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Frivolizar la literatura

6 de diciembre de 2011 en Autores, Literatura electrónica

Mario Vargas Llosa

Es una constante, un continuo murmullo que llega desde las más altas figuras literarias, muchas de las cuales en edad ya respetable, y que no deja de molestarme. El último en manifestar su escepticismo ante las nuevas tecnologías ha sido el Premio Nobel Vargas Llosa, que ha manifestado:

No tengo nada en contra de Internet pero prefiero leer en papel. Mi temor es que el libro se frivolice como ha ocurrido con la televisión, que ha sido importante, pero no ha dado muchos frutos creativos

Está claro que no soy nadie para enmendarle la plana a Vargas Llosa, pero ya llueve sobre mojado y habría que romper una lanza por varias generaciones de autores que no contemplan el mundo digital como un invento del diablo. Está claro que la preferencia sobre los libros en papel es algo normal y entiendo que hoy por hoy la sensación física de uno a otro es muy superior en la edición tradicional. Las tipografías, la tinta, el tacto del papel, son parte de un ritual muy establecido y que va a seguir vigente durante años.

Sin embargo, no puedo estar más en contra de la segunda parte de sus declaraciones. Frivolizar la literatura por el mero hecho de su facilidad de consumo y transmisión. Quiero decir, si nos enfrentamos a una tecnología que puede llevar la literatura a cualquier parte del mundo, con costes muy reducidos, democratizando su acceso como nunca antes jamás en la historia había sucedido, no entiendo qué cliché snob puede llevar a considerar que un libro pierda aprecio por ser universalmente accesible.

Igual es que hay una confusión en cuanto a valor y precio. Un Quijote en formato electrónico descargable gratis desde Perú a España mantiene el mismo valor que cualquier otra edición en papel, sin que la obra, en mi opinión, se devalúe. ¿Se referirá Vargas Llosa a que con la llegada de Internet cualquiera puede escribir, publicar un libro, subirlo a la red y que se codee con los suyos? La democratización de la cultura lleva a que pase algo parecido. ¿Se devalúa la obra de Vargas Llosa por aparecer en un listado junto a autores desconocidos? Sólo si se piensa que Internet es un sitio sin algún tipo de criterio, algo que no es cierto. Está claro que estamos todavía dando los primeros pasos para eliminar el constante ruido que provocan miles de personas hablando, trabajando y compartiendo el mismo espacio, pero que no se equivoquen Vargas Llosa y muchos de los grandes autores que miran con recelo a Internet: se seguirán escribiendo grandes obras y nacerán nuevos escritores.

De todas formas, me pregunto si la literatura no está ya lo bastante frivolizada con los libros en papel de toda la vida. Quizá Vargas Llosa hace tiempo que no visita el apartado de libros de una gran cadena librera o de un centro comercial. Sinceramente, pienso que la selección democrática que puede proporcionar la red dará como resultado éxitos menos frívolos que los que el actual sistema editorial nos ofrece cada temporada navideña.

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Escribiendo para las masas

27 de diciembre de 2009 en Ensayo, Literatura

Hub

De todos es sabido que Internet ha multiplicado por mil la creación de contenidos escritos. Ya no hablamos sólo de literatura y de lo que los anglosajones llaman “Creative Writing” (escritura creativa, es decir, artística), sino de asuntos mucho más anodinos y mundanos y, sobre todo, especializados. ¿Para qué adquirir un libro sobre jardinería si abunda en la red información de todo tipo, desde webs generalistas a páginas muy especializadas? Y eso sin contar los recursos de carácter enciclopédico, como pueden ser proyectos como la Wikipedia o tantísimas bases de datos de acceso libre o de pago.

Por tanto, surge una nueva figura en el mundo de internet, la del creador de contenidos. Aunque puede tratarse de un puesto laboral propio, de una persona con conocimientos tanto del área del que se ocupa como lingüísticos, cada vez abundan más los creadores de contenidos eventuales, es decir, personas que desarrollan información y la venden al mejor postor. Aunque en España este tema todavía se halla en pañales (muchos de los colaboradores habituales de páginas web y bases de datos realizan su labor por amor al arte, sin esperar una remuneración económica en un ámbito donde los ingresos por publicidad y donaciones no son los que fueron en la época del boom del negocio internauta); Estados Unidos va por delante del resto del mundo en lo que a creación y gestión de información virtual se trata, entre otras razones por lo inmenso de su mercado y por una filosofía de la información como producto con el que se comercia, que se compra y se vende. Un ejemplo muy ilustrativo de esta filosofía es Hub Pages, una página web de libre acceso y registro donde cualquiera puede escribir artículos de mayor o menor longitud (artículos de estilo blog, habitualmente) que están expuestos a cualquier visitante que desee leerlos. Los lectores se ven bombardeados por publicidad relacionada con el artículo y la información ofrecida (desde anuncios de texto de Google a ofertas de productos de Amazon o Ebay), y cada vez que pinchan en uno de estos anuncios o adquieren un producto publicitado en dicho artículo, aportan ingresos para el creador de éste. Obvia decir que los escritores más avispados enseguida se dan cuenta de qué interesa a los lectores, y la escritura de calidad muchas veces se ve sustituida por simple verborrea sensacionalista acompañada de multitud de imágenes, encuestas y vídeos buscando la mayor cantidad de cliqueos en su publicidad asociada. De esta forma, un participante de Hub Pages puede hacer desde 0.08 céntimos de dólar al año a varios miles de dólares por semana, según su entrega, participación en la “comunidad” de la web y visión editorial. La escritura, así, funciona igual que cualquier objeto a la venta: algunos de los artículos más visitados recientemente fueron “Por qué son malas para ti las bebidas de cola” o “Mi villancico favorito, ¿cuál es el tuyo?”. La ironía también se ceba en este mundillo de escritores para las masas, ya que algunos de los artículos más productivos son aquellos que tratan a su vez de cómo hacer dinero escribiendo para Hub Pages. Al final, se trata más de tener conocimientos comerciales que de saber escribir, pero como lector la experiencia Hub puede ser fantástica, ya que entre la morralla popular se encuentran muchísimas joyas de excelente documentación y un estilo particular. Sobra decir que esta página está en inglés y está dirigida al mundo angloparlante, si bien asoman tímidamente webs equivalentes hispanohablantes aún escasamente productivas.

