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Entradas con etiqueta ‘obituario’

José Luis Sampedro (1917-2013)

10 de abril de 2013 en Autores, Ensayo, Literatura

José Luis Sampedro

Con José Luis Sampedro me ocurría lo mismo que a los contemporáneos de Ed Wood con Bela Lugosi: durante casi toda la década pasada, cada vez que leía alguna entrevista o me enteraba de que sacaba nuevo libro, no podía evitar preguntarme: «Ah, pero ¿no había muerto»? Supongo que, de alguna manera, lo maté cuando padeció la grave enfermedad que lo llevó a escribir el que es mi libro favorito de todos los que escribió: Monte Sinaí. En él contaba, de manera breve, concisa, directa e implacablemente hermosa, los pormenores de su estancia en un hospital neoyorquino cuando padeció una grave dolencia cardíaca que casi acaba con él. Esta obra, con sus no recuerdo si ochenta o noventa páginas a tamaño de letra grandote, contiene más consuelo y alegría (y motivos) de vivir que toda la morralla de autoayuda que me había leído diez años antes, cuando padecí una enfermedad bastante seria. Siempre pensé que ojalá hubiera existido Monte Sinaí por aquel entonces, porque me habría ayudado de verdad a sobrellevar las sesiones de quimioterapia, no como las manidas páginas de La enfermedad como camino o Usted puede sanar su vida, que no hacían sino ponerme de mala leche por aprovecharse del dolor ajeno con fines comerciales.

La alegría de vivir y las ganas de transmitirla. Dos constantes en la vida y obra de José Luis Sampedro. Toda esa actitud que convierte Monte Sinaí en uno de mis libros de referencia se puede ver en La vieja sirena, Real Sitio o, sobre todo, La sonrisa etrusca. La aventura interior de un viejo cascarrabias que se amansa durante sus últimos meses gracias a un nietecito recién nacido es un buen resumen de ese José Luis Sampedro ancianito de barba profética, ese pope de las juventudes, ese abuelito que todos habríamos querido tener; en resumen, ese anciano con vocación de referente moral de las nuevas generaciones (tras las desapariciones de José Luis López Aranguren y Enrique Tierno Galván, que desempeñaban ese papel hasta los años ochenta). Quiso la fatalidad que Sampedro viviera una situación irónica: nada más escribir este delicioso canto a la vida y la aceptación de la muerte inminente, Sampedro pasó por el trance de la pérdida de su primera esposa.

Contaba Sampedro que, cuando él era joven, los jóvenes leían y comentaban los escritos de Unamuno o de Ortega y Gasset, como sabios que eran. Añadía que le aterraba la idea de que lo consideraran un sabio, porque no era esa su intención. En realidad, esta parte de su biografía, los últimos tres o cuatro años en los que fue el pope español de la literatura indignada, podrían titularse Sabio por accidente. El motivo: haber escrito el prólogo de ¡Indignaos!, de Stéphane Hessel, con quien lo unían muchos elementos en común, y haber escrito parte del ensayo colectivo Reacciona, una de las biblias del movimiento 15-M. Si La sonrisa etrusca lo convirtió en el abuelito ideal de los jóvenes de la generación X y Monte Sinaí lo convirtió en el héroe de todo aquel que haya padecido una enfermedad seria, sus últimos ensayos lo convirtieron en un icono pop, el último superviviente de una generación (Francisco Ayala, Medardo Fraile y pocos más) de moral inconmovible y ética a prueba de bombas. Los paralelismos entre Hessel y Sampedro son evidentes: ambos pertenecieron a dos bandos enfrentados (Hessel, alemán nacionalizado francés, participó en la Segunda Guerra Mundial como dirigente destacado de la Francia Libre; Sampedro, más modesto, combatió en ambos bandos y vivió en el Marruecos colonial), desarrollaron una trayectoria profesional impecable durante la posguerra (Hessel, como coautor de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre; Sampedro, como catedrático y lector de economía en varias universidades españolas y anglosajonas), explotaron como ideólogos de masas ya en su novena década, a base de contar, de manera breve y sencilla, verdades como puños… y, para rematar el paralelismo, fallecen ambos con apenas un mes de diferencia. No sabemos cómo le sentaba esta notoriedad a Hessel, pero a Sampedro le resultaba cargante y, de hecho, fue su deseo expreso que la noticia de su fallecimiento no trascendiera hasta después de haber sido incinerado, para evitar el circo mediático y necrófilo consustancial a los fallecimientos de gente mediática.

