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Entradas con etiqueta ‘derechos de autor’

Joyce queda libre

24 de enero de 2012 en Autores, Mundo Editorial

Joyce - Derechos de autor

Hasta ahora, muchos editores temblaban con la simple mención del nombre de James Joyce. El escritor irlandés ha tenido una de las herencias más polémicas de la historia de los derechos literarios, gracias al excesivo celo de sus sucesores, para quienes siempre ha sido más importante proteger la intimidad de la familia que dar a conocer la obra de su antepasado. Stephen Joyce, en concreto, su nieto, ha sido una pesadilla para todos los amantes de la literatura, ya que cobraba regalías hasta por citar a su ilustre abuelo, y se jactaba de haber quemado documentos de éste para “preservar el honor de la familia”. Cada vez que alguien usaba las palabras (permitidas) de James, en algún lugar Stephen y los suyos se frotaban las manos, y sus restricciones afectaban incluso al festival de Bloomsday, celebración que este año podrá llevarse a cabo, por vez primera, sin ningún tipo de cortapisas ni limitaciones establecidas por el principal heredero de los derechos y fortuna de la herencia Joyce. Este año tienen pensado organizar una flash-mob donde figuren todos los capítulos del Ulises, algo que hasta ahora sería impensable, bien por los costes desorbitados que ello conllevaría o una prohibición directa del nieto de Joyce.

En 1991 todos suspiraban, aliviados, al anunciarse que había caducado el periodo estipulado para los derechos de autor de Joyce. Sin embargo, una nueva ley europea exigía que dicho periodo de cincuenta años se alargase hasta setenta, por lo que de nuevo comenzó la batalla legal constante con un hombre que, en un exceso de celo por la intimidad de su abuelo, destruyó más de mil cartas que había recibido Joyce de su hija Lucía. Así que, con la finalización del año 2011, por fin han quedado libres los derechos del célebre escritor.

Los intentos de proteger la obra original llevan en ocasiones a los guardianes testamentarios a llevar a cabo actos ridículos. Como cuenta en el diario The Independent el especialista Gordon Bowker, este celo absurdo ha afectado a muchísimos escritores: la mayoría de las cartas de Jane Austen fueron quemadas por su hermana, a los diarios de Lewis Carroll les faltan páginas (probablemente arrancadas por familiares), el marido de Sylvia Plath directamente destruyó uno de los suyos, y los herederos de Joyce impidieron que la cantante británica Kate Bush utilizara las palabras finales de Molly Bloom de Ulises en una de sus canciones. En otras ocasiones son los propios escritores los que interfieren en la herencia de su obra: Beckett dejó especificado que ninguna mujer debía tener un papel protagonista en su obra dramática Esperando a Godot, Mary Shelley, Kafka y Phillip Larkin solicitaron que sus cartas se quemaran tras su muerte, y Thomas Hardy escribió una autobiografía que debía publicarse cuando muriera como si la hubiera escrito su viuda. Pero el tiempo pasa, antiguos manuscritos salen a la luz y se agotan los derechos de autor. En resumen, algunos escritores célebres no consiguen escapar de la posteridad, incluso cuando intervienen, de manera casi herética, amigos, familiares y ellos mismos.

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Grandes plagios literarios (II)

16 de noviembre de 2011 en Literatura

Ana Rosa y su libro

Siempre ha habido autores reconocidos que se han aprovechado de otros peor avenidos para hacer el agosto. Con frecuencia se trataba de escritores que respondían a una demanda inmensa, obligados a producir una cantidad enorme de obras en un tiempo muy limitado. Del mismo modo que otros usaban negros literarios para hacerles el trabajo sucio, muchos recurrían al uso indiscriminado de textos ajenos, generalmente pertenecientes a autores poco conocidos. Se sospecha que muchos de los grandes de la literatura hayan recurrido a esta treta, como podría haber ocurrido con Shakespeare. Con nuestro Lope de Vega, o con escritores mucho más actuales como Camilo José Cela, que ha sido acusado en varias ocasiones de utilizar ideas, personajes y argumentos de novelas ajenas. Recientemente ha sido llevado de nuevo a juicio (o más bien lo ha sido Planeta, ahora que el autor ha fallecido) por el supuesto plagio de la novela Carmen, Carmela, Carmiña (Fluorescencia) que fue presentada por Carmen Formoso al premio Planeta en el año 1994 y que parece ser que Cela “adaptó” para convertirla en la novela que resultó ganadora: La Cruz de San Andrés.

