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Entradas con etiqueta ‘escritores’

La literatura de la conspiración

21 de julio de 2010 en Autores, Literatura, Narrativa

Skull & Bones

Es evidente que para las sociedades secretas resulta un problema que se pongan en conocimiento del público ya no sólo sus objetivos y miembros más relevantes, sino su propia existencia. La máxima de que sólo existe aquello que puedes nombrar se complementa con aquella otra que menciona que sólo puedes odiar aquello que conoces. No obstante, muchos se ceban con las sociedades secretas y les atribuyen horrendos propósitos que, la mayor parte de las veces, poco o nada tienen que ver con sus verdaderas motivaciones. Está claro que saber de la existencia de una organización no es equivalente a conocerla.

Muchos han sido, a lo largo de los siglos, los personajes importantes relacionados en mayor o menor medida con sociedades secretas de todo el mundo. Aunque habitualmente los más polémicos fueron los políticos y miembros del alto clero, en el siglo XIX se democratizó la demonización de miembros de estos grupos. La razón es sencilla: ya eran muchos los que, pese a no desempeñar labores políticas (ya fueran laicas o eclesiásticas), tenían poder e influencia. Así, los escritores empezaron a ser uno de los objetivos de los autores de teorías de la conspiración. Aún sorprende que las nuevas presas de estos “teóricos” (muchas comillas) no sean en estos momentos deportistas de élite. Todo se andará.

Algunas sociedades secretas con miembros literatos tienen, en realidad, un objetivo muy sencillo e inocente. Los llamados Apóstoles de Cambridge, por ejemplo, forman un club universitario de debate al que han pertenecido escritores tales como Frederick Maurice, Arthur Hallam, Lytton Strachey o Jonathan Miller, así como el político y filósofo Bertrand Russell. Cruzando el charco, y alrededor de otra famosa universidad, la de Yale, se desarrollan las actividades del grupo Skull and Bones. Dejando a un lado su carácter mucho más histriónico (y bastante tétrico), también ha contado entre sus filas, aparte de varios presidentes estadounidenses y del creador del fútbol americano, al poeta Archibald McLeish, al escritor y guionista Donald Ogden Stewart o al dos veces ganador del Pulitzer, David McCullough.

Una “sociedad” (realmente es sólo una reunión anual, no una asociación que requiera de membresía) de la que más se habla y escribe, ya que al parecer controlan absolutamente todos los resortes de poder del mundo actual, sería el Grupo Bildeberg. No se conocen con exactitud las listas de asistentes, pero no ha sido habitual (más bien lo contrario) la inclusión de escritores entre los “posibles“. No ocurre lo mismo con editores de literatura o, sobre todo, de prensa, lo que nos puede ayudar a entender por qué tantos escritores han criticado las reuniones anuales del grupo.

Sí que hubo escritores entre los miembros de otras organizaciones ocultas, tales como la Orden de Queronea, una asociación homosexual fundada en Inglaterra en 1897 a la que supuestamente perteneció Oscar Wilde. Su creador, el poeta George Cecil Ives, fue también jurista y gran defensor de los derechos de la comunidad homosexual. Según parece, los poemas de Walt Whitman fueron uno de los ejes de la Orden, hasta el punto de ser llamado por sus miembros como “El Profeta“. Otro escritor que perteneció supuestamente a este grupo fue Laurence Housman, así como el traductor y editor Montague Summers.

La otra cara de la moneda es justamente esa: la existencia de sociedades secretas ha generado una cantidad ingente de literatura al respecto desde hace siglos. Sin ir más lejos, podemos encontrar el excelente trabajo de los escritores León Arsenal e Hipólito Sanchiz Álvarez de Toledo Una historia de las sociedades secretas españolas, en el que hablan de grupos tan desconocidos como el de La Garduña. Pero la mayor parte de los escritores que se interesan por este tipo de organizaciones no suelen crear ensayos, sino novelas más o menos documentadas. Seguro que todos tenemos unos cuantos títulos en la cabeza ahora mismo, ¿verdad?

Anécdotas de escritores V

1 de julio de 2010 en Autores, Literatura

Bernard Shaw

-El dramaturgo George Bernard Shaw recibió una vez una tarjeta de visita de una dama conocida por buscar la amistad de personas famosas. La tarjeta decía “La Señora X se encontrará en su domicilio el martes de la semana siguiente, entre las cuatro y las seis de la tarde“. Shaw respondió inmediatamente con una pequeña nota que decía: “El Sr. Shaw, también”.