Muere el hombre, a los noventa y seis años, pero nos queda la obra. Es un topicazo del tamaño de cualquiera de esos árboles que transportaban Tajo abajo los gancheros de El río que nos lleva, pero, en el caso de alguien como José Luis Sampedro, es una invitación a leer magníficas novelas como La sonrisa etrusca o La vieja sirena, confesiones sinceras hasta la lágrima como Monte Sinaí, o ensayos necesarios y veraces como Reacciona.

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En memoria de Bradbury

21 de junio de 2012 en Autores, Biografí­as, Ciencia-Ficción, Literatura

Ray Bradbury

Si has estado de vacaciones en Júpiter durante las últimas semanas, es posible que no te hayas enterado de la muerte del escritor nonagenario Ray Bradbury. Internet está repleta de homenajes, artículos y lamentos varios dedicados al autor de Farenheit 451, ese libro cuyo título hace referencia a la temperatura a la que arden los libros.

Bradbury era uno de esos nombres escasos que sirven como puente entre los lectores de literatura general y aquellos que se decantan sobre todo por la ciencia ficción, junto a otros autores “nexo” como George Orwell (1984), Kurt Vonnegut (Matadero cinco) o Philip K. Dick (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?). Sus libros han marcado a toda una generación de lectores y de escritores de todos los géneros y especialidades. Por esto, era de esperar que con su fallecimiento a los 91 años comenzara a surgir todo tipo de obras y recopilaciones en su recuerdo.

El compendio que más me ha llamado la atención, y que sin duda querríamos que se tradujera lo antes posible a nuestro idioma, es Shadow Show, un conjunto de relatos hasta ahora inéditos e inspirados por Bradbury, escritos por algunos de los más grandes nombres de literatura fantástica actual: Neil Gaiman, Audrey Niffenegger, Ramsey Campbell y Margaret Atwood, entre otros. La publicación es una iniciativa conjunta de Gauntlet Press y Borderlands Press, editada por Mort Castle y Sam Weller, y pretende ser una tirada limitada de libros numerados y firmados.

En cuanto al escritor en sí, me quedo con las palabras de Neil Gaiman, quien contó lo siguiente tanto en su blog como en un artículo escrito a propósito para el periódico británico The Guardian:

Last week, at dinner, a friend told me that when he was a boy of 11 or 12 he met Ray Bradbury. When Bradbury found out that he wanted to be a writer, he invited him to his office and spent half a day telling him the important stuff: if you want to be a writer, you have to write. Every day. Whether you feel like it or not. That you can’t write one book and stop. That it’s work, but the best kind of work. My friend grew up to be a writer, the kind who writes and supports himself through writing.

Ray Bradbury was the kind of person who would give half a day to a kid who wanted to be a writer when he grew up.

La semana pasada, mientras cenábamos, un amigo me contó que cuando tenía 11 ó 12 años conoció a Ray Bradbury. Cuando Bradbury se enteró de que mi amigo quería ser escritor, lo invitó a su oficina y se pasó medio día informándole de todas las cosas importantes: si quieres ser un escritor, debes escribir. Todos los días. Te apetezca o no. Que no puedes escribir sólo un libro y detenerte ahí. Que es trabajo, pero es el mejor tipo de trabajo. Con el tiempo mi amigo se convirtió en escritor, del tipo que escribe y además vive de lo que escribe.

Ray Bradbury era el tipo de persona que sacrificaría la mitad de un día por un niño que quería ser escritor de mayor.

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Fallece Maurice Sendak

11 de mayo de 2012 en Autores, Infantil

Maurice Sendak

Aquellos para los que el nombre de Maurice Sendak no significa nada no tendrían problema en reconocerlo de manera inmediata si vieran cualquier ilustración de su icónico libro Donde viven los monstruos. Sendak ha conseguido formar parte de la textualidad actual, de nuestro entorno y conciencia colectiva, algo muy raro para un autor e ilustrador de cuento infantil.

