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Entradas con etiqueta ‘Filosofía’

La distopía en la literatura

24 de octubre de 2011 en Ciencia-Ficción, Narrativa

Los desposeídos

La palabra utopía, acuñada por Tomás Moro en su obra homónima, influenciada por la famosa República de Platón, podría provenir de la palabra griega “u-topos“, (no lugar) o de “eu-topos“, (buen lugar). Moro buscaba una manera de designar un lugar perfecto, un mundo ideal, una civilización evolucionada. Sin embargo, como demostró la propia experiencia de Platón, que intentó llevar su utopía a la realidad en Siracusa, con frecuencia el futuro no nos trae perfección y mejoría, sino desastre. Y aquí es donde comenzamos a hablar de distopía. Por su carácter futurista y especulativo, se trata de un subgénero temático que suele encuadrarse en el género de la ciencia ficción.

Aunque hay muchas formas de clasificar la distopía, tal vez podríamos dividirla en dos grandes subgrupos que hacen referencia a la actitud del lector y/o de los personajes frente al mundo en que viven. Podríamos hablar por un lado de distopías patentes, en las que es más que obvio que algo va mal, que este futuro es terrible; y por otro lado de falsas utopías, en las que la situación distópica no es, de primeras, aparente, ya sea porque los propios ciudadanos no sean conscientes de la realidad que se esconde bajo una situación en apariencia perfecta y feliz, o bien porque la perspectiva principal (la del protagonista y, por tanto, del lector) no descubra dicha situación hasta bien avanzada la narración. Este sería el caso de obras como Los desposeídos, de Ursula K. Leguin, donde el exuberante mundo de Urras acaba mostrándose como clasista, injusto y deshumanizado frente al duro mundo de Anarres, que termina por descubrirse como funcional y éticamente evolucionado, a pesar de su excesiva burocracia y tensión interna; o de Un mundo feliz, de Aldous Huxley, donde la supuesta felicidad de una civilización consumista y drogadicta se pone en entredicho con la aparición de un extraño que todavía conserva algunas de las costumbres de una cultura más antigua y moralmente férrea. En éstas, el mayor giro argumental suele producirse cuando el lector y/o los personajes descubren, en una revelación bien progresiva o bien repentina, que están siendo engañados y que se enfrentan, sin haberlo sabido, a un mundo cruel y despiadado. Con frecuencia, es la crueldad de este mundo la que permite su propia supervivencia, como ocurre en la película Cuando el destino nos alcance (basada en la novela de Harry Harrison de 1966 ¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio!), en la que los habitantes de un mundo con escasez de alimento consumen carne humana sin saberlo. En este tipo de libros, suele insistirse en el poder mediático, religioso y de propaganda política, que, de manera perturbadora, asegura el mantenimiento del statu quo, y la sumisión de los habitantes. En esto era todo un maestro George Orwell, que con el paradójicamente llamado Ministerio de la Verdad de su 1984, reescribía la historia según las necesidades políticas del momento, del mismo modo que se reescribían los mandamientos de los animales en Rebelión en la granja, que se levantaban para encontrarse con sutiles cambios en las palabras que definían su existencia. Junto al poder mediático suele cobrar importancia el uso de herramientas de distracción, que mantienen sosegados y felices a los ciudadanos, como el poder de la televisión (o su equivalente futurista) en Farenheit 451, o de las drogas y el consumismo exacerbado en obras como Un mundo feliz o Mercaderes del espacio.

Por lo general, cuanto más se acerca una distopía a temas que están presentes en nuestro tiempo, es decir, cuanto más plausible nos resulte, más incómoda y cercana será y, por tanto, mayor impacto tendrá en el lector. El poder de los medios de comunicación, la superpoblación, la escasez de alimentos, el neoliberalismo más extremo, la devastación ecológica… todos son problemas que reconocemos en nuestro mundo actual y que nos dirigen hacia un futuro poco prometedor.

