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Entradas de diciembre de 2011

Cómo se hace un libro (VI): El proceso editorial

31 de diciembre de 2011 en Divulgación

Proceso editorial

Un autor ha recibido el visto bueno de una editorial a su libro, o ha entregado (si es el caso) la obra que le encargaron. ¿Y ahora qué? El original queda en manos del editor y el autor puede llegar a desesperarse si desconoce los entresijos que lo llevarán a convertirse en un libro. Los autores con más experiencia pueden conocer ya las respuestas a algunas preguntas, pero para los noveles todo son incógnitas: no saben quién va a intervenir en la confección del libro, ni los plazos, ni cómo será el diseño interior o de la cubierta. Si no tienen noticias de la editorial durante un tiempo pueden llegar a pensar que no se está trabajando en su obra. Esto es un error: hay que tener mucha paciencia y tener siempre en cuenta que, incluso en editoriales muy pequeñas, lo más probable es que el editor no se esté ocupando solamente de tu libro, sino de diez, de veinte, o incluso de más, a la vez y cada uno en una fase distinta de producción. Suponer que un editor ocupa el 100% de su tiempo en un solo original (el tuyo) es de una candidez superlativa.

El editor debe ser consciente de que para el autor el único libro que existe es el suyo, así que lo recomendable es dejarle bien claro el recorrido que va a seguir su obra hasta su publicación, hacerle un breve esquema de los pasos (que no de los plazos: no hay nada que desespere más a un autor que un plazo incumplido, por mucho que se haya insistido en su provisionalidad) y hacerle notar en qué estadios se necesitará de su colaboración y, por tanto, habrá una comunicación más fluida. Porque el concurso del autor será fundamental, en primer lugar, durante la corrección de estilo y la posterior corrección de pruebas y, después, tras la impresión, cuando la editorial comience la promoción. Incluir al autor en más etapas de las necesarias es una complicación para ambas partes.

Los editores (o, de haberlos, los correctores en los que delegan su trabajo) han de leer el libro por completo y comprobar que se ha entregado todo el material necesario para su elaboración. Puede parecer una perogrullada, pero de no hacerse algo tan básico surgirán complicaciones durante el proceso editorial, sobre todo en el caso de los ensayos. No tiene sentido, por ejemplo, entregar un ensayo sin la bibliografía correcta, porque el corrector acabará trabajando el doble. Todo original entregado a una editorial tras su aprobación debería incluir (cuando corresponda, según el género):

-Título (aunque a veces, por cuestiones de promoción, la editorial puede llegar a proponer cambiarlo)
-Índice (indistintamente al principio o final del original: su colocación no depende del autor, sino de la editorial, que seguirá unas pautas prefijadas)
-Páginas preliminares (dedicatoria, introducción o prefacio, agradecimientos)
-Capítulos
-Bibliografía (a ser posible correctamente citada. Hay que tener en cuenta que existen varios sistemas aceptados para citar bibliografía. Dependiendo de la editorial se respetará la opción elegida por el autor o se adaptará al sistema que se haya usado en el resto del catálogo)
-Apéndices (glosarios, apéndices documentales o fotográficos)

Además, el editor debería aportar al corrector, de haberlo, las ilustraciones interiores que acompañarán al texto.

Otro paso fundamental sería, por parte del editor, comprobar que las cifras aportadas por el autor, o los hechos citados, se ajustan a la realidad. Hay que valorar las consecuencias legales que podrían derivar de la incorrección (malintencionada o no) de éstas. También hay que tener cuidado con los contenidos del libro: si se considera ofensivo o difamatorio también podrían surgir problemas a posteriori.

Rashomon, de Ryunosuke Akutagawa

30 de diciembre de 2011 en Reseñas

Rashomon - Ryunosuke Akutagawa

El premio Akutagawa es el galardón literario más prestigioso de Japón y lleva otorgándose, dos veces al año, desde 1935. El nombre del premio es un homenaje a Ryunosuke Akutagawa, autor japonés que fue el miembro más destacado del movimiento neo-realista surgido en Japón en la segunda década del siglo XX. Akutagawa se suicidó en 1927 con 35 años después de ser perseguido, y alcanzado, por la enfermedad mental. De su obra destacan los cuentos centrados en el Japón feudal y contaba entre sus maestros con Natsume Soseki, el autor de Soy un gato. Llevaba un tiempo con ganas de leer a este autor y parecía que la mejor manera era con esta antología de relatos, Rashomon.