Sendak comenzó a crear de la misma manera que tantos escritores y dibujantes: una dolencia infantil lo mantuvo en cama durante un largo periodo en el que se entretenía desarrollando su capacidad artística, si bien fue la película Fantasía, de Disney, la que le dio el impulso necesario para decidirse a ser ilustrador y/o animador. Su infancia estuvo marcada por su mala salud, la tragedia de perder a miembros de su familia en el holocausto nazi (él era judío de origen polaco, aunque nació en Estados Unidos) y el peculiar sentido del humor de su padre, al que le gustaba aderezar las historias de la Biblia con ciertas escenas más adultas de lo necesario, algo que a Maurice le ganó más de una reprimenda en el colegio cuando las contaba a sus compañeros de clase. Tal vez esto lo inspiró a la hora de desarrollar su propio estilo, tal vez lo empujó a otorgarle ese toque oscuro que tienen sus dibujos, y más tarde, cuando comenzó a contar sus propias historias, a sus cuentos. Donde viven los monstruos nunca gustó del todo a padres y profesores, debido a los afilados dientes que poblaban las imágenes de Sendak, y a una trama muy alejada de la moralina habitual de los cuentos infantiles de la época (al protagonista, un niño, lo aceptan los monstruos como su rey debido a que es el más terrible y el que más asusta de todos ellos); sin embargo gozó de una aceptación muy positiva por parte de sus lectores. Lo mismo ocurrió con La cocina de noche, ya que el niño protagonista aparece desnudo a lo largo del libro, o con Outside Over There, que cuenta la historia de una niña que odia quedar a cargo de su hermana menor, hasta que esta es raptada por goblins (Sendak escribió la obra muy impresionado por el rapto mediático del hijo del conocido aviador Charles Lindbergh; a su vez, su obra inspiró a Jim Henson para gestar la película Dentro del laberinto, en la que David Bowie interpretaba al rey de los goblins). La complicada relación con sus demonios infantiles y con sus propios padres se extendió hasta su madurez: En 2007 falleció el psicoanalista Eugene Glynn, su pareja desde hacía 50 años; Sendak admitió que jamás había revelado su relación con Glynn a sus padres, por miedo a decepcionarlos.

Hace unos días, el 8 de mayo de 2012, Sendak falleció debido a complicaciones en relación a un infarto cerebral. Este amante de Herman Melville, Mozart y Emily Dickinson, que tanta felicidad ha traído a varias generaciones de niños (y algunos que no son tan niños), deja un hueco enorme en el mundo de la literatura. Para recordarlo, os recomiendo que veáis estas maravillosas páginas rescatadas del New Yorker donde se ilustra una conversación sobre el arte de crear historias y la experiencia de ser niño entre Sendak y Art Spiegelman, el único escritor que ha ganado un Pulitzer a mejor obra de ficción con un cómic, con la aclamada novela gráfica Maus.

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La biografía de Steve Jobs

12 de octubre de 2011 en Autores, Biografí­as

Steve Jobs - Biografía

Steve Jobs, uno de los grandes personajes de nuestro tiempo, falleció recientemente víctima de un cáncer de pancreas. Sería complicado resumir su obra en unas líneas, aunque algunos panegíricos lo han intentado. Por ejemplo el del cineasta Steven Spielberg, que ha dicho de él: “Steve Jobs fue el mayor inventor desde Thomas Edison. Puso el mundo en nuestras manos”. Las muestras de condolencia han sido numerosas, especialmente entre sus colegas, muchos de los cuales fueron rivales encarnizados durante décadas o, por el contrario, socios. Todos parecen ahora, como es habitual ante un fallecimiento de una personalidad, reconocer la importancia que tuvo el trabajo de Jobs en su propia obra. Muchos de ellos lo han mencionado de forma entusiasta como una fuente de inspiración esencial; los más comedidos, por su parte, han dicho de él que su afán por superarse fue un ejemplo a seguir.

Jobs fue dado en adopción a edad temprana y su hermanastra (hija de sus padres biológicos) se llama Mona Simpson, una escritora que habló de él en el libro A regular boy y que está casada, aunque resulte casi cómico por la casualidad del apellido, con un tal Richard Appel. No es casualidad que la madre del personaje de animación Homer Simpson se llame como ella: Appel fue el guionista de varios capítulos de la serie de la FOX y la nombró así en honor a su pareja. Volviendo a Jobs, A regular boy no fue ni el primero ni el último libro que se le dedicó, tenemos como ejemplo Steve Jobs & Apple o El camino de Steve Jobs, aunque adquirió cierto protagonismo debido a su autora.

