Tigre Blanco, de Aravind Adiga

Desde una premisa un tanto peculiar, Tigre Blanco se compone de una serie de cartas – o notas, más bien- que un avispado empresario de Bangalore tiene a bien enviarle al primer ministro chino en su visita a la India, Adiga es capaz de retratar de manera magistral los últimos quince años de la India, alternando pinceladas delicadas con gruesos brochazos.
Lo que es en realidad la historia de un muchacho, al principio sin nombre aunque reciba el de Balram Halwal, y además el de Tigre Blanco, sin que eso quite que lleve alguno más a lo largo de su narración, se convierte en un excusa para enseñar lo que en la India llaman la Oscuridad, el interior del país, bañado por el Ganges y sumido en unos usos y costumbres rayanos en lo medieval. Es curioso como la narración podría haber sido igual sobre los años veinte o sobre los sesenta. Llega a sorprender encontrarse los primeros atisbos de tecnología, como un teléfono móvil, o un centro comercial, lugar donde sólo los ricos pueden entrar.
Adiga nos enseña la India de contrastes a través de la vida de un criado que se vuelve pícaro, un hombre que aspira a mucho más de lo que tiene, animado más por una curiosidad innata que por un sentimiento de maldad. Mientras hay hospitales abandonados para miles de personas, brillantes clínicas privadas florecen de Dheli. Ciudades enteras, en la Luz, es decir, en la costa, son caldo de cultivo para las subcontratas americanas, que dan prosperidad y espacio para que los empresarios autoeducados, como Balram, puedan hacer sus negocios.
El Tigre Blanco aparece uno en cada generación y Balram es uno de ellos, el elegido para abandonar la oscuridad y, por lo menos, acercarse hasta la luz, aunque para ello descubra, admire y reniegue de su propia naturaleza.
La obra de Adiga fue galardonada con el Man Booker de 2008 y la verdad es que es un auténtico placer adentrarse en la sociedad india de manos de un narrador ágil y que es capaz de contarte desde cómo se trabaja en un salón de té a la corrupción política estatal en apenas dos párrafos seguidos y conectados de manera magistral.
Un libro recomendable al 100% de la mano de Miscelánea, y, antes de que aparezca algún traductor con el día reivindicativo, destacar la traducción de Santiago del Rey Farrés.
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11 de marzo de 2010 a las 16:56
Nada más comenzar a leer esta novela ya te sorprende. Empieza con una carta que el protagonista le escribe al primer ministro chino. Sorprende la ironía y la indiferencia con que describe una realidad deprimente: las diferencias raciales y de clase en la India, las dificultades que encuentran millones de personas para sobrevivir en un mundo hostil y en el que parece que no hay salida. El protagonista sale de ese mundo. Esto puede significar una esperanza, algo positivo. Pero no es así, el protagonista es un asesino. Todo va a seguir igual.
A mi personalmente me ha gustado mucho esta novela. La forma dinámica de narrar la historia te hace sonreir un poco frente a la realidad cruda que nos cuenta y te anima a seguir leyendo para adentrarte en algo desconocido, al menos para mi, que pensaba que en la India habían cambiado muchas cosas.