Lecturalia Blog: reseñas, noticias literarias y libro electrónico

71.309 libros, 14.095 autores y 56.276 usuarios registrados

Entradas con etiqueta ‘Tolkien’

Incombustible Christopher Lee

19 de junio de 2009 en Autores, Biografí­as, cine, Literatura

Christopher Lee

Cuando a uno le preguntan por un actor veterano que sigue en la brecha solemos acordarnos de gente como Clint Eastwood (setenta y nueve años), Morgan Freeman (setenta y dos) o Jack Nicholson (también setenta y dos), pero el británico Christopher Lee cuenta en la actualidad con nada menos que ochenta y siete años (los mismos que Tony Leblanc, por cierto). Teniendo en cuenta que su primer papel en el cine fue en 1948, Lee lleva en el cine la friolera de sesenta y un años. Casi nada.

Durante la carrera cinematográfica de Lee han sido numerosos los papeles en los que ha interpretado a personajes nacidos de la literatura. De hecho su primer papel importante fue, precisamente, el de monstruo de Frankenstein en la película La maldición de Frankenstein (1957), basada en la obra de Mary Shelley, y en la que Peter Cushing hacía de Víctor Frankenstein, su creador. Fue una de las primeras películas realmente exitosas de Hammer Productions, que durante los siguientes años se especializaría en películas de terror hoy consideradas de culto. De hecho, sólo un año más tarde Lee interpretaría, también para la Hammer, nada menos que al conde Drácula, personaje de Bram Stoker que Lee encarnaría una docena de veces durante las décadas siguientes. Un año después le tocaría hacer de Sir Henry de Baskerville en El sabueso de los Baskerville, basada en la novela homónima de Arthur Conan Doyle, aunque su interpretación más conocida de ese año fue la de protagonista de La Momia (de Hammer Productions, por supuesto).

No paró ahí su intervención en películas basadas en novelas: en 1960 coprotagonizó Las dos caras del Doctor Jekyll, basada en la novela de Robert Louis Stevenson El extraño caso del Doctor Jekyll y Mister Hyde; en 1962 fue el Baron von Staub en la adaptación de la novela Im Namen des Teufels de Hans Habe; ese mismo año hizo de Sherlock Holmes en una película alemana de bajo presupuesto; en 1965 fue por primera vez el Doctor Fu-Manchú (personaje de Sax Rohmer), uno de sus papeles más recordados y que llegaría a repetir cuatro veces más; en 1973 hizo de Rochefort en una adaptación del cineasta Richard Lester de Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas, en la que fue una de las primeras películas no consideradas de serie-B en la que tuvo un papel importante; en 1975 fue el villano de la película El hombre de la pistola de oro, en la que su personaje, Francisco Scaramanga, ponía en serias dificultades a Roger Moore, el James Bond de turno (cabe recordar que Bond es un personaje nacido de la pluma de Ian Fleming); y así hasta aburrirnos de enumerar ya que, según la Universidad de Virginia, Lee es el segundo actor más prolífico de la historia del cine, sólo por detrás del ya desaparecido Rod Steiger. También cabe reseñar que en 2005 la revista USA Today dijo de él que era el actor más taquillero y visto por el público de todos los tiempos. Casi nada.

Christopher Lee - Dooku

Desgraciadamente para él, Lee ha estado durante gran parte de su vida encasillado en ciertos papeles. Dejando aparte a Fu-Manchú, el que más le marcó fue el de Drácula. No es sólo que hiciera doce veces de él, sino que son innumerables las películas de bajo presupuesto, ya fuera en Estados Unidos, Inglaterra, Alemania o Italia, en las que interpretaba a ese mismo personaje pero con un nombre distinto por cuestiones de derechos de autor. Aunque durante los años setenta pudo salir del mencionado encasillamiento en parte, su vuelta triunfal a las pantallas no ocurriría hasta principios de esta década, y nada menos que interpretando a Saruman en la trilogía basada en El señor de los anillos, de J.R.R. Tolkien, y al Conde Dooku (el nombre de su personaje es un claro guiño a su filmografía) en la segunda trilogía de Star Wars. Se da la curiosa circunstancia de que él fue el único de todo el equipo de las películas de Peter Jackson que conoció en persona a Tolkien, declarándose admirador de su obra (de hecho le hubiera gustado hacer de Gandalf, pero su avanzada edad le impedía participar en las escenas de acción).

