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¿Debe la cultura ser gratuita?

Cultura libre y gratuita

La respuesta a la pregunta que da título al artículo no debería suponer un esfuerzo para toda persona de bien: En las condiciones adecuadas la cultura siempre debe ser gratuita. No sólo eso, debería ser, además, libre. Libre para ser copiada, transmitida, modificada, usada, denostada, ensalzada, mordida, digerida y gastada. Todo siempre, y este es el punto importante, en las condiciones adecuadas.

Sostener que la cultura debe ser onerosa, que hay que pagar por ella sí o sí, sólo puede responder a intereses puramente personales. Pensemos de manera utópica durante unos segundos, ¿no sería maravilloso un mundo en el que toda forma artística, todo conocimiento, estuviera al alcance de nuestras manos con tan sólo quererlo? ¿Acaso se banalizaría la cultura por disponer de un acceso universal y gratuito a ella?

Sin embargo, no estamos en un mundo utópico. La cultura conlleva un coste de creación, no se genera de manera espontánea, aunque a muchos pueda parecerles que el acto creativo no requiera dificultad o esfuerzo. Siempre hay un gasto, aunque no contemos con los entresijos editoriales que hacen que una obra se defina, perfeccione y llegue a nuestras manos de la mejor manera posible, el gasto personal existe y suele ser más grande de lo que pensamos.

Hasta ahora los autores, los creadores, permitidme que hable de los escritores en concreto, reciben un porcentaje por libro vendido, tradicionalmente establecido en un 8 o un 10 por ciento. Con esta premisa no es tan raro que pocos autores clamen al cielo por lo caro de sus libros y también pocos vean con buenos ojos los precios bajos que se reclaman por los ebooks. Ese, más el anticipo, calculado en base a tirada y prestigio, es el maná con el que las editoriales llevan décadas alimentando a los escritores. No me malinterpretéis, es un negocio cómodo para el escritor, que se desentiende de prácticamente el resto del proceso editorial. Ni márketing, ni organizar giras, ni preocuparse de portadistas, correctores o distribuidores. Nada de nada. Es lógico entonces que cuando el sistema se tambalea y las cosas cambian, los propios escritores se asusten al ver amenazado un modo de vida que ha demostrado su solvencia.

O, al menos, eso es lo que nos cuentan los escritores que viven de sus libros. Si hiciésemos un listado de escritores y nos fijáramos en los que única y exclusivamente viven de sus libros con este sistema nos daríamos cuenta de que son muy pocos, una élite de gran éxito, éxito conseguido por sus medios y valía, que conste, pero que no pueden ser representativos de la mayoría.

¿Y qué le parece a esa mayoría? Bueno, para qué engañarnos, a mi me encantaría dedicarme sólo a escribir, mandar un correo electrónico a mi editor y olvidarme hasta cobrar el cheque. Pertenecer al olimpo literario es una aspiración llena de glamour, vivir bajo los focos, ser conocido, popular… el masaje de ego que todo escritor necesita amplificado por mil. Ahora, tampoco pasa nada por combinar trabajo y literatura, sobre todo, en mi caso, por ejemplo, si mi trabajo, o trabajos, están dentro de ese «mundo literario» (talleres, charlas, artículos). Otros autores, por ejemplo, son muy felices siendo químicos, ingenieros, arquitectos, periodistas o músicos, además de escritores, aunque no siempre se tiene esa suerte (no ya que te guste el trabajo, sino, simplemente, tener uno).

Pues bien, la cultura en un mundo ideal sería gratuita, y la literatura, en el mundo que nos ha tocado vivir, no lo es. Sin embargo, parece que en el futuro es más que probable que el sistema actual de producción y venta de libros cambie, si a mejor o a peor, no se sabe, lo que está claro es que va a ser mucho más grande y más barato. ¿Se repartirá más el dinero en una base amplia y menos en una élite? ¿Se creará una nueva élite que ganará mucho más dinero? ¿Se agruparán los autores para pagar servicios editoriales al margen de las grandes empresas? ¿Conseguirán desde las editoriales controlar las descargas y el modo de consumo al que nos dirigimos?

Todo son preguntas a las que no tengo respuesta, y sé que vosotros, lectores, escritores, libreros, editores, tenéis más preguntas todavía. Creo que es el momento de comenzar a dialogar, de conocer más vuestras inquietudes y propuestas. Os esperamos, como siempre, en los comentarios.