Autores relacionados:
Platón
Aldous Huxley
George Orwell
Harry Harrison
Tomás Moro
Libros relacionados:
1984
Fahrenheit 451
La república
Los desposeídos
Mercaderes del espacio

El Buen Libro. Una biblia para ateos

1 de mayo de 2011 en Ensayo, Literatura, Mundo Editorial

El buen libro, de A.C. Grayling

El filósofo británico A. C. Grayling ha despertado el interés de los lectores del mundo anglosajón gracias a su publicación de una biblia para ateos. Se trata de una recopilación, en un formato muy similar al de la biblia tradicional, de citas de filósofos, historiadores, científicos y grandes pensadores en general de la historia de la humanidad. Aunque todas las citas provienen de personajes reales, en su biblia humanista Grayling no hace mención de sus fuentes, pero son reconocibles algunos de los dichos más populares de grandes como Isaac Newton, Sócrates o Darwin. Grayling pretende compensar de esta manera la ausencia, en su opinión, de un libro de referencia moral para los no creyentes. El autor, que se ha especializado siempre en aspectos éticos relacionados con la búsqueda de la felicidad por parte del hombre contemporáneo, define su obra como un compendio de la búsqueda de lo bueno, de lo que nos hace felices.

Lejos de criticarlo por ello, algunos sectores religiosos incluso lo han apoyado. Algunas voces seculares han apuntado la necesidad de historias diferentes para los no creyentes, que también buscan las cosas buenas de la vida. Grayling apunta a una visión sorprendentemente benévola del ser humano, asegurando que hay más bondad que maldad en el hombre, y que todos debemos estar abiertos a encontrarla, algo para lo que serviría este tomo de versículos de sabiduría histórica. Grayling desconfía de los intentos de constituir una religión humanista, con rituales y formas semejantes a las de las grandes religiones monoteístas, como ya intentó hacer Auguste Comte en su momento, pero insiste en las ventajas de tener un libro semejante en formato a la Biblia cristiana, debido a su composición de pequeños textos, que nos permiten abrir el libro en cualquier página y encontrar una frase sobre la que meditar. A ello ha dedicado este filósofo anglosajón treinta años de su vida.

Y Grayling no es un filósofo cualquiera. Profesor de filosofía de la Universidad de Londres, educado en Oxford, ha publicado más de veinte libros sobre filosofía. Ha sido columnista de The Guardian y The Times, dos de los periódicos anglosajones más importantes, además de ser locutor en varias emisoras de radio. Es editor de varias publicaciones académicas y en 2003 fue miembro del jurado del Premio Man Booker, y fue miembro del Foro Económico Mundial, parte del grupo de mediación entre Occidente y el mundo islámico. También es miembro de la Sociedad Real de Literatura y de la Sociedad Real de las Artes, y fue durante diez años el Secretario Honorífico de la Sociedad Aristotélica, la asociación filosófica más relevante del Reino Unido. En resumen, si alguien iba a construir una biblia para no creyentes, este autor tiene todos los credenciales necesarios. Es curioso que, tal vez para no distraer al lector en su reflexión, estos versículos ateos no incluyan referencia alguna al autor de cada cita, por lo que varios críticos han comentado que su lectura es imposible sin tener una pantalla de ordenador al lado, convenientemente aparcada en Google o algún buscador similar.

Autores relacionados:
A. C. Grayling

Del ¡Que inventen ellos! al ¡Muera la inteligencia!

