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Entradas con etiqueta ‘Oficio de escribir’

El verdadero trabajo del escritor

4 de febrero de 2012 en Arte, Autores, Literatura

El trabajo del escritor

Pasar la tarde en el Twitter, contestar a los mensajes del Facebook, revisar la página del G+, actualizar la biografía en la página web, escribir algo ocurrente para el blog, discutir en los foros por culpa de los libros electrónicos, preguntarse si debería publicar con Amazon a 0,99 o aparecer en las redes sociales ligero de ropa.

Nada de lo anterior es el verdadero trabajo del escritor.

Leer aburridos libros de historia, observar, sin que se den cuenta, a extraños en los bares, apuntar anécdotas que cuentan los amigos, anotar sueños nada más despertar, pasar horas delante del teclado venciendo la tentación del correo electrónico, borrar treinta páginas al darse cuenta que no podían funcionar, descubrir a mitad de novela que te apetece escribir un cuento, alargar un cuento tanto que se convierte en novela, revisar hasta que se caen los ojos, acostarte de madrugada robándole horas al sueño. Escribir. Revisar. Esperar.

A veces, de tanto hablar del mercado, de la industria, del libro electrónico, de las distribuidoras y las nuevas tecnologías parece más que hablemos de chorizos y salchichones que de literatura. En cierto modo, si los lectores no hacen más que vernos hablar de porcentajes, targets, derechos de autor, piratas, descargas y que si Amazon por aquí y Apple por allá, ¿qué imagen damos?

La verdad es que tengo más preguntas que respuestas. ¿Qué quiere un escritor? ¿Ser leído? ¿Triunfar? ¿Qué es triunfar entonces? ¿Vender libros, ser leído, escribir lo mejor posible? ¿Puede todo lo anterior ser compatible? ¿Qué hay que hacer para conseguirlo todo? ¿Quién quieres ser, Pérez Reverte o acabar como John Kennedy Toole?

Sin duda, cada caso individual será diferente, sobre todo si tenemos en cuenta de que el acto de escribir es uno de los más personales que puede ejecutar una persona. Me temo que si siguiera escribiendo acabaría en la eterna discusión de artistas y artesanos, que por ser maniquea y manida es mejor no enfrentar. Tan sólo reflexionemos como escritores la razón que nos mueve a escribir y qué esperamos de ello, qué estamos dispuestos a sacrificar, qué es lo que al final merece la pena y lo que no.

Y es que el verdadero trabajo del escritor es dejarse herir por las palabras y morir en cada página. Nada más.

Los favoritos de nuestros favoritos: H. G. Wells

28 de enero de 2012 en Autores

H.G. Wells

En la escritura, como en cualquier área de conocimiento, todo el que ejerce, sea profesional, aficionado o algún ente intermedio por definir, cabalga sobre los hombros de gigantes. Todos, en algún momento, nos hemos sentido apabullados por el talento de un gran escritor, y su influencia es inevitable, aunque ni siquiera sea de una manera consciente. ¿Pero cuáles fueron los autores que más prestigio obtuvieron en la estantería de nuestros escritores favoritos?

Más allá de los clásicos innegables, literatos como Shakespeare o Cervantes, aparecen nombres, sean o no sean de primera división, de un modo constante en entrevistas, autobiografías y ensayos de autores. Uno de los nombres recurrentes es el de H. G. Wells, conocido por obras como La guerra de los mundos y favorito de muchos. Borges era un gran admirador y decía de él que era “un admirable narrador, un heredero de las brevedades de Swift y de Edgar Allan Poe”. Para él, parte de la grandeza de Wells se hallaba, precisamente, en sus espléndidos antecesores. Y su herencia no ha sido menos extraordinaria, ya que de su fuente han bebido innumerables escritores de ciencia ficción, entre los que podríamos destacar a Robert Silverberg (él mismo define su obra The Alien Years, publicada en 1997 y nominada al premio Locus en 1999, como un claro homenaje a La máquina del tiempo), o a Arthur C. Clarke, conocido sobre todo por su célebre 2001: Odisea en el espacio, que también era un conocido admirador de Wells, al igual que tantos otros del género de la ficción especulativa. El enfrentamiento del hombre con lo desconocido, su impulso a través de diferentes niveles de existencia (lo social, lo tecnológico, incluso lo político) son aspectos de la obra de Wells que también marcaron con fuerza al gran George Orwell, cuyo 1984 se mantiene en la línea distópica que ya presentó el primero en su engañoso viaje al futuro en La máquina del tiempo. Sin embargo, goza asimismo de seguidores alejados de este entorno fantástico, como Nabokov, que reconocía haber seguido mucho a Wells en su juventud y que estaba enamorado de ciertas escenas de Amigos apasionados, un relato de Wells de 1913.

