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Algo huele a podrido, de Jasper Fforde

AutorAlfredo Álamo el 17 de agosto de 2012 en Reseñas

Algo huele a podrido, de Jasepr Fforde

Los libros de Jasper Fforde son peculiares, ya lo hemos comentado en otras ocasiones, pero lo cierto es que poseen una cualidad genial para los que además de ser lectores disfrutamos con todo el mundillo relacionado con el universo literario: la irreverencia total y absoluta. Fforde le da a sus libros un tono perfecto en el que por un lado nos presenta un mundo en el que la literatura es una de los pilares de la sociedad -en lugar de, qué se yo, el fútbol-, pero por otro ataca las costuras de los conceptos más serios de la «alta cultura».

Algo huele a podrido es la cuarta entrega de las aventuras de la detective librera Thursday Next y contiene algunos de los momentos más divertidos de la serie, incluyendo, como es natural, dodos, obras de Shakespeare, gorilas de educados modales y seguidores de la Deidad Estándar Global.

Para no desvelar demasiado lo sucedido en libros anteriores, es absolutamente recomendable seguir el orden de publicación, decir que Next es una agente de OpSpec dedicada al correcto uso, disfrute, venta y actividad literaria. Además posee la capacidad de saltar dentro de los libros, que comparten un mismo mundo en el que viven todos los personajes -importantes o no- de las novelas. Durante los últimos años Next ha dirigido su fuerza policial, Jurisficción, pero el mundo real necesita de su atención, así que vuelve a Swindon con la esperanza de encontrar a su marido. Ah, sí, de paso le acompaña Hamlet, preocupado por no saber si la imagen que proyecta en el mundo real es la adecuada.

Los que ya han leído alguno de los libros de Thursday Next ya saben que la Corporación Goliath estará tramando algo para dominar el mundo -aunque el apartado del sangriento deporte del cróquet seguro que les sorprende-, y tampoco les llamará la atención que Next tenga que enfrentarse una vez más a la posibilidad de un apocalipsis. Después de todo es parte de su trabajo, ¿no?

En resumen, Algo huele a podrido es un libro muy divertido, imprescindible para los seguidores de la obra de Jasper Fforde y un motivo más para empezar a leer El caso Jane Eyre en el caso de que lo desconocieran.

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¿Leer adelgaza?

AutorGabriella Campbell el 16 de agosto de 2012 en Divulgación

Leer adelgaza

Debido a la cantidad ingente de información que nos bombardea a diario respecto al control del peso es muy complicado distinguir lo serio de lo sensacionalista. Por esto mismo es difícil no tomarse en broma lo que afirma Fred C. Pampel en la revista Sociology of Health and Illness, en su artículo Does reading keep you thin? Leisure activities, cultural tastes, and body weight in comparative perspective (¿Leer te mantiene delgado? Actividades de ocio, gustos culturales y peso corporal desde una perspectiva comparativa). Parece ser que Pampel ha analizado datos de 17 países (la mayoría europeos), obtenidos de encuestas en las que se interrogó a los participantes no solo acerca de su altura y peso, sino también acerca del tiempo que dedicaban a determinadas actividades. Éstas eran muy variadas: desde hacer deporte hasta ver la televisión, pasando por ir al cine o leer un libro.

Lo sorprendente de los datos que Pampel recopiló en estas encuestas es que parece haber una relación entre aquellos que pasaban gran parte de su tiempo en actividades culturales (aquellas relacionadas con arte, ideas y conocimiento en general) y su índice de masa corporal, muy similar, por ejemplo, a la que existía entre aquellos que practicaban deporte, una actividad tradicionalmente asociada a un índice de masa corporal baja. En otras palabras, parece ser que leer puede estar tan vinculado a un cuerpo bajo en grasa como hacer ejercicio.

No se trata de un caso universal, ya que esta relación entre lo cultural y la delgadez queda más patente en lugares de Europa Occidental y Oceanía, pero menos en Europa Oriental, Sudamérica y algunos países asiáticos como Corea del Sur. También parece afectar de manera más efectiva a las mujeres. Uno también tendría que preguntarse si está relacionado con el poder socioeconómico de los entrevistados, un dato que no figura en el artículo, ya que por lo general las personas con mayor poder adquisitivo tienen acceso a más actividades culturales y a una mejor educación universitaria; pero a la vez pueden permitirse una dieta más saludable que es, por norma, un poco más cara. Por tanto, podríamos pensar que los más ricos leen más y además comen mejor, y de aquí la asociación. Pero esta vinculación tampoco es determinante y no es un factor definitivo.