Rashomon es el título del relato que da nombre a la antología, y en él nos encontramos con una historia sobre la decadencia del ser humano. Rashomon era una de las dos puertas de Kioto, la capital durante la era Heian en cuyo final se situaría la acción. En esa puerta, antes imagen del esplendor de la ciudad ahora reflejo de su decadencia, se refugia de la lluvia el criado despedido de un samurái. Mientras cavila sobre su futuro entra en el edificio para poder dormir, pero no solo entra en Rashomon, también abraza su nueva realidad. Akira Kurosawa dirigió una película basándose en este relato y en En el bosque, otro de los que componen esta antología; la aparición de un cadáver en el bosque lleva a la declaración de varios testigos, incluidos los protagonistas, con versiones subjetivas de lo sucedido, de la verdad.

El biombo del infierno nos acerca a la creación de una obra de arte por parte de un artista dispuesto a todo por su trabajo y que descubrirá cual es el precio de su arrogancia y, lo peor, que está dispuesto a pagarlo. Es uno de los cuentos que más me ha gustado (quizás por que lo leí al lado de una chimenea).

El volumen se completa dos relatos, Kesa y Morito, y La nariz, una curiosa historia sobre un monje de nariz descomunal que intenta disimular el complejo que le supone no dándole importancia hasta que se le presenta la oportunidad de deshacerse de ella (a través de un método bastante doloroso).

Akutagawa es un autor a revisitar, un poco deprimente (es lo que tiene ser realista) pero con relatos muy cuidados y redondos.

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Cómo se hace un libro (V): El contrato

29 de diciembre de 2011 en Divulgación

Contrato Editorial

Antes de decidir publicar un libro la editorial debe estimar los costes. En grandes editoriales estos son complejos de calcular, ya que no estamos hablando tan sólo del precio de producción, sino también de los costes de promoción y marketing. Las campañas de venta del libro son una parte importante, y en ocasiones son tan costosos como la fabricación del libro en sí misma. Además, hay que tener en cuenta que no todo se reduce a pagarle al escritor o a los que lo van a editar y maquetar, ya sean internos o externos de la editorial: las ilustraciones, fotografías, el diseño de la cubierta o, en su caso, la traducción, son costes fijos que han de ser tenidos en cuenta. En el caso de libros técnicos, también habrá que recurrir a asesores, lo que encarece aún más el precio. Sin embargo, los libros especializados tienen costes variables más fáciles de calcular, ya que al tratarse de un mercado restringido, la campaña de marketing no influirá habitualmente en las ventas. A veces la promoción puede limitarse simplemente a enviar un servicio de prensa a publicaciones de su área temática, y esto podría ser suficiente para que la publicación sea conocida por la mayor parte del público potencial.

Pero sea como fuere, debe existir un contrato con el autor. Aunque dependiendo del sector al que se dedique la editorial estos pueden variar muchísimo (no es lo mismo una editorial técnica que una comercial, por ejemplo), dentro de un mismo sector los contratos tienden a ser muy parecidos, a veces casi indistinguibles de una editorial a otra. Una característica de los libros comerciales y de sus autores es que, a diferencia de los libros y autores especializados, suele intervenir la figura de un agente, que dependiendo del autor (pues algunos dejan absolutamente todo el proceso en sus manos) tendrá una mayor o menor importancia en el proceso de elaboración del libro. Sus honorarios suelen ser una décima parte del los ingresos para el autor.

Las regalías dependerán, como hemos dicho, del sector editorial concreto. En las ediciones comerciales se suelen incluir cláusulas que permiten al autor aumentar sus honorarios en caso de que el libro tenga unas buenas ventas, lo cual es completamente lógico: recompensar a un autor popular hará que éste, en un futuro, quiera seguir trabajando con esa editorial y no con una de la competencia. Además, para la editorial esto no supone perder dinero, ya que estos aumentos en los porcentajes suelen hacerse coincidir con las reimpresiones (erróneamente llamadas de forma habitual “reediciones”), y reimprimir un libro es bastante más económico que producir uno nuevo. Los autores que aseguran buenas cifras de ventas están muy cotizados, y las editoriales los tratan de una forma mucho más cercana y comprensiva que a los autores noveles. De todas formas las editoriales deberían ser conscientes (muchas veces no lo son) de que la industria de la que forman parte no existiría sin los creadores, y de que un escritor novel es un potencial futuro escritor comercial de éxito (y, en parte, su futuro éxito dependerá de que la editorial apueste plenamente por sus libros).