Por otro lado, a pesar de las tendencias izquierdistas del Sr. Herbert George, tenía también importantes aficionados de creencias muy alejadas a las suyas. C. S. Lewis, creador de las archiconocidas Crónicas de Narnia, se declaraba “bajo la influencia” de Wells, tanto que sentía la necesidad de “exorcizarlo” o expulsarlo de su estilo y escritura.

Las influencias siempre son interesantes, y por supuesto necesarias para el estudio literario. Se agradecen también como recomendaciones: si un autor nos encanta, es muy probable que los autores de los que éste, a su vez, disfrute, sean también de nuestro agrado. Para esto pueden ser muy útiles proyectos como el blog Las afinidades electivas, una red de poetas que se conectan y recomiendan entre sí, produciendo una experiencia enriquecedora, preseleccionada, para los amantes de la buena poesía. Si tuviéramos que hacer una red interactiva con un escritor como Wells, seguramente las conexiones serían interminables.

Autores relacionados:
Arthur C. Clarke
Clive Staples Lewis
H. G. Wells
Robert Silverberg
Libros relacionados:
La guerra de los mundos

Joyce queda libre

24 de enero de 2012 en Autores, Mundo Editorial

Joyce - Derechos de autor

Hasta ahora, muchos editores temblaban con la simple mención del nombre de James Joyce. El escritor irlandés ha tenido una de las herencias más polémicas de la historia de los derechos literarios, gracias al excesivo celo de sus sucesores, para quienes siempre ha sido más importante proteger la intimidad de la familia que dar a conocer la obra de su antepasado. Stephen Joyce, en concreto, su nieto, ha sido una pesadilla para todos los amantes de la literatura, ya que cobraba regalías hasta por citar a su ilustre abuelo, y se jactaba de haber quemado documentos de éste para “preservar el honor de la familia”. Cada vez que alguien usaba las palabras (permitidas) de James, en algún lugar Stephen y los suyos se frotaban las manos, y sus restricciones afectaban incluso al festival de Bloomsday, celebración que este año podrá llevarse a cabo, por vez primera, sin ningún tipo de cortapisas ni limitaciones establecidas por el principal heredero de los derechos y fortuna de la herencia Joyce. Este año tienen pensado organizar una flash-mob donde figuren todos los capítulos del Ulises, algo que hasta ahora sería impensable, bien por los costes desorbitados que ello conllevaría o una prohibición directa del nieto de Joyce.

En 1991 todos suspiraban, aliviados, al anunciarse que había caducado el periodo estipulado para los derechos de autor de Joyce. Sin embargo, una nueva ley europea exigía que dicho periodo de cincuenta años se alargase hasta setenta, por lo que de nuevo comenzó la batalla legal constante con un hombre que, en un exceso de celo por la intimidad de su abuelo, destruyó más de mil cartas que había recibido Joyce de su hija Lucía. Así que, con la finalización del año 2011, por fin han quedado libres los derechos del célebre escritor.

Los intentos de proteger la obra original llevan en ocasiones a los guardianes testamentarios a llevar a cabo actos ridículos. Como cuenta en el diario The Independent el especialista Gordon Bowker, este celo absurdo ha afectado a muchísimos escritores: la mayoría de las cartas de Jane Austen fueron quemadas por su hermana, a los diarios de Lewis Carroll les faltan páginas (probablemente arrancadas por familiares), el marido de Sylvia Plath directamente destruyó uno de los suyos, y los herederos de Joyce impidieron que la cantante británica Kate Bush utilizara las palabras finales de Molly Bloom de Ulises en una de sus canciones. En otras ocasiones son los propios escritores los que interfieren en la herencia de su obra: Beckett dejó especificado que ninguna mujer debía tener un papel protagonista en su obra dramática Esperando a Godot, Mary Shelley, Kafka y Phillip Larkin solicitaron que sus cartas se quemaran tras su muerte, y Thomas Hardy escribió una autobiografía que debía publicarse cuando muriera como si la hubiera escrito su viuda. Pero el tiempo pasa, antiguos manuscritos salen a la luz y se agotan los derechos de autor. En resumen, algunos escritores célebres no consiguen escapar de la posteridad, incluso cuando intervienen, de manera casi herética, amigos, familiares y ellos mismos.

