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Entradas con etiqueta ‘religión’

Los cinco libros de Moisés

19 de julio de 2010 en Literatura

Moises

Si dentro de la Biblia hay libros que puedan ser considerados importantes y que hayan influido en las sociedades cristiana y judía (y, en menor medida, en el Islam), estos son sin lugar a dudas los cinco primeros, el denominado Pentateuco, conformado por los textos que, en la tradición cristiana, son conocidos como Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Dentro de las tres categorías de libros que se han fijado para la Biblia (libros históricos, sapienciales y proféticos) estos cinco son, técnicamente, históricos, aunque habitualmente, y dada su importancia, se les suele encuadrar en una categoría separada y exclusiva para ellos. Esto responde a la propia naturaleza de los textos, que narran la historia de la humanidad desde su creación hasta la muerte de Moisés. Es el mismo Moisés al que se atribuye la elaboración del Pentateuco, y son estos los libros más importantes para el judaísmo y los que integran la Torá. Para los judíos la Torá es “la Ley”; para los cristianos se suele utilizar el término “ley mosaica” o “ley de Moisés”. La influencia de estos cinco controvertidos libros en ambas religiones es indudable.

Se podría decir que la práctica totalidad de las teorías judeo-cristianas más controvertidas desde el punto de vista científico e histórico aparecen en los cinco libros escritos supuestamente por Moisés: el creacionismo, teoría ya superada excepto en círculos extremistas (y que incluso es considerada como “metáfora” por varias iglesias, entre ellas la católica), queda explícito en el primero de los libros, el Génesis, a través de la archiconocida historia de la creación del mundo, de los animales y plantas que lo pueblan y, en última instancia, del ser humano, todo ello de la mano de un mismo ente (Dios) y en un tiempo récord, lo que supuso un grave problema a investigadores de siglos posteriores, que difícilmente pudieron casar la teoría de la creación recogida en la Biblia con los descubrimientos científicos y arqueológicos que demostraban que el hombre, si bien no viene del mono (como habitualmente se cree), sí posee un tronco evolutivo común con algunas especies de primates, en especial los llamados grandes simios. El creacionismo sigue siendo la teoría oficial acerca del nacimiento de la raza humana para millones de personas en todo el mundo.

El Génesis no habla solamente de la creación, desde luego, y allí podemos encontrar las historias referentes a Abraham, Jacob y José, entre otras, que hacen referencia (sumadas a la de Adán y Eva) a la Promesa, la Elección (del pueblo judío como escogido por Dios) y la Alianza entre Dios y los judíos. El Génesis, que evidentemente no fue escrito por Moisés y que con seguridad recoge (sobre todo en su primera parte) retazos de la tradición oral de los pueblos judíos de la Antigüedad, parece haber sido manipulado posteriormente a su confección para obviar ciertos temas “incómodos” para la sociedad judía, entre ellos el peso de la mujer en la religión. Hay que recordar que la religión judía, monoteísta y con un dios varón, se hizo fuerte en una zona de Oriente Próximo en el que el culto a una Diosa Madre (a veces relacionada con la Luna, otras con la naturaleza), que ellos llamaron Astaroth (equivalente a la Inanna sumeria, la Ishtar acadia o la Astarté mesopotámica, todas ellas provenientes de una tradición fenicia que no podía ser desconocida para los judíos) estaba muy arraigado. Convenía hacer hincapié en un Dios todopoderoso, varón, y que, por añadidura, había elegido libremente a los judíos y había pactado con ellos para ser su única deidad (no es cierto, pues, que el pacto fuera desinteresado: Yahvé, en realidad, está eliminando la competencia más directa, en este caso la de docenas de cultos orientales provenientes del Creciente Fértil o incluso de Europa).

