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Entradas con etiqueta ‘Escritoras del siglo XIX’

Escritoras del siglo XIX (y VI): Gertrudis Gómez de Avellaneda

8 de julio de 2011 en Autores, Literatura, Poesía

Gertrudis Gómez de Avellaneda

Incluir a Gertrudis en esta serie de escritoras españolas tal vez no sea del todo correcto, debido a que se trata de una mujer de origen cubano. Pero la escritora Gómez de Avellaneda pasó gran parte de su vida en nuestro país, y fue aquí donde produjo sus obras más conocidas. Gozaba de gran popularidad en España y ésta era, para ella, su segunda patria.

Cuando hablamos de escritoras del siglo XIX, inevitablemente hablamos de mujeres de vidas atormentadas y terribles. Aunque, en cierta forma, éste parece ser un requisito fundamental para triunfar en el ámbito literario decimonónico, podría parecer que la producción de obras grandes se basaba sobre todo en la necesidad de desahogo de vidas muy alejadas de la felicidad. Gertrudis vivió varios intensos amores no correspondidos, y perdió a su hija cuando ésta contaba con tan sólo siete meses de edad (fue, además, madre soltera, algo casi inconcebible para su tiempo). Es interesante destacar que Gertrudis era de familia noble, al igual que Emilia Pardo Bazán. Podría deducirse que la mujer de origen aristocrático tenía una oportunidad superior en lo que se refiere a la educación, y cierta libertad en lo que a situación social se refiere, tal vez cierta libertad de la que no gozaban otras mujeres de condición menor.

De Gertrudis se sabe bastante, gracias a una autobiografía en formato epistolar que envió al que seguramente fue el amor de su vida, Ignacio de Cepeda y Alcalde. Escribió a Ignacio con dos condiciones: “Primera: que el fuego devore este papel inmediatamente que sea leído. Segunda: que nadie más que usted en el mundo tenga noticias de que ha existido”, condiciones que, obviamente, no se cumplieron. Como tantos otros escritores del momento, no se limitó a un solo género, cultivando drama, novela y ensayo, pero es por la poesía por la que se le conocía en su época y por la que se le recuerda hoy en día, sobre todo por la lírica mística a la que se dedicó al final de su vida. Es también digna de mención su novela Sab, considerada por algunos como novela abolicionista, y por otros como un retrato de la Cuba que había conocido.

Es interesante que la valoración de Gómez de Avellaneda por parte de críticos y escritores de su tiempo suela coincidir en un punto importante: de ella se dijo que no era poetisa, sino poeta, debido a características de su lírica, y de su obra en general, que solían atribuirse a escritores masculinos. La fuerza de sus versos y el tratamiento sobrio de sus emociones la situaban, para sus lectores, junto con los grandes hombres del Romanticismo, lejos del sentimentalismo de sus contemporáneas. Gertrudis aprovecha su calidad “varonil”, huyendo de la habitual discriminación de los círculos literarios que frecuentaba, usando diversos pseudónimos masculinos. De ella dijo su amigo Nicasio Gallego: “Todo en sus cantos es nervioso y varonil; así cuesta trabajo persuadirse que no son obra de un escritor de otro sexo”. Fue Gertrudis una criatura camaleónica, adaptada a su ambiente, a quien la desgracia personal no hizo sino fortalecerse, para terminar convirtiéndose en una de las figuras estrella no sólo de la literatura romántica cubana, sino también de la española.

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Escritoras del siglo XIX (V): Cecilia Böhl de Faber

2 de julio de 2011 en Autores, Literatura, Narrativa

Cecilia Böhl de Faber

Si no le suena el nombre de Cecilia Böhl de Faber y Larrea, es posible que le sea más familiar el seudónimo con el que habitualmente escribía: Fernán Caballero. La vida de Cecilia no fue más sosegada que la de las otras escritoras de las que ya hemos hablado: enviudó ni más ni menos que tres veces, vivió en diferentes países (nacida en Suiza, habitó en España, Alemania y Puerto Rico), sin, al parecer, conseguir llegar a aposentarse. Murió en la pobreza, ya que en la Revolución de 1868 perdió lo único que le quedaba, una vivienda cedida por Isabel II, quien la tenía en alta estima.