Autores relacionados:
Franz Kafka
James Joyce
Jane Austen
Lewis Carroll
Mary W. Shelley
Libros relacionados:
Ulises

El Zafongate

Descargas de El Prisionero del Cielo

Hace pocos días nos desayunábamos la noticia de que Carlos Ruiz Zafón retiraba todos sus ebooks del mercado por unos misteriosos motivos personales. Enseguida saltaron las alarmas en todos los mentideros de Internet intentando encontrar una razón para tamaña decisión.

A las pocas horas, sin embargo, tanto Zafón como Planeta, la editorial con la que publica, emitían sendos desmentidos sobre el tema. No había retirada alguna de los libros y la relación entre las dos partes implicadas se mantenía, aunque estaban en negociaciones.

La noticia inicial parece haber saltado, en teoría, del entorno de Ruiz Zafón y era, a todas luces, una exageración. ¿Qué buscaban? Sin duda forzar un poco los movimientos de la negociación que están llevando con Planeta para la publicación en ebook de El prisionero del cielo, novela número uno en ventas (en ficción) del año pasado y que, como ya hablamos aquí, se puede encontrar disponible para descargar gratis desde incluso antes de su lanzamiento.

Sin duda las negociaciones con Zafón deben ser duras y no sé exactamente qué cláusulas y peticiones estarán manejando. ¿Cuestiones de precio y DRM o de porcentaje para el autor? Lo que está claro es que ha quedado patente el interés que existe sobre las versiones digitales de las novelas del autor, ya que el «ruido» en la red ha sido incesante.

Ahora ya se anuncia que han renovado un acuerdo que se cancelaba en 2011 y ya están trabajando para sacar El prisionero del cielo en epub, y supongo que para Amazon también, inquietos usuarios de Kindle, algo que, a todas luces llega muy, pero que muy tarde. Sólo tendrá sentido este retraso si el ebook resultante cambia en algo la dinámica de precios y no sale a quince o dieciséis euros.

De todas formas, toda esta confusión no ha quedado nada bonita. No sé de quién sería la idea de filtrar las «posibles» intenciones de Zafón, si él mismo, alguien de su entorno, o la misma Planeta, pero el buzz negativo que se ha generado con todo esto es capaz de afectar a una novela con mucha facilidad. Esto no es el mercado tradicional, aquí las cosas se mueven mucho más deprisa. Además, cada día que ha pasado sin el ebook de El prisionero del cielo en las tiendas les va a reportar una significativa pérdida de ventas. Espero que todos lo recuerden antes de volver a lanzar la piedra y esconder la mano.

Autores relacionados:
Carlos Ruiz Zafón
Libros relacionados:
El prisionero del cielo

Nuevas (y viejas) maneras de editar y de escribir

Folletín

A nadie se le escapa que el formato de novela es el rey indiscutible del sector editorial, donde se centran los mayores esfuerzos tanto por parte de los escritores como de las propias editoriales. La novela en sí se ha convertido en un icono literario que lleva asociado un lanzamiento y una promoción -así como una producción industrial- que a día de hoy está perfectamente desarrollada.

El público lector también se ha acostumbrado a la novela, incluso a pagar sus buenos treinta euros por un libro con la promesa de que el resultado tras varias horas de lectura va a ser satisfactorio. Las antologías de relatos se siguen publicando pero parece vox populi entre muchos editores que son un negocio ruinoso (yo personalmente no entiendo, entonces, que las sigan publicando) aunque creo que se refieren más que otra cosa a la diferencia de ventas habitual con novelas. Del formato de novela corta parece que nadie se acuerda, con la honrosa excepción de editoriales como Libros del Zorro Rojo, Rey Lear o Nórdica, aunque con la peculiaridad de convertir las novelas cortas en preciosas joyas ilustradas.

Hay que decir también que el desarrollo tecnológico en imprentas y distribuidoras también ha favorecido que las novelas puedan crecer en cuanto a tamaño, hasta el punto en que algunos libros parecen no tener fin, como por ejemplo, las novelas de George R.R. Martin o la última de Patrick Rothfuss. Con esos tamaños a veces me pregunto si una novela de más de mil páginas sigue siendo una novela tal y como la conocimos en el siglo XX, sobre todo si sólo es una parte de una serie mayor.