Una de las hipótesis presentadas por Pampel es que el grupo de personas interesadas en actividades culturales como leer, acudir al teatro, formar clubs de lectura, etc., tenía una formación superior a la media, y que en su educación superior había creado hábitos de estudio y una serie de disciplinas que le permitían alcanzar metas personales con mucha mayor facilidad. Por esto, no les costaba tanto controlar su peso como a otras personas con una educación más limitada, cuyos intereses actuales se centraban más en actividades como ir de compras o chatear por internet. También proponía que en los grupos más “culturales”, podría haber cierta presión social que otorgara un valor superior a aquellos individuos preocupados por su salud tanto mental como física.

Pampel concluye su estudio advirtiendo que este no es un mecanismo de causa-efecto. Si uno lee más y sigue comiendo lo mismo, sin hacer ejercicio ni llevando una vida sana, lo más seguro es que no pierda ni un gramo. Pero tal vez al enfocar de forma diferente nuestra vida, al dedicarla a actividades intelectualmente más complejas, nos convirtamos en el tipo de persona que se come unos cereales integrales con fruta para desayunar, en vez de cinco bollos de chocolate; que sale a correr por las mañanas en vez de quedarse viendo la tele tirada en el sofá, y que se preocupa y quiere aprender sobre todo tipo de temas, incluida su propia salud.

¿Cuánto cuesta hacer un libro? (y II)

AutorGabriella Campbell el 15 de agosto de 2012 en Divulgación

Librería

Una vez el libro abandona la imprenta y se dirige hacia los puntos de venta, entramos en la segunda fase. Del precio de venta empezamos a descontar todas las comisiones o porcentajes que corresponden a los intermediarios. Según la distribuidora y los puntos de venta, dichos porcentajes pueden variar, pero lo habitual es que entre distribuidora y punto de venta se adjudiquen entre un 50% y un 65% del p.v.p del libro (tened en cuenta que las mayores comisiones son las que corresponden a las grandes superficies, mientras que las librerías pequeñas suelen quedarse con menos. Hay que descontar también el porcentaje del autor, que suele estar entre el 5% y el 12% según el formato del libro y la importancia del nombre. Muchas editoriales también pagan regalías a sus traductores (quienes, al fin y al cabo, han creado un nuevo texto a partir del texto original); desconozco cuál será el porcentaje estándar en España, en EEUU suele rondar el 1%. Así, lo que llega finalmente a la editorial oscila entre el 45% y el 23%, un porcentaje con el que tiene que cubrir todos los gastos que ya hemos mencionado (y además tratar de hacer beneficio). Hay que tener en cuenta asimismo que el autor suele recibir gran parte de sus regalías en forma de anticipo, por lo que su pago debe realizarse por adelantado, con una cantidad de la que la editorial debe disponer antes de comenzar a percibir ingresos por la obra. Por fortuna, los libros cuentan con un IVA de tipo superreducido, que no influye de un modo determinante en el precio final de venta al público.

Con este reparto de dinero tan ajustado para todos, no es de sorprender que cada vez haya más editoriales que apuesten por la producción digital (con la que se ahorran la impresión pero no mucho más, ya que muchas de las grandes plataformas de venta imponen porcentajes muy superiores a los de los puntos de venta físicos) o por la impresión a demanda, que les permite producir libros al ritmo que vayan vendiendo, con el inconveniente de que sus obras no están disponibles en todos los puntos de venta habituales y, por tanto, no están a la vista de compradores potenciales. En cuanto a la producción de libros según el formato tradicional de venta, es frecuente ver en una editorial de tamaño medio o grande una selección de obras que responde a necesidades claras: los títulos fundamentales son aquellos que, sin ser grandes superventas, generan suficientes ingresos para llevar adelante el negocio, generalmente títulos especializados o de venta segura que interesan a cierto sector de la población lectora (un ejemplo claro sería la novela localista, que gozará de un número seguro de ventas en su zona). Estos títulos, si bien no generan grandes cifras, cubren gastos y ofrecen un pequeño margen de beneficio. Por otro lado, la editorial puede invertir en otros dos tipos de literatura: aquella que ocasiona pérdidas claras pero que aporta prestigio (textos que atraerán una crítica loable pero ventas escasas) y aquella que supone un riesgo claro, como la publicación de autores desconocidos o una inversión grande de publicidad para un libro que podría ser un superventas (o no). Son con estas inversiones arriesgadas con las que la editorial puede hacer su agosto y cubrir las pérdidas asumidas a lo largo del año.