Helium

Un caso parecido al de Hub Pages es Bukisa, si bien éste tiene un carácter más informativo y especializado, ya que se decanta por artículos y vídeos tipo “paso a paso” de contribuyentes que se centran en determinados campos de conocimiento. Al igual que Hub Pages, Bukisa se basa en el número de visitas a cada artículo y en la publicidad. Este tipo de web funciona por ingresos publicitarios, por lo que los auténticos beneficiarios son los anunciantes y la propia empresa, mientras que los escritores no son más que creadores de contenido barato que en su mayoría producen una inmensa cantidad de información obteniendo una ínfima regalía a cambio. Caso diferente es Helium, una gran base de datos de escritores donde los que pagan son las propias empresas que buscan contenido: sean éstas páginas web generalistas, periódicos, manuales, revistas o incluso antologías. Así, en Helium se ven recompensados los escritores de estilo profesional y conocimientos reales, y funciona de manera exponencial: cuantos más escritos vendes más posibilidades tienes de entrar en una colaboración periódica con las empresas que compran tus contenidos. Todos salen ganando: los buenos escritores reciben una compensación justa por su trabajo mientras que las empresas editoras encuentran excelentes materiales que pueden adquirir según los vayan necesitando. Por supuesto hablamos de una situación idónea en la que se ve favorecida una pequeña sección de los participantes escritores, aquellos que demuestran mayor versatilidad, adaptabilidad, profesionalidad y, cómo no, algo de talento.

En definitiva, hasta que la comunidad hispanohablante se decida a tomarse más en serio la profesión del escritor por encargo tendremos que contentarnos con las opciones del mercado anglosajón. Pero para aquellos que se atrevan con el inglés, estas grandes comunidades de escritura-lectura son una forma muy entretenida de pasar el rato leyendo sobre todo tipo de temas, en una serie de macro-blogs de múltiples voces, intereses y textos.

Notas sobre la microficción

6 de agosto de 2009 en Literatura

Minicuento

La minificción, como tal, no es un arte nuevo pese al auge que está viviendo en la actualidad, si bien se podría decir que el uso, la difusión y el contenido sí que resultan innovadores. El continente, el formato, se conoce desde la antigüedad clásica y siempre ha existido a lo largo de la historia de la literatura, pero me gustaría hablar de qué es hoy en día la minificción y cuál es su uso.

De entrada, la minificción no tiene un tamaño determinado. ¿Cuál es el mínimo exigible para no caer en el simple cuento corto? Hay quien habla de unas quinientas palabras, quizá hasta mil. A mi gusto -esto es personal- quinientas ya es bastante largo, pero aquí entraríamos en tratar de definir los distintos tipos de minificción que hoy en día se están haciendo fuertes.

Por un lado tendríamos esas narraciones de doscientas a quinientas palabras, que suelen ser versiones reducidas de cuentos, manteniendo, más o menos, una estructura narrativa normal. Por el otro tendríamos la microficción, de hasta doscientas palabras, pero que suele ser menor incluso -ya se habla de la Twitterficción, ajustada al máximo de ciento cuarenta caracteres que impone Twitter- y cuya estructura se parece más a una greguería, siempre buscando la complicidad del lector para compartir referencias.

Ese es uno de los puntos fuertes de la microficción: sin un conjunto de referencias comunes y ganas de participar por parte del lector, los minicuentos perderían casi todo su encanto. Debemos considerar la microficción como un juego entre escritor y lector para que funcione al máximo. También, entonces, encontramos su limitación al establecer unos códigos que pueden parecer crípticos con sólo cambiar de grupos generacionales.

Pero, ¿cuál es la razón para el auge de la minificción? La respuesta creo que es evidente: Internet y la necesidad de inmediatez que se ha instaurado en la sociedad digital contemporánea. Una minificción, cuanto más pequeña, mejor, se lee en un instante, se digiere en otro y al momento siguiente ya se ha pasado al siguiente enlace. No existe otro formato -al margen de la poesía, y depende mucho del tipo de poesía- que permita esa integración tan perfecta con redes sociales, blogs y rápidos mensajes de texto.

¿Quién pierde con la minificción? La literatura de corte más realista. El minicuento es terreno abonado para el género por ese conjunto de reglas no escritas que se pueden compartir en apenas dos líneas, lo realista, en tan poco espacio, queda áspero y sin pulir, necesita de algo más de espacio para desarrollar sus propias claves. (Aunque ahora pienso en un Baroja microcuentista y veo una especie de conjunto infinito de diapositivas…)

El paso de la microficción por la red es un fenómeno nuevo y quizá una moda, pese a su larga existencia, ahora es cuando se enfrenta a su verdadera prueba de fuego, enfrentándose al gran público y convirtiéndose en parte de la nueva literatura popular.


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