-En el año 1974 casi todos pensaban que el Nobel de Literatura sería para el poeta Rafael Alberti. La Academia Sueca quiso conocer personalmente al escritor, pero éste, argumentando que no se le había perdido nada en Suecia, prefirió viajar a Italia, donde le concedían un premio que consistía en varias botellas de buen vino.

-Walter Swan es un estadounidense decidido a vender sus libros cueste lo que cueste. Tras una autoedición poco efectiva, abrió una librería en Arizona llamada “The One Book Bookstore” (La librería de un solo libro), que sólo vendía copias de su libro. Con el tiempo abrió otra, llamada “The Other Book Bookstore” (La librería del otro libro). Lleva ya más de 30000 copias vendidas.

-Manuel Mujica Láinez, escritor y crítico argentino, contaba siempre una anécdota acerca de la princesa Puczyma, una noble polaca que trabajaba en el Archivo de La Nación y que odiaba a los judíos. En un baile y rodeada de gente, la princesa conoció al escritor y periodista Alberto Gerchunoff y le preguntó si era judío. Gerchunoff le contestó “sí, y si usted quiere pongo la prueba en sus manos”.

-Arthur Conan Doyle, el célebre creador del personaje de Sherlock Holmes, viajó en una ocasión a Suiza. Al llegar a Zurich se montó en taxi, y una vez llegó a su destino el taxista le comentó que no le cobraría, pero que por favor le dedicara un libro. Conan Doyle, sorprendido, le preguntó al taxista que cómo sabía que era escritor, a lo que el taxista le respondió: Eso es muy fácil. Está usted en Zurich, pero sus zapatos están cubiertos de un polvo que no es de Zurich. Por él diseño de los zapatos, veo que son ingleses. Luego, es polvo inglés. Tiene una mancha de tinta en los dedos, luego, es usted escritor y escritor británico. Alucinado, Conan Doyle le respondió: “Es ud. más listo que Sherlock Holmes”. A esto el taxista le contestó: “Sí señor, además en sus maletas está escrito claramente Arthur Conan Doyle”.

-El escritor, político e historiador anglo-francés Hilaire Belloc afirmaba avergonzarse de tener que escribir determinadas obras para ganarse la vida. En los años 30, mientras iba en tren, se dio cuenta de que el hombre que se sentaba frente a él estaba leyendo un tomo de su Historia de Inglaterra. Tras preguntarle al hombre cuánto le había costado el ejemplar, sacó dicha cantidad de su bolsillo, se lo dio, le arrebató el libro y lo tiró por la ventana.

Autores relacionados:
Arthur Conan Doyle
George Bernard Shaw
Manuel Mújica Láinez
Rafael Alberti
Personajes relacionados:
Sherlock Holmes

Nombres para el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2010

Saramago

Sin duda, uno de los grandes acontecimientos literarios del año es la concesión del Premio Príncipe de Asturias de las Letras, que el año pasado recayó en el autor albanés Ismaíl Kadaré, y que concentra gran parte de la atención mediática estos días de Feria del Libro.

Este año hay candidaturas de 27 países distintos, desde Argentina a Holanda, pasando por México o Rumanía, sin contar, claro la presencia de autores españoles. Todo un crisol de culturas, estilos y maneras de entender la literatura que el jurado debe tener en cuenta, además de los intangibles, es decir, carrera literaria, compromiso, vamos, lo que le da a un escritor un cierto caché por encima de los demás. Además, el premio podría ir a una institución dedicada a la literatura o la lingüística, aunque, sinceramente, lo veo difícil.

¿Cuáles son, entonces, los nombres que resuenan por los mentideros? Hay varios grandes que se repiten por todas partes, entre los que destacan nombres como José Saramago, Premio Nobel de 1998 y una apuesta segura, aunque con implicaciones políticas que puede que decante el premio hacia alguien como Alice Munro, una escritora canadiense de renombre internacional -ganadora del Man Booker en 2009-, cuya obra más conocida en España es La vista desde Castle Rock.

Si la cosa va de mujeres, no hay que olvidar a Ana María Matute, académica, Premio Nacional de Literatura Infantil y que, no me canso de repetirlo, escribió una de las joyas de la literatura fantástica de todos los tiempos con Olvidado Rey Gudú. Siempre una candidata con una trayectoria envidiable.

