Resumen y sinopsis de Nueve cuentos de J. D. Salinger
En estos nueve cuentos se observa claramente el carácter unitario del mundo creado por Salinger. El hecho de que el primero de los cuentos, “Un Día Perfecto para el Pez Plátano”, sea el trágico desenlace de Seymour da ya la medida del modo de operar de Salinger con sus historias, que a menudo tienen un gran componente autobiográfico.
LOS NUEVE RELATOS:
El hombre que ríe
El período azul de Daumier-Smith
El tío Wigglily en Connecticut
En el chinchorro
Justo antes de la guerra con los esquimales
Linda boquita y verde mis ojos
Para Esmé, con amor y sordidez
Teddy
Un día perfecto para el pez plátano
Ha participado en esta ficha: brussell
Muy (demasiado) escueta contribución de Salinger al cuento estadounidense que nos muestra otra faceta del autor, a menudo opacada por el omnipresente “guardián” pero donde pueden rastrearse puntos en común, como una preferencia por sujetos excéntricos que rompen las normas sociales y cierta fotografía del sentir del momento en que se redactaron, un gris asfixiante de lo real que intenta ser combatido mediante alguna forma de fantasía o actitud disidente. Cambia desde luego el formato, siguiendo fielmente un estilo de concisión extrema, elipsis y ambigüedad que es lo que da fuerza y largo alcance a estos textos.
Un tema repetido es el trauma de guerra, sus fatales consecuencias y cómo se percibe en la América de esos años 40-50; gente que ha vuelto quebrada (“Un día perfecto para el pez plátano”), cuya inestabilidad mental apenas queda disimulada en un entorno vacacional y una vida burguesa, pues pareciera que estos locos encontraran mayor afinidad con los niños, anticipando la delirante metáfora del pez plátano el amargo final que acecha al pobre Seymour Glass; personaje cuya familia tendrá una presencia recurrente en la obra de Salinger… “En el bote” nos presenta a otro de sus miembros, un niño perturbado por rumores (cierto antisemitismo y prejuicios) y hechos del mundo adulto que no entiende o entiende a medias, que halla en su madre el amor y el vínculo que necesita para salir del ensimismamiento que proyecta en sus juegos solitarios.
La vida frustrada de las mujeres con estudios y de cierto nivel económico, residentes en barrios elegantes pero que sufren una monotonía y desilusión tras sus matrimonios (“El tío Wiggily en Connecticut”) sólo encuentra cierto alivio en el reencuentro de las viejas amistades. Alcoholismo incipiente, rutina, añoranza de lo que pudo ser y no fue (otra vez la maldita guerra); madres e hijas parecen encontrar lo que buscan en ciertas fantasías, como la del amigo invisible propia de los niños, que comparten sin saberlo. Y es que la niñez, su choque con lo real al tomar conciencia y aprender de la vida, es la protagonista de estas páginas: de una convencional riña de amigas adolescentes (“Justo antes de la guerra con los esquimales”) surge el encuentro con un sujeto singular, algo repulsivo pero encantador y que remueve algo por dentro de la niña, pues muy tiernamente le delatan los restos de un bocadillo de los que rehúsa desprenderse...
La transformación de esa mirada infantil tras una experiencia de profundo desengaño la podemos ver claramente en “El hombre que ríe”, donde el elemento fascinador y perturbador son las chicas, el enredo amoroso que sólo se intuye a medias, a través de la mirada distante a un tipo muy admirado como ejemplo de masculinidad, heroísmo ingenuo y contador de cuentos, a lo que se añade una tercera capa de relato dentro del relato; las aventuras folletinescas que sirven como contrapunto a la vida real. Dicho factor de cambio por desgracia no es tan inocente en “Para Esmé, con amor y sordidez”, aunque está igualmente presente la escritura, la ficción y el homenaje a una persona querida; el antes y el triste después de la guerra, cuando todo ha cambiado y desde el trauma se recuerda, como en una revelación, esa niñez desaparecida, la de esas personas resabiadas, inteligentes y un poco odiosas, pero que nos dejan también marcados para siempre.