La última obra que verá la luz, al menos por el momento, es una biografía autorizada que tenía prevista su salida al mercado el 21 de noviembre. Sin embargo, el fallecimiento de Jobs ha precipitado su publicación, y el libro escrito por Walter Isaacson estará ya disponible en todas las librerías el 28 de octubre. Esto no ha impedido que se haya colocado ya en los primeros puestos en las listas de ventas más importantes del mundo (Amazon, Barnes & Noble y, por supuesto, la tienda de iTunes, otro de los inventos de Jobs y seguramente uno de los más revolucionarios e influyentes en el comercio electrónico actual). Son cientos de miles las personas que ya están reservando su ejemplar, y eso que la vida, obra y milagros de Steve Jobs son de conocimiento público: cómo creó, junto al afable Steve Wozniak, la empresa informática de moda, Apple, la primera en crear un entorno gráfico “amigable” alejado de las líneas de código; cómo abandonó esta compañía, fundando Next, una modesta firma de computadoras que, sin embargo, pasará a la historia ya que Internet nació en uno de sus aparatos; cómo adquirió por la irrisoria cifra de 5 millones de dólares a George Lucas lo que luego sería conocido como Pixar, el más importante estudio de animación de los últimos veinte años; como retornó a Apple, convirtiendo una empresa moribunda en un fenómeno de masas apenas una década después gracias a soluciones competitivas y populares como los iTunes, el iMac, el iPod o el iPad; cómo, para terminar, acabó con una relación en inferioridad de Pixar con respecto a Disney, convirtiéndose en un alto cargo de la multimillonaria compañía de entretenimiento.

Hubo un antes y un después de Steve Jobs tanto en la informática como en la animación. También en el comercio, siendo uno de los creadores de su vertiente electrónica, así como en el márketing, siendo Apple la empresa que mejor vende humo del mundo. Y algo nos dice que en ese “después” de Jobs habrá muchos libros que pormenorizarán absolutamente cada hito de su vida personal y profesional, ya sea importante o trivial.

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Ha muerto Félix Romeo

11 de octubre de 2011 en Autores

Félix Romeo

El escritor, crítico y traductor zaragozano Félix Romeo Pescador ha fallecido de manera imprevista a la edad de 43 debido a un fallo cardíaco. Aunque ha sido un autor muy galardonado y de bastante éxito tal vez sea más conocido por el público en general por haber sido durante años el director del programa de difusión cultural La Mandrágora, que se mantuvo en antena en la televisión pública española hasta que fue suprimido, oficialmente debido al cambio de contenidos en el Ente tras la supresión de los bloques publicitarios.

Romeo, era colaborador habitual del diario Heraldo de Aragón, de Radio Nacional de España y de la revista Letras Libres. Se encontraba en Madrid precisamente para participar en los actos organizados por esta revista para conmemorar su décimo aniversario, actos que se han teñido de luto y pesar por el fallecimiento del joven autor. Con su primera novela, Dibujos animados, Romeo consiguió el Premio Ícaro de literatura. Otras obras suyas, más recientes, serían Amarillo (publicada en 2008) o Discothèque, libro que vio la luz en la prestigiosa editorial Anagrama. También destacó como traductor, siendo suyas las versiones de obras como Biblioteca, de Gonçalo Tavares, la antología de cuentos Y si mañana el miedo, del angoleño Ndalu de Almeida (más conocido como Ondjaki), o Sagitario, de la italiana Natalia Ginzburg. En la gran pantalla pudimos ver un trozo de su historia personal, protagonizado por él mismo, en la interesante obra Lumière et compagnie, una película de 1995 en la que cuarenta de los más prestigiosos directores de cine del momento (entre ellos Costa-Gavras, Vicente Aranda, Abbas Kiarostami, Spike Lee, Bigas Luna, Wim Wenders, Michael Haneke, James Ivory o David Lynch) asumían el reto de rodar cortometrajes de no más de 52 segundos usando el cinematógrafo original de los hermanos Lumière. Uno de los directores invitados fue Fernando Trueba, que recurrió a Félix Romeo para rodar una cortísima imagen basada en la historia del autor aragonés: su estancia en la cárcel debido a un delito por insumisión.