La desventaja sentimental

20 de julio de 2010 en Autores, Literatura, Literatura electrónica

Olor Libros

Hablamos mucho de las ventajas del libro electrónico sobre el de papel, no podemos evitarlo, nos encanta la tecnología y los avances, pudiendo parecer que estamos deseosos de la eliminación de los volúmenes tradicionales.

Nada más lejos de la realidad, si nos gustan los lectores de libros electrónicos es por la facilidad que ofrecen para leer libros, para devorar uno detrás de otro con mayor velocidad. Para mi, por ejemplo, eso es una gran ventaja. Leo a todas horas, en cuanto tengo ocasión, a veces por trabajo, a veces por diversión y a veces por una extraña mezcla de ambas que se llama «revisión de manuscrito», aunque ya no está escrito a mano en absoluto.

Un inciso. Soy incapaz de escribir a mano más de una o dos páginas, me resulta tedioso y complicado y tiendo a perder el hilo de lo que estoy haciendo. Mi mano ya se ha desacostumbrado a tomar cientos de páginas de apuntes y se resiente al rato de darle al bolígrafo. Por no hablar de mi facilidad para perderme haciendo dibujos en cualquier hueco en blanco que tengo a mi alcance. ¿Alguien sigue escribiendo a la vieja usanza, como Faulkner sobre el arado? ¿Luego pasa sus notas y las corrige de nuevo? Me temo que he sido asimilado por la tecnología…

Pero hablábamos del libro y el ebook y sus diferencias, más que de sus ventajas. Me llama la atención una cosa: uno de los principales motivos para preferir el libro físico al digital parece ser el olor. Yo, que siempre he sido de economía más bien corta, he construido la mayor parte de mi biblioteca a base de ferias de ocasión y librerías de lance, con lo que, aunque coincido que un buen libro recién comprado tiene un olorcillo característico, yo suelo asociar libro con olor a página húmeda con algo de óxido, y, con suerte, a absolutamente nada. Tengo también libros con olor a tabaco, a vino -permitidme la sensiblería-, a lágrimas… pero no es algo que me mate, la verdad. Yo asocio los libros a lugares, a los olores y sensaciones de allí donde los leí por primera vez; en un parque, en el sillón viejo de casa de mis padres, al lado de una chimenea, justo cuando aquella chica… ehem, creo que os hacéis una idea.

Desconozco qué puede pasar ahora con los e-books. Es cierto que al recorrer mi vista por la biblioteca no voy a ver los lomos de muchos de los últimos libros que ya he leído de manera electrónica. No estará allí un viaje a Barcelona o a Bruselas, o un fin de semana solo en casa, al menos no por separado. Sin ellos allí, ¿seguiré acordándome? ¿o me olvidaré de cómo y cuándo los leí? Ese es, para mi, el componente romántico, por llamarlo de alguna manera, el sentimental, si queréis, de los libros. Ni su olor, ni el sonido de las páginas o la emoción de secar flores entre sus páginas.

Por otro lado, nadie comenta la única ventaja del ebook cargado de DRM: Cuando vienen tus amigos a casa no se pueden llevar prestados tus libros. Y cuando digo prestados me refiero a ese secuestro, rapto y abducción mediante el cual desaparecen cada año un buen número de ejemplares de mi casa para no volverlos a ver jamás.

Autores relacionados:
William Faulkner

El servicio de ebooks de McGraw-Hill

15 de mayo de 2010 en Mundo Editorial, Noticias, Tecnologí­a

Mcgraw-Hill

Es algo inevitable que la generación de contenidos para ebooks alcance el mundo de la autoedición en breve. No vamos a entrar en polémicas sobre la validez o no de las obras autoeditadas -hemos hablado largo y tendido sobre el tema en Lecturalia- sino del mercado y de cómo es posible implementar lo verdaderamente importante en estos casos: el pago.

McGraw-Hill es una editorial de origen americano y está orientada, normalmente, al libro técnico o de empresa. Hace pocos días anunció que ponía a disposición del público, sobre todo orientado al mundo docente, una herramienta para crear sus propios ebooks -manuales o apuntes- y ponerlos a la venta. El anuncio parecía interesante, así que decidimos mirar de qué se trataba.

De entrada hay que decir que lo que ha hecho McGraw-Hill es un acuerdo con la mega-gigante-internacional página Lulu y tiene su propio apartado de partner que han tratado de hacer lo más sencillo posible. La idea es que con apenas un par de clics tengamos un PDF en la web de Lulu, con la posibilidad de pasar a las funciones de papel, pero sin tener que hacer prácticamente nada para empezar a vender nuestro producto.