Lo cierto es que la tecnología, tal y como dio el salto para permitir la aparición de novelas más largas y mejor editadas, ahora nos presenta la oportunidad de retomar una serie de formatos que, como ya hemos señalado, suelen estar marginados o dados de lado por editoriales y público. Hablamos, claro, del salto digital, de qué podemos hacer ahora que nos hemos visto liberados, por decirlo de alguna manera, del corsé impuesto por las tapas y contratapas del libro tradicional.

Los cuentos. Hoy en día los relatos se leen poco… pero son ideales para la lectura ocasional o de tiempo limitado. Leer una novela en el metro se puede hacer eterno, sin contar con el hastío que puede provocar dedicarle semanas a una trama en la que apenas se avanza. Para los viajes de metro el cuento es un producto ideal. Lo malo es que, hoy por hoy, hay que comprarlo en antologías, bien de un autor o de varios, con lo que la probabilidad de encontrarnos un libro descompensado es bastante alto. Sería interesante poder confeccionar nuestra propia antología de relatos a medida que los vayamos necesitando, a precios reducidos. Vamos, de la misma manera que puedes comprar en tiendas de música digital las canciones que componen un disco.

La novela corta. A día de hoy es un formato casi muerto por imposición editorial. Hay unos costes fijos que cubrir con la edición de un libro y muchos lectores no se atreven a arriesgar demasiado dinero con un libro «fino». El síndrome de «caballo grande, ande o no ande», está arraigado en el mundo literario. Sin embargo, y es mi opinión, la novela corta en formato digital puede ser un excelente escaparate de muy bajo precio, o incluso gratuito, para autores no demasiado conocidos por el gran público. También hay que tener en cuenta que escribir una novela corta no lleva el mismo tiempo que una novela larga, y mucho menos del tamaño que algunas editoriales demandan hoy en día. Otra ventaja del digital es que el síndrome del «caballo grande…» es menos acentuado.

El Folletín o la Novela por entregas. Una suerte prácticamente desaparecida a día de hoy. Sin embargo, puede que sea una de las que más futuro tenga si los lectores electrónicos acaban formando parte de nuestra vida diaria. Historias largas preparadas para ser leídas en capítulos cortos de gran intensidad… hay obras, ¿hablábamos de Martin?, que ya son folletines en formato de novela. Imaginad no tener que esperar cuatro años a que salga el siguiente libro de Canción de Hielo y Fuego y poder disfrutar de un par de capítulos al mes.

Supongo que a medida que avance la tecnología y los escritores intenten colocar sus obras aparecerán nuevos modos, estilos y formatos, tanto de escribir como de editar. ¿Y a vosotros? ¿Se os ocurre alguno más? ¿Creéis que la novela mantendrá su hegemonía en el siglo XXI?

Cómo se hace un libro (VII): Las correcciones

4 de enero de 2012 en Autores, Literatura

Correcciones

Tema peliagudo el de las correcciones, sobre todo para muchos autores, ya sean noveles o experimentados, que no consideran necesario que se haga ninguna más allá de la más básica, la ortotipográfica. Pero, en realidad, la corrección es uno de los procesos más importantes para la realización de un libro. Contrariamente a lo que se piensa, ni siquiera se termina cuando se encuaderna el libro, sino que va más allá, pues un buen editor seguirá haciendo anotaciones previendo las reediciones futuras.

Algunas editoriales no dan la importancia que se merece a la corrección. En el caso de encontrar erratas en el texto, es responsabilidad absoluta del editor, no del autor, ya que éste, al escribir (y luego repasar) el libro tiende a dar más importancia al contenido que al continente. Por el contrario, es trabajo del editor adecuar éste último a unos estándares de calidad decentes. Es imposible, o casi imposible, conseguir “la edición perfecta”, un libro que no tenga absolutamente ningún error, pero un buen editor bien formado, y rodeado de correctores capaces, se acercará bastante a esta soñada perfección.