Una calculada ambivalencia en el tratamiento narrativo y del impacto final, cual sutil pero definitiva mutación cortazariana, es lo que destaca en “Linda boquita y verdes mis ojos”, una escena-diálogo banal con algo de sátira de las gentes de vida fácil, una escena esperpéntica de adulterio, engaño e hipocresía que debemos esforzarnos en desentrañar, que no va reñida con una amistad y preocupación por el otro genuinas. Y más aún en “Teddy”, con su familia excéntrica, viaje en barco, un niño nunca del todo comprendido, supuestamente reencarnado y en conexión con poderes místicos… todo aquí parece sacado de un film de Wes Anderson y descubre algo nuevo; una preocupación del autor por temas de índole religiosa y existencial, maneras alternativas e inconformistas de entender el tiempo, la conciencia, el bien y el mal.
El joven artista, el mundillo bohemio, mísero aunque colorido, la huida y la búsqueda afectiva, se presentan en “El período azul de Daumier-Smith”, sobre una disparatada academia de pintura que da clases por correspondencia. El anti-héroe de este cuento es un náufrago urbano que hace señales lejanas a una gente a la que nunca conocemos, que proyecta en ellas sus miedos y anhelos, su intento de ser alguien en la vida, seguido de una aceptación (aquí la “epifanía” propia de un Joyce) y resignación… pues “todo el mundo es una monja” ...
Confusa y anonadada. Así me he quedado después de leer Nueve cuentos. Pero tampoco puedo decir que me sorprenda. Y es que después de leer la celebérrima obra de Salinger, El guardián entre el centeno, confieso que no esperaba demasiado del resto de los escritos de este señor. He acertado de pleno. Aunque el libro tiene un duración ridícula (son solo 195 páginas) te cuesta una barbaridad terminarlo. Además tras leer estos relatos no podía sacarme de la cabeza qué se habría tomado el autor para pensar que esto llegaba a ser si quiera pasable.
Terriblemente sobrevalorado, J. D. Salinger es un escritor mediocre cuya fama, (incomprensible para una servidora) le ha dado el estatus de escritor "intocable" por algunos críticos profesionales. En realidad es un autor que alcanza a duras penas la categoría de aceptable gracias a un estilo de escritura simple, enrevesado y ejecutado sin ningún atractivo. Para ello usa una prosa lenta, pesada, con un nefasto desarrollo y peor estructurada, un lenguaje funcional y unas descripciones tan básicas que consiguen ser redundante e incluso superfluas.
El título ya te desvela lo que te vas a encontrar. Nueve cuentos contiene una antología de narraciones escritas por Salinger y publicadas en 1953. Para hacer una somera comparación, diré que leerse los cuentos de este escritor es como entrar en un bar donde muchas personas estén hablando a gritos y tú, que llegas en mitad de la conversación, tienes que filtrar el ruido y además intentar comprender lo que te están contando. Con esto quiero dar a entender el nivel de desconcierto que tienes mientras lo lees. Las nueve narraciones son muy distintas y no parece haber elementos en común más allá de la propia desorientación que siente el pobre lector y que las historias parecen tener una trama que se inclina a la tristeza, aunque en ocasiones no sabes decir porqué. Lo que sí es cierto es que estos cuentos no siguen la estructura clásica. Es decir, aquí no hay un principio, nudo y desenlace. Los relatos empiezan y terminan de manera abrupta, sin introducción previa o alguna pista que te permita situarte. Hay una única excepción, El hombre que ríe. Es la única historia que sigue esta estructura resultando medianamente comprensible, siendo por tanto, la única historia que he disfrutado de verdad. El resto es una amalgama de sórdidos personajes, conversaciones vacías, tramas insufribles y muchísima confusión. Así que cuando logras acabar este libro te sientes como si hubieras tenido un mal viaje tras probar alguna clase de droga alucinógena. Aunque esto último sólo lo sé por referencias.
En definitiva, estamos ante un libro que no permite entrar al lector en su mundo y, por tanto, no resulta fácil leerlo. Con unas situaciones que rayan lo grotesco, conversaciones sacadas de la cabeza de un demente y unas historias que no logras seguir a no ser que le eches demasiada imaginación, esta novela se convierte en un reto poco menos imposible. Mi consejo es que no perdáis vuestro valioso tiempo leyendo esto. Ni merece la pena ni vais a sacar nada más que el tiempo perdido y alguna neurona menos por el estrés. Y todavía hay que agradecerle que solo escribiera nueve cuentos. De haber sido más estoy segura de que mi sistema nervioso se hubiera declarado en rebeldía.
