vuestras experiencias en esto de las firmas de libros.

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Vicio propio, de Thomas Pynchon

AutorRaquel Vallés el 26 de septiembre de 2012 en Reseñas

Vicio Propio - Thomas Pynchon

Thomas Pynchon es uno de los autores más importantes de la literatura norteamericana contemporánea, a pesar de su relativamente corta producción, tan sólo ocho novelas, lo que no ha evitado que aparezca en las quinielas del premio Nobel cada año. Sus novelas tienen la fama de ser densas y complejas y se habla de Vicio propio, la última, como una de las más ligeras y con mayor de capacidad de conexión con el gran público; así que, si no conocéis a Pynchon esta puede ser la novela para iniciaros.

Vicio propio es una novela negra con todos los componentes que se necesitan para escribir un clásico: un detective carismático, una, o varias, femme fatale, ricos con problemas, mujeres infieles, policías corruptos, traficantes de drogas, cobradores de deudas, ayudantes del fiscal,… cada uno con un turbio pasado, algo que ocultar o información que ofrecer. Todo esto parece estar relacionado con un caso de secuestro que huele a gran conspiración y en el que parece que la respuesta a ¿qué es el Colmillo Dorado? es fundamental.

El detective Doc Sportello intentará, a ritmo de Surf Rock, averiguar qué es realidad y qué no lo es, mientras fuma canuto tras canuto. Estamos en Los Ángeles de finales de los 60, en el paraíso de los surfistas, los fumetas, en plena la guerra de Vietnam, y con la sombra de Charles Manson astillando el espejismo de la juventud de los 60.

Durante más de 400 páginas Pynchon nos lleva a través del a veces nebuloso mundo de Sportello con viajes astrales a Lemuria, visitas a centros de desintoxicación para ricos o a Las Vegas, acompañado por los más pintorescos personajes, mientras el FBI parece estar en todas partes.

La prosa de Pynchon es densa, rica, con continuas referencias a la cultura popular, una prosa en la que, a pesar de su complejidad, la acción y los personajes discurren de manera fluida, donde los capítulos se van sucediendo uno tras otro sin que puedas dejar de leer. Sin duda, parte de la culpa es del personaje de Doc Sportello, a quien no he podido evitar visualizar en todo momento como el Notas de la película de El Gran Lebowsky. No es el único personaje que parece haber salido de una película, después de todo estamos en California rodeados de aspirantes a actor.

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Firmas, firmas, firmas (I)

AutorGabriella Campbell el 25 de septiembre de 2012 en Divulgación

Katie Price

Cuando autores superventas como George R. R. Martin tienen un poder de convocatoria que les obliga a firmar cerca de 1000 libros diarios allá por donde van, uno comienza a preguntarse hasta dónde son capaces de llegar los lectores por contar con un garabato que ilustre las primeras páginas de sus libros. Se trata, en muchas ocasiones, de un afán coleccionista difícil de entender: los aficionados son capaces de esperar durante horas bajo sol, lluvia o truenos solo para conseguir una firma que añada valor a sus obras favoritas. A veces, ni siquiera son favoritas. En una cola de firmas reciente, escuché de boca de una aficionada, hablando de una autora española: No me gusta nada su primer libro. Apenas lo he hojeado, no me parece que esté bien escrito. Pero me lo compré y lo he traído para tenerlo firmado. Tras un buen rato dorándonos (y quemándonos) al sol, mi paciencia se agotó y me di por vencida. La coleccionista que quedaba detrás se mantuvo firme, a la espera de contar con un autógrafo en su libro no deseado. Por lo menos se llevaría una bonita dedicatoria, a diferencia de otros escritores que, debido al volumen incesante de libros por firmar, no tienen más remedio que limitarse a un pintarrajo rápido y un simple “hola” dedicado a cada lector.

Pero las firmas son un aliciente estupendo para librerías y editoriales. Si bien muchos aficionados llevan ya los ejemplares de casa, el número de ventas de una buena firma no es nada desdeñable. Son, también, una ocasión única para conocer, aunque sea de manera mínima, al autor; una oportunidad para cruzar dos palabras, sacarse una foto y ver de cerca a nuestros ídolos literarios.

Para grandes fenómenos de masas esto de las firmas puede llegar a límites insospechados. En julio de 2011, la modelo y celebridad anglosajona Katie Price (conocida sobre todo por su generoso escote y apego a participar en realities de baja estofa), intentó batir el récord Guinness de más libros firmados en menos tiempo. Con su libro Comeback Girl (cuyo argumento, en palabras de la propia Price es una cantante que tiene fama y la pierde y tiene hombres que se acuestan con ella y lo cuentan por ahí y entonces consigue un puesto en un programa tipo Factor X, y entonces se hace famosa otra vez y conoce a otros hombres pero el final es feliz), intentó superar el récord previo, que ostentaba el campeón ajedrecista Anatoly Karpov, quien firmó 1951 copias de su libro en ocho horas en 2006. No hay duda de que el intento sirvió como reclamo publicitario: Price no llegó a batirlo pero se llevó unas sustanciosas (y agotadoras) ventas en esas largas horas.

No ha sido la única que se lo ha propuesto (el autor de novela gráfica Qais Sedki también procuró superar el número de libros firmados por Karpov, en febrero de este año, sin éxito). El récord se define como mayor cantidad de libros firmados en una sola sesión. Los libros deben comprarse antes de firmarse (nada de firmar libros para luego devolverlos a la estantería) y debe mantenerse una cola de personas a la espera durante toda la sesión (asumimos que en el momento en que termine la cola se dará por concluida). Solo puede firmarse un libro por persona.

