Desde pequeñitas les decía a mis hijas: SI EL QUE LLORA ES UN LLORÓN, EL QUE LEE ES UN LEÓN.
Ahora, un poco más mayores ya, cuando nos juntamos todos a leer en el salón, cada una con su libro y con su historia, levanto la vista unos segundos de mi libro, las miro y me invade por unos instantes una felicidad tremendamente difícil de describir.
Os quiero.