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El secreto de Monna Lisa

Dolores García Ruiz
El secreto de Monna Lisa

Resumen y sinópsis de El secreto de Monna Lisa de Dolores García Ruiz

Primavera de 1519, Cloux (Francia). Leonardo Da Vinci, próximo a morir, hace testamento y lega todos sus bienes excepto uno: el retrato de una misteriosa mujer del que nunca se separa y mantiene protegido de miradas ajenas en un cuarto oscuro. Francesco Melzi, su fiel amigo y discípulo, intrigado por el ignorado destino del cuadro y por el extraño vínculo del artista con la desconocida modelo, decide investigar por su cuenta. Leonardo le sorprende y le revela el secreto que oculta el retrato: en él Da Vinci consiguió crear la primera imagen tridimensional y desvela a Melzi (y al lector) cómo hay que mirarlo para disfrutar de ese efecto. Leonardo irá narrando a Melzi cómo a lo largo de los tres años de la confección del retrato, fue revelando a Lisa Gherardini episodios de su vida que le marcaron profundamente.

En este proceso de vaciado ante esta mujer cálida y tierna, el pintor iría descubriéndose a sí mismo, y reconociendo en ella a un alma gemela con quien establece un vínculo que traspasará las fronteras del espacio y del tiempo. Así como el motivo por el que Lisa perdió el habla: la custodia de un secreto que transmitirá a Da Vinci, convulsionando su forma del ver el mundo. Leonardo, finalmente, muere en brazos de Melzi; pero será Battista, su viejo criado, el encargado de dar cumplimiento a su última voluntad: entregar el retrato a quien Da Vinci ha dispuesto y hacer llegar una carta a Lisa Gherardini. Sin embargo, será Melzi quien durante su visita a Roma descubra un último secreto de Leonardo y Lisa Gherardini; un secreto del que será el único custodio, junto con Rafael Sanzio, reflejado para la eternidad en las paredes del palacio de Belldevere.

En pleno mes de diciembre de 1516, soportando gélidas temperaturas y ventiscas, atravesaba los Alpes un Leonardo Da Vinci envejecido y desmoralizado, abandonando su tierra natal y acudiendo a la llamada del joven rey francés Francisco I, quien le ofrecía un lugar de honor en su corte de Amboise. Tan sólo le acompañaban su fiel alumno Melzi, su criado Battista y sus más preciadas pertenencias. Entre ellas, bien sujeto en las alforjas de una de las mulas, un paquete cuidadosamente envuelto. El artista velaba constantemente por su estado. Aquellas envolturas protegían del frío y del viento su bien más preciado: el retrato de una joven dama florentina.
El fervor que pareció dedicarle en vida el genial artista al retrato conocido como La Gioconda estaría más que justificado por las razones que nos va desvelando la novela: por un lado, por reunir aplicado en él todo su saber como científico y como artista logrando con ello la primera imagen tridimensional de la historia del arte, y por otro, por ocultar su propio autorretrato en un lugar secreto del que sólo tendrá noticias Lisa Gherardini, en un último gesto de complicidad y amistad eternas. Lo cierto, es que quinientos años después de que el florentino lo finalizara, el retrato sigue ejerciendo una atracción irresistible que seduce a todo el que lo contempla.

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