Esta es la primera vez que leo al autor de origen italiano y, aunque, creo que su talento no le permite la imitación, no puedo dejar de asociarlo con otro escritor. En este libro hay dos momentos que me recuerdan a Arreola y su estación fantasmal: el primero, cuando Loton, anclado en Oporto hace 25 años, le recita a Firmino de memoria los Horarios de los Ferrocarriles Suizos, guía que condensa los itinerarios de las rutas de toda Europa referenciadas a partir de Suiza; dichas rutas ya no existen pero siguen expidiéndole un tiquete al abogado quien las recorre mentalmente cuando quiere escapar del mundo de madres ausentes, abuelas rígidas o prostitutas abusadas. El segundo momento es cuando Firmino regresa a su natal Lisboa después del proceso legal y se encuentra en un vagón comedor sin servicio; en éste, un camarero le exige que consuma algo para poder justificar su estadía en él pero cuando el periodista hace su pedido el camarero le responde que no le puede servir nada porque esto sería infligir las normas de los Ferrocarriles.
Hacia las últimas páginas del libro, creí que Tabucchi iba a desilusionarme con un final feliz de cuento de hadas, pero la llegada de un telegrama, parco mensajero en vía de extinción, reclama a Firmino en la ciudad de los vinos dulces; allí, Loton está como siempre liado en la defensa de un desvalido y buscando una grieta para dejar colar algo parecido a la justicia mientras espera la llegada de un escudero.
Al final, el libro me deja un sabor agridulce al tropezar con la perseverancia del agotado Loton, quien reconoce sus limitaciones mejor que el lunático Quijote, pero se niega a abandonar la defensa de los que sólo son sombras.