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Crepúsculo, los vampiros y el terror

AutorAlfredo Álamo el 20 de noviembre de 2009 en Divulgación

Nosferatu

Es inevitable, con el estreno de la siguiente película de la saga Crepúsculo, basada en los libros de Stephenie Meyer, hacer algunas reflexiones sobre la actual figura del vampiro en la literatura. En la pasada Hispacón, Sergi Viciana y Juan Díaz Olmedo hablaron sobre este tema y la verdad es que merece la pena echar un vistazo a cómo el vampiro ha evolucionado, sobre todo en los últimos años.

La figura del vampiro nace como algo real, al menos para las creencias de los campesinos centroeuropeos. El muerto que vuelve de la tumba, el que propaga enfermedades: el noosferos clásico que, en el siglo XVI, era estudiado de una manera incluso racional. Se entendía que el vampiro, como tal, existía. Y, desde luego, daba mucho miedo.

Con la llegada de la ilustración el vampiro queda relegado al mundo de la superstición y no es hasta la llegada de los nuevos mitos románticos -no olvidemos que el Vampiro de Polidori es en realidad Byron-, cuando aparece Drácula, de Stoker, como el vampiro moderno, capaz de dar miedo a los ciudadanos del Gran Imperio Británico. El Drácula de Stoker es capaz de entrar en Londres, el nuevo mundo, y amenazar con llevarse el alma de esos fieles creyentes. Uno de los más profundo miedos para la sociedad de entonces.

Desde ese momento el vampirismo ha dado muchas vueltas hasta llegar a donde parece triunfar hoy en día. Lo cierto es que una de las características clásicas del vampiro era que su seducción no venía dada por su belleza: era el animal interior, tan poderoso que los humanos caen rendidos a sus pies, lo que le daba ese magnetismo irresistible. El vampiro era feo, pero irresistible, una figura sexual explícita y rebelde que atacaba a la moral de su época, al contrario que el vampiro actual que parece inseguro y hasta tímido.

Ese animalismo, o feísmo, se trató durante algunos años, igual que la idea de la comunidad o grupo de vampiros que viajan juntos, se protegen y actúan como una familia. Ahí, quizás, es donde empieza un proceso por el cual el vampiro se humaniza, empieza a comportarse como cuando estaba vivo, pero sin serlo. A medida que el vampiro se hace más humano, menos miedo da. A fin de cuentas no deja de ser como nosotros, los humanos, pero con sus “cosillas“.

crepusculo

Uno de los cambios que marca la tendencia actual es la aparición de las novelas de Anne Rice a finales de los 70, donde el homoerotismo y la idea del comportamiento romántico, entiéndase romántico como de eterno sufrimiento y de amores perdidos, se combinaban con unos anhelos y comportamientos muy humanos. Heredera de esa tendencia es Stephenie Meyer, que da un paso más hacia la humanización y normalidad de lo vampiros. Crepúsculo ya no es una novela de terror, aunque en ella salgan vampiros y hombres lobo, es una novela romántica para jóvenes adultos. El vampiro aquí es una extensión del caballero andante, el que tenía que cumplir una misión imposible y vagaba, desconsolado, por los bosques de Bretaña. Los vampiros malvados carecen de maldad sobrenatural, son mezquinos como los humanos. No dan más miedo entonces que, por ejemplo, unos pandilleros con un par de cuchillos.

De ese modo el vampiro, que nació como un ser real, pasó a sembrar el miedo en el corazón de los puritanos, pasó a ser un tipo con amigos y ha acabado seduciendo jovencitas al salir de clase. El siguiente paso ya será contarnos cómo le va como padre de familia en una sitcom de veinte minutos.

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(Valencia, 1975) escribe bordeando territorios fronterizos, entre sombras y engranajes, siempre en terreno de sueños que a veces se convierten en pesadillas. Actualmente es el Coordinador de la red social Lecturalia al mismo tiempo que sigue su carrera literaria.

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