Las condolencias del mundo de las artes y las letras en general y de la cultura aragonesa en particular no se han hecho esperar. José Luis Corral, presidente de la Asociación Aragonesa de Escritores, ha dicho de él que tenía una gran capacidad para redescubrir autores y títulos olvidados por el tiempo, y de hallar libros donde nadie los encontraba. La consejera de Cultura del Gobierno de Aragón, Dolores Serrat, ha lamentado también la muerte de Romeo, resaltando que, aunque siempre es triste el fallecimiento de personas “con valores en la cultura”, lo es aún más cuando esto sucede de forma inesperada.

Más sentidas han sido las palabras de amigos personales suyos como Antón Castro (que lo ha definido como una persona de gran generosidad y un apasionado del arte, la cultura, los viajes y la gastronomía) o el oscense Carlos Castán, que ha resaltado que Romeo era imprescindible en el mundo cultural aragonés.

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Nefasta última semana de julio

2 de agosto de 2011 en Autores, Biografí­as

Agota Kristoff

La última semana de julio de este año ha visto cómo fallecían tres escritores que, cada uno en su terreno, han sido de gran importancia en las últimas décadas. El primero en abandonarnos fue el historiador, especializado en el mundo árabe, Joan Vernet i Ginés. Vernet es uno de los historiadores españoles más importantes en su campo de todo el siglo XX, y uno de los promotores principales de los novedosos estudios sobre ciencia árabe, además de la evolución de la ciencia en el Medievo y el Renacimiento. Sobre el mundo islámico no se limitó a profundizar en sus avances científicos y tecnológicos y en su repercusión en el mundo cristiano medieval, sino que también son importantes sus aportaciones en materia de investigación religiosa. Suya es una importante traducción del Corán, el libro sagrado de los musulmanes, y suya también es una biografía de Mahoma, su principal profeta, publicada hace un lustro. Sus intereses también le llevaron, entre otros muchos trabajos, a traducir el libro de Las Mil y Una Noches. Vernet fue merecedor de muchos premios a lo largo de su carrera, entre ellos el Premio Menéndez Pidal, la Cruz de San Jordi o el Premio Sharjah.

Apenas unos días después fue Agota Kristof, escritora húngara en lengua francesa, la que falleció. Aunque sus primeras incursiones en la literatura fueron en el teatro y la poesía, es conocida principalmente por una trilogía de novelas que en España ha sido publicada bajo el título de Claus y Lucas. La trilogía está compuesta por las novelas El gran cuaderno (1986, Premio Europeo de Literatura Francesa), La prueba (1988) y La tercera mentira (1991). El gran cuaderno es su obra más importante, y ha sido traducida hasta la fecha a una treintena de idiomas.

El último día de julio fue el autor cubano Eliseo Alberto el que nos dejó, tras una larga búsqueda de un donante de riñón que pudiera salvarle la vida. El riñón llegó finalmente, pero murió por complicaciones cardíacas durante la intervención. Eliseo Alberto, que residía desde hace décadas en México (cuya nacionalidad adoptó), se hizo popular en las letras hispanas después de ganar en 1998 el prestigioso premio de novela Alfaguara, que se convocaba de nuevo después de un parón de más de veinticinco años. La obra premiada fue Caracol Beach. No era su primera novela, tampoco fue la última; ni siquiera era el primer premio importante que recibía (ya había ganado años atrás el Premio Nacional de la Crítica cubano por su primera novela, La fogata roja). Eliseo Alberto, nacido en una familia que lleva las letras en la sangre (su padre fue el poeta Eliseo Diego, y su hermana, que todavía reside en Cuba, también es escritora), fue muy crítico con el gobierno castrista, que lo consideró un traidor a la revolución por su libro Informe contra mí mismo, escrito en 1978 después de que las autoridades cubanas le obligaran a denunciar por escrito a sus propios familiares.