Siendo serios, los cuatro libros siguientes tampoco son atribuibles a Moisés, ni siquiera aunque él sea parte activa de la historia que se está contando (después de todo, en el Éxodo, que narra la salida de Egipto del pueblo judío, Moisés juega un papel más que fundamental). Números, también muy histórico (y algo exagerado), o el Levítico, el más interesante de los cinco desde mi punto de vista al mostrarnos la religiosidad judía de la época en toda su ruda desnudez, no pueden sino ser transcripciones de la tradición oral de la época en que se escribieron, muy posterior a Moisés, pero es el quinto, el Deuteronomio, el que no deja lugar a ninguna duda, ya que ciertos aspectos de la decadencia en las costumbres que se mencionan, así como ciertas referencias documentadas a hechos concretos, son obligatoriamente posteriores a la muerte del supuesto autor.

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El camino de San Josemaría

4 de abril de 2010 en Autores, Literatura

Escribá

José María Julián Mariano Escrivá de Balaguer y Albás es, casi sin ninguna duda, uno de los oscenses más universales, por no decir el que más. Creador de una doctrina, y santificado por la Gracia de Dios (o de su representante en la Tierra en ese momento, el Santo Padre Juan Pablo II), es uno de los escritores más vendidos del siglo XX, y seguramente lo será de igual forma en el siglo XXI. Todo el mundo suele acordarse, al hablar de él, de su obra Camino, una recopilación de 999 aforismos que es uno de los libros más vendidos de los últimos cincuenta años, pero lo cierto es que San Josemaría fue el autor de muchas otras obras, entre las que cabe citar Surjo o Forja (también colecciones de aforismos), Es Cristo que pasa (una antología de homilías), Vía Crucis o Santo Rosario.

José María Escrivá de Balaguer es una figura controvertida, tanto dentro como fuera del Cristianismo. Fuera de él es considerado un demagogo, un proselitista y un sexista; para muchos dentro de la Iglesia su imagen no es mucho mejor. No obstante, a día de hoy sigue siendo una figura más que importante para millones de cristianos, especialmente para aquellos que están alineados con el Opus Dei, su más particular obra.

Camino es, indiscutiblemente, uno de los libros con más repercusión del siglo XX. Compuesto por 999 máximas o aforismos de índole religiosa, se ha convertido en el libro de cabecera de una buena parte del Cristianismo, tanto de una parte de la élite que reside en el Vaticano y en sedes episcopales como de los cristianos de base, teniendo especial repercusión entre millones de laicos que consideran este pequeño libro como el más importante de su vida. Pero, ¿de qué habla Camino? No es esta una pregunta baldía para todos los que somos ajenos a la doctrina del Opus Dei o para todos aquellos que desconocemos la vida y obra de San Josemaría. Camino se publicó por primera vez en 1934 con el título de Consideraciones Espirituales, y no sería hasta 1939 cuando, en una nueva edición impresa en Valencia, adoptara su nombre definitivo. Nótense las fechas y el lugar: no es algo gratuito para comprender el contexto histórico del libro dado que Valencia, hasta marzo de ese año, había sido uno de los últimos bastiones republicanos durante la Guerra Civil española.

Camino es, ante todo, un libro escrito en tono coloquial con principios morales basados en la experiencia de un religioso. Ha sido muy criticado por contener aforismos considerados sexistas, pero tenemos que ser consecuentes: fue un libro escrito por un sacerdote conservador en los años 30, difícilmente podríamos encontrar algo distinto. No obstante, algunos de esos aforismos pueden ser considerados, actualmente, como plenamente desfasados; sin embargo, y he de ahí la crítica de gran parte de la sociedad, hay quien, hoy día, los sigue a rajatabla. Hay que recordar que, salvando las distancias, sigue habiendo gente que hace lo propio con El manifiesto comunista o el Mein Kampf.

Dejando a un lado la polémica repercusión de Camino, no podemos obviar la influencia de esta obra (y de todas las de San Josemaría) en la sociedad española de los últimos decenios. Sus lectores fueron, después de todo, los que consiguieron los avances más significativos en diversas materias (entre ellas la economía o la libertad de expresión) durante el franquismo. También son ellos los que, paradójicamente, abanderan las posiciones más conservadoras de la política española e iberoamericana en la actualidad.

