Bradbury es como un buen vino, a medida que pasa el tiempo es cada vez mejor.
Incluso si leímos un libro de él, y a los años lo volvemos a leer, encontraremos que se ha puesto aún mejor.
Este libro del autor, al igual que el resto, está cargado de metáforas, comparaciones, etc, etc, etc.
Leerlo es como encontrarnos en cada uno de sus cuentos.
El relato comienza, a grosso modo, cuando uno de los personajes se encuentra con un hombre todo tatuado. Luego de hablar con este hombre ilustrado y poner atención en los tatuajes, el personaje descubre que los mismos se mueven. Advertido por el hombre ilustrado de no fijar su mirada en los mismos, el personaje igualmente lo hace y así da comienzo a cada cuento dentro de este libro.
Todos los cuentos comienzan en el medio de la "escena", dando a entender como que eso estaba sucediendo justo en el momento en el que el personaje se lo puso a mirar.
Mi relato favorito en este cuento es "La casa de la vida feliz", la que de vida feliz no tiene nada... Es un cuento que describe perfectamente el modo de narrar de Bradbury, cada frase, cada descripción tienen un significado que es lo que que hace entender el libro. Hay que leerlo con mucha atención, porque si no esa magia se pierde, y no logramos entenderlo definitivamente.
El final del libro es fantástico!!!