Con su novela La gaviota, apareció en España el costumbrismo, y traía rumores de lo que estaba por llegar, la novela realista y naturalista, en definitiva, la novela moderna, adornada de prosa romántica. Cecilia bebía de fuentes extranjeras, no en vano podía leer en francés, inglés, alemán e italiano. Su excelente educación, poco habitual (como ya hemos comentado hasta la saciedad) para una mujer de su época, se debía sobre todo a la influencia de sus padres. Su madre era escritora, traductora y anfitriona de una de las tertulias gaditanas más conocidas de su tiempo. Su padre era un gran amante del teatro clásico español, y no puso obstáculos a su hija ni impidió su formación. Cecilia bebió de su amor por los libros, del mismo modo que bebió de su formación tradicional: su novela hace apología de las enseñanzas cristianas y pretende ofrecer moralejas acerca de la resignación cristiana, la caridad y la humildad. Su intención moralista se ve reflejada sobre todo en su relato breve, en sus cuentos pretende analizar los males de su sociedad, ofreciendo soluciones maniqueístas y clásicas, eluyendo, pese a su condición ya revolucionaria de escritora, cualquier tipo de rebelión en sus letras.

Su seudónimo parece responder a una clarísima condición de inferioridad, de mujer que se sabe por debajo de las posibilidades de prestigio de la literatura de su época, de hecho rechaza la Cruz de Leopoldo (por su obra Relaciones Populares), debido a que, según ella, “es una señora y no un hombre”. Todavía no nos queda muy claro si ésta es una reivindicación de individualidad o de inferioridad. En cualquier caso, al hablar de Cecilia Böhl de Faber siempre es interesante contrastar un evidente interés por el pueblo, por la vivencia costumbrista, frente a una educación elitista y tradicional. La práctica de Cecilia es siempre dentro del más estricto catolicismo y de la más estricta moralidad, frente a un materialismo que dominaba la literatura europea y que influye, aun a su pesar, en las obras de su época y, por supuesto, en las suyas. Hablar del XIX español es complejo, pero hablar, en este cabo, de una mujer de educación y comportamiento aristócrata, que intentaba escribir dentro del género de la nueva burguesía y la nueva revolución moral y religiosa, es de una complejidad absoluta. Tomar la pluma siendo del género, la clase y el entorno equivocado es, cuanto menos, atrevido. Aun así, dentro de las limitaciones propias de su formación, se convierte en una de las muy escasas mujeres realistas de nuestro extraño XIX, siempre luchando entre las revelaciones filosóficas y políticas europeas y la realidad conservadora de su época española.

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Escritoras del siglo XIX (IV): Emilia Pardo Bazán

25 de junio de 2011 en Autores, Literatura

Emilia Pardo Bazán

Emilia Pardo Bazán es, probablemente, la primera mujer que uno recuerda si se le pregunta por escritoras decimonónicas. La recordamos por su obra, pero su vida no fue menos memorable. De cuna noble, Emilia se casó con dieciséis años, y no tardaron en llegar los hijos. En principio, podría parecer que se acogería a la respetada costumbre de mujer hogareña y maternal, buena esposa que escribía como pequeño pecado, sólo en los ratos de ocio.

Nada más lejos de la realidad. Emilia estaba profundamente impresionada por el naturalismo francés, y por todas las corrientes ideológicas que rodeaban a éste. El naturalismo se atrevía a ir más allá del realismo, llevando el estilo descriptivo a límites hasta entonces insospechados. Inspirada por escritores como Émile Zola, a quien conoció personalmente en uno de sus numerosos viajes, Emilia escribió una serie de artículos acerca de la novelística de éste y sobre otros aspectos de esta nueva corriente revolucionaria, ensayos que aparecieron recopilados en La cuestión palpitante, en 1883. Tan palpitante era la cuestión, de hecho, que le valió un profundo desencuentro con su propio marido, que no pudo soportar el escándalo que supuso su publicación; dicha polémica también afectó al propio prologuista, Leopoldo Alas Clarín, que confesó arrepentirse de haber colaborado. Dos años después, ya estaban separados, y la Pardo Bazán comenzaba una relación amorosa con el también escritor Benito Pérez Galdós, relación salpicada de infidelidad por parte de la aristócrata pero que duró más de veinte años.