El maestro de los espías, John Le Carré, también está en la terna de los futuribles. El autor británico escribió la mayor parte de su producción durante la Guerra Fría -el paraíso del espionaje-, retratando un fresco sobre la situación internacional que hoy en día es digno de estudio. Conocido y respetable, una combinación que gusta mucho para el premio.

En el apartado investigador aparece el nombre de Harold Bloom, autor de El canon occidental, una obra amada y odiada a partes iguales y que no deja a nadie indiferente, siempre y cuando sea capaz de terminarlo: no es lo que se dice una obra complaciente.

El jurado no lo tiene fácil entre estos nombres, a los que habría que sumar alguno de los «tapados» que siempre pueden tener su sitio en un premio como éste, que se puede utilizar también como gesto hacia una causa determinada. Saldremos de dudas en pocas horas… ¿algún favorito que añadir a la lista?

Vía: Europa Press

Autores relacionados:
Alice Munro
Ana María Matute
Harold Bloom
Ismail Kadaré
John Le Carré
Libros relacionados:
El canon occidental. La escuela y los libros de todas las épocas
La vista desde Castle Rock
Olvidado Rey Gudú

El último de los mecanógrafos neoyorquinos

28 de mayo de 2010 en Autores, Literatura, Noticias

Royal

Desde La Vanguardia leo una historia algo triste, algo tonta, que me ha hecho descubrir un lugar sorprendente. Pero vamos por partes.

Skye Ferrante es un escritor amateur con la manía de escribir sus textos con la máquina de escribir de su abuela, una preciosa Royal de 1929, que le ha acompañado desde sus inicios en el mundo de la literatura. Si añadimos que estamos en Brooklyn casi estaríamos delante del principio de una obra típicamente Austeriana.

Podría serlo, sin duda, ya que Ferrante tiene un problema. Su lugar escogido para trabajar, The Writers Room en el Village, ha impuesto una nueva norma sobre el ruido que le impide trabajar con su vieja máquina de escribir. De un día para otro el tiempo de los mecanógrafos ha pasado a mejor vida.

Si esto fuera un relato de Auster, Ferrante caminaría por las calles del Village y deambularía, con su pesada maleta cargada con la máquina de escribir de su abuela, sentándose en los bancos, hablando con la gente, tomando café en la calle; incluso podría acabar escribiendo cartas mecanografiadas para un anciano sordo y maniático que vive encerrado en un apartamento lleno de libros al que el sonoro golpeteo de la máquina de escribir le es indiferente. Ferrante, entonces, a partir de esas cartas que le dicta el anciano, escribiría su propia novela.

Por desgracia, la vida no es como en las novelas de Auster. El Writers Room es un lugar en el que se pagan 1500 dólares al año para tener un sitio tranquilo donde escribir abierto las 24 horas del día, 365 días al año. El sitio me ha sorprendido, la verdad. Un loft abierto con 300 clientes escritores anuales. En su web hay algunas fotos y llevan un listado de las obras que se han terminado en sus instalaciones.

No conocía este tipo de iniciativas, claro que el número de escritores -y de aspirantes a- de Nueva York supera con creces a cualquier lugar que haya conocido. ¿Conocéis algún lugar así? ¿Y el pobre Ferrante? ¿Qué ha sido de él y su máquina?

Pues protestando por haberse quedado sin un lugar donde escribir con su vieja máquina. Es triste pero no deja de ser algo con poco sentido. Eso sí, la publicidad que se acaba de dar totalmente gratis no tiene precio. Algo tenía que sacar de todo esto, aunque no fuera una historia de Auster.

Autores relacionados:
Paul Auster

Anécdotas de escritores (IV)

23 de mayo de 2010 en Autores, Literatura

Reina Victoria

-El célebre Maupassant era uno de los muchos parisinos del siglo XIX que no se deleitaban con la vista de la Torre Eiffel. Tanto era así, que solía comer en el restaurante que había al pie de ésta, para no tener que verla.

-Un día, Alfred Jarry, dramaturgo y poeta francés conocido por ser un tanto excéntrico, disparó su pistola hacia un seto, del que de repente salió una mujer. Furiosa, éste le increpó: “¡Mi niño estaba jugando aquí, podrías haberlo matado!”. A lo que éste respondió, con mucha galantería: “Señora, le hubiera hecho otro”.

