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Donatien Alphonse François de Sade, más conocido por su título de Marqués de Sade, fue un aristócrata y escritor francés nacido en 1740 y fallecido en 1814. Hijo del Conde de Sade, aristócrata durante el absolutismo, en su infancia pudo gozar de todos los privilegios de su condición. Sin embargo su espíritu extremadamente libertino le llevó ya desde joven a enfrentarse a la justicia. Fue encarcelado por primera vez a los 23 años por "excesos en un prostíbulo". A los 28 volvió a la carcél bajo la acusación de flagelar a una mendiga: pasó tres meses en prisión. En 1772, a los 32 años, después de cierto incidente en un prostíbulo de Marsella, fue condenado a muerte por "envenenamiento y sodomía" (al parecer varias prostitutas se intoxicaron con un pretendido afrodisíaco a base de mosca española). Tras de este último incidente comenzó una huída que concluyó finalmente con su detención en 1777. Sin embargo ante el tribunal pudo zafarse de la pena de muerte, pero no así de su encierro en el castillo de Vicennes (allí comenzó a escribir alguna de sus obras más importantes). En 1784 fue trasladado a la Bastilla y en 1789 al manicomio de Charenton, donde permaneció hasta que el gobierno revolucionario decidió liberarlo en 1790. Tras su liberación se abrió una nueva etapa en su vida: desde ese momento comenzó a publicar, aunque anónimamente, algunos de sus libros y representó varias obras teatrales en diversos escenarios de París. También pasó a llamarse "ciudadano Sade" y ocupó cargos publicos, que le llevarón hasta la Convención Nacional. Durante el Terror renunció a sus cargos, pero no por ello consiguió escapar de una acusación de "moderantismo" que por poco no lo condujo a la guillotina. En 1801, en tiempos del consulado, cierta mofa de Napoleón lo llevo de nuevo entre rejas y, tras ser declarado demente en 1803, de nuevo a Charenton, donde pasaría sus últimos años de vida. Tal vez la palabra más acertada para dar un sentido general a la obra del Marqués de Sade sea transgresión. Su contenido siempre excesivo, los relatos abyectos, abundantes en suciedad y depravación, su erotismo que atraviesa frecuentemente la frontera de la pornografía, permiten ver en qué forma la obra del Divino Marqués transgrede el orden social normal (qué es moral, qué es inmoral). Sin embargo la obviedad de esa transgresión olvida una transgresión, mucho más sutil, más profunda, de la relación consigo mismo. Sade no sólo es un libertino, es, según la institución, un demente: no sólo reconoce su perversión, además la revindica. La magnitud de su perversión lo convierte en un criminal político contra la realidad: "imperioso, colérico, irascible, extremo en todo, con una imaginación disoluta como nunca se ha visto, ateo al punto del fanatismo, ahí me tenéis en una cáscara de nuez... Mátenme de nuevo o tómenme como soy, porque no cambiaré." No es extraño que Apollinaire y otros surrealistas hicieran bandera de la figura de el Marques de Sade
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