La vida de Emilia, tan alejada del ideal de finales del XIX, es una presentación biográfica de su carácter revolucionario, carácter que aparece, transparente, en gran parte de su obra. Y su obra no era, precisamente, escasa. En total se calcula que de su pluma salieron más de cuarenta novelas, siete dramas, incontables ensayos, unos seiscientos cuentos y dos libros de cocina. Sus ensayos son, seguramente, lo que le proporcionaron mayor prestigio a nivel internacional, la cuestión feminista, que se extendía por Europa pero que apenas aparecía en España, fue ésta una de sus mayores preocupaciones y la que le valió tanto la crítica como el elogio de sus contemporáneos. Para Emilia, el origen de muchos de los males femeninos era la ignorancia, y se volcó en numerosos proyectos relacionados con la educación de la mujer española. Creó la Biblioteca de la mujer en 1891, que pretendía recopilar todo el saber científico, histórico y filosófico relacionado con ésta. La obra fue un fracaso de escasas ventas, debido en gran parte al limitado interés de sus lectores intencionados, las propias mujeres. Tampoco se libró de su crítica el establecimiento religioso, si bien jamás abandonó el catolicismo, para ella poseía un poder político subyugador, llegando a decir que “no hay palanca más poderosa que una creencia para mover las multitudes humanas; no en vano se dice que la religión liga y aprieta a los hombres”. La situación social y la independencia económica permitieron a Emilia vivir libre de las ataduras que constreñían a otras mujeres de la época, y si bien recibió una constante presión por abandonar sus causas revolucionarias, fue objeto de admiración de muchos, que veían en ella un símbolo de lo que Europa traía a España: nuevas ideas, nuevas formas y un nuevo siglo.

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Escritoras del siglo XIX (III): Carolina Coronado

30 de abril de 2011 en Autores, Literatura

Carolina Coronado

Cuando alguien usa el apelativo de el Bécquer femenino, la mayoría asociaría este título con Rosalía de Castro , por ser considerada ésta, junto al propio Bécquer, como una de las mayores representantes de la literatura postromántica, dentro del tardío Romanticismo español. Sin embargo, en su tiempo la que era denominada de esta manera fue Carolina Coronado, poetisa que, debido a su ideología política, sufrió una fuerte censura que la relegó a segunda fila en cuanto a publicaciones y celebridad, pero que poco a poco fue haciéndose un puesto importante en la lista de escritores de su época. Carolina, además, falleció en Lisboa en el año 1911, por lo que este año 2011 se celebra su centenario.

A pesar de las tendencias progresistas de su familia (su padre, Nicolás Coronado, fue encarcelado, y su abuelo, Fermín Coronado, murió en 1820 por maltratos), Carolina recibió la típica educación femenina de primera mitad del siglo XIX: costura, labores domésticas, algo de música y mucha lectura a escondidas. Con trece años ya tenía importantes admiradores, entre ellos José de Espronceda, que dedicó unos cuantos versos a su belleza juvenil (sin hacer mención, sin embargo, a su notable talento). Carolina sufría de una extraña enfermedad, una especie de catalepsia parcial que hizo que se le diera por muerta en varias ocasiones, lo que le inculcó un profundo temor a llegar a ser enterrada viva (este temor fue el que la llevó a embalsamar el cadáver tanto de su primera hija como el de su marido, a la espera de ser ella misma enterrada con ellos).

Carolina era mujer de gran popularidad en la alta sociedad española, a pesar de sus tendencias revolucionarias, debido a su atractivo personal y a su discreta elegancia. Representaba, en esencia, a la mujer perfecta: bella, agradable, y amante esposa y madre. De ella dijo su sobrino, Ramón Gómez de la Serna: “era la agarena blanca de ese suroeste de España, y el óvalo de su rostro era perfecto, y en su perfil, sobre todo en su nariz, había la pureza árabe, juncal, blanca, con cierto reflejo de aguileñismo judío; se presentaba con el pelo negro y rizado que caía en melena de aladares sobre sus hombros”. Sabía compatibilizar los requisitos de la dama burguesa tipo con una libertad individual y amor por la cultura a lo que ayudaba el empleo de su marido, diplomático de origen anglosajón. Tuvo, o por lo menos según sus escritos, dos grandes amantes. Del primero, del que sólo se conoce el nombre, Alberto, ni siquiera se tiene constancia de si era real o inventado. El segundo, Horacio Perry, su esposo, falleció veinte años antes que ella, que se encontró, viuda, desamparada y en la pobreza, alejada de las luces de la corte y las tertulias, sola con su hija Matilde. Fue aquí donde se refugió en la escritura, revelándose una vez más una Carolina poeta, novelista y ensayista que continuó activa hasta su fallecimiento.

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