En la segunda parte del artículo os ofreceremos más datos acerca del curioso mundo de las firmas de libros.

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Cómo ha cambiado el cuento (II)

AutorGabriella Campbell el 24 de septiembre de 2012 en Divulgación

Fables

En la primera entrega del artículo hablábamos de la evolución que habían sufrido algunas narraciones infantiles clásicas, y en lo sorprendente que resulta ver cómo, a lo largo del tiempo, se han ido perdiendo algunos de los aspectos más terroríficos o simplemente desagradables de los cuentos. Un ejemplo claro en este sentido es la versión moderna de La sirenita, que en el relato original de Andersen vendía su lengua por unas piernas, por unas extremidades de lo más incómodas que le producían un dolor insoportable a cada paso que daba.

Pero puede que el doloroso asunto de las piernas no sea el más cruel, ni es el único aspecto que el cine y la literatura se han empeñado en modificar con el paso de los siglos. La sirenita es una gran historia de amor, en la que la protagonista sacrifica su tesoro más preciado, su voz, por la posibilidad de convivir con el hombre al que ama. Solo que en la narración original no es exactamente así. Si bien la sirena se enamora del príncipe, al que observa de lejos en su primera visita al mundo exterior, descubre que, de conseguir que el príncipe corresponda a su devoción, ella obtendrá un alma inmortal como la de los humanos (en el cuento de Andersen, las sirenas viven mucho más que los hombres, unos trescientos años, pero carecen del alma inmortal que permitiría a los humanos vivir para siempre tras su muerte física). Realmente no queda claro si la motivación principal de la protagonista es el amor o el deseo de vivir para siempre. En cualquier caso, como en las mejores y más absurdas tragedias, el príncipe termina por enamorarse de otra: una princesa de un reino vecino que resultó ser la misma joven que lo rescató de su naufragio (realmente había sido la sirena quien le había salvado la vida, y he ahí el giro desafortunado de la trama). La sirena tiene un dilema final: si mata al príncipe con una daga que le ha concedido la misma bruja que le cortó la lengua, recuperará su cola; si no lo hace perecerá al amanecer, convertida en espuma de mar. Al tomar la decisión más noble y negarse a asesinar a su amado, la sirena se redime, convirtiéndose en una especie de espíritu benéfico que podría llegar a alcanzar ese alma inmortal que tanto anhelaba. Pero el daño ya está hecho: tanta mención a caminar sobre cuchillas y la posibilidad de que la sirena actuase de un modo más egoísta que amoroso son puntos muy interesantes de la narrativa de Andersen que sus numerosas adaptaciones se han ocupado de eliminar.

Pero no solo de lo políticamente correcto viven los narradores de nuestros días. Hay quien gusta de recuperar lo más antiguo y salvaje de los cuentos infantiles. En este sentido ha sido especialmente productivo el cómic: la popular Fábulas de la colección Vertigo de DC reinventa a los personajes clásicos del cuento, y para ello recurre con frecuencia a su lado menos afable y moralista. De este modo, frente a la tendencia de modificar las narraciones tradicionales con el objetivo de “adaptarlas” para una época distinta, surge el interés por el reverso tenebroso de todos esos protagonistas con los que crecimos.

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Robopocalipsis, de Daniel H. Wilson

AutorAlfredo Álamo el 22 de septiembre de 2012 en Reseñas

Robopocalipsis - Daniel H. Wilson

Robopocalipis es el complicado título que Daniel H. Wilson le ha dado a su primera novela publicada en castellano, un obra de ciencia ficción que ha sido del agrado de la productora cinematográfica de Steven Spielberg, con lo que podríamos ver una adaptación -en cine o en televisión- en un futuro no muy lejano, eso si las máquinas no nos han extinguido antes.

El autor es ingeniero robótico, se nota, y es conocido por su labor como divulgador científico en revistas como Popular Mechanics, además de colaborar en medios como el Canal Historia.

Wilson no se complica demasiado la vida a la hora de escoger el formato para su libro y se decanta por el mismo que tan buen resultado le dio a Max Brooks en su Guerra Mundial Z e hilvana la historia a partir de relatos individuales de varios personajes que son unidos por un único protagonista. Pero vayamos al meollo de la cuestión. ¿De qué va Robopocalipsis?

Bien, situémonos en un futuro cercano: un científico crea una inteligencia artificial lo suficientemente lista como para escapar de su cuidadoso control y que se encarga de modificar a los cientos de miles de robots que sirven a los humanos para que se rebelen y tomen el control del mundo. Aunque esto parezca la introducción de Terminator 2, con el nacimiento de Skynet incluido, la mayoría de las historias se centran más en la aventura humana y la lucha contra un enemigo casi indestructible. Quizá Wilson peca en algunos momentos de emotivo, pero la lectura del libro se hace ágil y no decae en ningún momento. Eso sí, Robopocalipsis es un libro que apenas tendrá eco fuera del aficionado a la ciencia ficción, e incluso dentro de ese género no aporta idea nueva alguna, excepto, quizás, el diseño de los robots, donde se nota su gran formación en el tema.

En resumen, un divertimento para pasar el rato, bien escrito y que será, con toda seguridad, un proyecto parecido al que Spielberg ya nos ofrece con Falling Skyes, solo que sustituyendo alienígenas por robots de todo tipo y condición. Se espera que se pongan a ello en 2014, así que todavía tenéis tiempo para leer el libro.

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