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La violenta muerte de un poeta

16 de julio de 2011 en Autores, Biografí­as

Facundo Cabral

Cuando alguien conocido y respetado en su trabajo fallece por causas naturales la tristeza entre sus seguidores y amigos es grande, acompañada por cierta sorpresa en caso de que dicha muerte haya llegado sin avisar. En caso de muerte violenta, por ejemplo un accidente de tráfico, la sensación general de que podría haberse evitado es superior a la tristeza. El caso del argentino Facundo Cabral es aún peor: ha sido asesinado el pasado 9 de julio en Ciudad de Guatemala, tiroteado por sicarios mientras era llevado en coche al aeropuerto. ¿Qué pecado había cometido uno de los cantautores más importantes de los últimos años, un hombre que siempre ha cantado a las bondades de vivir? Simplemente ir acompañado de un empresario, de nombre Henry Fariña, al que debían haber puesto precio a su cabeza. En el tiroteo, así son las cosas, Fariña fue herido pero sobrevivió. Cabral, en cambio, falleció. En toda guerra siempre existe el riesgo del daño colateral: en este caso, un ajuste de cuentas entre grupos de poder guatemaltecos se ha llevado por delante al autor que hizo famoso el “No soy de allí, ni soy de allá”.

No soy de allí, ni soy de allá”, sin dudar su canción más representativa, es toda una declaración de principios, y una de las canciones más optimistas y vitalistas de su carrera. Para muchos de sus seguidores, fundamentalmente latinoamericanos, es poco menos que un himno. Cabral no fue un cantautor al uso: en sus interpretaciones había mucho de música, sí, pero también mucho de poesía, mucho de diálogo con un interlocutor mudo, mucho de soliloquio y mucho de hacer llegar al público no sólo un puñado de canciones y poemas, sino una parte de su ser, de su forma de ver las cosas, de su filosofía de vida. Publicó numerosos libros recogiendo sus pensamientos (según él más de veinte libros “sin títulos y sin autor”), pero no era necesario leerlos para llegar a conocerlo a él. En sus numerosos discos aprovechó para introducir sus impresiones sobre una existencia humana que le fascinaba, que le llenaba completamente. Cabral siempre aprovechaba, ya fuera en sus discos, sus libros o sus intervenciones públicas, para intentar contagiar su particular visión a quien estuviera dispuesto a escucharle. Tal vez por eso nos parezca aún más injusta la forma en que ha tenido que desaparecer.

Cabral llegó a la música por medio de lo que podríamos denominar intervención divina. Escuchó a un mendigo declamar el sermón de la montaña, una madrugada de febrero de 1954. El jovencísimo autor de La Plata se impresionó tanto que, ya en casa, escribió su primera canción. Durante décadas ha declarado públicamente su fe en Dios, un Dios vitalista y no dogmático que le hizo cantar aquello de me gusta el vino tanto como las flores, una fe que le hizo declararse violentamente pacifista. Descanse en paz el maestro, y quede su estribillo más famoso en nuestras cabezas para siempre, porque

No soy de aquí, ni soy de allá,
no tengo edad ni porvenir
y ser feliz es mi color de identidad.

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Facundo Cabral

Fallece Ernesto Sabato

4 de mayo de 2011 en Autores, Narrativa, Noticias

Ernesto Sabato

No pudo ser: el escritor argentino Ernesto Sabato falleció a menos de dos meses de cumplir cien años. También es cierto que no necesitaba de esto para agrandar su figura: estamos ante, sin duda, uno de los literatos más importantes en lengua española del siglo XX. Y eso que su producción, exceptuando el ensayo, no fue especialmente fecunda.

Tampoco lo necesitó: con tan sólo tres novelas publicadas fue más que suficiente para comprender que el genio literario que residía en Sabato era de una escala que está reservada sólo a unos pocos elegidos, sobre todo al acercarnos detenidamente a las dos primeras. Imposible una ópera prima mejor que El túnel (1948), imprescindible en cualquier compendio de buena literatura del siglo pasado que, como tantas y tantas veces ha pasado con grandes obras, fue rechazada por docenas de editoriales hasta que por fin pudo verse publicada. No es una novela al uso, ya que aunque habla de un crimen (el asesinato de María Iribarne a manos de Juan Pablo Castel), éste, que culmina la historia, es conocido desde el principio, y conforme vamos leyendo la obra iremos desentrañando los entresijos que llevarán a los protagonistas al fatal desenlace, final lógico tras una historia que, empezando en el amor, acabará en el odio más absoluto.

La segunda novela de Sabato, Sobre héroes y tumbas, también imprescindible, se publicó en 1961 y terminó de consolidar la carrera del autor, ya suficientemente importante debido a sus numerosos trabajos ensayísticos. Relataba la decadencia de una familia argentina de rancio abolengo, y pretendía, en palabras del propio autor

penetrar en ese corazón que alberga el amor y el odio, las grandes pasiones y las infinitas contradicciones del ser humano en todos los tiempos y circunstancias, lo que sólo se logra mediante lo que debe llamarse poesía, no en el estrecho y equivocado sentido que se le da en nuestro tiempo a esa palabra, sino en su más profundo y primigenio significado.

