Un libro como éste siempre es complicado escribirlo; la típica historia de cómo una hija no se cree la versión oficial del suicidio de su padre y decide investigarlo; la literatura está llena de temas como éste. Sin embargo aquí el autor, apoyado por una narración centrada en el lado humano del personaje en vez de la pura investigación policiaca y de un detective quijotesco -que decide seguir investigando aún después de haber sido despedido- acopañado de su particular sancho panza resuelve con eficacia el problema.
Aunque el final viene un poco cogido por los pelos -las casualidades siempre existen, y los forenses alguna vez se equivocan o no hacen bien su trabajo-, el libro se lee con ganas.