Pero Lee es incombustible, y si bien tuvo sus más y sus menos con Jackson por la no inclusión de sus escenas en la tercera parte de la trilogía, ya ha manifestado que le encantaría volver a interpretar a Saruman en las dos próximas películas basadas en El hobbit, otra obra de Tolkien, o, debido a su edad y la imposibilidad de desplazarse a Nueva Zelanda para ponerse a las órdenes de Guillermo del Toro (director de las dos películas), dar al menos voz al dragón Smaug. Sea como fuere, la próxima vez que veamos a Lee interpretando será en la esperada Alicia en el país de las maravillas, dirigida por Tim Burton y basada en la obra Lewis Carroll, en la que este actor inmortal dará voz al dragón Jabberwock.

Autores relacionados:
Alejandro Dumas
Arthur Conan Doyle
Bram Stoker
Ian Fleming
John Ronald Reuel Tolkien
Libros relacionados:
Alicia en el país de las maravillas
Drácula
El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde
El perro de los Baskerville
Frankenstein o El moderno Prometeo

Sigurd y Gudrun: Tolkien y los Nibelungos

11 de mayo de 2009 en Autores, Fantástica, Literatura, Poesía

Sigurd y Gudrun

Es posible que los seguidores habituales del autor del Señor de los Anillos se sientan decepcionados hasta cierto punto por su más reciente publicación póstuma, una epopeya escrita en verso nórdico que se centra en la historia de los nibelungos, hábilmente comentada por su hijo, Christopher Tolkien. Desde luego, La Leyenda de Sigfrido y Krimilda no es para todos los públicos, y no me refiero a las historias de incesto, homicidio y tortura que acompañan a las leyendas germánicas, sino al hecho de que el verso nórdico no es precisamente la forma métrica más accesible y amena para el lector medio versado en la Tierra Media. Desconozco si alguna editorial se atreverá a traducir semejante texto al español, pero sospecho que el traductor tendrá que realizar una labor casi tan monstruosa como la que realizó John Ronald Reuel al adaptar a un inglés arcaico en un verso casi extinto una historia que ni siquiera existe porque, y he ahí el mérito, la creación de Tolkien es una recreación de algo que ha tenido desconcertados a historiadores y filólogos durante muchísimos años.

Si bien ya lo intentó Wagner en su momento creando su propia versión en su tetralogía operística El anillo de los Nibelungos, La Leyenda de Sigfrido y Krimilda (o más bien la leyenda de la relación entre Sigfrido y la guerrera Brunilda) desarrolla una parte de la tradición mitológica nórdica de la que no se han encontrado textos ni apenas referencias. Es un eslabón desaparecido en la evolución argumental de la problemática saga de los Nibelungos, de la que Tolkien bebió además para crear su propio mundo fantástico (por poner un ejemplo claro, el fabuloso y maldito anillo Andvaranaut inspira el Anillo Único, y el tesoro de Smaug en el Hobbit tiene antecedentes en el que guarda el temible dragón Fafner en la Saga Volsunga, en la que se basa el Cantar de los Nibelungos). Aunque todo apunta a determinado arco argumental, en el que el Príncipe Sigfrido, disfrazado como el Rey Gunter, posee a la valquiria y reina de Islandia Brunilda y le entrega el anillo Andvaranaut como regalo o, como lo llaman los ingleses, “linen-fee”, esta actitud traicionera y lasciva de un héroe en toda regla (cuyo cometido era obtener a la valquiria como consorte complaciente para su rey y amigo, no para sí mismo, siendo de hecho un hombre casado) como es Sigfrido no casa con la psicología del personaje en los cantos y referencias que sí se conservan por escrito, y además contradice la versión canónica, fijada por la Saga Volsunga original, de que el anillo era de Brunilda, y que fue robado por Sigfrido para entregárselo a su esposa Krimilda.