La corrección de estilo sería la más importante. El editor ha de leer detenidamente el original, corrigiéndolo en base a criterios filológicos. Es la corrección más lenta y difícil, pero muchas veces marcará la diferencia entre una obra mediocre y una buena obra. Un buen corrector respetará el estilo del autor (o traductor), sus giros lingüísticos, su forma de expresarse (siempre y cuando sea correcta), etcétera, centrándose en las imprecisiones en el uso de la lengua, la construcción gramatical inadecuada, las repeticiones (de palabras o incluso de sonidos), la concordancia verbal o la falta de fluidez y de claridad. Los dos conceptos fundamentales que el corrector de estilo ha de tener en su cabeza al enfrentarse a un texto son la corrección y la uniformidad. El tema de la uniformidad cobra una importancia capital en libros con varios autores, ya que podemos encontrarnos una diversidad de normas observadas que obligatoriamente deben unificarse.

En cuanto al tema de las traducciones, el editor ha de enfrentarse a un tema crucial: ha de elegir a un traductor competente en la materia tratada. No se trata tan sólo de elegir un traductor que conozca a la perfección ambos idiomas (el original y el final), sino que tenga conocimientos básicos sobre la temática del libro. Así, hay traductores especializados en libros técnicos, o en novela histórica, e incluso en poesía. Es bastante obvio que cualquiera no puede enfrentarse a la traducción de un poema: aparte de tener una sensibilidad especial ha de conocer el resto de traducciones de la obra del autor, de haberlas, a fin de, o bien seguir las pautas marcadas o, en el caso de malas traducciones, mejorarlas.

El editor, en todo caso, no puede olvidarse de que el texto es del autor, no de la editorial. Así, en todo caso, hay que contar con el autor en los procesos de corrección. Algunos de ellos tal vez no se tomen a bien las recomendaciones del corrector, pero han de tener siempre en cuenta de que él es un profesional que no pretende destruir el libro, sino mejorarlo.

El mejor regalo para un escritor

3 de enero de 2012 en Autores, Literatura

Regalo para escritor

Siempre hablamos de regalos para lectores. Hablamos de obras, de lectores electrónicos, de ediciones especiales y de cuándo no regalar libros. ¿Pero qué hay del escritor? ¿Qué deberíamos regalar a nuestros allegados escritores en estas fechas de presentes y obsequios, en las que agasajamos a nuestros seres más queridos?

La respuesta más sencilla es el propio libro. Todo escritor es, por deducción lógica, un ávido lector (o debería serlo), por lo que un libro será seguramente un buen regalo. Por otro lado, puede ser complicado escoger el libro adecuado, ya que el escritor suele ser un lector exigente (además de gozar de una biblioteca bastante completa). Así que podríamos plantearnos algunas opciones igual de interesantes, pero bastante más originales:

-Un lector electrónico. Puede parecer una elección obvia, pero la posibilidad que ofrece el e-reader para realizar anotaciones y corregir sobre el propio texto de uno es algo que hará las delicias de cualquier escritor meticuloso.

-¿Y si regalamos algo no físico, algo que un escritor suele necesitar más que ninguna otra cosa? Hablo de tiempo. Regálale tiempo a un escritor. Ofrécete a limpiarle la casa, hazle un vale como canguro para que pueda disponer de unas cuantas horas sin niños, permítele alojarse unos días en tu propio hogar mientras te ocupas de proporcionarle todo lo que necesita: comida, orden, paz y tranquilidad.

-Puedes ir más allá y ofrecerle un retiro. Un viaje o estancia en un lugar relajado, apartado, donde no tenga que hacer nada más que escribir. Un spa, una casa rural, un alquiler en la playa. Nada como escribir perdido en las montañas o frente a las olas del mar.

-También puedes cubrir los gastos de algún curso o taller para perfeccionar su técnica. Infórmate antes de qué tipo de clases se ofrecen en tu ciudad y cuáles serían adecuadas para las necesidades de tu escritor. Procura que no parezca un insulto (ofrecerle un curso titulado “Aprende a escribir” puede no entrar bien, de primeras, a un escritor más o menos consumado).

-Hay software que puede hacerle la vida un poco más sencilla a un autor. Puedes obsequiar una suscripción a Freedom, por ejemplo, ese programa que te desconecta de Internet para obligarte a concentrarte en tu escritura. Como a muchos autores les ayuda escribir con música de fondo, también puedes ofrecerles una suscripción a algún programa de música como Spotify o Last.fm.