-La Reina Victoria de Inglaterra era muy aficionada a Alicia en el país de las maravillas, la conocida novela del escritor y catedrático universitario Lewis Carroll. Envió una carta a dicho autor comentándole que le encantaría leer otras obras escritas por él. Carroll, encantado, le envió un ejemplar de su Compendio de geometría algebraica plana.

-El prestigioso periodista británico Henry Porter reveló en mayo de 1986 que había incluido en uno de sus artículos semanales del Sunday Times cinco errores gramaticales deliberados, ofreciéndose a enviarle una botella de champán al lector que identificara estos cinco de manera correcta. Recibió muchísimas cartas, y a la semana siguiente Porter anunció que los lectores no habían sido capaces de encontrar estos cinco fallos… pero que habían encontrado otros veintitrés de los que no había sido consciente.

-La farsa de Isaac Bickerstaff fue un hecho muy comentado y polémico a principio del siglo XVIII. En Gran Bretaña vivía entonces un famoso astrólogo, John Partridge, que se ganó la antipatía del escritor Jonathan Swift por sus referencias críticas a la Iglesia de Inglaterra, de la que Swift era clérigo. Swift se inventó un personaje falso llamado Isaac Bickerstaff, que utilizó para publicar una serie de predicciones para el año siguiente, entre las que se incluía la muerte de John Partridge. Partridge desmintió las predicciones de Bickerstaff, afirmando que se trataba de un profetilla de poca monta en busca de fama. El día para el que había predicho la muerte de Partridge, Bickerstaff publicó una carta supuestamente anónima, anunciando la muerte del astrólogo. Partridge intentó convencer a todos de que seguía vivo, sin éxito, ya que dicha carta había sido publicada en diversos periódicos y varios escritores de renombre se habían hecho eco de ella. El nombre de Partridge fue retirado del registro, y sus seguidores se apresuraron a lamentar su fallecimiento, produciendo una disminución significativa de popularidad y el fin de su carrera. Entre las razones que daba Bickerstaff/Swift para demostrar la muerte de Partridge estaba que era “…imposible que ningún hombre vivo pudiera haber escrito tanta bazofia”.

Autores relacionados:
Alfred Jarry
Guy de Maupassant
Jonathan Swift
Lewis Carroll

El escritor y sus obsesiones

16 de abril de 2010 en Autores, Literatura

Obsesiones

Reconozcámoslo, para muchos escritores la literatura, además de un oficio, es una auténtica obsesión. Parafraseando un famoso refrán, viven para escribir, no escriben para vivir. La mayoría de ellos, por añadidura, no son profesionales de la literatura y, aparte de esta afición/obsesión, deben trabajar casi de cualquier cosa para pagar las facturas. No parece que con las nuevas tecnologías, gracias a las cuales todo escritor o escritor en ciernes puede dar a conocer sus letras casi instantáneamente, esto vaya a cambiar: las razones para escribir y querer ser leídos siguen siendo las mismas, y afortunadamente para los lectores la cuestión monetaria sigue sin tener demasiado peso para la mayoría de los que escriben.

Esto no quiere decir, por supuesto, que no haya escritores que quieran, ante todo, “hacer caja”. No seré yo el que se atreva a negar lo que es más que evidente.

Pero el hombre no suele tener una única obsesión: las más de las veces son varias las que compiten en su cabeza, de una forma algo caótica, para ocupar el mayor tiempo posible de la vida (y el esfuerzo) de su inquilino. Para el que escribe, esto puede ser, a la vez, una bendición y una maldición; así, no es extraño que en ciertos escritores encontremos temas recurrentes que aparecen una y otra vez en diferentes obras. ¿Alguien duda de que Michel Houellebecq siente una profunda perplejidad ante los intrincados mecanismos de la sociedad actual? ¿No son sino obsesiones, muy diferentes pero de raíz única, las que mueven a César Vidal a escribir lo que escribe? ¿Es Umberto Eco un escritor que habla de semiótica o un teórico literario que, además, escribe?

Habrá quien diga, y tal vez con razón, que es más fácil escribir sobre lo que se conoce. Eso es evidente: el proceso de documentación, si se tiene ya un cierto bagaje sobre el tema, será más liviano (esto es válido sólo para los que se documentan, por supuesto). El proceso de escritura también se agilizará: para un historiador especializado en la Edad Media española escribir una novela sobre la Reconquista le será mucho más fácil y cercano que ambientarla en una época de la que desconoce prácticamente todo, pongamos por caso la Indochina colonial francesa. A no ser, claro, que aunque especialista en el Medievo su obsesión sea Indochina.