Otro caso aparte, pero también muy frecuente, es el plagio de traducciones. Es obvio que es mucho más complicado encontrar el plagio en una traducción, debido a que una parte importante de una traducción puede coincidir, por lógica, con la de otra persona. Es precisamente en las omisiones y en los fallos donde puede pillarse al traductor con delito, ya que éstas son mucho más fáciles de encontrar y denunciar. Y sí, hay plagiadores tan torpes que copian hasta los errores, sin molestarse en revisar su trabajo de copia, como ha aprendido a base de escándalo la periodista y presentadora Ana Rosa Quintana, al convertirse en el máximo exponente del plagio literario en nuestro país con su obra Sabor a hiel, que Planeta no tuvo más remedio que retirar del mercado al encontrarse párrafos completos copiados de manera íntegra de escritoras conocidas como Danielle Steel y Ángeles Mastretta. Quintana mantiene que fueron textos insertados por un colaborador y que no tuvo nada que ver con su propia labor autorial, a diferencia de Lucía Etxebarría, que ante las denuncias por plagio en su libro Ya no sufro por amor, declaró a la prensa que esperaba que la acusación de plagio disparase las ventas de su libro. Aunque Etxebarría se ha defendido siempre de las acusaciones de esta naturaleza que ha recibido a lo largo de su carrera recurriendo al socorrido argumento de la intertextualidad artística, dudo que cualquier teórico o crítico estaría dispuesto a utilizarla de ejemplo al hablar de la angustia de las influencias que menciona Harold Bloom o de las teorías polisistémicas de Even-Zohar. Hasta la interliterariedad tiene un límite.

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Grandes plagios literarios (I)

14 de noviembre de 2011 en Literatura

Copia de libros

En nuestro tiempo, hablar de plagio es hablar de una práctica ilegal, deshonrosa y socialmente vilipendiada. En una época en la que, por lo menos en lo superficial, se concede importancia a la originalidad, el copiar e imitar, sobre todo cuando se hace por intereses económicos, es uno de los pecados más graves del escritor.

Por supuesto esto no siempre ha sido así. La consideración del plagio varía de un periodo histórico a otro, del mismo modo en que cambia su percepción de una cultura a otra. En países como China, por ejemplo, las obras literarias tardaron bastante en comenzar a firmarse, y aun cuando se firmaban, sus obras con frecuencia eran compilaciones de textos de otros autores. Esto ha ido cambiando con el tiempo, pero sigue conociéndose como una cultura en la que la imitación puede ser una forma de halago, y un recurso práctico, tanto en lo artístico como en lo comercial. Es irrelevante hablar de plagio como tal en circunstancias como estas, en las que el concepto de autoría es totalmente diferente de nuestra perspectiva occidental contemporánea. Y en la propia Occidente, que arruga la nariz ante las imitaciones de cualquier calibre, hubo un tiempo en que era práctica común tomar “prestados” textos ajenos para firmarlos con el nombre propio. Un recurso común era presentar como obras propias traducciones de clásicos latinos y griegos (es posible que Gonzalo de Berceo, por ejemplo, no escribiera una sola palabra de su propia creación en toda su obra). Esto, lejos de ser perjudicial, se consideraba positivo, ya que la mención de fuentes otorgaba prestigio y credibilidad al texto.

Tras la Edad Media y con la progresiva revolución cultural del Humanismo, el constante préstamo textual entre artistas que viajaban y se nutrían del canon de otros países fomentaba el plagio y la copia, pero por otro lado se engrandecía la figura del autor, que comenzaba a valorarse como individuo. Es casi imposible establecer la diferencia en esta época entre lo que era una copia directa (ya fuera en el mismo idioma o a través de la traducción) y un simple cúmulo de influencias. Sin algunas de estas imitaciones, no dispondríamos del necesario tráfico de ideas, estilos y formas que compondrían un interesante Renacimiento y un glorioso Barroco en el ámbito de la literatura española. Sin embargo, poco a poco, la fama y gloria alcanzada por el escritor hacía que este se mostrase más celoso de sus creaciones, y serían más frecuentes los enfrentamientos entre autores por motivos de imitación, una vez la literatura comenzase a establecerse como negocio más o menos rentable para aquel que la practicaba. De hecho, la legendaria rivalidad entre dos grandes de nuestra lengua, Francisco de Quevedo y Luis de Góngora, parece haberse originado por el uso indebido del primero de la forma de escribir del segundo, ya que utilizaba su estilo y léxico para ridiculizarlo. Esta peculiar forma de plagio, ofensiva y burlona, otorgó fama al escritor y despertó la ira de Don Luis, fomentando una enemistad que se tradujo en una de las batallas literarias más completas y productivas de la historia de la literatura.

