En Royal Flash, George MacDonald Fraser saca a Harry Flashman de su zona de confort colonial para arrojarlo a los refinados, pero peligrosos salones de la diplomacia centroeuropea, logrando una secuela que desborda ingenio y ritmo cinematográfico. Esta vez, el mayor cobarde del Imperio Británico cae en las garras del mismísimo Otto von Bismarck, quien lo coacciona para protagonizar una delirante suplantación de identidad —al más puro estilo de El prisionero de Zenda— que transforma sus fantasías de lujo y mujeres en una trampa mortal de espionaje, duelos y conspiraciones. La genialidad de la trama reside en el brutal contraste dialéctico entre las bajezas morales de Flashman y la astucia de colosos históricos reales como Bismarck o la magnética Lola Montez, un duelo de voluntades que Fraser sazona con un humor negro impecable y una prosa políticamente incorrecta. Lejos de ser una simple sátira, la novela destaca por un riguroso anclaje histórico respaldado por notas al pie que exponen la gran mentira de una Europa decimonónica obsesionada con las apariencias de honor. El resultado es un soplo de aire fresco para la saga: una intriga de alcoba tan inteligente como divertida que demuestra que nuestro ruin antihéroe se mueve con tanta gracia entre los hilos del poder europeo como esquivando balas en el frente de batalla.
Oscar326Royal Flash8
En el convulsionado mundo europeo de la segunda mitad del siglo XIX, y en particular en una Germania floreciente, ambiciosa y explosiva, es donde MacDonald Fraser lleva con su pluma desopilante, a nuestro antihéroe Flashman. Como siempre este dandi del ejército inglés se ve involucrado en una alocada historia de plagios, conspiraciones y traiciones a las que nos tiene acostumbrados. Una más de las novelas cautivantes de MacDonald con todos los ingredientes que suele utilizar: cobardía, oportunismo, seducción y una reiterada dosis de suerte.
En Royal Flash, George MacDonald Fraser saca a Harry Flashman de su zona de confort colonial para arrojarlo a los refinados, pero peligrosos salones de la diplomacia centroeuropea, logrando una secuela que desborda ingenio y ritmo cinematográfico. Esta vez, el mayor cobarde del Imperio Británico cae en las garras del mismísimo Otto von Bismarck, quien lo coacciona para protagonizar una delirante suplantación de identidad —al más puro estilo de El prisionero de Zenda— que transforma sus fantasías de lujo y mujeres en una trampa mortal de espionaje, duelos y conspiraciones. La genialidad de la trama reside en el brutal contraste dialéctico entre las bajezas morales de Flashman y la astucia de colosos históricos reales como Bismarck o la magnética Lola Montez, un duelo de voluntades que Fraser sazona con un humor negro impecable y una prosa políticamente incorrecta. Lejos de ser una simple sátira, la novela destaca por un riguroso anclaje histórico respaldado por notas al pie que exponen la gran mentira de una Europa decimonónica obsesionada con las apariencias de honor. El resultado es un soplo de aire fresco para la saga: una intriga de alcoba tan inteligente como divertida que demuestra que nuestro ruin antihéroe se mueve con tanta gracia entre los hilos del poder europeo como esquivando balas en el frente de batalla.
En el convulsionado mundo europeo de la segunda mitad del siglo XIX, y en particular en una Germania floreciente, ambiciosa y explosiva, es donde MacDonald Fraser lleva con su pluma desopilante, a nuestro antihéroe Flashman. Como siempre este dandi del ejército inglés se ve involucrado en una alocada historia de plagios, conspiraciones y traiciones a las que nos tiene acostumbrados. Una más de las novelas cautivantes de MacDonald con todos los ingredientes que suele utilizar: cobardía, oportunismo, seducción y una reiterada dosis de suerte.