Con estos datos, reevaluemos al libro que tenemos delante. Es caro, sí. Es caro para nuestro bolsillo. Pero es un precio mínimo teniendo en cuenta el reparto tan ajustado que se realiza del pastel. En este sentido, el ebook tiene una vocación importante, debido a la eliminación de intermediarios y la búsqueda de una retribución más interesante para editores y autores, con el objetivo de ofrecer a la vez un precio atractivo para los lectores. Solo el tiempo nos dirá si el libro electrónico estará a la altura, en este sentido, de nuestras expectativas.

Contraluz, de Thomas Pynchon

AutorAlfredo Álamo el 14 de agosto de 2012 en Reseñas

Contraluz, de Thomas Pynchon

Thomas Pynchon es un autor aclamado por la crítica, postulado en los últimos años al Premio Nobel, con tan sólo ocho novelas en su trayectoria y que ha sido comparado con otros grandes autores americanos como Philip Roth o Cormac McCarthy. Su aversión a los medios es legendaria, se tienen muy pocas imágenes de él y sus apariciones públicas son muy, muy escasas.

Con todo, Pynchon no es un escritor muy conocido en España, al menos no para el gran público, y es cierto que si quitamos El arco iris de gravedad, una de sus primeras novelas, no hay muchos títulos que se hayan hecho famosos en nuestro mercado. Contraluz, su penúltimo libro, sobrepasa las 1200 páginas y su estilo, fragmentado y exigente, alejará instantáneamente a aquellos interesados en una lectura rápida y sencilla.

En Contraluz, Pynchon reúne un compendio de argumentos, personajes y situaciones propios de la novela pulp; desde las aventuras de Los chicos del azar -omnipresentes en toda la narración desde su dirigible-, a momentos de novela del oeste, de espionaje, de misterio (oriental o no), de aventuras, erótica y, en resumen, casi cualquier cosa que te puedas imaginar. Pynchon no cuenta una sólo historia, cuenta decenas de ellas a través de personajes recurrentes que son capaces de encontrarse a través de casualidades imposibles a lo largo y ancho del mundo y del tiempo.

Contraluz nos presenta el mundo como su nombre indica. Como si asistiéramos a una realidad que nace justo en el borde luminoso entre el objeto en sombras y la luz tras él, ese arco irreal y cambiante es el mundo que leemos entre las páginas del libro. Es casi imposible hablar en profundidad del arco narrativo de Contraluz, pues es cambiante, esquivo y tan sólo Los chicos del azar, desde las alturas, suponen una constante presente en casi toda la narración.

Por lo demás, decir que he disfrutado este libro como hacía años que no lo conseguía con una buena lectura. Su estilo es sincopado, excesivo, lleno de vueltas, revueltas, digresiones imposibles, conversaciones infinitas sobre matemáticas y física, y con una sexualidad abierta y funcional que aborda sin tapujos y con una sencillez que sorprende después de todo el recargado constructo anterior. En este punto, añadir que la traducción me ha parecido excelente.

¿Recomiendo la lectura de Contraluz? Por supuesto, pero hay que tener claro que en ocasiones parece más un libro pensado para bailar con él, con la cadencia arrítmica que Pynchon ha creado, que para su simple lectura. Hay que dejarse llevar y disfrutar con esa miríada de historias que se enlazan unas con otras, partiendo de la Exposición Universal de Chicago a finales del XIX hasta el periodo de entreguerras. Un trozo de la historia del mundo visto a contraluz y, en ocasiones, desde las alturas, a bordo de un dirigible lleno de máquinas de Tesla.

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La Gran Novela Española del siglo XXI

AutorAlfredo Álamo el 13 de agosto de 2012 en Opinión

Los girasoles ciegos

En Estados Unidos es inevitable que los críticos literarios acaben hablando, tarde o temprano, de la Gran Novela Americana. Creo que son cientos los libros dedicados a analizar cuál es la obra que destaque por encima de las otras no sólo a nivel literario sino también en su capacidad por reflejar la sociedad en la que fue escrita. Está claro que, bajo estas premisas, podemos encontrarnos con varias novelas que cumplan estas características y cada par de décadas se reanuda el debate.

