Resumen y sinopsis de La caída del Imán de Nawal El Saadawi
La caída del Imán, obra maestra de la narrativa árabe actual, no sólo constituye un testimonio humano excepcional, sino una insólita y bellísima pieza literaria de gran envergadura. En palabras de Doris Lessing, «el relato trata de las mujeres que sufren la áspera dominación islámica, pero podrían ser mujeres de cualquier lugar en el que haya crueldad y malos tratos. Es una novela diferente de todas las que he leído, es más un poema o una balada doliente, con una cualidad hipnótica que le imprime su lenguaje rítmico y acerbo, en el que describe el mismo hecho una y otra vez: una mujer a la que dan muerte, en nombre de la religión, los hombres que han abusado de ella.
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Relato complejo y experimental, sin algo que llamar trama, incluso sin personajes como tales; en realidad un ejercicio audaz de lenguaje que relata dos escenas cuyos contornos cambian, pero que se reiteran de manera obsesiva con pequeñas variaciones. Una es la del asesinato de una muchacha que responde al nombre de Bint Allah (“hija de dios”) a manos de unos anónimos perseguidores, siendo dicho nombre el habitualmente dado a las huérfanas o hijas de prostitutas. Sabemos que huye acompañada de un perro y el crimen (¿tiroteada? ¿lapidada?) ocurre en un lugar entre la montaña y el mar. La otra escena es el atentado contra el Imán, figura de autoridad dictatorial y máxima instancia política y religiosa de un indeterminado país del mundo arabo-islámico durante un día de multitudinaria celebración nacionalista.
Les acompañan otras figuras: la “esposa oficial” del gobernante e imagen de castidad, pureza y virtudes a ostentar por un modelo de feminidad conservador, el “escritor” de cabecera, el “jefe de seguridad”, el “doble” que se hace pasar por el Imán para garantizar su seguridad… todos ellos encarnando distintas facetas de un régimen bipartidista, con un “partido de Dios” (el “oficial” del Imán) y un “partido de Satán” (una disidencia controlada). Me cuesta llamarles personajes, pues se resisten a ser individualizados más allá de la etiqueta, cambian las personas narrativas de un momento a otro y se contradicen una y otra vez las circunstancias, relaciones y hechos concretos que se narran sobre ellos, por lo que el lector debe renunciar a intentar entenderlos por completo.
El Imán es un líder carismático, de un poder que iguala al de Dios, siempre presente en las vidas de todos, cuyo rostro de majestad terrible e incuestionable, y no tan benevolente como dice ser, se revela en sueños desde la más tierna infancia. Y sin embargo ese “rostro”, imagen recurrente durante todo el libro, se cae, se desprende, como revelando esa falsedad, ese liderazgo con pies de barro que encubre a un sujeto ignorante (humanizado por lo tanto, pese a la dura crítica a la que es sometido). Es la hipocresía de quienes ostentan ese poder, la autoridad siempre masculina que abusa de las mujeres entre bastidores, o bien busca refugio en ellas, al tiempo que las culpabiliza de todos los males del mundo, mientras los verdaderos pecadores y criminales salen impunes y se justifican a sí mismos. Se hace despiadada alusión a la “herencia cultural”, exhibida con orgullo patriótico, pero en cuyo seno (muy poco velada la alusión a “Las mil y una noches”) se reproducen esos esquemas de opresión, y se tiene muy presente también el miedo al peligro nuclear y a la “contaminación” procedente de la ayuda extranjera.
La novela de Al Saadawi, si es que encaja dentro de tal molde, es más una denuncia urgente y sin paños calientes en forma de prosa poética, onírica y delirante, en capítulos cortos, sobre un marco abstracto y sin nombres ni alusiones específicas. Una composición a modo de fuga musical, o bien en el sentido de huida literal y sin fin; una injusticia perpetrada una y otra vez, una espiral por desgracia atemporal de muerte, brutalidad que no se entiende, como nunca se entiende en la vida real tamaña atrocidad.