La proliferación de novelas ambientadas en la Segunda Guerra Mundial no es casual: este conflicto supone, para muchísimas personas de los cinco continentes, una época de la historia reciente fascinante, sean o no aficionados habituales a la historia bélica. Otro ejemplo: en muchas novelas aparecen perros, gatos o bebés. Puede parecer de perogrullo, pero somos muchos (me incluyo) los que contamos entre nuestras obsesiones a nuestras mascotas o (salvando las distancias) a nuestros hijos pequeños. Yo, por ejemplo, tengo dos gatos: ¿alguien se sorprendería de que, de escribir una novela, el protagonista tenga un minino? ¿Alguien se está sorprendiendo de que, ya que estoy hablando de obsesiones, esté poniendo este ejemplo concreto?

Desde hace tiempo, siempre que me acerco a una novela, me sumerjo en un triple juego. Por un lado, intento adivinar las lecturas que más marcaron, estilística y temáticamente, al autor. Por otro, el estado de ánimo con el que escribió la novela. Por último, la obsesión, u obsesiones, que yacen en el trasfondo de la obra. Leyendo detenidamente podemos saber más del autor que con la escueta información que las editoriales nos ofrecen de él en las solapas del libro o en los dossieres de prensa. O, tal vez, esta no sea más que otra de mis particulares obsesiones, ¿quién lo sabe?

Autores relacionados:
César Vidal
Michel Houellebecq
Umberto Eco

Las reglas de los escritores

23 de febrero de 2010 en Autores, Literatura, Narrativa

Reglas

El diario inglés The Guardian ha preguntado a varios escritores qué reglas se autoimponen como autores y que recomiendan al resto. Los entrevistados son, entre otros, Michael Moorcock, Hilary Mantel, Will Self, Roddy Doyle, Margaret Atwood y Zadie Smith. Algunas de las reglas son bastante comunes, como la de leer mucho (excepto Will Self que recomienda dejar de leer ficción) o la de tener en cuenta que escribir es un trabajo y difícilmente te va a hacer rico, aunque como dice Hillary Mankel no puedes poner tu alma en la literatura si estás pensando en pagar los impuestos. Tal y como dice Margaret Atwood: has elegido tú el trabajo, así que no te quejes.

Mankel también recomienda escribir un libro que te gustaría leer (si no te interesa a ti, difícilmente le interesará a nadie), aunque el consejo que más me ha llamado la atención de esta autora es el aislarse cuando tengas un bloqueo: puedes ir a pasear, pintar, tomar un baño… pero no busques la compañía de otra gente, mantente en un espacio narrativo propio. Zadie Smith coincide en buscar el aislamiento, sobre todo de las personas que te son más cercanas, cuando escribes. Y tener Internet desconectado si utilizas el ordenador.

Una vez está escrito el libro, Zadie Smith aconseja en dejar pasar un tiempo hasta la edición, y Margaret Atwood cree necesario dárselo a leer a algún amigo ya que nunca podrás tener la experiencia de la primera lectura, que es la que, al fin y al cabo, tendrán los posibles lectores; Atwood incide en que es mejor no dejar esa lectura crítica a alguien con quien mantengas una relación amorosa, a no ser que quieras acabar con esa relación.

De los consejos de Roddy Doyle destacaría el de escribir las primeras cincuenta páginas lo más rápidamente posible, una vez hecho parar y empezar a preocuparte de la calidad. Y sentir la ansiedad. También recomienda encontrar un título lo antes posible y no tener miedo a cambiar de ideas: una buena idea puede ser substituida por otra mejor. Por su parte, Michael Moorcock tiene claro que una novela tiene que tener tres partes: introducción, nudo y desenlace, y que copiar a tu escritor favorito para ir aprendiendo es una buena idea. Pero, sobre todo, tiene claro un último consejo: olvídate de todo esto y crea tus propias reglas.

Autores relacionados:
Hilary Mantel
Margaret Atwood
Michael Moorcock
Roddy Doyle
Zadie Smith

Obras en dominio público para 2010

28 de enero de 2010 en Autores, Literatura, Mundo Editorial

Machado

A través de Anboto News encuentro una lista de autores cuyas obras pasan al dominio público este año, al cumplirse 70 años de su fallecimiento.