En España hablar de elementos nacionales lleva consigo, todavía hoy, ciertas connotaciones del pasado y parece que muchos se resisten a encontrar una figurar parecida a la americana dentro de nuestra literatura. Y es que hay muchos que se aferran casi al Siglo de Oro y si les preguntas por la gran novela española te van a contestar, sin pestañear, que es El Quijote. También pasa otra cosa, inevitable, que las grandes obras de mediados del siglo XX en castellano no son españolas. La armada latinoamericana refundó el género narrativo con autores como Cortázar, García Márquez y Vargas Llosa, que, como el tiempo está dejando claro, siguen muy vigentes en el mundo literario.

Pero no quiero centrarme en el pasado para hablar de la Gran Novela Española, me gustaría que nos centráramos en los últimos doce años, tiempo suficiente para que haya obras capaces de radiografiar y mostrar la realidad de este país dentro ya del siglo XXI. O, al menos, eso espero, porque por mucho que me esfuerzo veo que cada vez se prima más el superventas y la imitación extranjera, se apuesta por valores seguros y parece que nos da miedo el enfrentarnos a una visión poco idílica de nosotros mismos.

Con esto no quiero decir que las novelas de género no tengan mérito, el ocio, el entretenimiento, son partes fundamentales de nuestra vida y el que crea que es fácil crear productos de calidad es que nunca lo ha intentado de verdad. Simplemente, no es de lo que quiero hablar hoy (ya dedicamos muchos días a las novedades superventas que no necesitan más publicidad).

Por eso creo que el post de hoy está dedicado a vosotros, lectores, que seguís con facilidad a muchos más escritores de los que yo soy capaz. ¿Cuál os parece que es la Gran Novela Española del siglo XXI? ¿Qué autor creéis capaz de llegar a escribirla hoy en día?

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Palabras intraducibles (II)

AutorGabriella Campbell el 11 de agosto de 2012 en Divulgación

Mamihlapinatapai

Y seguimos con la segunda entrega de palabras de diferentes idiomas que no encuentran una traducción exacta. Hemos hablado de conceptos como wabi-sabi o hygge, que son extraños a nuestra cultura. En este grupo podríamos incluir también cosas tan curiosas como el toska ruso, una mezcla única de melancolía y aburrimiento, o la saudade portuguesa, esa añoranza del hogar y de lo conocido que tan bien se expresa en el fado. Tampoco he encontrado en español una traducción exacta para el tipo de humor anglosajón llamado tongue in cheek (literalmente, lengua en mejilla), que se refiere a comentarios que realizamos de manera aparentemente seria pero mordiéndonos el carrillo por dentro, para que no se nos escape la risa. Para este humor se recurre a menudo a la exposición de argumentos en apariencia absurdos o estúpidos, dichos o presentados de un modo serio, con la intención de producir contraste humorístico por su contenido. La intención es, con frecuencia, crítica. Ejemplos típicos serían los que podemos encontrar en escritores como Terry Pratchett o representaciones de cómicos como los Monty Python.

También hemos hablado de términos como schadenfreude, que describe una sensación que todos conocemos pero que no definimos de manera concreta. Algo similar ocurre con la expresión francesa esprit d’escalier (traducida de manera literal sería el espíritu de la escalera). Todos lo hemos experimentado pero no hay una palabra en nuestro idioma para definirlo. Se trata de esa respuesta ingeniosa y perfecta que se te ocurre cuando tu interlocutor ya no está presente, y que, por tanto, ya no sirve de nada. De nuevo, nos encontramos con conceptos que reconocemos pero que no han encontrado en nuestra lengua un vocablo específico. En este sentido, cómo olvidarnos de la escocesa tartle, que describe ese incómodo momento de duda cuando estamos presentando una persona a otra y no recordamos alguno de los nombres. Otra de mis favoritas es mamihlapinatapai, una palabra del idioma yagán (perteneciente a una población de Tierra del Fuego), un idioma conocido por ser capaz de expresar de forma muy precisa conceptos muy complejos relacionados con conductas y estados afectivos. Mamihlapinatapai se refiere a la mirada que se produce entre dos personas cuando cada una de ellas está a la espera de que la otra comience una acción que ambos desean, pero que ninguno se anima a iniciar (tal vez, la mirada que precede al beso que ninguno se atreve a dar). Ostenta además el curioso privilegio de estar incluido en el Libro Guinness de los Récords como la palabra más concisa del mundo.