El hacedor (de Borges), Remake y la muerte de la literatura

20 de octubre de 2011 en Autores, Mundo Editorial, Narrativa

El hacedor (de Borges), Remake

La noticia saltó hace unas semanas tras mantenerla en secreto, la novela de Agustín Fernández Mallo, El hacedor (de Borges), Remake había sido retirada de las tiendas debido a la protesta de María Kodama, viuda de Jorge Luis Borges y poseedora de los derechos sobre la obra literaria del autor argentino.

Dejando a un lado la referencia más que evidente del cuento de Borges que alberga la obra de Mallo, que no es más que el punto de partida del libro y no una copia, no deja de ser llamativo que sea a partir de una historia de Borges, amante de la metaliteratura, usuario de artificios y referencias de cientos de obras, que nos encontremos ante este follón.

¿Hasta dónde llegan los derechos intelectuales? La única idea lógica que se me ocurre es que Kodama, y sus abogados, entiendan que Mallo se aprovecha de la imagen de Borges en su conjunto, de la fama de su Hacedor, para vender su producto. Dicho así parece una idea puramente mercantilista y que debe de ser aceptada como muchos ven la literatura hoy en día, un supermercado de salchichones necesitado de protección policial.

Si no es de esa manera, creo que el límite intelectual se lleva demasiado lejos. El mundo del copyright no puede, ni debe, arrasar con la libertad creativa siempre que esta quede patente. Es como si ahora los descendientes de Homero atacaran a Joyce por haber escrito el Ulises. Algo demencial que no tiene ningún sentido. ¿No se va a poder nombrar a personajes populares por miedo a infringir la ley? ¿Tanto miedo tienen los autores a perder esa autoría moral?

Espero que todo este embrollo legal se arregle en breve y podamos leer (o no) el libro de Mallo, ya que estos precedentes pueden acabar con una parte de la creatividad, sobre todo si dejamos que la invención y el arte pasen antes por los juzgados. ¿Os imagináis demandas sobre si tal o cual personaje se parece sospechosamente al que escribí en mi anterior novela? ¿Dónde se pondrían los límites a la hora de sacar dinero? Un verdadero sinsentido que atenta con una certeza: creamos a partir de lo que conocemos. ¿Dónde iríamos sin referentes, sin los hombros de gigantes sobre los que escalar? Está claro: directos a ninguna parte.

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El hacedor (de Borges). Remake

Las viudas negras

1 de agosto de 2010 en Autores, Literatura, Mundo Editorial

Viuda Negra

Es de conocimiento general que en muchas ocasiones son las personas que nos rodean las que más influyen en nuestra forma de escribir, y a veces son determinantes a la hora de decidir si enviamos nuestros escritos a editoriales para probar suerte en el arduo mundo de la publicación. Más allá de esta influencia lógica existen familiares que gestionan nuestro legado literario, generalmente después de nuestra muerte, como ha ocurrido en el conflictivo caso Larsson o con el célebre hijísimo Tolkien, ya sea para bien o para mal. El conocido autor de fantasía Neil Gaiman habló en su blog hace ya tiempo de la necesidad de crear un “testamento literario” en vida que aclarase el futuro póstumo de nuestras obras (puso el triste ejemplo de un colega escritor cuyas regalías y obras no publicadas fueron a parar a su ex-mujer, una mujer que nunca había apoyado su carrera literaria, mientras que la mujer que vivía con él, que lo cuidó antes de morir y gracias a quien pudo desarrollar su talento, se quedó con las manos vacías).