Dejando a un lado ciertos problemillas de la interfaz -tener que ir hacia delante y hacia atrás en la navegación se hace algo complicado-, es cierto que lo consiguen. Pero una vez tienes el documento a punto de caramelo es cuando surgen ciertas consideraciones.

La primera de ellas, y es bastante importante, es la imposición del DRM de Adobe Solutions. Así, sin más opción. Un mensaje ya te indica que todos los ebooks de MacGraw-Hill llevan ese DRM, así que si quieres trabajar con ellos ya sabes lo que te toca. Del DRM ya hemos hablado también en otras ocasiones, pero podemos resumir nuestra opinión en: una absoluta pérdida de tiempo y dinero.

La segunda contrariedad es el precio. Tras no poder poner el precio en el primer sistema y acceder mediante Lulu a la cuenta lo cambiamos, pero con la sorpresa de el porcentaje que se lleva el autor, en este caso tanto del material como de la maquetación. Si ponemos un precio de 3 euros a nuestro ebook cada venta nos reportará unos 18 céntimos de beneficio. Un tanto ridículo si comparamos los números de Amazon y Apple (70/30 autor/editor) y algo parecido a lo que nos llegará con Google Editions.

Entonces, ¿cuál es el objetivo aquí de McGraw-Hill? Se me escapa, a menos que quiera entrar el primero en la autoedición para profesores y el mundo digital sin tener en cuenta los intereses de aquellos a los que brinda el servicio, que deberían ser tanto autores -que se llevan poco dinero- y alumnos -que encontraran precios muy altos-. Señores editores, la idea es buena, pero la forma no nos acaba de convencer.

Amazon, Kindle y lectores de e-books

Stanza

Se acumulan las novedades sobre el mundo del libro electrónico y su principal abanderado, la librería virtual Amazon.

Hoy mismo nos enteramos de que Amazon compra Lexcycle, la empresa que desarrolla Stanza, posiblemente la mejor herramienta disponible en la AppStore de Apple para la lectura de e-books en el iPod. Lexcycle estaba desarrollando nuevos formatos y era una empresa abanderada del formato común. ¿Significa eso que Amazon va a seguir por el mismo camino con el Kindle? ¿O es una maniobra para cortar de raíz cualquier competencia a su lector de libros para iPod? Según la gente de Lexcycle, no van a cambiar su producto… pero desde Amazon sólo hay un escueto “sin comentarios”

Por otro lado, Amazon sigue registrando beneficios récord que le permiten este tipo de jugadas empresariales, subiendo un 18% y alcanzando los 4890 millones de dólares. Un dato: Más de la mitad del beneficio fue generado por libros que no estaban en el top de superventas.

Y por último, una reflexión. Leo en Libros y Bitios el desglose aproximado de lo que vale un Kindle 2:

1.Componentes – $190.
2. Costes de desarrollo – $62.50.
3. Costes de promoción – $40.
4. Fabricación – $7.
5. Wireless – $5.
6. Devueltos y defectuosos – $2.50.
7. Empaquetado y transporte China-USA – $2.
8. Otros – $0.

El total, al que se podrían atribuir otros costes suplementarios, es de 309 dólares. Eso significa que el beneficio por unidad vendida es de 50 dólares..

Como él, me pregunto si el mercado español está preparado para esos precios. Hemos hablado de la encuesta de uso y preferencias sobre los e-readers y el público está poco dispuesto a pagar más de 70 euros por un dispositivo como el Kindle. Hagamos unos cálculos a partir de esto.

Si un lector electrónico -un e-reader, sea Kindle, Papyre o Sony E-reader- cuesta alrededor de 350 euros, nos vamos a un coste equivalente a comprar 17 novedades en papel o bien 35 libros de bolsillo (un buen bolsillo). Pongamos que el usuario del reader compra 12 novedades al año -120 euros- con lo que el desembolso en literatura en un año sería de 420 euros, el equivalente a 21 novedades o 42 libros de bolsillo.

Así que tendríamos 12 libros frente a un máximo de 42. A libro por mes, con el e-book apenas nos llegaría para un año de lectura, mientras que con el mismo presupuesto en papel nos daría para más de tres años, momento en el que, si nos hubiéramos comprado un e-reader, es más que probable que la tecnología hubiera cambiado tanto que los nuevos modelos dejarían a la altura del betún a nuestro viejo lector.