20 de marzo de 2011 en Autores

Unamuno

Algunos personajes, y muchos escritores entre ellos, han tenido y tienen una especial querencia hacia la polémica pública y privada, tanta que, muchas veces, al pensar en ellos, más que en sus obras nos vienen a la mente tal y cual hecho en el que participaron. Por poner un ejemplo actual y cercano, el autor cartagenero Arturo Pérez Reverte es uno de los escritores españoles actuales más vendidos, algo que se repite desde hace dos décadas. Sin embargo, al ser referido en una conversación entre amigos o conocidos, la mayor parte de las veces saldrán a la palestra algo más que libros y opiniones sobre ellos. La causticidad de sus artículos de opinión en la prensa es un tema recurrente desde hace una década; ahora, con la web 2.0 en plena efervescencia, sus manifestaciones recogidas en tiempo real en la red también ocupan un lugar destacado en charlas bizantinas, discusiones de corral y tertulias de baja estofa. ¿A quién puede interesar que una (otra más) de sus novelas vaya a ser llevada al cine o la televisión si lo realmente interesante es hablar de sus últimas afirmaciones en Twitter, por ejemplo? Reconozco que es mucho más chocante ver a un escritor superventas y miembro de la Academia tachar de “niña” a un ministro saliente que leerle y comentar su obra.

Pero Pérez Reverte y otros muchos escritores polémicos (por su vida, que no por su obra) de nuestro tiempo tales como Sánchez Dragó pueden ser considerados como meros aficionados de lo que, en una parodia del movimiento hippie de los años 60, el personaje de animación Homer Simpson (Homero Simpson para nuestros lectores americanos) resumió notablemente en la frase “¡Vamos a escandalizar!”; efectivamente, es difícil alcanzar los extremos a los que llegó uno de nuestros literatos más universales, el vizcaíno Miguel de Unamuno, a veces con rivales más que conocidos e influyentes. Dos de esos rivales dialécticos de Unamuno fueron, precisamente, el filósofo madrileño José Ortega y Gasset y el militar coruñés José Millán-Astray. Poco se puede decir de ambos si no queremos extendernos, así que podríamos, resumiéndolo mucho, afirmar que, cada uno en su ámbito, estamos hablando de personajes más que notables.

La relación entre Unamuno y estos dos personajes puede reducirse al mínimo utilizando dos frases que han pasado a la historia sobre los respectivos desencuentros. La de “¡Que inventen ellos!”, que nunca fue dicha así, llegó a ser considerada (todavía lo es) como prototípica de la España rancia y ajena a Europa con la que se llegó a identificar a Unamuno, en contraposición a las opiniones de Ortega y Gasset y de otros intelectuales de la época: que la única manera de que España dejara de dolerle al escritor bilbaíno era, simplificándolo mucho, europeizando las maneras y costumbres españolas. Pero Unamuno, no sabemos si pragmáticamente o por simple y llana cabezonería, pasaría el resto de su vida atrapado entre sentimientos encontrados, hasta tal punto que, tras al alzamiento de las tropas nacionales en 1936, y pese a su pasado republicano (él fue el que proclamó la República en Salamanca, por cierto), no dudó en redactar un manifiesto a favor de los sublevados del que luego, tras asistir a los desmanes del nuevo gobierno y ver desaparecer a buenos amigos suyos, se arrepentiría en parte. Justo entonces sucedió el encontronazo con Millán-Astray, en una Salamanca ocupada por las fuerzas franquistas, tras un encendido discurso del profesor Francisco Maldonado en el paraninfo de la Universidad. El famoso “¡Muera la inteligencia!” también es, como la anterior frase citada, apócrifo: realmente Millán-Astray, incendiado por las palabras de Unamuno (que no había dudado en llamarlo inválido y en afirmar que, aunque Cervantes también lo era, las similitudes acababan ahí, básicamente), lo que dijo fue “¡Muera la intelectualidad traidora!”, frase que debido al gran alboroto en la sala se hizo popular ya deformada. Unamuno salió vivo de allí gracias a la intervención de la esposa del general Francisco Franco, aunque sus días ya estaban prontos a acabar. Precisamente, sus últimas palabras en el paraninfo fueron casi sus postreras declaraciones polémicas, y han pasado a la historia como un lúcido alegato y grito de horror ante el futuro que ya intuía para España:

Éste es el templo de la inteligencia, y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir, y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho.

Autores relacionados:
José Ortega y Gasset
Miguel de Unamuno

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