La teórica y crítica Cynthia Ozick ha insistido repetidamente en el peligro de las viudas, quienes se sienten frecuentemente poseedoras de un legado literario que realmente no es suyo. Pone de ejemplo lo que ocurrió con la viuda de Joseph Conrad, el conocido autor de El corazón de las tinieblas (obra que inspiró Apocalypse Now de Ford Coppola), quien se resistía a permitir la publicación de la obra de su marido. Recientemente ha fallecido Inna Hecker Grade, la viuda de Chaim Grade, nombre que seguramente no os dirá nada, pero que es de vital importancia para el mundo literario ya que es uno de los muy escasos grandes escritores en lengua yiddish, la variante oriental del judeoalemán que decayó significativamente después del exterminio nazi. Inna, insistiendo en que ningún traductor podía captar la esencia de los textos de su esposo, se había negado a ceder sus escritos a diversas editoriales y académicos interesados, que conocían la obra de Grade gracias a algunas traducciones al inglés que se habían podido llevar a cabo estando éste en vida. El fallecimiento de su viuda, que no ha dejado ningún tipo de testamento ni documento parecido, deja abierto el tesoro al mayor postor. En estos momentos los más interesados son el YIVO (el Instituto de Investigación de Yiddish de Manhattan), la Biblioteca Pública de Nueva York, el Centro Nacional Yiddish del Libro de Amherst y la Universidad de Harvard.

Otro caso conflictivo es el de la viuda de Jorge Luis Borges, María Kodama, quien quedó como heredera de todos los derechos de autor de su marido al fallecer éste. Esto ha significado complejos casos jurídicos, siendo la disputa más conocida la que ha mantenido con la editorial francesa Gallimard, y en concreto con el editor Jean Pierre Bernés, quien trabajó con Borges en una edición de sus obras completas poco antes de morir, grabándose entre ellos unas veinte cintas de comentarios y anotaciones. Kodama supuestamente reclama el 100% de los derechos de esta edición y las cintas para realizar una edición propia, mientras que Bernés se mantiene firme en su derecho a llevar a cabo la edición con Gallimard usando las cintas en las que trabajó. Kodama es también famosa por llevar a juicio a cualquier biógrafo no autorizado de su marido, entre los que destaca el mejor amigo de éste, Adolfo Bioy Casares, cuyo retrato de la viuda no es precisamente favorable. La figura de Kodama parece situarse al mismo tiempo en dos ejes de la opinión pública: los que la ven como guardiana y defensora del legado del escritor, y los que la ven como una manipuladora que vela por sus propios intereses.

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Informe sobre el libro electrónico: Análisis (II)

Informe ereader

El informe del Grupo de trabajo sobre el libro electrónico, que empezamos a analizar ayer, tras hablar del marco legal, se centra en la “cadena del libro”: autores, traductores, editoriales, libreros y distribuidores. A los autores (Lorenzo Silva, Care Santos, Clara Janés y Andrés Ehrenhaus, estos dos últimos como autores y traductores)les ha pasado una encuesta (estaría bien saber las preguntas, por cierto) indicando algunas de las conclusiones. En general, que las nuevas tecnologías permiten aumentar la interactuación con los lectores y abrir nuevos mercados pero que la indefinición del negocio provoca desde la piratería, siendo necesario que exista una oferta legal, atractiva y asequible, que ofrezca calidad y valor añadido, a la incertidumbre sobre porcentajes o ingresos.

Hay otras opiniones más controvertidas, la tendencia a publicarlo todo que indica Ehrenhaus, pero el principal problema lo veo en lo siguiente: ¿qué representatividad tiene este apartado? ¿Por qué estos cuatro autores y no otros? ¿Sólo cuatro? En cambio para hablar de la traducción sí se habla con una asociación, ACE Traductores, que además ha realizado diferentes reuniones dentro del sector del libro para aportar claridad y transparencia al modelo de negocio.

Cuando pasamos a hablar de los editores tenemos primero un publirreportaje de Badenes, directivo de Planeta, que sin duda sabe mucho y hace aportaciones interesantes, como los dos modelos europeos de control de la piratería, el inglés/francés basado en la persecución legal del pirata y el irlandés, basado en la compensación entre industrias; aunque en estos momentos en Irlanda se ha aprobado un sistema que sigue la estela de Francia o Inglaterra, así que nos quedamos con la duda de si es una errata (¿islandés?) o una información desfasada.

Acto seguido tenemos el informe sobre el sector editorial ante el libro del que ya os hablamos hace unas semanas y de las perspectivas de las editoriales dedicadas a los libros y material de enseñanza, ofreciendo este último una visión clarificadora y, probablemente, la más documentada de esta parte del informe. Pero, para mí, lo más interesante es la opinión de libreros y distribuidores que, a priori, parecen los “prescindibles” dentro del mercado de libro electrónico.