Tampoco nos resulta extraña la definición de jayus, un término indonesio utilizado para hablar de esos chistes que son tan malos y poco graciosos que producen, a pesar del propio chiste, la risa. Sería útil, también, encontrar una versión española de tingo, una palabra de la Isla de Pascua que se refiere al acto de tomar poco a poco prestados todos los objetos del domicilio de un amigo, consiguiendo así robarle de todas sus pertenencias; o para bakku-sham, un vocablo japonés que describe a una mujer que parece hermosa vista desde atrás, pero que decepciona al darse la vuelta.

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Palabras intraducibles (I)

AutorGabriella Campbell el 10 de agosto de 2012 en Divulgación

Wabi-Sabi

En la novela Happiness, de Will Ferguson, los protagonistas se divierten encontrando palabras culturalmente únicas, es decir, palabras que son imposibles de traducir de manera directa a otros idiomas. Esta disparidad surge, sobre todo, a raíz de diferencias culturales y de distintas maneras de pensar, y hacen falta largas explicaciones para que personas de países ajenos puedan entender a qué se refieren dichas palabras.

Desde que leí la novela de Ferguson, aunque lo de las palabras intraducibles era tan sólo una parte minúscula del argumento de la obra, me sentí fascinada por el concepto. Imaginad qué dificultad para un traductor, que debe encontrar una manera de explicar no sólo el significado de algo que puede sernos del todo extraño, sino, en ocasiones, hasta reproducir la sonoridad que puede tener este término (esto es más notable sobre todo en la poesía, o en la prosa más lírica). Para los daneses, por ejemplo, la palabra hygge (que aparece tanto en el idioma danés como en el noruego), no es solamente una palabra. Es una forma que se mezcla con el lenguaje, combinándose con otros términos, que por sí sola, por su sonido, puede transmitir una sensación de gusto y comodidad. Hygge es, por explicarlo de algún modo, un sentimiento o estado de ánimo asociado a algo relajado, cómodo, y tranquilo, como lo que sentimos cuando estamos en casa delante de una chimenea, con unos buenos amigos y una copa de vino. De esta palabra surge, por ejemplo, julehygge, que se refiere al espíritu navideño.

Otro caso parecido es el de wabi-sabi, del japonés. El wabi-sabi es toda una filosofía, que consiste en encontrar paz y belleza en lo imperfecto, en el carácter efímero y fugaz de las cosas. Desde el punto de vista de la estética, suele asociarse a lo sencillo y rústico, combinando minimalismo con elementos de la naturaleza, pero también puede referirse a un tipo de belleza que destaca precisamente por su imperfección o incluso por su decadencia. Debe, además, producir en el que la observa cierta serenidad y reflexión. Si bien no puede traducirse de manera directa al mundo occidental, aparece cada vez más en nuestro ambiente en forma de exposiciones de arte, arreglos florales o incluso como filosofía de programación informática.

A veces las ideas que reflejan estos términos intraducibles no nos son tan extrañas. Esto ocurre con schadenfreude, ese vocablo alemán que viene a describir la sensación de felicidad que nos embarga cuando algo negativo le ocurre a nuestros enemigos (o simplemente a personas que nos caen mal o a las que envidiamos). Lo más parecido que tenemos en español sería regodearse. Un poco como lo que podrías sentir si aquel compañero del colegio que siempre sacaba mejores notas que tú, que se casó con la chica que te gustaba y que encima llegó a ocupar un importante cargo político muy bien remunerado, apareciera, de repente, en algún telediario como mayor acusado de un caso de apropiación indebida de fondos.

En la segunda entrega del artículo trataremos más palabras que, por una razón u otra, no pueden ser traducidas de modo directo.