En cuanto a los derechos que se especifican en los contratos hay que distinguir entre el derecho de edición, el fundamental para que una editorial pueda publicar un libro, y otro tipo de derechos subsidiarios que, sobre todo para las editoriales comerciales, son más que interesantes, ya que pueden explotarlos ellas mismas o incluso cederlos a otra editorial. Estamos hablando de las traducciones, la publicación en otros formatos (por ejemplo en bolsillo) o la inclusión en catálogos de clubes de lectores (en España tenemos como ejemplo más claro el Círculo de Lectores). Sin embargo, los agentes son cada vez más reticentes a otorgarle todos estos derechos a la editorial que publica el libro, especialmente el tema de las traducciones o de la edición en países distintos al de la editorial (aunque compartan idioma). Otro derecho que cada vez se restringe más es el de la adaptación de la obra a cine y televisión. En todos estos casos los agentes y los escritores se han dado cuenta de que los réditos son mayores si retienen y negocian ellos mismos todo esto, aunque a veces no son conscientes de que si están en la mano de la editorial será más fácil “colocar” el libro en otros mercados, por ejemplo.

Alonso Tudela, el hombre del millón de libros

28 de diciembre de 2011 en Noticias

Millón de libros

Lo primero que llama la atención cuando llegas a la finca de los Tudela, cerca de Albarracín, es su lejanía. No tanto física, apenas a veinte kilómetros del pueblo más cercano, sino espiritual. Con cada kilómetro que nos acercamos a su casa menos parecemos habitar en el mundo ruidoso, artificial y tecnológico que tan bien conocemos y tan bien nos domina. Allí, entre campos de trigo, álamos solitarios y pequeños riachuelos, el tiempo parece haber adoptado una actitud diferente.

La casa de Alonso Tudela es grande. Algunos la calificarían de mansión, pero le falta visión señorial para eso; está construida a grandes bloques, creciendo de manera desigual a medida que a la familia le hacía falta espacio. Hoy en día sólo vive en esta casa Alonso Tudela, de noventa y cuatro años, y su cuidadora. Además, claro, entre esos muros de piedra gris y bajo la techada roja les acompaña ese millón de libros por el que Tudela ha ocupado numerosas notas en diarios aragoneses.

La cuidadora, Marta, nos abre las puertas de la casa. Ya en el recibidor se levantan dos o tres filas de libros todavía envueltos en plástico protector. El señor todavía no ha tenido tiempo de clasificar estos ejemplares -nos comenta- a veces se le acumula el trabajo, sobre todo en navidades o en las fechas de la feria del libro. Lanzo un vistazo rápido antes de continuar, Reverte, Zafón, Eco… al parecer Tudela tiene un gusto ecléctico.

El señor de la casa nos espera, como no podía ser de otra manera, en la biblioteca. Nos quedamos sin aliento en medio de una sala no apta para claustrofóbicos. Cientos, miles, de volúmenes se apilan en estanterías que ocupan hasta el último rincón de una habitación que en otro tiempo había servido para apilar enormes cubas de vino. Tudela se da cuenta de nuestro asombro y sonríe tras las gafas redondas que le dan un cierto aire a intelectual de los años 20. Sentado en un enorme sillón orejero, lucha contra el frío aragonés con una estufa de gas y una manta sobre las piernas. El rostro lo tiene surcado de arrugas y viste una chaqueta gris de paño. A su lado se levanta una pila de libros que, mientras nos esperaba, ha ido despojando de sus envoltorios.

La entrevista se desarrolla más deprisa de lo que esperamos en un principio. Tudela nos confirma el número exacto de los volúmenes de su colección: un millón de ejemplares que ocupan esa sala y casi en su totalidad el resto de la casa. A la pregunta de cuándo nació su afición por los libros contesta mientras etiqueta la última novela de Lucía Etxebarría. Los libros son cultura -afirma-, eso decía mi padre. Así que en casa siempre había libros, lo único que hice yo fue coger la costumbre de ir comprando. Primero poco a poco, siempre que bajaba a la capital, y luego ya, con el Círculo, por catálogo. Ahora compro por Internet todas las novedades y me las traen a casa gratis.