Los libreros destacan su función como seleccionadores, consejeros y recomendadores de libros y consideran que esta función va a seguir siendo necesaria en el nuevo mercado, al tiempo que se muestran dispuestos a desarrollar líneas de negocio entorno al libro electrónico, tanto vendiendo soportes, como los propios libros electrónico o a través de la Impresión bajo demanda. De todas formas tienen claro que su papel dependerá en buena parte del modelo de negocio que sigan las editoriales, aunque apuestan por plataformas de distribución abiertas que respeten los canales tradicionales de venta. Algunas de sus reivindicaciones concretas: ayudas para implantar la Impresión bajo demanda o poner Wi-Fi en las librerías.

Los distribuidores coinciden con los libreros en que es necesario clarificar el mercado desde los márgenes de comercialización hasta los roles, indicando que si no se hace pronto otros agentes substituirán a los tradicionales, señalando como ejemplo a las empresas de telecomunicaciones cada vez más cerca de dedicarse a la distribución de contenidos. Ven la digitalización de contenidos como un sistema para fomentar la venta en papel, ya que ambos sistemas van a convivir durante mucho tiempo. Y se reinventan como repositorios de libros digitales, promulgando la creación de Distribuidores de Activos Digitales, siguiendo la estela de experiencias similares en otros países, que servirían tanto para la descarga online como para el Print on Demand.

En el informe también encontramos acercamientos a la lectura digital, la producción de textos científicos, las bibliotecas digitales o las iniciativas públicas (a la espera de las privadas) para el desarrollo del mercado. Pero todo viene marcado por la misma sensación de suma (que no agregación) de opiniones, sensación que ni siquiera te abandona en las conclusiones. ¿Las nuestras? Sobre el informe, lo dicho, bastante decepcionante en su formulación. ¿Del sector del libro según las aportaciones? Pues las que venimos destacando cada vez que sale el tema: la falta de definición del mercado y la falta de un marco legal adecuado no está permitiendo que se desarrolle con normalidad.

Informe sobre el Libro Electrónico: Análisis (I)

Informe

La semana pasada el Observatorio de la Lectura y el Libro, concretamente, el Grupo de trabajo sobre el libro electrónico, presentó un informe analizando la situación del libro electrónico en España en el que, desde diferentes ámbitos, se intenta ofrecer una visión amplia de la realidad del ebook y hacia donde puede ir. Así, encontramos referencias a la encuesta sobre editoriales y libro electrónico realizada por la Fundación Germán Sánchez Ruipérez que analizamos hace unas semanas.

Esta aportación de diferentes sectores si bien es necesaria creo que es uno de los principales problemas del informe por la manera como se ha articulado: cada sector ha dicho la suya barriendo claramente para casa (están en su derecho) pero no hay una visión propia del Grupo de trabajo, dando por buenas las aportaciones de cada colaborador. Puestos a pensar mal, se diría que han intentado curarse en salud, tal y como están los ánimos desde la “ley Sinde“, y así siempre pueden decir que ellos no son responsables de lo que se dice.

Vamos a dar un pequeño repaso al informe aunque primero que nada me temo que hay que señalar un par de inexactitudes, más que errores, que hemos encontrado antes casi de empezar. En primer lugar, se menciona la reducción del IVA para el libro electrónico sin indicar que, finalmente, esta reducción solo va afectar a los libros electrónicos en soporte físico ya que, tal y como aclaró hace unos días Hacienda, la normativa europea lo impide. La segunda incorrección la encontramos cuando hablan del caso Amazon-Apple del que también hemos hablado aquí: sostiene que Amazon obligaba a los editores a vender los libros electrónicos a 9.99 dólares cuando lo que realmente hacía era pagar al editor según el precio de la edición en tapa dura y poner el precio que consideraba adecuado al mercado (ese 9.99).

Uno de los aspectos más interesantes del informe, y también el que ha generado polémica, como no, es el marco jurídico, firmado por Marta García León y que creo que debería de ser de lectura obligada, en un entorno en el que, de repente, todos nos hemos vueltos expertos en propiedad intelectual.

La conclusión que extraigo es que el marco jurídico es inadecuado ya que no está adaptado a la nueva situación, al tiempo que se ve superado por la tecnología.

Así, el contrato de edición literaria, regulado por la Ley de Propiedad Intelectual, es insuficiente cuando hablamos de libros electrónicos (atención autores: el contrato solo afecta a aquellos formatos explícitamente citados en el mismo). El concepto de integridad de la obra, uno de los derechos del autor, queda diluido frente a las posibilidades que ofrece la digitalización.