Volsunga

Se necesitaba alguien de la talla de Tolkien para recrear este canto inexistente, manteniendo la métrica original (es fabuloso descubrir cómo rescata las aliteraciones y la estructura del nórdico antiguo adaptando al inglés la antigua lengua germánica que se empleaba en los versos éddicos) y de paso solventando numerosos entuertos al resolver ese vacío argumental, arrojando una nueva luz sobre cuestiones como la rivalidad entre Brunilda y la esposa de Sigfrido, Krimilda. Es posible que haya conseguido resolver, hasta cierto punto, uno de los mayores quebraderos de cabeza de los especialistas en tradición escandinava y germánica hasta la fecha: qué ocurrió exactamente en esas páginas arrancadas de un manuscrito encontrado en Islandia, qué sucedió en esa cúspide de una de las tragedias épicas más importantes de la literatura.

Sea como sea, si alguna editorial se atreve a traducir esta obra póstuma (que Christopher Tolkien asegura que encontró completa, en un manuscrito terminado de su padre), esperemos que no cuente con los mismos traductores que la agencia Europa Press, que nos anuncia el lanzamiento de la obra manifestando que la obra puede “repugnar” a los seguidores de Tolkien. De acuerdo, hay escenas que pueden ser un tanto desagradables, pero más que repugnar, sospecho que el efecto que puede tener este libro será más bien el de aburrir, decepcionar o desencantar a aquellos que esperan una nueva historia épica en prosa de uno de los autores más importantes del fantástico universal.

Autores relacionados:
Christopher Tolkien
John Ronald Reuel Tolkien
Libros relacionados:
El señor de los anillos
La leyenda de Sigurd y Gudrún

Tolkien en formato digital

Sauron

Dentro del mundo de los e-books existe un gran problema para el mundo editorial: negociar los derechos de grandes autores, normalmente fallecidos, pero hay un poco de todo, cuyas obras, escritas antes de que a nadie se le ocurriera nada parecido a los derechos digitales, no tienen ningún tipo de cesión en sus contratos. De repente, muchas editoriales, algunas de las cuales no se habían portado demasiado bien al negociar derechos, se han encontrado de frente con familiares dispuestos a sacar una buena compensación por los derechos de explotación digitales.

Dentro de este selecto grupo había uno que estaba claro que no tardaría mucho más en pasar al lado binario: Los libros de J.R.R Tolkien estarán disponibles en formato e-book a partir del 27 de Mayo, según ha anunciado la editorial Harper Collins. El señor de los anillos y El Hobbit están disponibles -en inglés- y el último lanzamiento La leyenda de Sigurd y Gudrun, lo hará el mes que viene.

Mientras tanto, la lucha sigue por conseguir la explotación digital de libros como Matar a un ruiseñor, Lolita o Un tranvía llamado deseo. Quien pensara que al carro del formato electrónico sólo faltaban por subir las novedades, estaba muy equivocado. Una gran parte del pastel editorial sigue pendiente de renegociar contratos.

Autores relacionados:
John Ronald Reuel Tolkien
Libros relacionados:
El hobbit
El señor de los anillos
Lolita
Matar a un ruiseñor
Un tranvía llamado deseo

Las raíces mitológicas de la obra de Tolkien

7 de marzo de 2009 en Autores, Fantástica, Literatura

Smaug

Pocos escritores han dado tanto de qué hablar como el británico John Ronald Reuel Tolkien. Para lo bueno, como uno de los máximos exponentes (si no el que más) de la alta fantasía y renovador del género épico, y también para lo malo. Autores posteriores lo han tachado, a él y a su obra, de tradicional, reaccionaria, racista y filocristiana. Incluso se ha hablado de su simpatía hacia los nazis, cosa no del todo incierta toda vez que, como conservador, veía un mayor peligro en la Unión Soviética que en la primera Alemania de Hitler. No obstante, no hace falta leer a Ishiguro para certificar que era ésta una opinión bastante difundida en el Reino Unido durante el período de entreguerras y, en todo caso, Tolkien no puede ser acusado ni de antisemita ni de racista (diversos testimonios, cartas y conferencias suyas lo atestiguan).

