Cómo se hace un libro (VII): Las correcciones

Tema peliagudo el de las correcciones, sobre todo para muchos autores, ya sean noveles o experimentados, que no consideran necesario que se haga ninguna más allá de la más básica, la ortotipográfica. Pero, en realidad, la corrección es uno de los procesos más importantes para la realización de un libro. Contrariamente a lo que se piensa, ni siquiera se termina cuando se encuaderna el libro, sino que va más allá, pues un buen editor seguirá haciendo anotaciones previendo las reediciones futuras.
Algunas editoriales no dan la importancia que se merece a la corrección. En el caso de encontrar erratas en el texto, es responsabilidad absoluta del editor, no del autor, ya que éste, al escribir (y luego repasar) el libro tiende a dar más importancia al contenido que al continente. Por el contrario, es trabajo del editor adecuar éste último a unos estándares de calidad decentes. Es imposible, o casi imposible, conseguir “la edición perfecta”, un libro que no tenga absolutamente ningún error, pero un buen editor bien formado, y rodeado de correctores capaces, se acercará bastante a esta soñada perfección.
La corrección de estilo sería la más importante. El editor ha de leer detenidamente el original, corrigiéndolo en base a criterios filológicos. Es la corrección más lenta y difícil, pero muchas veces marcará la diferencia entre una obra mediocre y una buena obra. Un buen corrector respetará el estilo del autor (o traductor), sus giros lingüísticos, su forma de expresarse (siempre y cuando sea correcta), etcétera, centrándose en las imprecisiones en el uso de la lengua, la construcción gramatical inadecuada, las repeticiones (de palabras o incluso de sonidos), la concordancia verbal o la falta de fluidez y de claridad. Los dos conceptos fundamentales que el corrector de estilo ha de tener en su cabeza al enfrentarse a un texto son la corrección y la uniformidad. El tema de la uniformidad cobra una importancia capital en libros con varios autores, ya que podemos encontrarnos una diversidad de normas observadas que obligatoriamente deben unificarse.
En cuanto al tema de las traducciones, el editor ha de enfrentarse a un tema crucial: ha de elegir a un traductor competente en la materia tratada. No se trata tan sólo de elegir un traductor que conozca a la perfección ambos idiomas (el original y el final), sino que tenga conocimientos básicos sobre la temática del libro. Así, hay traductores especializados en libros técnicos, o en novela histórica, e incluso en poesía. Es bastante obvio que cualquiera no puede enfrentarse a la traducción de un poema: aparte de tener una sensibilidad especial ha de conocer el resto de traducciones de la obra del autor, de haberlas, a fin de, o bien seguir las pautas marcadas o, en el caso de malas traducciones, mejorarlas.
El editor, en todo caso, no puede olvidarse de que el texto es del autor, no de la editorial. Así, en todo caso, hay que contar con el autor en los procesos de corrección. Algunos de ellos tal vez no se tomen a bien las recomendaciones del corrector, pero han de tener siempre en cuenta de que él es un profesional que no pretende destruir el libro, sino mejorarlo.

4 de enero de 2012 a las 9:41
Corregir a un autor (me refiero a los autores de calidad) me parece una ridiculez. Me pregunto qué haría un corrector ante la obra ULISSES de James Joyce, o algún listillo que le corrigiera a Cortázar la forma de hablar de los argentinos y en lugar de andate escribiera en el original corregido ándate. Y etc. No es sólo una ridiulez, sino una falta de respeto al creador. Y la uniformidad, otro dislate. ¿Cómo puede uniformarse un texto con el criterio “uniformado” de tal editorial? ¿O es que no se dan cuenta de que esa uniformidad no existe en la literatura seria?
Augusto Lázaro
4 de enero de 2012 a las 9:50
Hasta al mejor autor se le cuela una palabra mal puesta, una expresión equivocada, un párrafo fuera de lugar, un nombre que no toca. Puede que existan textos a los que no haya que tocar una coma, pero deben ser excepciones dentro de una inmensa regla. Y no hay nada peor que un error en un libro que debería ser, por nombre, perfecto. En cuanto a la uniformidad, se refiere a que guarde una completa coherencia interna, que a veces, por despiste o por ser una obra comunitaria, no se da.
4 de enero de 2012 a las 11:52
Pero como dice el artículo, “siempre respetando el estilo del autor”, y en ello supongo que se tiene en cuenta, o debería tenerse en cuenta, ese tipo de problemática que comentas, Augusto.
Digo yo, e igualmente supongo que al final la última palabra la tiene el autor. Aunque no tendrás tanto poder de decisión si no eres conocido
4 de enero de 2012 a las 12:26
La parte de corrección es la más pesada para el autor, ya que en realidad es la menos creativa. Además, siempre es posible encontrar errores, maneras diferentes de decir lo mismo, etc. Muchos escritores piensan que una obra en realidad nunca se termina del todo.
4 de enero de 2012 a las 12:31
Me parece fundamental que un libro editado no contenga errores ortográficos ni tipográficos y oor supuesto ningún error de imprenta. En el último libro que he leído de Katherin Pancol “Las ardillas de Central Park están tristes los lunes” faltan varias páginas de la 768 a la 777, casi nada . Una verguenza me he puesto en contacto con la editorial a través de su facebook y ni un comentario ni disculpa ni nada. Vamos que con el precio que tienen los libros si no se toman la tarea de al menos comprobar que estén completos vamos apañados. En cuanto al estilo del autor creo que debe respetarse siempre, si se ha decidido editar algo es porque se apuesta por ello y si se liman cosas debe ser siempre con su consentimiento.
4 de enero de 2012 a las 13:20
En el último párrafo, hablando de correcciones, tienen un error. Lo correcto sería decir: “…pero han de tener siempre en cuenta que…” en lugar de “de que”. Darse cuenta es de que pero tener en cuenta es sin de. Por este tipo de cuestiones estoy muy de acuerdo con el artículo.
4 de enero de 2012 a las 23:07
Supongo que esto se da en casos de autores que cuenten con el respaldo de grandes editoriales detrás, aunque en el caso de la autoedición es algo mucho más duro, ya que el autor ha de llevar a cabo ambas tareas. Me ha gustado el concepto de uniformidad, ya que al escribir y releer capítulos me doy cuenta que los capítulos cuentan con mayor o menor fluidez según el momento en que lo escribí, además de la gramática es importante la corrección gramática, pero sobretodo que el estilo sea el mismo en cada párrafo de cada capítulo. Saludos!!
5 de enero de 2012 a las 7:26
A mí me parece bien que se corrija, por eso de que “dos ojos ven más que uno” y errores los cometemos todos, ya que nadie es perfecto ni infalible, incluso después de escribir y remitir una obra puedes darte cuenta tú mismo de ciertos errores. Creo que hay que ser humilde, que no es lo mismo que sumiso.
8 de agosto de 2012 a las 10:27
Yo he leido libros, en especial los traducidos, que sencillamente no debieron salir de la editorial con tantas fallas. Allí siempre faltará un buen corrector…
Y para Augusto te tengo una mala noticia, las obras de Cortazar, así como las de Joyce (mucho menos esta último que se sabe fue muy mal editada), pasaron ajuro por correctores de estilo. Obviamente con los apuntes sobre lo que no se debía sacar y lo que si. No seas ingenuo