El DRM, por ejemplo, protege al autor frente a la puesta en disposición sin su autorización pero vulnera los derechos de los consumidores respecto a la copia privada y, en algunos casos, a la protección de datos personales. O la aplicación del DRM en bibliotecas virtuales chocaría directamente con la misma existencia de estas.

Eso sí, queda claro que la puesta a disposición sin ánimo de lucro comercial no viene regulada por el Código Penal mal que les pese a algunos, sino por la Ley de Propiedad Intelectual ya que sería un ilícito civil.

Pero el punto que más me ha llamado la atención ha sido respecto a las licencias Creative Commons, ya que es aquí donde la falta de legislación concreta puede llevar a situaciones kafkianas, como que las entidades gestoras de derechos estén en la obligación legal de exigir compensaciones por mucho que el autor no quiera. Ahora la explicación:

En primer lugar, parece que es más que discutible que se puedan considerar contratos (la ley es terca para estas cosas) ya que quien otorga la licencia no conoce a quien la disfruta ni siquiera si alguien lo hace. Unido a esto la Ley de Propiedad Intelectual señala los derechos irrenunciables por parte de autor entre ellos el de remuneración por copia privada que son recaudados por las entidades de gestión. Así que, ley en mano, CEDRO podría comenzar a pedir su trozo de pastel Copyleft. Este atentado contra el sentido común solo puede ser solucionado con una adaptación legislativa y el reconocimiento de las licencias Copyleft en todos los ámbitos.

La insurrección frente a Tintín

18 de noviembre de 2009 en Autores, Cómic, Literatura, Noticias

Tintín

Vamos con una noticia para la que necesitamos primero ponernos en antecedentes. Bob García, aficionado a Tintín, músico y escritor de pastiches holmesianos, publicó cinco estudios sobre la figura de Tintín, de poca tirada y con la intención de dar a conocer al reportero a los más jóvenes. En algunos de estos libros, aparecían dibujos de Hergé a modo de cita, uso totalmente legal y respaldado por los acuerdos internacionales en material de derechos de autor; como habréis adivinado la noticia viene por culpa de los lamentablemente mal tratados, así separados, derechos de autor.

Nick Rodwell es el actual depositante de los derechos de Tintín siendo, por ejemplo, el que vendió los derechos para la adaptación cinematográfica a Spielberg. También es un celoso propietario, no permitiendo ninguna ilegalidad que ponga en peligro su cartera, cosa a la que tiene todo el derecho. Así que, Rodwell, consideró vulnerada la legalidad con los libros de García llevándolo a los tribunales. El juez determinó que García había hecho un uso ajustado a la ley del derecho a cita, cita gráfica en este caso, sentencia que Rodwell apeló, consiguiendo que el siguiente juez no sólo le diera la razón si no que condenara a García al pago de cuarenta mil euros y los gastos derivados, considerando los daños al derecho moral del autor y el derecho patrimonial.

Este pago supone para García la bancarrota, lo cual, teniendo en cuenta que no sacó un duro de las obras sobre Tintín, no deja de ser más injusto. Ante este nuevo hecho, que algunos pueden ver como un nuevo atentado a la libertad de expresión en nombre de un derecho cada vez más patrimonializado y menos moral, los aficionados a Tintín se están uniendo al pobre García, no sólo dándole muestras de su apoyo sino intentando atacar al señor Rodwell donde más le duele, en la cartera, amenazando con boicotear el Museo Hergé o la película, y derivados, de Spielberg.

Algunas voces dicen que el pobre de García se ha encontrado en medio de una guerra que no es la suya, sino que, en realidad, se trata de un enfrentamiento por los derechos de merchandising de la película, una forma de presionar para conseguir parte del pastel, aunque esta teoría conspiranoica parece demasiado rebuscada.

En fin, si tenéis curiosidad por los libros de Bob García podréis encontrarlos a través, por ejemplo, de Amazon France, donde aparecen de segunda mano a un precio nada razonable. Es probable que la polémica tenga que ver algo en los más de cuarenta euros que piden por un ejemplar, ahora convertidos en artículos de coleccionista: el libro que arruinó al fanático de Tintín.

