Ramiro Pinilla teje en este relato una de sus obras más desconcertantes y magnéticas, partiendo de una cláusula testamentaria que parece una completa locura: heredar el caserío familiar queda condicionado a que una mujer traiga al mundo a un tataranieto varón justo el día de San Isidro. Esta disparatada línea de salida le sirve al escritor para levantar una historia asfixiante donde el matriarcalismo vasco lo domina absolutamente todo. Aunque el peso de las escenas lo lleven los hombres de la familia, sus movimientos no son más que manotazos desesperados y delirantes para llenar el enorme vacío que ha dejado la madre, buscando ese refugio femenino de las formas más extrañas, ya sea adorando tótems, encariñándose con animales o protegiendo a seres desvalidos.
El libro se sostiene de milagro en un equilibrio perfecto entre la fantasía más pura y el simbolismo existencialista, logrando que una trama que sobre el papel suena absurda se convierta en una lectura hipnótica gracias a una atmósfera cargada de soledad y desamparo. No busques aquí un costumbrismo plano; es una radiografía descarnada de los mitos y las obsesiones más profundas de la tierra vasca. Toparse con esta historia es descubrir la fuerza bruta de un autor con una voz única en nuestro panorama literario, un viaje incómodo pero fascinante que se queda grabado en la mente y que justifica con creces el prestigio que rodea a su ya mítica primera edición de 1972.
Ramiro Pinilla teje en este relato una de sus obras más desconcertantes y magnéticas, partiendo de una cláusula testamentaria que parece una completa locura: heredar el caserío familiar queda condicionado a que una mujer traiga al mundo a un tataranieto varón justo el día de San Isidro. Esta disparatada línea de salida le sirve al escritor para levantar una historia asfixiante donde el matriarcalismo vasco lo domina absolutamente todo. Aunque el peso de las escenas lo lleven los hombres de la familia, sus movimientos no son más que manotazos desesperados y delirantes para llenar el enorme vacío que ha dejado la madre, buscando ese refugio femenino de las formas más extrañas, ya sea adorando tótems, encariñándose con animales o protegiendo a seres desvalidos.
El libro se sostiene de milagro en un equilibrio perfecto entre la fantasía más pura y el simbolismo existencialista, logrando que una trama que sobre el papel suena absurda se convierta en una lectura hipnótica gracias a una atmósfera cargada de soledad y desamparo. No busques aquí un costumbrismo plano; es una radiografía descarnada de los mitos y las obsesiones más profundas de la tierra vasca. Toparse con esta historia es descubrir la fuerza bruta de un autor con una voz única en nuestro panorama literario, un viaje incómodo pero fascinante que se queda grabado en la mente y que justifica con creces el prestigio que rodea a su ya mítica primera edición de 1972.