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El evangelio de Pedro

26 de diciembre de 2009 en Literatura

San Pedro

Son muchos los evangelios apócrifos existentes, ninguno de ellos reconocido por la Iglesia Católica como integrante del Nuevo Testamento y la Biblia. Unos pocos de ellos tuvieron carácter “oficial” para algunas sectas cristianas en los primeros siglos de nuestra era; la mayor parte, de todas formas, no nos han llegado sino de forma fragmentaria. Los más interesantes, desde luego, son aquellos que añaden información a la ya contenida en los cuatro evangelios canónicos. Así, por ejemplo, el Evangelio del Pseudo Tomás relata vivencias de Jesucristo en su infancia. No hay que confundirlo con el Evangelio de Tomás, un texto gnóstico utilizado ampliamente por la secta maniquea, y que tiene una estructura muy diferente a la habitual, siendo un mero compendio de dichos atribuidos a Cristo, algunos de los cuales ya aparecen en los evangelios canónicos. Otro texto bastante significativo es el Evangelio de Felipe, también de estructura similar y también de origen gnóstico (esta vez de la secta valentiniana), pero algo más amplio, y que ha sido utilizado hasta la saciedad para intentar demostrar el supuesto matrimonio entre Jesús de Nazaret y María Magdalena. ¿Podría ser alguno de estos dos evangelios la famosa “Fuente Q”? La teoría más generalizada sobre los evangelios sinópticos (los de Marcos, Mateos y Lucas) es que se basaron en dos fuentes distintas. Una de ellas sería el propio Evangelio de Marcos, bastante más antiguo que los otros dos; la otra, la “Fuente Q”, debería ser un compendio de dichos, sentencias y parábolas, por lo que los Evangelios de Felipe y Tomás podrían serlo o, más probablemente, estar basados en dicho texto perdido.

De todas formas, uno de los textos apócrifos más conocidos es el llamado Evangelio de Pedro, que no fue, evidentemente, escrito por el fundador de la Iglesia (según la tradición él fue analfabeto, algo lógico en un pescador de aquella época y parte del mundo). Ha llegado a nuestros días incompleto, conservándose solamente el relato referente a la Pasión y Resurrección de Cristo. Los primeros fragmentos fueron encontrados a finales del siglo XIX, y a partir de ellos se dató su redacción en el primer siglo de nuestra era, pudiendo ser contemporáneo a los evangelios sinópticos. Existen referencias a este Evangelio ya desde los primeros tiempos de la Cristiandad; más concretamente se han documentado quejas por parte de algunos obispos de aquel tiempo sobre que un supuesto Evangelio atribuido al primer Santo Padre estaba circulando en algunas comunidades, alertando sobre su contenido. El problema radica en que, según el Evangelio de Pedro, Cristo pudo no haber sufrido durante la Pasión; es decir, que su dolor no fue más que aparente dada su naturaleza. Sufrió su cuerpo humano, sí, pero no la parte divina, que habría llegado a él tras el bautismo en el río Jordán a cargo de San Juan Bautista. Esto choca completamente con la doctrina oficial de la Iglesia Católica.

Fueron bastantes los seguidores de estas ideas aparecidas en el Evangelio de Pedro, y el problema fue tal que Juan, en su primera epístola (que está incluida en el Nuevo Testamento), hace referencia directa a esta herejía, conocida habitualmente como “docética”. El docetismo tiene múltiples influencias de la filosofía griega, sobre todo de ideas platónicas y también gnósticas, y pudo tener cierta relevancia en comunidades cristianas de Asia Menor. Así, una de las cartas atribuidas a Serapión (a la sazón obispo de Antioquía), fue enviada a la comunidad de Rhossos instándoles a recuperar la ortodoxia y a abandonar la lectura del Evangelio de Pedro, tal y como aparece documentado en la obra “Historia eclesiástica” del erudito Eusebio de Cesarea, uno de los más importantes personajes de su época, a caballo entre los siglos tercero y cuarto.

Como ya he comentado, los primeros textos del Evangelio de Pedro fueron encontrados a finales del siglo XIX. Más tarde han aparecido nuevos fragmentos, más cortos, que han ayudado a conocer mejor la totalidad de la obra, pero sigue sin tenerse un compendio de fragmentos que pueda ser considerado como definitivo.

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