-Siempre nos quedarán los regalos más tradicionales, asociados con el arte de escribir a mano, como los cuadernos de lujo tipo Moleskine o Paperblanks y las plumas. La elegancia tampoco tiene que estar reñido con lo tecnológico, y las memorias USB, ideales para llevar la obra de uno siempre encima, ofrecen modelos muy originales y elegantes.

-Dependiendo del escritor, a más de uno le hará ilusión recibir como regalo la edición de su propio libro. Regalarle a un escritor un ejemplar de su propia obra, o incluso una pequeña tirada, está a disposición de los más solventes a través de la autoedición. Tal vez este no sea un presente para todos los gustos, pero para escritores inéditos o que están empezando puede ser un obsequio ideal.

Y tras todo lo anterior, una reflexión. Para el escritor el mayor placer es que lo lean, que expresen interés por su obra. Puede que el mejor regalo que puedas hacerle a un escritor estos días es comprar su obra y hablar de ella a todos tus amigos y conocidos, proporcionándole opiniones positivas en todos los lugares que puedas (sobre todo en comunidades de libros como Lecturalia) y compartiendo su obra en las redes sociales.

Cómo se hace un libro (VI): El proceso editorial

31 de diciembre de 2011 en Autores, Literatura

Proceso editorial

Un autor ha recibido el visto bueno de una editorial a su libro, o ha entregado (si es el caso) la obra que le encargaron. ¿Y ahora qué? El original queda en manos del editor y el autor puede llegar a desesperarse si desconoce los entresijos que lo llevarán a convertirse en un libro. Los autores con más experiencia pueden conocer ya las respuestas a algunas preguntas, pero para los noveles todo son incógnitas: no saben quién va a intervenir en la confección del libro, ni los plazos, ni cómo será el diseño interior o de la cubierta. Si no tienen noticias de la editorial durante un tiempo pueden llegar a pensar que no se está trabajando en su obra. Esto es un error: hay que tener mucha paciencia y tener siempre en cuenta que, incluso en editoriales muy pequeñas, lo más probable es que el editor no se esté ocupando solamente de tu libro, sino de diez, de veinte, o incluso de más, a la vez y cada uno en una fase distinta de producción. Suponer que un editor ocupa el 100% de su tiempo en un solo original (el tuyo) es de una candidez superlativa.

El editor debe ser consciente de que para el autor el único libro que existe es el suyo, así que lo recomendable es dejarle bien claro el recorrido que va a seguir su obra hasta su publicación, hacerle un breve esquema de los pasos (que no de los plazos: no hay nada que desespere más a un autor que un plazo incumplido, por mucho que se haya insistido en su provisionalidad) y hacerle notar en qué estadios se necesitará de su colaboración y, por tanto, habrá una comunicación más fluida. Porque el concurso del autor será fundamental, en primer lugar, durante la corrección de estilo y la posterior corrección de pruebas y, después, tras la impresión, cuando la editorial comience la promoción. Incluir al autor en más etapas de las necesarias es una complicación para ambas partes.

Los editores (o, de haberlos, los correctores en los que delegan su trabajo) han de leer el libro por completo y comprobar que se ha entregado todo el material necesario para su elaboración. Puede parecer una perogrullada, pero de no hacerse algo tan básico surgirán complicaciones durante el proceso editorial, sobre todo en el caso de los ensayos. No tiene sentido, por ejemplo, entregar un ensayo sin la bibliografía correcta, porque el corrector acabará trabajando el doble. Todo original entregado a una editorial tras su aprobación debería incluir (cuando corresponda, según el género):

-Título (aunque a veces, por cuestiones de promoción, la editorial puede llegar a proponer cambiarlo)
-Índice (indistintamente al principio o final del original: su colocación no depende del autor, sino de la editorial, que seguirá unas pautas prefijadas)
-Páginas preliminares (dedicatoria, introducción o prefacio, agradecimientos)
-Capítulos
-Bibliografía (a ser posible correctamente citada. Hay que tener en cuenta que existen varios sistemas aceptados para citar bibliografía. Dependiendo de la editorial se respetará la opción elegida por el autor o se adaptará al sistema que se haya usado en el resto del catálogo)
-Apéndices (glosarios, apéndices documentales o fotográficos)

Además, el editor debería aportar al corrector, de haberlo, las ilustraciones interiores que acompañarán al texto.