Tampoco queda muy claro que Tolkien pudiera sentirse satisfecho con que su obra fuera encuadrada dentro del género fantástico. Si tomamos su universo propio, el de la Tierra Media desde su creación hasta el inicio de la Edad de los Hombres, en que acaba El Señor de los Anillos, como un mundo imaginario sin más, no habría inconveniente en hablar de él como un autor más de ficción escapista. El problema radica en que, tal y como Tolkien concibió sus historias, todo lo que nos cuenta no es más que una reescritura de la protohistoria humana. Hablar de que su obra (o más concretamente las leyendas que la jalonan) tiene influencias de las mitologías griega, judeocristiana, anglosajona o nórdica es hacer el camino inverso al que él desarrolló: el corpus mitológico occidental no influye en la obra de Tolkien, la mitología propia desarrollada principalmente en el compendio titulado por su hijo (erróneamente, a mi juicio) como Silmarillion pretende ser la raíz, el tronco común, del que emanan todas las mencionadas mitologías.

En su concepción del Universo, Tolkien reinterpreta los mitos que han conformado la ideología occidental e imagina un origen único para las leyendas que conformaron civilizaciones tan dispares como la normanda, la griega o la judía. Si de las tradiciones nórdicas y anglosajonas aprovecha sobre todo un contexto social y bélico de raíces artúricas y un rico bestiario plagado de referencias a elfos, gnomos y hombres con características sobrehumanas, el panteón griego es utilizado para explicar el origen del mundo y el imaginario judeocristiano para justificar la evolución tanto de las razas mortales como de las inmortales. Estas últimas razas, divinas o semidivinas, desaparecen de la faz de la tierra tras la Guerra del Anillo: con Sauron y el Balrog derrotados y los magos y los elfos (cuya inmortalidad proviene de haber podido contemplar a los dioses cara a cara, claro referente bíblico) en tránsito hacia la tierra bendita de Aman, incluso habría que poner en duda la supervivencia de Tom Bombadil, probablemente el último carácter mágico que habitaría, según Tolkien, la Tierra. Todo lo que de mágico (es decir, el remanente de la divinidad) tenía el mundo desaparece, dando paso a las edades, más mundanas, que nosotros conocemos.

Tolkien

Hay muchas más referencias reconocibles: el mito de la Atlántida es sustituido por Númenor, la gran isla del oeste. Al igual que pasó con los atlantes, los numenoreanos son castigados por los dioses debido a su soberbia, aunque Tolkien da una explicación más completa, ya no sólo de las razones (principalmente la búsqueda de una inmortalidad que les es negada) sino también de las disidencias internas entre los fieles y los rebeldes.

Se dice varias veces que la Tierra Media, durante la Tercera Edad, está en plena transición. No es descabellado imaginar que no sólo se hablaba de cambios sociales y de la nueva hegemonía humana que estaba por venir: también los continentes estaban cambiando. La Comarca, plagada de hobbits que no desean ver mundo y que prefieren dedicarse a sus cosas, no sería más que las futuras Islas Británicas. Tal vez sea hilar muy fino, pero Harad, al sur, es obviamente África y los hombres cetrinos del este no pueden ser sino asiáticos.

Sería mejor, por tanto, y si tomamos como buenas estas consideraciones, considerar a Tolkien como un escritor de Mitología, no de Fantasía.

Autores relacionados:
John Ronald Reuel Tolkien

Libros para San Valentín: Amores perros

13 de febrero de 2009 en Autores, Literatura, Narrativa

San Valentín

Ni empalagan ni tienen finales felices; a fin de cuentas, no todo el monte es orégano y, en la vida real, no todas las historias de amor son posibles, viables y acaban bien con el consabido y ya casi digno de chiste “y comieron perdices”. Con los libros pasa exactamente lo mismo.

