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Recetas literarias de cocina

AutorJuan Manuel Santiago el 7 de noviembre de 2013 en Divulgación

Festín de Hielo y Fuego

Podría parecer que los libros, esos objetos planos en los que fijas la vista en una pantallita o un libro, no exaltan ni despiertan algunos sentidos como el gusto o el olfato (salvo que tengan ese evocador olor a libro viejo), y son más táctiles y, por supuesto, visuales. Sin embargo, sus páginas pueden estimular los sentidos y hacernos salivar de mala manera. Por supuesto, no hablo de los libros de cocina al uso, sino de esos recetarios que se nos cuelan de tapadillo, entre las páginas de ensayos o novelas, y que hacen que nos rujan las tripas por lo que estamos leyendo, y casi, casi, sintamos que nos estamos dando un auténtico festín al tiempo que los personajes de los libros.

La cocina es una magnífica manera de entender el contexto en que se desarrolla la obra: antes de la globalización, pocas cosas había tan características de una sociedad como su manera de comer. Los autores de las novelas históricas, de aventuras o de fantasía, así como de los libros de viajes, se valen de lo que comen los personajes para mostrarnos las diferencias culturales entre los viajeros y los aborígenes, entre el pasado o el futuro remotos de la narración y el presente del lector. Esto se puede hacer extremando el humor, como hace Stanislaw Lem en uno de los relatos de Ijon Tichy presentes en Diarios de las estrellas. Viajes, en el que confunde al embajador de un planeta con una lata de refrescos y, de paso, provoca el primer conflicto interestelar de la humanidad, pero también se puede hacer con un afán detallista que nos introduce en situación y nos hace comer (y, por lo tanto, pensar) igual que los personajes: baste leer cualquier novela con ambientación histórica para saber de qué hablo. ¿Un ejemplo? Amada de los dioses, de Javier Negrete, cuya acción transcurre en la Grecia clásica y que deja con ganas de fidelizarse a la dieta mediterránea para los restos.

La cocina puede ser un elemento circunstancial de la narración, pero también su razón de ser. A Como agua para chocolate, de Laura Esquivel, o Chocolat, de Joanne Harris, los remito, si quieren ver los efectos del estimulante chocolate en obras de ficción. Pero también puede ser el hilo conductor de libros de ensayo, como es el caso de La mafia se sienta a la mesa, de Jacques Kermoal y Martine Bartolomei, que plantea un recorrido por la historia de la Cosa Nostra a ambos lados del Atlántico, planteado a través de los menús más significativos para los eventos más destacados de su historia. No verán, claro está, las albóndigas que el emparanoiado Ray Liotta prepara durante el cuarto de hora más desquiciado de Uno de los nuestros, de Martin Scorsese, pero sí se les detallará la receta del menú con el que los primeros capos agasajaron a un inocentísimo Garibaldi que estaba convencido de que liberaba Sicilia del yugo opresor, en vez de entregársela a la mafia para siempre, o qué comía Don Vito Cascio Ferro entre matanza y matanza, o cuáles eran los caldos favoritos de Lucky Luciano. Antropología, historia, crimen, cocina, ensayo y psicología unidas en un libro la mar de curioso y recomendable.

Dejamos para el final el nivel supremo de frikismo culinario: las recetas inspiradas en obras de fantasía o ciencia ficción. El bibliófilo que se mueva en el mercado francófono podrá dar con un recetario de cocina basado en las obras del recientemente fallecido Jack Vance, cuya referencia exacta he sido incapaz de encontrar pero sé que existe porque le vi un ejemplar al escritor y estudioso de la ciencia ficción Carlos Saiz Cidoncha; en todo caso, hay foros y más foros de Internet con asuntos abiertos sobre lo que comen los personajes de las series de Lyonesse, los Valerosos Hombres Libres o Alastor. Evidentemente, cualquier friki que se precie habrá tomado hidromiel, algún torpe simulacro de lembas (que, de manera invariable, acaba pareciéndose al pan de los enanos de Mundodisco) o incluso cerveza romulana en eventos especializados en J. R. R. Tolkien o Star Trek; por no hablar del supuesto garum que adereza las cenas temáticas que celebran los aficionados a las novelas de romanos, y que por lo general no es más que un triste revoltijo de aceitunas y anchoas mal prensadas. Y ahora mismo, gracias a Festín de hielo y fuego, cualquiera tiene al alcance de su mano las recetas originales que animan sobremanera los acontecimientos sociales de la serie Canción de Hielo y Fuego, de George R. R. Martin.

Por lo que a mí respecta, déjenme que celebre a mi manera el décimo aniversario de la muerte del inefable Manuel Vázquez Montalbán: tratando de preparar alguna de las recetas que se cocinaba Pepe Carvalho entre caso y caso. Pero de las del principio, ojo, que eran mucho menos estragantes y barrocas que las de las últimas novelas.

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