Así que hasta aquella casa abandonada han llegado las ventajas de la red. Tudela deja a un lado el libro y continúa. También he comprado varias bibliotecas completas de saldo, tengo un librero de viejo que me visita un par de veces al año y que viene con un camión lleno de libros en perfecto estado.

Mientras Joan, el fotógrafo, sale a la caza de unas buenas fotos, no puedo hacer la pregunta inevitable: ¿Cuántos de esos libros se ha leído? A lo que yo creo que es una pregunta divertida y que, normalmente, hace que el entrevistado se suelte, el señor Tudela parece algo incómodo. ¿Leídos? -repite- Bueno, la verdad es que nunca he leído un libro en mi vida. Entiéndame, sí que he leído los de estudiar en la escuela, y en su día el Código de circulación, pero de estos, de mis libros, todavía no me ha dado tiempo a empezar ninguno. Si casi no puedo ni ordenarlos, imagínese si tuviera que leerme alguno.

No acabo de creerme la historia del señor Tudela, pero su ceño fruncido y la cara de la cuidadora acaban por convencerme. Parece algo irreal, un millón de libros comprados y ninguno leído… así que le pregunto si piensa donar sus libros en algún momento.

Tudela sonríe con un cierto brillo de orgullo en los ojos. Se quita las gafas y las pliega. Por supuesto -anuncia-, ya estoy preparando mi legado. A mi edad estas cosas hay que dejarlas claras. Cuando muera he dejado las instrucciones pertinentes para que mis libros sean donados a un museo y puedan ser contemplados.

¿A un museo? -le interrumpo- Será a una biblioteca. No -contesta-, a un museo. Esta no es una biblioteca para leer, es una biblioteca para mirar. Con lo que me ha costado. Lo dice de manera tajante, tanto que prefiero no seguir discutiendo. Llamo a Joan, que parece entusiasmado con sus fotos, y nos despedimos del señor Tudela, el cual pierde rápidamente el interés en nosotros mientras sigue catalogando sus libros pendientes.

Nos montamos en el coche y abandonamos, entre campos de trigo y caminos sin asfaltar, ese cementerio literario en que se ha convertido la biblioteca del hombre de un millón de libros.

Actualización: Este artículo es en realidad una pequeña broma realizada para el Día de los Inocentes. Ni Alonso Tudela ni su millón de libros existen realmente. ¡Gracias a todos por vuestros comentarios!

¿Debe la cultura ser gratuita?

27 de diciembre de 2011 en Opinión

Cultura libre y gratuita

La respuesta a la pregunta que da título al artículo no debería suponer un esfuerzo para toda persona de bien: En las condiciones adecuadas la cultura siempre debe ser gratuita. No sólo eso, debería ser, además, libre. Libre para ser copiada, transmitida, modificada, usada, denostada, ensalzada, mordida, digerida y gastada. Todo siempre, y este es el punto importante, en las condiciones adecuadas.

Sostener que la cultura debe ser onerosa, que hay que pagar por ella sí o sí, sólo puede responder a intereses puramente personales. Pensemos de manera utópica durante unos segundos, ¿no sería maravilloso un mundo en el que toda forma artística, todo conocimiento, estuviera al alcance de nuestras manos con tan sólo quererlo? ¿Acaso se banalizaría la cultura por disponer de un acceso universal y gratuito a ella?

Sin embargo, no estamos en un mundo utópico. La cultura conlleva un coste de creación, no se genera de manera espontánea, aunque a muchos pueda parecerles que el acto creativo no requiera dificultad o esfuerzo. Siempre hay un gasto, aunque no contemos con los entresijos editoriales que hacen que una obra se defina, perfeccione y llegue a nuestras manos de la mejor manera posible, el gasto personal existe y suele ser más grande de lo que pensamos.

Hasta ahora los autores, los creadores, permitidme que hable de los escritores en concreto, reciben un porcentaje por libro vendido, tradicionalmente establecido en un 8 o un 10 por ciento. Con esta premisa no es tan raro que pocos autores clamen al cielo por lo caro de sus libros y también pocos vean con buenos ojos los precios bajos que se reclaman por los ebooks. Ese, más el anticipo, calculado en base a tirada y prestigio, es el maná con el que las editoriales llevan décadas alimentando a los escritores. No me malinterpretéis, es un negocio cómodo para el escritor, que se desentiende de prácticamente el resto del proceso editorial. Ni márketing, ni organizar giras, ni preocuparse de portadistas, correctores o distribuidores. Nada de nada. Es lógico entonces que cuando el sistema se tambalea y las cosas cambian, los propios escritores se asusten al ver amenazado un modo de vida que ha demostrado su solvencia.

