La distopía en la literatura

La palabra utopía, acuñada por Tomás Moro en su obra homónima, influenciada por la famosa República de Platón, podría provenir de la palabra griega “u-topos“, (no lugar) o de “eu-topos“, (buen lugar). Moro buscaba una manera de designar un lugar perfecto, un mundo ideal, una civilización evolucionada. Sin embargo, como demostró la propia experiencia de Platón, que intentó llevar su utopía a la realidad en Siracusa, con frecuencia el futuro no nos trae perfección y mejoría, sino desastre. Y aquí es donde comenzamos a hablar de distopía. Por su carácter futurista y especulativo, se trata de un subgénero temático que suele encuadrarse en el género de la ciencia ficción.
Aunque hay muchas formas de clasificar la distopía, tal vez podríamos dividirla en dos grandes subgrupos que hacen referencia a la actitud del lector y/o de los personajes frente al mundo en que viven. Podríamos hablar por un lado de distopías patentes, en las que es más que obvio que algo va mal, que este futuro es terrible; y por otro lado de falsas utopías, en las que la situación distópica no es, de primeras, aparente, ya sea porque los propios ciudadanos no sean conscientes de la realidad que se esconde bajo una situación en apariencia perfecta y feliz, o bien porque la perspectiva principal (la del protagonista y, por tanto, del lector) no descubra dicha situación hasta bien avanzada la narración. Este sería el caso de obras como Los desposeídos, de Ursula K. Leguin, donde el exuberante mundo de Urras acaba mostrándose como clasista, injusto y deshumanizado frente al duro mundo de Anarres, que termina por descubrirse como funcional y éticamente evolucionado, a pesar de su excesiva burocracia y tensión interna; o de Un mundo feliz, de Aldous Huxley, donde la supuesta felicidad de una civilización consumista y drogadicta se pone en entredicho con la aparición de un extraño que todavía conserva algunas de las costumbres de una cultura más antigua y moralmente férrea. En éstas, el mayor giro argumental suele producirse cuando el lector y/o los personajes descubren, en una revelación bien progresiva o bien repentina, que están siendo engañados y que se enfrentan, sin haberlo sabido, a un mundo cruel y despiadado. Con frecuencia, es la crueldad de este mundo la que permite su propia supervivencia, como ocurre en la película Cuando el destino nos alcance (basada en la novela de Harry Harrison de 1966 ¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio!), en la que los habitantes de un mundo con escasez de alimento consumen carne humana sin saberlo. En este tipo de libros, suele insistirse en el poder mediático, religioso y de propaganda política, que, de manera perturbadora, asegura el mantenimiento del statu quo, y la sumisión de los habitantes. En esto era todo un maestro George Orwell, que con el paradójicamente llamado Ministerio de la Verdad de su 1984, reescribía la historia según las necesidades políticas del momento, del mismo modo que se reescribían los mandamientos de los animales en Rebelión en la granja, que se levantaban para encontrarse con sutiles cambios en las palabras que definían su existencia. Junto al poder mediático suele cobrar importancia el uso de herramientas de distracción, que mantienen sosegados y felices a los ciudadanos, como el poder de la televisión (o su equivalente futurista) en Farenheit 451, o de las drogas y el consumismo exacerbado en obras como Un mundo feliz o Mercaderes del espacio.
Por lo general, cuanto más se acerca una distopía a temas que están presentes en nuestro tiempo, es decir, cuanto más plausible nos resulte, más incómoda y cercana será y, por tanto, mayor impacto tendrá en el lector. El poder de los medios de comunicación, la superpoblación, la escasez de alimentos, el neoliberalismo más extremo, la devastación ecológica… todos son problemas que reconocemos en nuestro mundo actual y que nos dirigen hacia un futuro poco prometedor.
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24 de octubre de 2011 a las 10:45
Buenos días,
Al leer esto, me sentía en la obligación de puntualizar que, aunque parezca un poco extremista, actualmente está sucediendo esa distopía en la que los ciudadanos no se dan cuenta de los fallos y la crueldad de su propia sociedad. Al fin y al cabo, los jóvenes son manejados por los políticos y se lanzan a protestas colectivas sin tener ni idea de qué piden o reivindican, nos ahogamos en una crisis cada vez más acuciante y para la mayoría de la gente tan solo importa “la Belén Esteban” en los programas de televisión…
Y me he di cuenta hace un tiempo, que el problema de esta situación era como disfrazaban la información y la falta total de razón crítica por parte del ciudadano.
Resumiendo, no hace falta mirar al futuro para pensar en distopía.
A parte, me ha gustado especialmente cómo ha relacionado temas filosóficos con temas literarios.
Un saludo,
Kio
13 de diciembre de 2011 a las 0:12
Mira cuanto gustes que si no lo has visto antes, es decir si alguien no lo ha señalado antes con su dedo y dicho «¿ves? eso es tal cosa», pues no lo verás. Si eres de ciudad te parecerá ridículo pero «sólo eres capaz re-conocer lo que ya conoces de antemano». Si aparece ante tus ojos algo completamente desconocido es casi imposible que lo veas. No vas a «re-conocer» lo que en primer lugar jamás has «conocido». Cuando mucho mirarás porque tu ojo «nota» que hay algo allí. Sucede igual que cuando el hombre común mira la problemática de «el mundo en el que vive»; lo mira en plan «se nota que hay algo allí».
Lo que preocupa es que, justamente, estos no son «problemas que reconocemos en nuestro mundo actual», tal como finaliza el artículo. ¿Tú qué crees? ¿Qué porcentaje de la población del mundo ha leído estos libros? ¿Un cuánto por ciento? ¿Cuántos de tus contemporáneos dices que «conocen» esta problemática y, por tanto, son capaces de «re-conocerla» cuando la vean posarse sobre su nariz..?
30 de diciembre de 2011 a las 1:07
Creo que en libros relacionados con la “Utopia”,debería estar también “Elogio de la locura” de Erasmo de Roterdam y “El Principe” de Maquiavelo.
17 de agosto de 2012 a las 12:39
[...] [...]
29 de abril de 2013 a las 1:03
[...] resultados. Y tampoco a otras editoriales, ya que les ha sucedido lo mismo. Por lo tanto, la distopía fue una decepción porque todo el mundo apostaba por ello y no ha ocurrido lo que [...]