Lecturalia Blog: reseñas, noticias literarias y libro electrónico

71.309 libros, 14.095 autores y 56.277 usuarios registrados

Entradas con etiqueta ‘Ishiguro’

Kazuo Ishiguro: La roca negra

19 de julio de 2009 en Autores, Literatura, Narrativa

Ishiguro

Cualquiera que siga la trayectoria del escritor Kazuo Ishiguro seguramente convendrá en dos puntos fundamentales: Primero, que ninguno de sus libros se parece a otro; y segundo, que ninguno de sus libros deja al lector indiferente. Si alguien tomara, por ejemplo, Los restos del día y Nunca me abandones, sin fijarse en la portada, nunca sabría que son obras del mismo escritor. El estilo pausado, elaborado y elegante de la primera nada tiene que ver con el estilo fluido, rápido y coloquial de la segunda.

No se trata de que Ishiguro cree libros diferentes para esconderse, ni para ser original. Se trata más bien de que estamos ante un autor que posee una habilidad extraordinaria para crear narradores y personajes. Tanto, que cada narrador/personaje, al ser absolutamente complejo, domina un tono de voz único y propio, que por ende será muy distinto al de cualquier otro. Así, el mayordomo Stevens de Los restos del día dispone de una voz múltiple, difícil, enrevesada, como cualquier ser humano; una voz realizada a base de estructurar capa de sentido sobre capa de sentido, hasta completar un retrato autodescriptivo de una personalidad hipnótica, al igual que Kathy en Nunca me abandones. Así, aunque ambas voces son distintas, su elaboración detallista y minuciosa es la misma: no es que el autor utilice estilos diferentes, sino que las voces narradoras son diferentes, como corresponde a un texto de calidad. Y calidad es algo que a Ishiguro le sobra: la mayoría de los escritores son como muchos músicos, después del one hit wonder llega la repetición, el uso y abuso del mismo esquema, en definitiva el “si funciona no lo toques”. Lo que hace que Ishiguro trascienda esta producción masiva de novelas y discos prefabricados es su extraordinaria competencia como demiurgo, su asombrosa capacidad de arquitecto invisible. Porque, y tal vez aquí encontremos la piedra angular de su narración, la mano del autor no está presente. El ego del escritor está ausente, el escritor no existe. Sabemos que alguien ha ordenado las palabras y dispuesto los signos de puntuación, pero sólo lo sabemos en teoría: en la práctica no hay ninguna pista que nos lo demuestre. Para nosotros sólo existe un narrador/personaje envolvente que insiste, suplicando nuestra atención: es imposible negar la atracción, y ante todo es imposible no empatizar, no sentirse identificado con esta voz, por extraña que pueda parecer en principio, porque, si bien no podremos empatizar con el contexto, ninguna de las sensaciones nos es desconocida. Esta intensiva evaluación de la psique humana es un factor primordial para los que niegan que Nunca me abandones sea una obra de ciencia ficción, ya que anteponen su brillantez psicologista a los elementos presentes tradicionalmente asociados al género especulativo. Su pertenencia o no a este género es otra cuestión que merecería un artículo (o varios) aparte, pero lo que es indiscutible es que es difícil encontrar un lector que haya conseguido mantener los ojos secos tras leer la obra, lo que nos prueba dos aspectos excelsos del acervo literario de Ishiguro: su capacidad de crear perspectivas magnéticas; y su capacidad de construir finales que sean a la vez satisfactorios e incompletos.

Restos del día

A pesar de tener apellido japonés, Ishiguro no es Murakami, ni Tanizaki, no crea personajes hieráticos ni cree en el destino. En Los inconsolables, la frustración que nos acompaña en la lectura se debe a que en parte, como con todos sus narradores, hemos estado allí, sabemos de qué habla el protagonista, entendemos su urgencia y su ansiedad, aunque no entendamos en absoluto el contexto. Ishiguro nos demuestra que el porqué, el dónde y el cuándo son meras comparsas innecesarias. Los elementos surrealistas no se explican, no son objeto de investigación ni de asombro, sólo son objetos decorativos. Y fiel a su educación occidental, nos presenta con pinceladas de maestro el libre albedrío, por el que la tragedia del personaje es que elige mal, o decide no elegir; frente a la tragedia del personaje que se ve arrastrado a su suerte, el personaje de Ishiguro (cuyo apellido en caracteres significa “roca” y “negro”) se decide, resoluto, a crear su propia suerte, y fracasa, feliz, grandiosa y maravillosamente, en el intento.

Autores relacionados:
Haruki Murakami
Junichiro Tanizaki
Kazuo Ishiguro
Libros relacionados:
Los inconsolables
Los restos del día
Nunca me abandones

Película de Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro

16 de abril de 2009 en Literatura, Noticias

Keira

Nunca me abandones, una de las mejores novelas que leí el año pasado y de la que hemos hablado aquí con anterioridad, será adaptada al cine por Mark Romanek como director y con Keira Knightley y Charlotte Rampling en el reparto. El guión adaptado es obra de Alex Garland, autor de La playa.

Mark Romanek, habitual del videoclip -por cierto, no se me ocurre nada, pero nada en el mundo, más alejado de la estética videoclip que Nunca me abandones-, director de películas como Retrato de una obsesión, se quedó con las ganas de llevar al cine la obra de Ishiguro nada más terminar de leer el libro. Ahora sólo falta ver qué hace con el excelente material del que dispone.

Otra obra de Ishiguro, Lo que queda del día, fue llevada al cine con unas memorables actuaciones de Anthony hopkins y Emma Thompson, y acabó siendo nominada a un Oscar.