O, al menos, eso es lo que nos cuentan los escritores que viven de sus libros. Si hiciésemos un listado de escritores y nos fijáramos en los que única y exclusivamente viven de sus libros con este sistema nos daríamos cuenta de que son muy pocos, una élite de gran éxito, éxito conseguido por sus medios y valía, que conste, pero que no pueden ser representativos de la mayoría.

¿Y qué le parece a esa mayoría? Bueno, para qué engañarnos, a mi me encantaría dedicarme sólo a escribir, mandar un correo electrónico a mi editor y olvidarme hasta cobrar el cheque. Pertenecer al olimpo literario es una aspiración llena de glamour, vivir bajo los focos, ser conocido, popular… el masaje de ego que todo escritor necesita amplificado por mil. Ahora, tampoco pasa nada por combinar trabajo y literatura, sobre todo, en mi caso, por ejemplo, si mi trabajo, o trabajos, están dentro de ese «mundo literario» (talleres, charlas, artículos). Otros autores, por ejemplo, son muy felices siendo químicos, ingenieros, arquitectos, periodistas o músicos, además de escritores, aunque no siempre se tiene esa suerte (no ya que te guste el trabajo, sino, simplemente, tener uno).

Pues bien, la cultura en un mundo ideal sería gratuita, y la literatura, en el mundo que nos ha tocado vivir, no lo es. Sin embargo, parece que en el futuro es más que probable que el sistema actual de producción y venta de libros cambie, si a mejor o a peor, no se sabe, lo que está claro es que va a ser mucho más grande y más barato. ¿Se repartirá más el dinero en una base amplia y menos en una élite? ¿Se creará una nueva élite que ganará mucho más dinero? ¿Se agruparán los autores para pagar servicios editoriales al margen de las grandes empresas? ¿Conseguirán desde las editoriales controlar las descargas y el modo de consumo al que nos dirigimos?

Todo son preguntas a las que no tengo respuesta, y sé que vosotros, lectores, escritores, libreros, editores, tenéis más preguntas todavía. Creo que es el momento de comenzar a dialogar, de conocer más vuestras inquietudes y propuestas. Os esperamos, como siempre, en los comentarios.

Kitchen, de Banana Yoshimoto

26 de diciembre de 2011 en Reseñas

Kitchen - Banana Yoshimoto

Kitchen fue el primer libro escrito por Banana Yoshimoto, escritora japonesa que ya nos ha visitado en blog unas cuantas veces. Con este libro Yoshimoto consiguió un gran éxito con más de cincuenta ediciones, un par de películas y multitud de premios, convirtiéndose así, en uno de los estandartes de la nueva literatura contemporánea japonesa. Esta historia, muy breve, va acompañada en muchas ediciones de otro relato, Moonlight Shadow. La prosa de Yoshimoto es engañosamente sencilla, directa, al igual que sus historias, contadas en primera persona.

En Kitchen la protagonista es una joven japonesa que debe enfrentarse a la pérdida de un ser querido. Mikage, se encuentra sola tres la muerte de su abuela, la mujer que la ha criado, y encuentra refugio en la casa de Yuichi, un chico de su edad, que hizo amistad con su abuela.

Yuichi y su madre, Eriko, forman una curiosa familia. Eriko, una mujer espectacular, es en realidad, el padre de Yuichi; tras la muerte de la madre biológica de Yuichi, el amor de su vida, decidió adoptar el papel de madre con todas sus consecuencias. Eriko trabaja en un bar de transexuales y, a pesar de que su vida nocturna hace que no la vean mucho, la vida de los dos jóvenes gira entorno a ella. Mikage siempre se ha encontrado cómoda en las cocinas. Limpiándolas, cocinando en ellas encuentra una paz y una seguridad que le niega el mundo (la muerte de sus padres, la de su abuela). En casa de los Tabane, en su cocina y en su desordenado modo de vida, consigue encontrar el impulso para seguir adelante. La modernidad, los electrodomésticos que sin parar compra Eriko, la propia vida de Eriko y la independencia que busca Mikage, contrastan con el sentir tradicional de cocinar, el ritmo lento de la cocción.