En comparación, la tercera novela tiene un peso específico menor en la obra del autor: se trata de Abaddón el exterminador, y se publicó en 1974, y es con mucho la más experimental de sus obras, con un estilo fragmentario y de corte autobiográfico, entroncada argumentalmente con su segunda novela.

Dejando a un lado su obra literaria, Sabato tuvo un importante papel durante los años posteriores a la dictadura militar. Así, presidió a instancias del presidente de gobierno, Raúl Alfonsín, la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), cuya investigación dio lugar al libro Nunca Más, que recoge íntegramente el informe con que concluyó, y que es también conocida bajo el nombre de Informe Sabato. Su trabajo al frente de la Comisión le valió ser reconocido como un icono de la restauración democrática argentina.

Sabato falleció justo el año en que Buenos Aires había sido designada como Capital Mundial del Libro, y cuando las celebraciones por su Centenario ya estaban siendo planificadas. No podrán realizarse más que póstumamente, por desgracia, pero su obra estará siempre presente para millones de lectores de todo el mundo que lloran la muerte de un autor cuya obra ya es inmortal.

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Adiós a Diana Wynne Jones

30 de marzo de 2011 en Autores, Fantástica, Juvenil

El castillo ambulante

Todos los lectores tenemos un escritor con el que nos hemos hecho adultos. Alguien con quien hemos crecido, que nos ha hecho disfrutar como nunca, y que nos ha ayudado a madurar. Alguien que parecía comprendernos, en ese terrible y extraño mundo intermedio entre la infancia y el mundo “de los mayores”.

Para mí seguramente fue Diana. La desbordante imaginación de esta autora británica la ponía por encima de otros similares, por la sencilla razón de que parecía comprender mis miedos, aunque estuviesen en entornos muy distintos (o no tanto) del mío. La caza de brujas de Witch Week (Semana bruja) tenía tantos elementos del mundo que me rodeaba en esos momentos que asustaba, y la protagonista de Black Maria (creo que no se ha traducido al español, por favor corregidme si me equivoco) se parecía asombrosamente a mi propia abuela paterna.

Si el nombre de esta escritora no os resulta familiar, es posible que los fans de Hayao Miyazaki (La princesa Mononoke, El viaje de Chihiro) hayan visto su película El castillo ambulante, basado en la novela del mismo nombre de Wynne Jones. Diana fue una de las muy afortunadas estudiantes británicas que tuvieron de profesores universitarios tanto a J. R. R. Tolkien como a C. S. Lewis. Diría que esto la influyó notablemente, pero también es cierto que la autora tenía cierto oscuro sentido del humor del que éstos carecían. Llevaba ya más de un año luchando contra un cáncer que la consumía, al que finalmente tuvo que rendirse, pero podemos decir que gozó de una vida larga (Diana nació en Londres en 1934) y plena. No dejó nunca de escribir, habiendo publicado más de cuarenta libros (y dos más que están todavía por salir a la luz de manera póstuma). Tenía una estrecha relación con el escritor de literatura fantástica Neil Gaiman, de quien decía que era de los pocos adultos que disfrutaba de su obra sin ser profesor ni bibliotecario. Wynne Jones le dedicó a Gaiman su novela Hexwood, y Gaiman dedicó sus Libros de la magia a “cuatro brujas”, de las cuales una era la autora británica.

Aunque Diana escribía para el público juvenil, sus obras están abiertas a que las disfruten personas de todas las edades. Personalmente, pienso rendirle homenaje releyendo sus libros y buscando aquellos que todavía no he leído. Podría hacer aquí una larga lista de sus numerosos méritos, títulos y premios, como también podría daros más datos biográficos y anécdotas variadas. Pero creo que es mejor pediros que os toméis la molestia de leer algo suyo, o por lo menos que se lo recomendéis a vuestros hijos. Creedme, ya le gustaría a J. K. Rowling escribir como ella, crear los mundos complejos y adolescentes que ella ha creado (paradójicamente, sus libros han experimentado un incremento de ventas gracias a la pottermania, debido a la similitud de algunos de sus temas).

