Resumen y sinopsis de Primer amor, últimos ritos de Ian McEwan
En los ocho relatos de este libro, bajo las manipulaciones de McEwan, la depravación puede enmascararse de inocencia y las mariposas pueden resultar siniestras. Con igual fuerza puede mostrar cómo la vida de un niño puede ser arrastrada por lo macabro, o destilar las primeras sensaciones del primer amor, rastreando sus rituales iniciáticos, infundiéndoles una lujuriante imaginería sensual. Asociando lo insólito y la provocación, la ternura y un humor glacial, Ian McEwan nos revela la cara oculta de nuestros fantasmas y nos ofrece una visión diferente de nuestra vida cotidiana.CONTENIDO:
Conversación con un hombre armario
El último día del verano
Geometría de sólidos
Mariposas
Pollón en el escenario
Primer amor, últimos ritos
Han participado en esta ficha: yiyolon samucga brussell
El joven autor (por entonces) de estos cuentos no esquiva el asco, por el contrario, se remanga, se zambulle en él, y explora sin miedo las turbiedades morales de unas voces a menudo infantiles y adolescentes, todo aquello que nos hace volver el rostro. Lo hace sin juicios, de una manera fría y burlona, y lo demuestra con “Fabricación casera”: la educación torcida, los malos ejemplos y el ambiente pobre marcan una iniciación sexual que involucra incesto y violación, pero que también es tanto la semblanza de un amigo como la confesión o el sketch cómico sin puñetera gracia, pero nos reímos; brillante y repulsiva provocación que logra lo imposible y transgrede límites al plasmar la inocencia de una persona sin formar aún, pero con ganas de ser “adulta” y cumplir ritos de paso…
“Geometría de sólidos” es casi un Poe, con una perfecta dosificación del horror, la retranca y del golpe de efecto final: la venganza, el distanciamiento conyugal y el odio soterrado… añadiendo un contexto de diarios, crónica histórica y familiar, ocurrencias pseudo-científicas y elementos tan obscenos como simbólicos (el pene embalsamado).
“El último día del verano” cuenta la convivencia de un grupo de jóvenes sin familia y la llegada de una extraña al microcosmos que habitan a la orilla de un río. Aquí hay ternura, pero también hay soledades, violencias insinuadas, marginación y niños que dejan muy pronto de serlo, sobre todo cuando un acontecimiento fatal interrumpe de manera fatal y definitiva el verano, la dulce ignorancia infantil; desde luego no le tiembla el pulso al señor McEwan.
“Pollón en el escenario” es un interludio tontorrón y con juego de palabras intraducible en su título. Las cosas se salen de madre durante el ensayo de una obra de teatro sexualmente explícita y los supuestos provocadores tienen ante sus ojos, inesperadamente, una realidad muy carnal, aunque no exenta de candidez, que sin embargo no pueden soportar. El sexo, fuerza incontenible, incómoda, que destruye todo orden.
Nula la gracia, eso sí, de “Mariposas”, que se puede llevar la palma como el texto más perturbador al hablarnos del hecho más atroz imaginable, con una niña muerta, un narrador testigo y rápidamente sospechoso, la reconstrucción de lo sucedido siempre interesada, y finalmente, la soledad y los monstruos que engendra, la poética promesa de las mariposas que se deshace grotescamente en un paisaje cada vez más horrible y opresivo. Un intento de iluminar el proceso de cómo se cometen los actos sin nombre, que a veces no vemos aún estando ante nuestras narices.
“Conversación con un hombre armario” es el relato de un freak sobreprotegido hasta extremos enfermizos a lo largo de su triste vida, un pobre diablo cuyas anécdotas vuelven a ser oscuramente cómicas y sórdidas, como de un tebeo underground. Su deseo de aislamiento tiene algo que nos interpela, pese a la repugnancia, su renuncia a la libertad y a la independencia, su deseo de dependencia y de cómoda esclavitud… también es un poco el nuestro.
Algo menos me convencen los últimos relatos, parece que le falta un punto de cocción, o de cierre a la pareja junto al mar de “Primer amor, últimos ritos”, con esos animales (anguilas, ratas) que actúan como motivos simbólicos en un ambiente enrarecido de olores, humedad, suciedad y sexo; los temores de una pareja de nuevo demasiado joven, su incipiente paternidad y esa inocencia siempre tambaleante de unos seres tan puros y tan perversos. “Disfraces” cierra la colección, pero su final nos deja un poco en el aire, pese a la creación de un personaje tan memorable como es el de una vieja tía excéntrica y actriz, con demasiada afición a disfrazarse (travestismo incluido) hasta el punto de llevar a su tierno sobrino a ciertas y turbias confusiones de la identidad...
Son ocho relatos a cada cual más absurdo, nada interesantes, incoherentes... ¡un libro para la piscina de Umbral!
Este fue el primer libro de cuentos que leí del autor y la verdad me abrió la puerta para leer otros de su autoría.
Son relatos crudos, fantásticos y con una buena dosis de humor negro.
Sin constituir lo mejor de McEwan, esta colección de relatos primerizos ya demostraba las virtudes del escritor