Cuando parece que su vida, ya fuera del refugio que habían supuesto los Tabane, empieza a enderezarse, rodeada de cocinas y de recetas, una nueva muerte le lleva a volver a coger impulso, a replantearse su vida.

En Moonlight Shadow, Satsuki vive conmocionada por la muerte de su novio en un accidente de coche, una muerte súbita que le impide seguir adelante. El encuentro con una mujer, Urara, le brindará la oportunidad de pasar página.

Como vemos, nuevamente Banana Yoshimoto, como en NP o en Sueño profundo, nos cuenta la historia de una joven mujer que debe enfrentarse a un trauma que la ha sumido en un estado de inercia y consigue hacerlo tan bien y con protagonistas tan curiosos, que no nos importa que nos esté contando la misma historia.

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Cómo se hace un libro (IV): La importancia del catálogo

25 de diciembre de 2011 en Divulgación

Libros - Catálogo

Una de las razones más comunes que tiene un editor para rechazar un original es argüir que no encaja en el catálogo de la editorial. A los escritores les puede sonar a excusa, y si bien es cierto que a veces se recurre a este tópico ya no sólo para no herir la susceptibilidad del autor dando las verdaderas razones sino también para ahorrar tiempo en la explicación, lo cierto es que la importancia del catálogo, y la sutileza en su confección, es fundamental. No estamos hablando de enviar un libro de cocina a una editorial especializada en textos técnicos de arquitectura, sino de algo más complejo. Aunque el autor no sea consciente y crea que su obra “encaja”, ha de tener en cuenta que las editoriales planifican minuciosamente su fondo editorial. Aunque un libro de sonetos y otro que usa rima libre sean poesía, ambos difícilmente podrían estar juntos en una colección que haya sido meticulosamente planeada. En una colección de novela, por poner otro ejemplo, tal vez se hayan fijado unos estándares de calidad (no sólo temáticos o de extensión) que el original recibido no cumpla. Lo cual no quiere decir que la novela sea mala: simplemente no encaja en el catálogo de esa editorial en concreto.

Existen editoriales, sobre todo las grandes, con catálogos muy amplios y en los que cabe prácticamente todo, pero en las pequeñas y medianas los catálogos tienen una coherencia interna que, aunque es difícil de observar desde el exterior, existe. Los libros de dicho catálogo, para el editor, forman un conjunto y guardan relación entre sí, aunque dicha relación parezca vaga.

Los catálogos, por otra parte, nunca pueden estar parados: por un lado, las novedades han de ser lo suficientemente interesantes y, a la vez, mantener el nivel de calidad del resto de títulos. Los libros antiguos que se siguen vendiendo bien o que dan prestigio a la editorial se deben reeditar, evitando que lleguen a agotarse completamente ya que esto dificultaría volver a colocarlos en distribuidoras y librerías. La calidad del fondo editorial es, pues, esencial, y en tiempos de crisis como los que vivimos un buen fondo puede suponer un soplo de aire para las editoriales (no hay que olvidar que las reediciones son mucho más baratas).

La estructuración del catálogo en colecciones, a veces cada una con un director que es el que propone y supervisa los títulos, es otro detalle a tener en cuenta para que la coherencia no se pierda. La inclusión de un índice para facilitar a librerías y eventuales lectores la localización de los libros deseados también es fundamental. Los catálogos, ahora mismo, deberían estar disponibles por completo a través de Internet, aunque no todas las editoriales han comprendido la importancia de estar presentes en la red.

Cómo se hace un libro (III): El inicio del proyecto editorial

24 de diciembre de 2011 en Divulgación

Proyecto

Aunque a lo largo del proceso de elaboración de un libro el editor puede llegar a introducir modificaciones de casi cualquier tipo, hay una serie de elementos que ha de tener planificados de antemano. Lo principal es conocer la expectativa que el título que se planea publicar generará en el mercado, si responde a una demanda real o no, cuál es el público objetivo (o target), así como detalles técnicos tales como el formato de publicación o el precio de comercialización. Una vez solucionadas ciertas problemáticas junto a los responsables de marketing y de producción, se pasaría a la negociación con el autor, firmando un contrato, estableciendo cuáles serán las regalías y los adelantos de derechos y, por supuesto, fijando una fecha tope (en el caso de los libros por encargo) para la entrega del material, así como determinar la extensión que tendrá.

