En esta novela profundísima, delirante, llena de conjuros y maldiciones, donde escarba en un terreno repulsivo y estrambótico, Donoso nos presenta a un sujeto enredado en la crisis existencial postmoderna: la pérdida de sentido y de identidad.
El relato se sumerge en lo superfluo de la cotidianidad, en lo baladí de esos actos casi involuntarios que, más que confirmar la vida, la niegan. Y en la “vieja” (“…un poco bruja, un poco alcahueta, un poco comadrona, un poco llorona, un poco meica,…”) personaje central de la novela, el nimio quehacer doméstico simboliza la derrota de lo vital, de lo trascendente. Esta decadencia, inexorable conquista del tiempo, viene a confirmar, con todo el peso anímico que encarna, la sombría certeza de la muerte y del olvido.
La miseria de sus personajes, llevada al límite de lo humanamente soportable, no tiene nada que ver con lo patético o indigno; al contrario, la pluma de Donoso nos presenta esta tragedia como un caldo de cultivo primigenio en donde lo ridículo, lo doloroso y lo nauseabundo se mezclan vitalmente con lo fantástico y lo mágico, resultando de ello una dimensión misteriosa que sorprende y estremece.
Humillado desde la cuna por un orden social y estético vedado y ajeno, el Mudito elige el camino de lo irracional y lo esperpéntico. La destrucción de su identidad se materializa en un mutismo voluntario y en su entrega, también voluntaria y resignada, a los juegos denigrantes y sórdidos de las asiladas, que, poco a poco, lo van convirtiendo en un ente monstruoso: el imbunche.
Por todo esto y más, El obsceno pájaro de la noche es definitivamente una obra mayor