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Conversaciones (Émile Michel Cioran)

Émile Michel Cioran

Resumen y sinópsis de Conversaciones de Émile Michel Cioran

Cioran, uno de los grandes pensadores de nuestro tiempo, abandonó a sus amigos y lectores el año pasado después de una larga enfermedad. Como homenaje, su editor de toda la vida, Gallimard, publicó poco después este extraordinario volumen de conversaciones con Cioran —entre las cuales, una muy extensa que sostuvo con Fernando Savater— que sorprendió a más de uno, ya que Cioran se había mostrado siempre reacio, incluso contrario, a las entrevistas.   El caso es que lo que habría podido ser una recopilación reiterativa y algo aburrida, como suele ocurrir con este tipo de publicaciones, resultó ser no sólo un complemento ya indispensable a su obra, sino casi un libro escrito por el propio Cioran.   Sus seguidores y los especialistas se interesarán particularmente por las precisiones que ese «hombre sin biografía», como él mismo se autodefinía, aporta justamente sobre su vida: por ejemplo, su infancia «paradisiaca» en Rasinari, su pueblo natal en Transilvania, donde el padre era pope, y el auténtico «desgarro» que supuso para él ir a estudiar a Sibiu-Hermannstadt, o los años de universidad en la agitada Bucarest de los años veinte y treinta. Cioran cuenta también cómo, en 1947, a los 36 años, mientras traducía a Mallarmé al rumano, decidió elegir el francés como lengua de adopción y la «emancipación» y «liberación» que supuso para él esta decisión. El lector se entera igualmente de sus escasas, pero fieles amistades, de sus experiencias del tedio y del insomnio, de sus impresiones, entre otras, sobre la gastronomía y la política, de sus referencias literarias y sus postulados filosóficos, en particular de cómo y por qué eligió para expresarse el aforismo: contra «el sistema», según el cual, dice, «el único en hablar es el controlador, el “jefe”» que está en nosotros, afirma que, «por el contrario, el pensamiento fragmentario permanece libre». Sobre su supuesto «misticismo» confiesa que, si en efecto le fascinó la vida de los santos, su escepticismo siempre le impidió ser otra cosa que «un espíritu religioso sin religión».

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