Otro paso fundamental sería, por parte del editor, comprobar que las cifras aportadas por el autor, o los hechos citados, se ajustan a la realidad. Hay que valorar las consecuencias legales que podrían derivar de la incorrección (malintencionada o no) de éstas. También hay que tener cuidado con los contenidos del libro: si se considera ofensivo o difamatorio también podrían surgir problemas a posteriori.

Cómo se hace un libro (V): El contrato

29 de diciembre de 2011 en Literatura, Mundo Editorial

Contrato Editorial

Antes de decidir publicar un libro la editorial debe estimar los costes. En grandes editoriales estos son complejos de calcular, ya que no estamos hablando tan sólo del precio de producción, sino también de los costes de promoción y marketing. Las campañas de venta del libro son una parte importante, y en ocasiones son tan costosos como la fabricación del libro en sí misma. Además, hay que tener en cuenta que no todo se reduce a pagarle al escritor o a los que lo van a editar y maquetar, ya sean internos o externos de la editorial: las ilustraciones, fotografías, el diseño de la cubierta o, en su caso, la traducción, son costes fijos que han de ser tenidos en cuenta. En el caso de libros técnicos, también habrá que recurrir a asesores, lo que encarece aún más el precio. Sin embargo, los libros especializados tienen costes variables más fáciles de calcular, ya que al tratarse de un mercado restringido, la campaña de marketing no influirá habitualmente en las ventas. A veces la promoción puede limitarse simplemente a enviar un servicio de prensa a publicaciones de su área temática, y esto podría ser suficiente para que la publicación sea conocida por la mayor parte del público potencial.

Pero sea como fuere, debe existir un contrato con el autor. Aunque dependiendo del sector al que se dedique la editorial estos pueden variar muchísimo (no es lo mismo una editorial técnica que una comercial, por ejemplo), dentro de un mismo sector los contratos tienden a ser muy parecidos, a veces casi indistinguibles de una editorial a otra. Una característica de los libros comerciales y de sus autores es que, a diferencia de los libros y autores especializados, suele intervenir la figura de un agente, que dependiendo del autor (pues algunos dejan absolutamente todo el proceso en sus manos) tendrá una mayor o menor importancia en el proceso de elaboración del libro. Sus honorarios suelen ser una décima parte del los ingresos para el autor.

Las regalías dependerán, como hemos dicho, del sector editorial concreto. En las ediciones comerciales se suelen incluir cláusulas que permiten al autor aumentar sus honorarios en caso de que el libro tenga unas buenas ventas, lo cual es completamente lógico: recompensar a un autor popular hará que éste, en un futuro, quiera seguir trabajando con esa editorial y no con una de la competencia. Además, para la editorial esto no supone perder dinero, ya que estos aumentos en los porcentajes suelen hacerse coincidir con las reimpresiones (erróneamente llamadas de forma habitual “reediciones”), y reimprimir un libro es bastante más económico que producir uno nuevo. Los autores que aseguran buenas cifras de ventas están muy cotizados, y las editoriales los tratan de una forma mucho más cercana y comprensiva que a los autores noveles. De todas formas las editoriales deberían ser conscientes (muchas veces no lo son) de que la industria de la que forman parte no existiría sin los creadores, y de que un escritor novel es un potencial futuro escritor comercial de éxito (y, en parte, su futuro éxito dependerá de que la editorial apueste plenamente por sus libros).

En cuanto a los derechos que se especifican en los contratos hay que distinguir entre el derecho de edición, el fundamental para que una editorial pueda publicar un libro, y otro tipo de derechos subsidiarios que, sobre todo para las editoriales comerciales, son más que interesantes, ya que pueden explotarlos ellas mismas o incluso cederlos a otra editorial. Estamos hablando de las traducciones, la publicación en otros formatos (por ejemplo en bolsillo) o la inclusión en catálogos de clubes de lectores (en España tenemos como ejemplo más claro el Círculo de Lectores). Sin embargo, los agentes son cada vez más reticentes a otorgarle todos estos derechos a la editorial que publica el libro, especialmente el tema de las traducciones o de la edición en países distintos al de la editorial (aunque compartan idioma). Otro derecho que cada vez se restringe más es el de la adaptación de la obra a cine y televisión. En todos estos casos los agentes y los escritores se han dado cuenta de que los réditos son mayores si retienen y negocian ellos mismos todo esto, aunque a veces no son conscientes de que si están en la mano de la editorial será más fácil “colocar” el libro en otros mercados, por ejemplo.

¿Debe la cultura ser gratuita?

