Como en el diván del psicoanalista, Millás va reconstruyendo -en un doloroso proceso introspectivo- unos pocos cuadros de su niñez que, como saltarinas imágenes metafóricas o metonímicas, se van desplazando sin rumbo fijo a lo largo de su vida, a través de diferentes significantes, pero con significados obsesivamente idénticos. Se trata de la vida en su versión más cruda, expresada a través de símiles como el bisturí eléctrico, que corta y cauteriza de forma casi simultánea. Y todo ello, enmarcado en un suburbio madrileño de principios de los sesenta, caótico, frío y permanentemente húmedo en el recuerdo deformador. Alguna de tales imágenes resulta extremadamente conseguida, aunque el tono de la obra, no consigue desprenderse de cierta grisácea opacidad que, quizás de manera premeditada, resulta plana y a veces algo tediosa.