-El señor de los anillos, de J. R. R. Tolkien (1954). No sólo en este libro del inmortal autor inglés aparecen varios amores imposibles o abocados al desastre: en el grueso de su obra, al igual que sucede en las mitologías celta y escandinava de las que principalmente bebió, hay referencias a historias de amor que no acaban precisamente bien. En el Silmarillion (1977) existen varias, siendo particularmente importante (y muy mencionada directa e indirectamente en su obra cumbre) la que incumbe a Beren y Lúthien. En El señor de los anillos la historia de estos dos amantes se repite en las figuras de Aragorn y Arwen. Al igual que aquellos, la única manera de estar juntos es a través del sacrificio de la chica y la renuncia a la inmortalidad. Supongo que muchos podrían opinar que estamos, después de todo, ante un final feliz, pero un amor anti-natura (en ambos casos un mortal y una inmortal) que sólo puede llevarse a cabo si una de las partes renuncia a su propia naturaleza no se me antoja demasiado satisfactorio, sobre todo para una de las partes (huelga decir cuál). ¿El amor aliena? Lo que es seguro es que la literatura universal está llena de este tipo de sacrificios románticos. Sin salir de este libro, la fallida relación entre Éowyn y Aragorn, ya que para él la motivación principal para reclamar su corona es conseguir a Arwen, ofreciéndole a la rohirrim unas calabazas como pocas se han visto en la literatura, acaba con ella en los brazos de Faramir, que precisamente se ha enamorado más de la tristeza que emana de ella que de ella misma. Otra historia de amor que da en qué pensar.

-Plataforma, de Michel Houellebecq (2001). Ya desde el principio de esta sensacional novela queda claro para cualquier lector avispado que Michel Renault, el protagonista, no puede participar en ninguna relación de amor como sujeto activo. Ni siquiera en una poco convencional como la que le ofrece el personaje de Valérie: incluso con ella, y aunque moderadamente feliz para lo que en Renault es habitual, se deja llevar una y otra vez casi sin involucrarse. La redención final no se lleva a cabo porque, justo cuando parece que Renault empieza a sonreír por algo más que por unas piernas de mujer abiertas, las cosas se tuercen. Del todo.

-Lo que queda del día, de Kazuo Ishiguro (1989). Aquí ni siquiera hay amor, ni correspondido ni sin corresponder: los sentimientos de Stevens y Miss Kenton son, para él, algo tan accesorio, que ni siquiera son importantes realmente todas las cosas que harían de su relación algo imposible. Lo realmente trascendente es el sentido del deber por lo que no habrá opción para indagar y preguntarse si siente por Miss Kenton algo más que la complicidad nacida tras años de trabajo codo con codo. Lógico en alguien que nunca amó y que jamás, debido a su posición, tuvo la oportunidad de madurar afectivamente, al creer que, sencillamente, esas cosas no están hechas para él.

Nombre de la rosa

-Pórtico, de Frederik Pohl (1977). También hay una historia de amor y desamor encerrada en una de las más importantes novelas de ciencia ficción del siglo XX. Un amor de ida y vuelta, y nunca mejor dicho si se echa un vistazo a la premisa de la obra, en el que Robinette Broadhead, protagonista único de Pórtico, no puede decidir. La imposibilidad de ser feliz en unas circunstancias extremas en las que la única manera de conseguir un futuro consiste en jugarse el cuello, literalmente, en cuanto se presenta la oportunidad (y todo ello con una posibilidad, ya no sólo de éxito, sino de supervivencia, desfavorable) incide negativamente en el ánimo de Broadhead. Porque, después de todo, y si la máxima es un descorazonador No future, ¿para qué preocuparse por mantener dentro de la cordura unos lazos afectivos que no van a poder llegar a buen término? Ante todo esto no queda otra opción, al menos para él, que la desidia. Y un amor dominado por este sentimiento puede explotar en cualquier momento.

-El nombre de la rosa, de Umberto Eco (1980). Para terminar, y ya que he hablado de los amores que suponen un sacrificio extremo, de los amores truncados, de los amores insinuados y nunca conseguidos y de los amores apáticos, qué mejor broche que los amores prohibidos. En esta inmortal obra, además, están literalmente prohibidos. Sea el “amor” (pongamos muchas comillas ante lo que no es más que el descubrimiento del placer erótico) entre el pobre Adso de Melk y una campesina, prohibido en cuanto él está limitado por unos votos monásticos, como el goce homoerótico de algunos de los monjes (que unen el desacato al voto de castidad a un amor anti-natura inconcebible en la Edad Media europea), es evidente que nada puede salir bien. De hecho, todo lo contrario.

Autores relacionados:
Frederik Pohl
John Ronald Reuel Tolkien
Kazuo Ishiguro
Michel Houellebecq
Umberto Eco
Libros relacionados:
El nombre de la rosa
El señor de los anillos
Los restos del día
Plataforma
Pórtico

Lecturalia Lecturalia