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Traductores y editores

27 de julio de 2009 en Autores, Mundo Editorial, Noticias

Llevado mi queso

Para muchos lectores la función del traductor es aparentemente transparente. Es una figura en la que no se suelen fijar ya que asocian libro y lenguaje sin pensar demasiado en que alguien ha pasado por el medio reescribiendo la novela que disfrutan mientras toman el sol en la playa o tratan de conciliar el sueño en la cama.

Pero los traductores, sobre todo aquellos dedicados a la novela de ficción, son uno de los sectores profesionales más importantes y a la vez peor tratados del mundo editorial. Dejando a un lado los problemas que aparecen cuando editoriales sin demasiada profesionalidad contratan a recién licenciados en filología con precios ridículos que revientan el mercado, lo que luego lleva a que los correctores de estilo -cuando los hay- se vuelvan locos tratando de que los textos tengan sentido, nos encontramos con los problemas que encuentran los traductores para cobrar los derechos de autor derivados de sus traducciones, sobre todo cuando estas pertenecen a libros que han llegado a convertirse en Best-Sellers.

Leo en Público varios ejemplos que parecen sangrantes: ¿Quién se ha llevado mi queso? es un libro de motivación para ejecutivos -lo que los americanos llaman un airport-book, ya que el grueso de sus ventas se suele dar en las librerías de las terminales, por el que su traductora, Montserrat Gugui, tuvo que pelear, incluso con problemas de “traducción fantasma” por el medio, para poder cobrar la parte que le correspondía.

Peor caso fue el problema de Matilde Horne, traductora del El Señor de los Anillos y que con la venta de Minotauro a Planeta sufrió un injusto olvido. Afortunadamente, pudo recibir el dinero que le correspondía, de forma tardía, eso sí, ya que falleció poco después.

En la editorial Almuzara tampoco se libran y la ACETT, donde están asociados muchos traductores, señala que mantienen una situación irregular con varios traductores. Destaca el problema de Chris Stewart, autor de Entre limones, que declara no ha percibido nada por un libro que ha vendido más de 250.000 ejemplares.

La situación del traductor viene marcada, como ya he comentado antes, por un intrusismo que no sólo llega a los recién licenciados que ven la oportunidad de ganarse algo de dinero rápido, también existe el llamado “Mirlo Blanco” o “M.Blanco” con el que se fusilan traducciones o se firman verdaderas aberraciones lingüisticas. El problema es el de siempre, una buena traducción lleva un precio que muchos no están dispuestos a pagar. Así salen algunos libros, en teoría avalados por excelentes editoriales, llenos de incorrecciones y faltas.

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Amazon, 1984 y la ironía

1984

El todopoderoso Amazon y su esbirro Kindle parece que tienen problemas, como cualquier mortal, con los derechos de autor. Amazon puso a la venta para su lector electrónico dos obras de George Orwell, 1984 y Rebelión en la granja, sin tener los derechos para ello, parece ser que por utilizar la plataforma de un tercero (si es que no te puedes fiar de nadie). Lo que podría ser una simple anécdota solucionada de manera diplomática, como adquirir los derechos o ponerse en contacto con los clientes, ya que el error lo ha cometido Amazon y no debe ser pagado por los usuarios que actuaron de manera correcta, se ha convertido en un escándalo que sólo le podría pasar a un libro de Orwell. La solución de Amazon ha sido, nada más y nada menos, que acceder de forma remota a los dispositivos de sus clientes y borrar los libros en cuestión.

Esta acción, que elimina las pocas ganas que tenía de comprarme un Kindle, nos plantea hasta que punto podemos permitir que las condiciones de uso de un producto den acceso a aspectos tan personales de nuestra vida como puede ser nuestra biblioteca, porque, aunque está claro que Amazon sabe perfectamente qué libros has comprado y, por tanto, cuales componen tu estantería, el hecho de que una empresa o un gobierno puedan acceder a ella y manipular nuestra información me parece deplorable. ¿Tan sagrados son los derechos de autor? ¿o es que al adquirir un Kindle y firmar un contrato de servicio (largo, farragoso y lleno de cláusulas) les estamos entregando a nuestros primogénitos sin enterarnos?

Tal y como dice David Pogue, del New York Times:

La acción de Amazon es tan grave e inaudita como si empleados de una librería entraran de noche en nuestra casa, se llevaran dos libros de las estanterías y nos dejaran un cheque en la cocina

Así que, si tienes un Kindle o estás pensando en adquirir uno, ten en cuenta que Amazon parece empeñado en hacer bueno a Microsoft o en impedir que Google se pase al lado oscuro.

Vía: El país

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