Mark-Alem, un joven procedente de una familia de la aristocracia albanesa entra a trabajar en el Palacio de los Sueños. Allí se procesan y analizan, con oscuros propósitos, infinidad de sueños enviados por los súbditos desde los confines del imperio. En una narración de carácter alegórico, el poder absolutista controla no sólo las acciones sino los sueños, sometidos a interpretaciones que pueden volverse incluso contra quienes tratan de desentrañarlos.
Situada la narración cronológicamente en la última fase del imperio otomano para eludir la censura política, aunque realmente pretende ser un reflejo de las prácticas tiránicas del régimen comunista albanés tras la Segunda Guerra Mundial.
El autor describe con detalle la estructura laberíntica de un gran organismo estatal de un régimen autocrático, su estructura funcionarial, sus abrumadoras dimensiones, la opresión de sus paredes, el hermetismo de sus dirigentes, y las emociones cambiantes que le suscitan al protagonista. Algunos aspectos relacionados con la historia y leyendas albanesas y balcánicas le quitan, en mi opinión, atractivo para el lector de otros países. Igualmente el desenlace de la novela parece un tanto apresurado y confuso. Está muy bien conseguida la atmósfera opresiva, paranoide e irracional con intensidad creciente, que recuerda la literatura de Kafka.