Adiós, Diana. Aquellos que crecimos con tus libros te echaremos de menos. Y aquellos que todavía no te han leído también lo harán, estamos seguros.

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Diana Wynne Jones
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Murió Rodolfo Fogwill

25 de agosto de 2010 en Autores, Biografí­as

Fogwill

El pasado 21 de agosto falleció el escritor (y publicista, y sociólogo, y polemista casi profesional) bonaerense Rodolfo Fogwill, víctima de un enfisema pulmonar causado por una vida de adicción al tabaco. Con su muerte se nos va uno de los personajes más peculiares de las letras hispánicas de las última décadas, alguien que fue perseguido por varios gobiernos argentinos (bien por “rojo” o bien por negocios poco claros), que conoció a Borges, que tuvo muchos hijos, y varios matrimonios, que usó la cocaína para escribir sobre la guerra de las Malvinas y acabó enganchado a muchas otras drogas que combatían sus crisis respiratorios. Que, en definitiva, vivió.

El haber mencionado la droga no es fortuito: por un lado, una de sus obras más famosas, la novela Los pichiciegos, existe gracias (como ya he mencionado) a la cocaína. Doce gramos de esta droga le sirvieron para terminar esta obra en el tiempo récord de seis días, seis días en los que dejó por escrito una lúcida novela sobre el conflicto de las islas Malvinas/Falkland que él mismo negó que tuviera un tono pacifista. No lo tiene: relatada desde la distancia, desde la frialdad, Los pichiciegos hace hincapié en las absurdas circunstancias de la guerra, de todas las guerras en general pero, sobre todo, de la guerra de las Malvinas, perdida desde antes de empezar. Una guerra que podría considerarse un montaje del gobierno militar que regía Argentina, deseoso de azuzar un patriotismo que ellos mismos, con su régimen de terror, persecuciones, censuras y prohibiciones, habían emponzoñado casi hasta la médula. La República Argentina recibió aire, o tal vez una transfusión de sangre, con esta contienda. El precio está claro: casi mil muertos, la mayor parte argentinos, y el doble de heridos. El Reino Unido aplastó casi literalmente la invasión del archipiélago, pero no a coste cero. Argentina perdió, pero el orgullo nacional de muchos no se vio resentido sino más bien al contrario, y todavía hoy se conmemora aquella guerra por algunos círculos. La derrota fue, eso sí, el principio del fin del gobierno militar, que no pudo recuperarse, y supone para toda una generación una vergüenza. No la vergüenza de la derrota, eso no: la vergüenza de la instrumentalización de las muertes de cientos de jóvenes compatriotas, marionetas del alto mando militar. Carnaza para la exaltación patriótica. Vendas para curar años de desapariciones y autoritarismo.

La otra obra más conocida de Fogwill es un cuento, Muchacha punk, que años más tarde dio título a una celebrada antología de relatos. Ambientado en Londres, su inicio es más que popular:

En diciembre de 1978 hice el amor con una muchacha punk. Decir “hice el amor” es un decir, porque el amor ya estaba hecho antes de mi llegada a Londres y aquello que ella y yo hicimos, ese montón de cosas que “hicimos” ella y yo, no eran el amor y ni siquiera –me atrevería hoy a demostrarlo– eran un amor: eran eso y sólo eso eran. Lo que interesa en esta historia es que la muchacha punk y yo nos “acostamos juntos”.

Escrito en 1978, de él dijo Fogwill que

(…) el relato venía sobrecargado de propósitos teóricos y abunda en guiños, anagramas, provocaciones al Estado policial de la época e insidias a escritores de moda

Curiosamente, Fogwill también sufrió dichas insidias en cuanto se convirtió en un autor popular. Se acusó incluso a ciertos círculos intelectuales de sobrevalorar tanto su obra como la importancia del autor en la literatura argentina contemporánea. Se tiene por habitual a Fogwill, no obstante, como uno de los cuatro imprescindibles de las últimas décadas junto con Piglia, Saer y Aira. Es más, se ha dicho que si en las últimas letras argentinas Piglia representaba la inteligencia, Saer la densidad y Aira la locura, Fogwill debía ser, obligatoriamente, los cojones.

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Juan José Saer
Ricardo Piglia
Rodolfo Fogwill
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