Hay que tener en cuenta que la mayoría de autores listados no escribían originalmente en castellano, por lo que, aunque sus obras pueden ser publicadas y traducidas, las traducciones publicadas siguen teniendo derechos de autor, en este caso de los traductores.

Además de un listado importante, de paso he conocido la web que lo aloja, Publicdomainsworks, donde se pueden consultar listados de varios años, así como enlaces a las obras libres de derechos.

¿Qué nos espera entonces en este año que acaba de comenzar, pues habría que destacar la liberación de derechos de Ford Madox Ford, Freud, Machado, Yeats o Joseph Roth. El año pasado pasaron a dominio público autores como Karel Capek, Thomas Wolfe o César Vallejo y en un par de años tendremos a Sherwood Anderson, James Joyce o Virginia Woolf.

Lo importante no es ya el acceso gratuito a las obras de estos grandes de la literatura. Hay que tener en cuenta la posibilidad de continuar, cambiar o, por ejemplo, adaptar al cine, teatro o televisión, sus historias.

Sin embargo, antes de lanzar las campanas al vuelo, hay que tener en cuenta que no en todas las legislaciones se establecen esos 70 años de permanencia de los derechos, siendo en algunos lugares hasta 80 o 90 años. Esas diferencias entre países en un mundo globalizado pueden llevar a demandas de los poseedores de derechos a miles de kilómetros de distancia, como les pasó a unos aficionados australianos a la obra de Robert E. Howard, Conan, a los que le tocó quitar todos sus fanfictions de una página web por infringir las fechas en otro país. Vivir para ver.

Poco a poco irán apareciendo autores más cercanos y conocidos al dominio público y los lectores de ebooks pronto tendrán muchas más obras completamente gratis que leer. Así que no estaría de más que las editoriales fuesen tomando nota también de esta circunstancia antes de elevar los precios de los libros electrónicos, tal y como parece que Apple está promoviendo para su tablet.

Autores relacionados:
Antonio Machado
César Vallejo
Ford Madox Ford
James Joyce
Joseph Roth

Los escritores y las redes sociales

23 de diciembre de 2009 en Autores, Literatura, Literatura electrónica, Noticias

Enfado escritor

Los tiempos en que los escritores podían parecer seres inalcanzables, lejanos en sus cristalinos pedestales, visibles apenas para compartir unos canapés cada dos años, echar unas firmitas y dar entrevistas por la radio parece que están llegando a su fin.

Si, aunque muchos todavía se aferren a sus viejas máquinas de escribir marca Olivetti mientras, supongo, ven la televisión en blanco y negro y fuman celtas sin boquilla para mantenerse auténticos, la verdad es que el mundo digital se nos viene encima a todos sin remedio y, a algunos más que a otros, les está viniendo un poco grande.

Antes apenas se mantenía contacto con los lectores más que de forma muy ocasional y, en contadas ocasiones, mediante la tradicional correspondencia. El correo electrónico empezó a facilitar el acceso a los fans a sus escritores favoritos y ahora, con las redes sociales, los blogs y las webs de literatura, como esta misma, a veces pueden generar curiosos encuentros y desencuentros.

Por ahora ha pasado varias veces, quizá el caso más sonado sea el de una escritora americana, Candance Sams, que se lanzó a degüello sobre una mala crítica que un usuario de Amazon había dejado en su último libro. Puede que ignorar a gente en el Facebook sea fácil, pero dejar pasar una mala crítica es un ejercicio zen, una labor homérica, un trabajo hercúleo para cualquier escritor, sobre todo si es mal comentario está justo al lado de “Comprar este libro“.

Anne Rice también hizo sus pinitos en el arte de la incorrección social con frases como “Has usado este sitio como si fuera un urinario público para publicar falsedades y mentiras“. Eso es el mercado americano, en el hispano no conozco demasiados casos, pero está claro que la incorporación del ejemplar autóctono a todos los aspectos de Internet todavía no ha llegado al nivel americano.

De todas formas habría que sentar unas bases, tanto para autores como para internautas. Para los autores, tienen que tener en cuenta que sumergirse en el mundo de las opiniones personales es perder la perspectiva. Antes había dos críticas, tres como mucho, ahora puede haber cientos de ellas, algunas correctas, otras no, y otras simplemente dejadas caer para hacer un poco la puñeta, que de todo hay en los mundos de la red. Contar hasta diez antes de meterse en un foro a repartir estopa es un gran consejo.