Este libro me ha decepcionado un poco porque esperaba otra cosa. Han sido 9 cuentos sin sentido para mí. No lo recomiendo.
Salinger, como Rulfo, llegó al éxito con una novela y una colección de cuentos y a partir de allí se llamó a silencio. Pero, a diferencia de Rulfo, sus relatos no me han terminado de llegar. Son extraños y quizás sea mi incapacidad de leer entre líneas lo que me ha impedido disfrutarlos más. El mejor, a mi criterio, es "Un día perfecto para el pez plátano", pero sólo por su final, ya que durante su desarrollo parece insulso.
¿Puede un gran éxito inesperado dejarte marcado y machacado para los restos?
Este parece ser que fue el caso de J.D. Salinger tras publicar en 1951 "El guardián entre el centeno": Un auténtico "Boom" literario que lo catapultó a la fama sin apenas pretenderlo.
La historia de ese adolescente que se encuentra perdido y fuera de lugar, conmovió a infinidad de lectores, entre los que yo mismo me incluyo.
Pero después de la juerga viene la resaca.
Por mucho que lo intentó, sus posteriores relatos nos se acercaron, ni de lejos, a su extraordinaria primera obra.
Y es lo que pasa con estos "Nueve cuentos" que, sin estar mal escritos, no tienen la frescura ni la calidad anteriormente cosechada.
Asqueado por la notoriedad y la crítica especializada, dejó de publicar a mediados de los 60; recluyéndose del mundanal ruido mediático que tanto le ofuscaba y molestaba.
Murió en New Hampshire en el año 2010, vivía solo y sin apenas amigos.
Se convirtió, sin quererlo, en uno de los "juguetes rotos" que deja a veces este maravilloso pero también pérfido mundo de las letras.
Sin duda un libro que sabe desconcertarte a la hora de querer darle sentido a las acciones que acaecen en los cuentos. No obstante, lo que para algunos es un defecto para otros (y me incluyo) es una virtud que embelesa al desatar todo un razonamiento sobre qué quiso decir Salinger en cada historia.
El primer cuento, el del pez plátano, es digno de formar parte de cualquier antología de cuentos de literatura universal: es muy bueno, demasiado bueno. Éste, de por si, ya justifica el libro, así de simple. Pero el resto de los cuentos son hermosos también, redactados con esa magia que le da Salinger a sus obras. Un gran escritor americano. Si te gustó "El Guardian entre el Centeno", te va a encantar.
Descubrí a Salinger en la adolescencia con "El guardian..." pero no fue hasta ahora, 25 años después, cuando, por recomendación de una amiga, lo redescubrí en este libro de cuentos. Desde entonces maldigo el que el autor no haya escrito, o publicado al menos, nada más que 4 o 5 obras. Son, como mínimo, muy inteligentes, divertidas y místicas. ¿Que más se puede pedir? Y esta es mi preferida por que creo que en los cuentos es donde derrama más intensidad e ingenio por hoja escrita.
Son rarísimos todos. Cuando los empiezo, despiertan cierto interés; conforme avanzo, pierdo ese interés y estoy deseando que acabe y me preguntó por qué seguiré leyéndolo y me digo que no leeré ningún otro cuento del libro, pero a medida que se acerca al final hay algo que me encanta o me sorprende, llega el final y me quedo atónita con algunos y sorprendida con otros. No sé. Son rarísimos.
El primer cuento, el de los peces plátano, me dejó desconcertado. Me dije "aquí no pasa nada, ¿qué diablos es esto?". Y no leí más. Después de disfrutar muchísimo El guardián entre el centeno, volví a esta antología de cuentos. Seguían sin motivarme tanto como la novela, pero empecé a fijarme en los detalles, en todo aquello que Salinger no dice. Y hay cuentos de estos que son durísimos en todo aquello que no se dice. El de los peces plátano, sin embargo, siguió sin gustarme.