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¿Cuánto cuesta hacer un libro? (I)

AutorGabriella Campbell el 9 de agosto de 2012 en Divulgación

Hacer un libro

Los libros son caros. Es la impresión que nos asalta cuando tenemos entre las manos un producto de papel y tinta que tal vez solo vayamos a leer una vez, un producto de ocio que tiene un precio relativamente elevado, sobre todo en comparación con otros medios de entretenimiento. Es una impresión que además se multiplica si comparamos los libros vendidos en España con aquellos vendidos en otros países; en el mundo anglosajón, por ejemplo, la diferencia de precio es notable.

¿Por qué son tan caros los libros en España? No se trata tanto de una diferencia en el coste de producción, sino de una descompensación enorme en la balanza de oferta y demanda. En otros países se consume muchísima más literatura que en nuestro país, por lo que se pueden producir tiradas mayores, de las cuales se vende una mayor proporción. Cuanto más grande sea la tirada, menor será el coste de producción de cada unidad. Costes más bajos, mayores ventas… El resultado es una rentabilidad muy superior que implica precios mucho más asequibles. Hablamos sobre todo del libro tradicional, en papel, pero la oleada de precios mínimos que llega desde Amazon y similares en el mundo del ebook parece dispuesta a mantener esta dinámica también en el mercado del libro electrónico.

Las razones para explicar el precio en nuestro país del libro digital son muchas, entre las cuales están las comisiones de las grandes plataformas de venta en línea y la propia inseguridad de las editoriales en un mercado nuevo que se transforma a una velocidad de vértigo. Sin embargo, en cuanto al libro tradicional, el reparto de gastos y beneficios ha sido más o menos el mismo durante un tiempo considerable. Volvamos al punto de partida, y observemos de nuevo al libro de papel.

Podríamos distinguir dos fases principales en la vida económica de un libro de papel. La primera tendría que ver con el coste de producción y la segunda con el reparto de ingresos.

En la primera fase analizamos cuánto cuesta realizar el libro en sí. Como muchos sabréis, fabricar un libro no es barato. Dependiendo de las características, por supuesto, el coste varía bastante. Un libro en tapa dura y a todo color, por ejemplo, puede llegar a costar hasta tres veces más que su equivalente en rústica y en blanco y negro. También dependerá de si recurrimos a la impresión digital (más económica para tiradas pequeñas) o al offset tradicional (más rentable, por lo general, para tiradas grandes). A este coste sumamos otros gastos: una traducción, una corrección de estilo, una maquetación, el diseño de una portada, promoción, además de los gastos típicos proporcionales de cualquier empresa (luz, teléfono, asesoría, seguridad social, etc.). No me entretendré mucho en dar precios en concreto, ya que varían bastante según la editorial y la obra (una traducción técnica, por ejemplo, triplicaría la cantidad que menciono aquí), pero si pagásemos unos 1,5 € por página de corrección, unos 3 € por página de maquetación, unos 6 € por página de traducción, más unos 400 € por una portada… echad cuentas para un libro de unos 300 páginas. Los precios que he dado son, además, tarifas que están muy por debajo de lo recomendable para cada gremio profesional involucrado, pero seguramente se acercan más a la dura realidad del mercado actual. Si cuentan con la producción suficiente, algunas editoriales tienen a estos profesionales ya en nómina, con un salario fijo, lo que implica un ahorro considerable, pero aun así hablamos de un gasto significativo. De cualquier forma, si hay correctores, maquetadores, traductores e ilustradores en la sala nos interesaría mucho tener su aportación en los comentarios.

De la segunda fase de la vida económica del libro y de su impacto en el comportamiento de las editoriales hablaremos en la segunda parte del artículo.

La flor roja, de Vsévolod Garshín

AutorAlfredo Álamo el 8 de agosto de 2012 en Reseñas

La flor roja - Vsévolod Garshín

Sin duda, cuando hablamos de si los libros tal y como los conocemos ahora sobrevivirán a la evolución del libro electrónico, hay que decir bien alto que si son como la edición de La flor roja no tendrán problema alguno en seguir vendiéndose. La gente de Nevsky Prospects practica un tipo de edición personal -del que ya hemos hablado en otras ocasiones- que hace, sencillamente, que sus libros destaquen.

Otros pueden pensar que editar libros como La flor roja es un suicidio económico, y puede que tengan razón. Después de todo, el texto de Garshín es un cuento no demasiado largo al que acompañan unas excelentes ilustraciones de Sara Morante. Un pequeño volumen en el que se juega con el blanco, el negro y el rojo para crear una pequeña joyita editorial, dejando a un lado lo arriesgado también de la historia elegida.