Cultura libre y gratuita

La respuesta a la pregunta que da título al artículo no debería suponer un esfuerzo para toda persona de bien: En las condiciones adecuadas la cultura siempre debe ser gratuita. No sólo eso, debería ser, además, libre. Libre para ser copiada, transmitida, modificada, usada, denostada, ensalzada, mordida, digerida y gastada. Todo siempre, y este es el punto importante, en las condiciones adecuadas.

Sostener que la cultura debe ser onerosa, que hay que pagar por ella sí o sí, sólo puede responder a intereses puramente personales. Pensemos de manera utópica durante unos segundos, ¿no sería maravilloso un mundo en el que toda forma artística, todo conocimiento, estuviera al alcance de nuestras manos con tan sólo quererlo? ¿Acaso se banalizaría la cultura por disponer de un acceso universal y gratuito a ella?

Sin embargo, no estamos en un mundo utópico. La cultura conlleva un coste de creación, no se genera de manera espontánea, aunque a muchos pueda parecerles que el acto creativo no requiera dificultad o esfuerzo. Siempre hay un gasto, aunque no contemos con los entresijos editoriales que hacen que una obra se defina, perfeccione y llegue a nuestras manos de la mejor manera posible, el gasto personal existe y suele ser más grande de lo que pensamos.

Hasta ahora los autores, los creadores, permitidme que hable de los escritores en concreto, reciben un porcentaje por libro vendido, tradicionalmente establecido en un 8 o un 10 por ciento. Con esta premisa no es tan raro que pocos autores clamen al cielo por lo caro de sus libros y también pocos vean con buenos ojos los precios bajos que se reclaman por los ebooks. Ese, más el anticipo, calculado en base a tirada y prestigio, es el maná con el que las editoriales llevan décadas alimentando a los escritores. No me malinterpretéis, es un negocio cómodo para el escritor, que se desentiende de prácticamente el resto del proceso editorial. Ni márketing, ni organizar giras, ni preocuparse de portadistas, correctores o distribuidores. Nada de nada. Es lógico entonces que cuando el sistema se tambalea y las cosas cambian, los propios escritores se asusten al ver amenazado un modo de vida que ha demostrado su solvencia.

O, al menos, eso es lo que nos cuentan los escritores que viven de sus libros. Si hiciésemos un listado de escritores y nos fijáramos en los que única y exclusivamente viven de sus libros con este sistema nos daríamos cuenta de que son muy pocos, una élite de gran éxito, éxito conseguido por sus medios y valía, que conste, pero que no pueden ser representativos de la mayoría.

¿Y qué le parece a esa mayoría? Bueno, para qué engañarnos, a mi me encantaría dedicarme sólo a escribir, mandar un correo electrónico a mi editor y olvidarme hasta cobrar el cheque. Pertenecer al olimpo literario es una aspiración llena de glamour, vivir bajo los focos, ser conocido, popular… el masaje de ego que todo escritor necesita amplificado por mil. Ahora, tampoco pasa nada por combinar trabajo y literatura, sobre todo, en mi caso, por ejemplo, si mi trabajo, o trabajos, están dentro de ese «mundo literario» (talleres, charlas, artículos). Otros autores, por ejemplo, son muy felices siendo químicos, ingenieros, arquitectos, periodistas o músicos, además de escritores, aunque no siempre se tiene esa suerte (no ya que te guste el trabajo, sino, simplemente, tener uno).

Pues bien, la cultura en un mundo ideal sería gratuita, y la literatura, en el mundo que nos ha tocado vivir, no lo es. Sin embargo, parece que en el futuro es más que probable que el sistema actual de producción y venta de libros cambie, si a mejor o a peor, no se sabe, lo que está claro es que va a ser mucho más grande y más barato. ¿Se repartirá más el dinero en una base amplia y menos en una élite? ¿Se creará una nueva élite que ganará mucho más dinero? ¿Se agruparán los autores para pagar servicios editoriales al margen de las grandes empresas? ¿Conseguirán desde las editoriales controlar las descargas y el modo de consumo al que nos dirigimos?

Todo son preguntas a las que no tengo respuesta, y sé que vosotros, lectores, escritores, libreros, editores, tenéis más preguntas todavía. Creo que es el momento de comenzar a dialogar, de conocer más vuestras inquietudes y propuestas. Os esperamos, como siempre, en los comentarios.


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