Vía: The Guardian

Autores relacionados:
Alex Garland
Kazuo Ishiguro
Libros relacionados:
Los restos del día
Nunca me abandones

Libros para San Valentín: Amores perros

13 de febrero de 2009 en Autores, Literatura, Narrativa

San Valentín

Ni empalagan ni tienen finales felices; a fin de cuentas, no todo el monte es orégano y, en la vida real, no todas las historias de amor son posibles, viables y acaban bien con el consabido y ya casi digno de chiste “y comieron perdices”. Con los libros pasa exactamente lo mismo.

-El señor de los anillos, de J. R. R. Tolkien (1954). No sólo en este libro del inmortal autor inglés aparecen varios amores imposibles o abocados al desastre: en el grueso de su obra, al igual que sucede en las mitologías celta y escandinava de las que principalmente bebió, hay referencias a historias de amor que no acaban precisamente bien. En el Silmarillion (1977) existen varias, siendo particularmente importante (y muy mencionada directa e indirectamente en su obra cumbre) la que incumbe a Beren y Lúthien. En El señor de los anillos la historia de estos dos amantes se repite en las figuras de Aragorn y Arwen. Al igual que aquellos, la única manera de estar juntos es a través del sacrificio de la chica y la renuncia a la inmortalidad. Supongo que muchos podrían opinar que estamos, después de todo, ante un final feliz, pero un amor anti-natura (en ambos casos un mortal y una inmortal) que sólo puede llevarse a cabo si una de las partes renuncia a su propia naturaleza no se me antoja demasiado satisfactorio, sobre todo para una de las partes (huelga decir cuál). ¿El amor aliena? Lo que es seguro es que la literatura universal está llena de este tipo de sacrificios románticos. Sin salir de este libro, la fallida relación entre Éowyn y Aragorn, ya que para él la motivación principal para reclamar su corona es conseguir a Arwen, ofreciéndole a la rohirrim unas calabazas como pocas se han visto en la literatura, acaba con ella en los brazos de Faramir, que precisamente se ha enamorado más de la tristeza que emana de ella que de ella misma. Otra historia de amor que da en qué pensar.

-Plataforma, de Michel Houellebecq (2001). Ya desde el principio de esta sensacional novela queda claro para cualquier lector avispado que Michel Renault, el protagonista, no puede participar en ninguna relación de amor como sujeto activo. Ni siquiera en una poco convencional como la que le ofrece el personaje de Valérie: incluso con ella, y aunque moderadamente feliz para lo que en Renault es habitual, se deja llevar una y otra vez casi sin involucrarse. La redención final no se lleva a cabo porque, justo cuando parece que Renault empieza a sonreír por algo más que por unas piernas de mujer abiertas, las cosas se tuercen. Del todo.

-Lo que queda del día, de Kazuo Ishiguro (1989). Aquí ni siquiera hay amor, ni correspondido ni sin corresponder: los sentimientos de Stevens y Miss Kenton son, para él, algo tan accesorio, que ni siquiera son importantes realmente todas las cosas que harían de su relación algo imposible. Lo realmente trascendente es el sentido del deber por lo que no habrá opción para indagar y preguntarse si siente por Miss Kenton algo más que la complicidad nacida tras años de trabajo codo con codo. Lógico en alguien que nunca amó y que jamás, debido a su posición, tuvo la oportunidad de madurar afectivamente, al creer que, sencillamente, esas cosas no están hechas para él.

Nombre de la rosa

-Pórtico, de Frederik Pohl (1977). También hay una historia de amor y desamor encerrada en una de las más importantes novelas de ciencia ficción del siglo XX. Un amor de ida y vuelta, y nunca mejor dicho si se echa un vistazo a la premisa de la obra, en el que Robinette Broadhead, protagonista único de Pórtico, no puede decidir. La imposibilidad de ser feliz en unas circunstancias extremas en las que la única manera de conseguir un futuro consiste en jugarse el cuello, literalmente, en cuanto se presenta la oportunidad (y todo ello con una posibilidad, ya no sólo de éxito, sino de supervivencia, desfavorable) incide negativamente en el ánimo de Broadhead. Porque, después de todo, y si la máxima es un descorazonador No future, ¿para qué preocuparse por mantener dentro de la cordura unos lazos afectivos que no van a poder llegar a buen término? Ante todo esto no queda otra opción, al menos para él, que la desidia. Y un amor dominado por este sentimiento puede explotar en cualquier momento.

-El nombre de la rosa, de Umberto Eco (1980). Para terminar, y ya que he hablado de los amores que suponen un sacrificio extremo, de los amores truncados, de los amores insinuados y nunca conseguidos y de los amores apáticos, qué mejor broche que los amores prohibidos. En esta inmortal obra, además, están literalmente prohibidos. Sea el “amor” (pongamos muchas comillas ante lo que no es más que el descubrimiento del placer erótico) entre el pobre Adso de Melk y una campesina, prohibido en cuanto él está limitado por unos votos monásticos, como el goce homoerótico de algunos de los monjes (que unen el desacato al voto de castidad a un amor anti-natura inconcebible en la Edad Media europea), es evidente que nada puede salir bien. De hecho, todo lo contrario.

Autores relacionados:
Frederik Pohl
John Ronald Reuel Tolkien
Kazuo Ishiguro
Michel Houellebecq
Umberto Eco
Libros relacionados:
El nombre de la rosa
El señor de los anillos
Los restos del día
Plataforma
Pórtico

Lecturalia Lecturalia