Hace falta una buena dosis de paciencia para no aburrirse con las constantes referencias que se hacen a asuntos carentes de interés y que se narran sin que añadan nada relevante, desde ningún punto de vista – en mi opinión –, a la historia, ¿es con la cansina reiteración como el autor quiere describirnos la obsesión del protagonista? Recuerdo la cantidad de páginas que tuve que leer (sufrir) sobre las veces que el protagonista cree ver en otras mujeres al amor perdido, o la enumeración de objetos que iba recopilando y que le habían pertenecido, o las veces que acudía al mismo lugar, tomaba la misma copa o mencionaba la misma calle sin tan siquiera describirnos nada sobre esos objetos o lugares. Estuve tentado a dejar la lectura en varias ocasiones ¿Por qué no lo hice? Por dos razones; porque el autor sabe como no desvelar indicio alguno que anticipe el desarrollo de la historia y, porque, en ocasiones y cuando el tedio se hacía insoportable surgían líneas y páginas brillantes. Ambas cosas tiene esta novela, y cuando tienen lugar los momentos de narración más brillantes, ha de ser el lector quién debe cuestionarse si mereció la pena llegar hasta allí y si le compensó suficientemente de lo penado anteriormente. Hay una similitud entre el sufrimiento del protagonista y el del propio lector, es la forma en que Pamuk nos hace cómplices y penitentes de su historia de amor.