Y es que Vsévolod Garshín no es exactamente un autor superventas, por decirlo de alguna manera. Muerto en 1888 tras luchar en la guerra ruso-turca de 1876 y pasar por varios manicomios, su obra se quedó en unos pocos relatos. Su intensidad, sin embargo, le llevó a estar considerado entre los grandes de la literatura rusa del XIX. De cualquier forma, un autor poco o nada conocido en España hasta que Contraseña publicara en 2010 una antología con varios de sus relatos.

La flor roja es la historia de una obsesión, de la búsqueda de un sentido, un significado, a una vida que se escapa por los bordes del precipicio de la locura. Un discurso interior que nos muestra desde la más absoluta desesperación hasta la catarsis, verdadera o falsa, que todos soñamos con encontrar algún día para demostrar nuestra valía en un mundo lleno de hastío y monotonía. Poco más se puede decir de este cuento sin entrar en unos espinosos avances que tampoco hacen falta.

En resumen, La flor roja es un libro exquisito con una historia que mezcla a partes iguales sacrificio y locura. Un placer para pasar las páginas y deleitarse con la prosa de Garshín, lamentando su temprana desaparición, y agradeciendo que nos hayan podido brindar esta pequeña muestra tan significativa.

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Reseñar o no reseñar. El dilema de los libros autoeditados (II)

AutorGabriella Campbell el 7 de agosto de 2012 en Opinión

Gav Reads

En la primera parte del artículo hablábamos de como Gav, el autor del blog británico Gav Reads, aducía una serie de motivos por los cuales se negaba por sistema a reseñar obras autoeditadas. Otra razón que aporta Gav para negarse a reseñar este tipo de libros es la especialización. Muchos autores se dedican a enviar ejemplares y notas de prensa a diestro y siniestro, sin fijarse (como sí suelen hacer las editoriales) en si sus destinatarios forman parte de su nicho de mercado. En este caso, no se trata tanto de no querer reseñar tu libro porque lo has editado tú, sino porque es un tratado de mil páginas sobre el uso del alcantarillado en la Europa medieval. Es muy probable que, a no ser que el blog trate específicamente ese tipo de temas, su dueño y/o colaboradores no tengan ningún interés en tu obra.

Por último, insiste en la falta de filtros aportados por una editorial. Es muy cierto que esto no puede aplicarse a todos los libros. Hay una cantidad sorprendente de libros editados de forma tradicional que están repletos de erratas, con nefastas maquetaciones y una capacidad de redacción lamentable, del mismo modo que existen libros autoeditados de indudable calidad, con una corrección pulida y una maquetación envidiable, pero, a juicio de Gav, por lo general la gran mayoría de libros autoeditados carece de un filtro de calidad, por no hablar de todas las obras que prescinden de los servicios de un corrector, un diseñador, etc.

Si bien estoy de acuerdo con todos los puntos presentados por el bloguero, y reconozco que parte de una experiencia más que probada, no puedo evitar que muestra una seria falta de esfuerzo hacia un mundo literario que crece a un ritmo endiablado. Algunas obras autoeditadas han demostrado una rentabilidad más que viable y alguna que otra hasta ha demostrado una calidad llamativa. Tal vez Gav, como otros blogueros en situaciones similares, debería limitarse a obras autoeditadas que le vengan ya recomendadas, o dedicarse él mismo a solicitar de manera activa la recepción de ejemplares autoeditados de temáticas que crea que le pueden interesar. Y si decide realizar una crítica durísima tendrá que hacerla, aunque entiendo que, debido precisamente a ese vínculo directo con el escritor, esto puede echar para atrás a más de uno.

En resumen, la política de recepción de libros de cada blog es un asunto muy respetable. Al fin y al cabo, no se trata de entidades oficiales ni publicaciones a gran escala que deberían mostrar el mayor abanico literario posible con el fin de incluir toda la información necesaria para sus lectores. Los blogs ofrecen contenido gratuito, creado por redactores que en muchas ocasiones lo hacen por simple afición, sin esperar nada a cambio, y por tanto tienen todo el derecho a restringir el tipo de libros que reseñan. Sin embargo, también son necesarias sus voces en el mundo de la autoedición, precisamente para remarcar los libros que merecen la pena y destacar a aquellos autores que son dignos de nuestra atención.