Por otra parte, muchos autores, sobre todo los noveles, no son conscientes de que la presentación de originales completos no es a veces lo más apropiado, sobre todo en ciertas editoriales. Es lógico pensar que una editorial, para que valore una novela, debe tener esta ya finalizada en sus manos, pero ¿no es igualmente razonable darse cuenta de que en editoriales de pequeño y mediano que no cuentan con personal específicamente empleado para la lectura y valoración sería mejor ponerles las cosas más fáciles? El autor haría bien en dejar su original bien guardado y redactar una presentación de su obra más o menos detallada. La más simple podría reducirse a una sinopsis y una pequeña parte del texto (un par de capítulos, por ejemplo), material más que suficiente para que el editor se haga una idea de la obra. Si a la sinopsis general y al texto de ejemplo añadimos una escueta sinopsis de cada capítulo, una evaluación del público al que va dirigido (argumentando las razones por las que será atractiva la obra) e incluso una DAFO en la que pormenorizar las fortalezas y debilidades respecto a otros libros publicados, mejor que mejor.

Cuando el original (o la propuesta de hacer cierto libro) llega al editor nos podemos encontrar con un problema: aunque se presupone en él una cultura general amplia, puede que el tema tratado, sobre todo cuando hablamos de ensayos, no le sea siquiera familiar. No obstante, cualquier editor con cierta experiencia debería ser capaz de valorar el interés de la propuesta simplemente formulándose ciertas preguntas básicas acerca de la consistencia lógica de la obra, de la coherencia de su estructura, o de si la información que presenta está fundamentada. En el caso de una novela es tan sencillo como comprobar que la prosa es sólida y el argumento se sostiene, sin olvidar otros factores que harán “vendible” el libro final.

Otro aviso a escritores en ciernes: los editores muchas veces se mueven por instinto, y valoran cada detalle antes de lanzarse a aprobar un libro. La comunicación con el autor es, entonces, un tema peliagudo: un autor que, incluso antes de firmar el contrato, se muestra agresivo, tarda en contestar correos electrónicos (o no coge el teléfono) o es descuidado en la redacción de sus mensajes hará plantearse al editor muchas cosas, y no precisamente buenas a la hora de decidirse finalmente por su obra. En este sentido, y dado que en este punto del proceso es la editorial la que tiene la sartén por el mango, es normal pensar que el escritor ha de ser más permisivo con el editor que viceversa, algo que cambiará una vez se haya formalizado la relación de forma contractual.

Cultura y Ciudad

23 de diciembre de 2011 en Divulgación

Libros - Ciudad

¿Qué es lo que hace que una ciudad sea “cultural”? ¿Qué es lo que hace que una ciudad tenga fama de intelectual, de culta, más aun, qué es lo que hace que sea una ciudad literaria? En nuestro artículo sobre las ciudades más literarias basado en la selección que realizó National Geographic, descubrimos que las ubicaciones literarias por excelencia eran aquellas que incluían rutas turísticas dedicadas a escritores famosos (algunas más alcohólicas que otras), librerías gigantescas y espectaculares ferias del libro. Pero, si reflexionamos sobre ello, ¿no sería el número de lectores visibles un factor fundamental? ¿De qué sirven las casas-museo de escritores si no hay interés manifiesto de los ciudadanos por la lectura?

Esto es algo que ha tenido muy en cuenta Chris Gilson, un investigador de la London School of Economics, que en un concurso reciente de ideas para la ciudad de Londres expresadas a través de Twitter, sugirió la creación de una red de intercambio de libros en las más de 700 estaciones de tren y de metro que existen en la inmensa urbe londinense. La sugerencia ha tenido una muy buena acogida por parte del alcalde, Boris Johnson, que ha asegurado que se intentará llevar a cabo para coincidir con las Olimpiadas del 2012, que se celebrarán en Londres. Aunque la capital británica ya es, de por sí, una de las ciudades más relevantes del mundo de la literatura, Johnson quiere afianzar su imagen de ciudad lectora animando a los habitantes a intercambiar sus ejemplares, favoreciendo también de esta manera el reciclaje de libros que, de otro modo, podrían acabar en la basura. Debido a las restricciones actuales de los ebooks y sus lectores electrónicos, el acto de compartir sigue siendo un terreno propio del libro en papel, y una red oficial de préstamo social (máxime en un entorno propicio como es el transporte público, lugar de lectura principal para una gran cantidad de viajeros que aprovechan el paréntesis de tiempo que ofrece el tren o el metro para avanzar con una buena obra) impulsaría la ya pujante afición de los londinenses por la lectura en movimiento. La idea no es original: ya existen algunos de estos puestos de intercambio, pero se reducen a tres, y Gilson pretende que todas las estaciones tengan su propio punto de lectura. Esta nueva vida para los libros podría servir de ejemplo para otras grandes ciudades, y por otro lado otorga a esta en concreto una imagen poderosa de cultura y amor por lo literario, muy conveniente para unas Olimpiadas, evento en el que la ciudad anfitriona se halla siempre bajo el más estricto escrutinio. Eso sí, Johnson ha dejado muy claro que la idea se desarrollará siempre que no le cueste ni un penique a los contribuyentes, así que como Gilson no se ponga a reclutar twitteros voluntarios o surja alguna empresa privada que vea alguna forma de rentabilizar el proyecto, es posible que una buena idea se quede simplemente en eso, en una buena idea.

