Se trata de una obra desnuda, sin argumento y todo lo pornográfica que pueda ser la visión del drogadicto terminal: sin límites, sin pudores y con la percepción hipe realista del que no espera nada, no busca nada o no siente nada, excepto la urgencia del pico. Sexo sangrante entre reptiles humanos se mezcla con asesinatos vomitivos o con cirujanos yonquis que ejercen en letrinas. Y todo en un revoltijo sin sentido que no pretende ser entendido, sólo captado a través del golpe onírico de la jeringuilla.