Para los internautas, poco que decir, la verdad. Tan sólo tened en cuenta que los autores pasan mucho tiempo delante de la pantalla del ordenador y que puede que se estén googleando cada diez minutos. Es un vicio habitual. Si habláis de ellos, os encontrarán. También son personas. Tratadles bien.

Autores relacionados:
Anne Rice

Los nuevos escritores frente al reto digital

Escritor en facebook

Llega, o eso parece, el e-book para instalarse, de una manera u otra, en las vidas de libreros, editores, distribuidores y escritores. A cada uno de estos sectores que componen, a grosso modo, el mundo del libro, le toca jugar con mejores o peores cartas la mano que supone la aparición de un nuevo formato.

Los escritores, a priori, parece los que menos tienen que perder con toda esta transición. Hay muchas voces que aluden a que la labor del escritor sigue siendo la misma: escribir. Esa es su función básica, y que luego el libro se lea en un libro con cubiertas de lujo o en un clon chino del iPhone, pues pasa a ser problema del resto de implicados. Lo cierto es que no es así.

Los ejemplos de escritores que ponen a disposición del público ciertos libros en descarga gratuita, incluso algunos con cesión de derechos, encierran algunas pequeñas trampas. Que Vázquez Figueroa lo haga, indicando además que le es beneficioso a la hora de las ventas globales, o que en Estados Unidos lo practique Cory Doctorow -con un peso en la red que ya quisiera alguna editorial al completo-, son excepciones dentro del mundo digital. Los autores con un nombre ya hecho arriesgan poco en estos experimentos, digamos que el trabajo de márketing, de difusión del nombre, de creación de marca, ya está hecho y se están limitando, más o menos, a la parte final del proceso. Si además tienen a una editorial fuerte detrás y una buena tirada en papel… sólo son ejemplos de lo qué podría llegar a ser

Para que un autor pudiera saltarse la parte editorial -una idea que algunas voces están dando por seguro en un futuro próximo-, dejaría en manos del autor un proceso que hasta ahora seguía, con suerte, a cierta distancia. La creación de un libro -como objeto, aunque sea digital-, lleva bastante trabajo. La buena maquetación y corrección de un texto no son tarea fácil (aunque es cierto que hay editoriales en las que tampoco se aprecia mucho cariño por estas artes) siendo tareas a las que dedicar estudio y profesión. Luego, claro, está el mundo de la venta. ¿Anuncios? ¿Promoción? Los más optimistas piensan que el boca a boca y el márketing viral son la panacea para el libro, pero es más probable que haya que buscar estrategias como hasta ahora para que un libro determinado alcance cierta visibilidad en un mundo que se anticipa como superpoblado.

La venta directa escritor-lector existirá, no me cabe duda. Es una libertad nueva que autores conocidos podrán ejercer en un momento dado, y que servirá para dar a conocer a nuevos talentos. El problema al que llevo tiempo dándole vueltas es el mismo que atenaza a la red desde hace tiempo, el ruido. Un inmenso mar de fondo en el que discriminar lo bueno de lo corriente o lo muy bueno de lo realmente malo se puede convertir en una tarea titánica. Quizá sea ese el nuevo papel editorial, o puede que sea el hueco que las revistas, cada vez más de capa caída, ocupen para ahorrar al lector el bombardeo constante de novedades.

Otro de los aspectos que también cambiará a partir de ahora es la relación del autor con el lector. Parece improbable que la gente, acostumbrada cada vez más a la interacción constante e inmediata a través de las redes sociales, se conforme con los chats digitales promovidos por las editoriales. Sin duda las presentaciones físicas irán a menos -ya lo están haciendo- y los escritores -o sus sufridos becarios más jóvenes- se verán inmersos en el extraño mundo de las relaciones digitales.

¿Se aplica esto a todos los escritores? Por supuesto que no. Las grandes figuras de la literatura actual y aquellos outsiders que no aceptan normas ni las necesitan, tienen su propio camino. Es a los que traten de dar el salto profesional a la escritura, o al menos a un respetable y ocasional trabajo, a quienes el mundo digital les aguarda con gigantescas posibilidades y terribles problemas. Vamos a vivir, sin duda, tiempos interesantes.

Autores relacionados:
Alberto Vázquez-Figueroa

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