Cómo se hace un libro (II): Las tres elecciones

22 de diciembre de 2011 en Divulgación

Tres elecciones

Tres son las elecciones fundamentales en la génesis de un libro, dos por parte del editor y una del autor.

-¿Cómo seleccionan los editores un libro?

Seamos francos: el libro es un producto y las editoriales son empresas. Por tanto, el principal motivo para que un editor elija un texto y no otro para su publicación son las expectativas de venta. Existen salvedades, por supuesto: algunas pequeñas editoriales (alguna hay, sí) no tienen ánimo de lucro y publican lo que a su editor (que a la sazón también es el que financia) le gusta. Son editores por vocación, que no tienen inconveniente en perder dinero para hacer lo que más les apetece y lanzar al mercado libros que, de otra forma, no se publicarían o lo tendrían francamente difícil. Pero, ¿qué porcentaje de editoriales responden a este patrón? Sin duda estamos hablando de un fenómeno minúsculo. Tampoco son aplicables del todo los criterios racionales de selección de textos a las instituciones (ayuntamientos, fundaciones, diputaciones, etc.), ya que por compromisos u otro tipo de intereses pueden acabar publicándose a través de ellas libros de dudoso interés comercial. Además, existe otro fenómeno, el de las editoriales que se benefician de subvenciones de las administraciones locales y autonómicas. Por poner un ejemplo muy concreto y que sería extrapolable a otras comunidades, en Andalucía existen subvenciones para la edición de libros “de temas andaluces”. Son bastantes las editoriales que hacen negocio con estas subvenciones, dedicándose casi en exclusiva a la publicación de libros que puedan ser subvencionados, ahorrándose así una buena parte de los costes. Pero, por lo general, y en el caso de las editoriales comerciales, se buscará ante todo, a la hora de publicar un libro, una rentabilidad económica siempre y cuando el original recibido encaje dentro de su catálogo.

-¿Cómo eligen los editores a los autores?

En los libros por encargo, los editores han de ser conscientes de qué necesitan, así como los plazos que han de cumplir. Ellos mismos eligen un tema que consideren que tendrá éxito en un futuro inmediato, algo muy habitual sobre todo en ensayos y novelas, y se ponen en contacto con autores de reconocido prestigio intentando atraerlos para firmar un contrato. Ya no estamos hablando solamente de réditos a nivel comercial: a veces para una editorial es más importante contar con un autor prestigioso en el catálogo incluso a sabiendas de que la inversión no vaya a ser rentable a corto plazo. Sin embargo, los fondos editoriales y la creación de catálogos compensados y de larga duración en el tiempo de vida comercial son importantísimos. Como se suele decir, para saber ganar primero hay que saber perder.

-¿Cómo eligen los autores a los editores?

Algo que muchos autores noveles no se plantean siquiera es realizar ellos mismos una criba que les ahorrará tiempo y, por qué no decirlo, dinero. ¿Para qué enviar originales a editoriales que difícilmente estarán interesadas en tu obra? Ciertas editoriales no publican a noveles, eso está claro, y no todas las editoriales publican cualquier obra, sea cual sea la temática. Torpedear a una editorial especializada en libros de cocina con envíos de obras de novela negra es un esfuerzo baldío. En el caso de los autores consagrados esta cuestión ya es totalmente diferente, y elegirán una u otra editorial por el prestigio de la misma, por la calidad de sus ediciones y, tema nada baladí, por la importancia de otros autores de su catálogo.