Claro que este es el escenario de lectores o libros en los que prima el DRM. Si no puedes leer otros libros que los que compras personalmente y tampoco puedes prestar o recibir libros que te dejen amigos o familiares, el uso de un e-reader no tiene sentido excepto en un ámbito laboral o de estudio, ya que para un uso ocasional del e-book ya existen otros dispositivos multisistema, menos agradables para leer, eso sí, pero funcionales, que suplen las necesidades puntuales.

No puedo dejar de dar la razón a los entrevistados: con el modelo actual, pagar mucho más de 70 euros es un desembolso poco rentable y es evidente que los precios del libro electrónico son demasiado elevados en muchas de las tiendas de e-books. Sólo con el abaratamiento de la tecnología y de los precios se lograría un uso masivo que aceleraría la cola larga de las ventas, el verdadero motor del sistema de ventas de Amazon.

DRM Social

ebook

Ya he hablado en otras ocasiones sobre el llamado DRM Social o Fingerprinting a la hora de sus uso en el libro electrónico, pero voy a intentar explicar un poco mejor en que consiste esta método para el control de e-books.

La mayoría de grandes editoriales está convencida que con el libro digital vendrá la hecatombe de la piratería a gran escala, ya que consideran al lector medio alguien que se bajará los libros de las redes P2P o sitios de descargas directas en cuanto tenga la ocasión. Para evitarlo, la solución que están aplicando se basa en el uso de DRM, el acrónimo en inglés de Digital Rights Management.

El DRM es una solución de software mediante la cual se limitan las posibilidades de reproducción del archivo, así como las de su copia. El DRM puede limitar el número de equipos en los que se puede leer, el número de copias, o incluso el dispositivo específico en el que se puede leer -existe una variante, la de Amazon, en la que incluso limita qué se puede leer en su propio lector electrónico-.

Ese método ya ha sido utilizado con anterioridad por el mundo de la industria discográfica con resultados de dudoso éxito, por no hablar de fracaso absoluto. La limitación de derechos frente a la copia privada produce movimiento en contra, un movimiento que suele proveer de herramientas capaces de eliminar las limitaciones impuestas por el DRM, y que, además, acaban siendo declaradas completamente legales. A cada restricción le pueden salir decenas de métodos capaces de eliminarla.

Otro de los grandes problemas del DRM y la cultura de los libros se aprecia en dos puntos clave. El primero de ellos es el préstamo de libros. Con un DRM severo, a menos que le prestes a un amigo el lector de e-books con el libro dentro, no habría manera de conseguirlo. La industria parece empeñada en que cada lector se tenga que comprar el libro si quiere leerlo, algo completamente fuera de toda lógica y tradición.

El otro problema, que es todavía más serio, es la de la pérdida del lector físico, borrado de discos duros, o, simplemente, cese del sistema editorial o actualización del lector. ¿Qué pasa con todos esos libros que te habías bajado? ¿Podrás bajarlos de nuevo? ¿Leerlos en el tu lector de siguiente generación? Con el DRM se planten problemas a todas estas situaciónes.

Frente a esto, aparece el DRM Social. ¿En qué consiste? En incluir los datos del comprador -nombre, dirección de correo electrónico- dentro del libro, así como una marca de agua que permite rastrear el ejemplar. No hay más limitaciones de uso que las de la licencia usada con el libro, claro que nada impide también la eliminación de este DRM; quien piense que no existirá una distribución al margen de la oficial está perdiendo el tiempo. Pero la gente que lee, y puede pagarlos, acaba comprando libros, así que siempre es más sencillo ponérselo fácil al cliente y no tratarlo como a un delincuente.

El uso de DRM Social permite dejar libros, permite asegurarse una continuidad en el tiempo aunque se cambie de formato o evolucione la tecnología de los e-readers. Además, la tecnología no tiene que ser cerrada y las editoriales no dependerían de un elemento externo para imponer la tecnología DRM tradicional y que actualmente está cobrando un pequeño porcentaje de las ventas.

Como problemas del DRM Social podemos nombrar el saber qué datos son los que se deben incorporar al e-book sin caer en problemas de privacidad, o bien, como todo en el mundo del libro electrónico, el no saber exactamente cómo va a evolucionar el mercado o cómo va a reaccionar el lector habitual frente a los nuevos modos de comportamiento social que el mundo digital va a establecer.


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