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Entradas con etiqueta ‘Crítica literaria’

Malas críticas, buenas ventas

16 de febrero de 2012 en Arte, Literatura

Malas críticas

En un sentido ordenado y lógico, uno podría pensar que una obra literaria que sufriese de una recepción crítica nefasta no tendría ninguna oportunidad en el mercado. Pero en el extraño mundo de la oferta y la demanda, resulta que suele cumplirse ese viejo dicho, “toda publicidad es buena”. Parece ser que lo importante es generar mucho ruido, sea del tipo que sea. Las reseñas, críticas y opiniones negativas a veces son, precisamente, lo que incita a otros lectores a adquirir un libro. O tal vez nos encontramos con libros que suscitan polémica, ya que enfrenta de manera enfurecida a sus grandes detractores (que expresan su desprecio de manera contundente) con sus más fieles defensores.

Y si no, que se lo digan a la Sra. Meyer, ya que Crepúsculo goza de un estatus que el escritor medio no envidiaría: es el líder en lo que se refiere a malas críticas. Stephanie tiene 669 valoraciones mínimas (de una estrella) en Amazon.com, seguida por escritores muy populares como Stieg Larsson (Los hombres que no amaban a las mujeres), George R. R. Martin (Dance of Dragons), Kathryn Stockett (Criadas y señoras), Sara Gruen (Agua para elefantes), Janet Evanovich (Explosive Eighteen), Christopher Paolini (Legado), Deborah Harkness (El descubrimiento de las brujas), Suzanne Collins (Los juegos del hambre) y la mismísima J. K. Rowling (Harry Potter y la piedra filosofal). Todos estos son grandes nombres superventas, lo que nos da a entender que lo que le gusta a la mayoría no tiene por qué gustarle a todos. De hecho, lo que gusta a la mayoría con frecuencia produce un efecto vengativo, producido por la envidia, el ansia por ejercer de abogado del diablo o, en algunas ocasiones, gozar de una capacidad crítica sana que permite distinguir texto de baja calidad producido en masa de auténticas obras de arte destinadas a pasar a la posteridad. Y es importante diferenciar los medios de crítica. La reseña media de páginas como Amazon o similares no suele más que una opinión de consumidor, mientras que otros medios especializados se centran más en una crítica elaborada y razonada del libro. O debería ser así, ya que la crítica profesional y la opinión media en internet (ya sea a través de páginas de compra, blogs o redes sociales) mantienen límites de distinción cada vez más difusos.

Y si reflexionamos más sobre el asunto, podríamos preguntarnos… ¿y si esas mismas críticas negativas son las que impulsan a comprar una obra? ¿Cuántos de vosotros habéis hojeado Crepúsculo, intrigados por la acumulación de mala leche en su contra? A veces, nos puede más el “¿será tan malo como dicen?” que el “¿será tan estupendo como aseguran?”. La curiosidad y el morbo son factores poderosos a tener en cuenta en el fastuoso mundo de la mercadotecnia. Sólo esto puede explicar el éxito de fenómenos como el tema “Friday” de Rebecca Black, la atracción de un vídeo de un niño alemán pegando gritos, o el hecho de que obras como Crepúsculo, la biografía de Miley Cyrus o El Código da Vinci, obras que encabezan la lista de peores obras en la biblioteca virtual GoodReads, sean también los más vendidos.

Autores relacionados:
Christopher Paolini
Deborah Harkness
George R. R. Martin
Joanne Kathleen Rowling
Kathryn Stockett

El renacimiento del blog y la nueva crítica juvenil

12 de febrero de 2012 en Infantil, Juvenil, Literatura

Blog de crítica juvenil

Hace un año o dos, seguramente coincidiendo con el crecimiento más intenso de páginas como Facebook o aplicaciones como Twitter, escuché la frase “las redes sociales han matado al blog”. Revisando las estadísticas de blogs propios y ajenos, era inevitable que la frase tenía gran parte de razón: desde nuestra mudanza a las redes sociales, amigos, conocidos y lectores nos buscaban para un contacto más directo y espontáneo que el que ofrecía un listado de artículos con mucho texto, pocas imágenes y cierta tendencia a la verbofagia. Las andanzas y reflexiones cotidianas, de mayor o menor interés, pasaban de la parrafada a una cómodas entregas al minuto de menos de 140 caracteres. A excepción de los grandes blogs, que ya tenían una masa crítica de público fiel, o se centraban en temática especializada que las redes sociales no podían suplir, la lectura del post se reducía de manera alarmante, demostrando una vez más que vivimos en una cultura de inmediatez, de información concentrada expulsada a velocidades de vértigo desde todas las direcciones.

Esta tendencia de abandono parecía afectar también a blogs especializados de crítica literaria. En la época de auge del blog, hace cinco o seis años, las bitácoras de reseñas se seguían con asiduidad, ya que eran una fuente excelente de recomendaciones y valoración. La crítica profesional perdía, poco a poco, atractivo; el lector quería saber qué libros gustaban a otros que compartían sus gustos y preferencias. De nuevo, con la llegada de la revolución de las redes sociales, estos blogs especializados perdían lectores, que emigraban hacia los grupos y la comunicación masiva que ofrecían productos como Lecturalia o Goodreads. En contraposición, surge una nueva generación de blogs y de blogueros: las bitácoras de literatura juvenil.

El poder que empiezan a ostentar estas bitácoras es más que evidente, si bien editoriales y promotores parecen obviarlo, empeñándose en repartir paquetes de prensa a medios que poco interesan y poco afectan al público objetivo de este género. El mercado de la lectura juvenil está en constante crecimiento gracias al éxito de sagas como Crepúsculo, Los juegos del hambre o Harry Potter, debido a un grupo de población gigantesco que de repente descubre que leer puede ser muy divertido. Y el adolescente medio no recurre a las revistas especializadas para averiguar qué libros podrían interesarle, más que nada porque dichas revistas no atienden a sus necesidades. Hay pocas, si las hay, publicaciones que reflejen las necesidades críticas del género juvenil, por lo que son los propios lectores quienes han asumido el papel necesario. Sus reseñas con frecuencia son, como cabe esperar, limitadas, repletas de faltas de ortografía e hinchadas de emoticonos, bailando en páginas web de dudoso diseño, a falta de correctores, formación especializada, diseñadores y asesores de mercadotecnia (si bien existen algunas sorprendentemente profesionales). Sin embargo, recuperan aquello que los profesionales parecen haber olvidado: cómo analizar de manera eficiente un libro, reconocer incoherencias y fallos estructurales, examinar personajes y, sobre todo, cómo entusiasmarse ante el puro placer de leer y descubrir mundos nuevos.

Cómo no criticar un libro

30 de julio de 2011 en Ensayo, Literatura

Crítica literaria

A lo largo de la historia, la actitud del lector público, aquel que marcaba la opinión sobre una obra escrita, el que producía una valoración o lo lanzaba al mercado (o a su equivalente en cada momento histórico), ha variado considerablemente. Esta figura, conocida hoy como la figura del crítico, ha cumplido siempre una función primordial en la compleja relación autor-libro-lector, sobre todo en tiempos más recientes en los que la sobreproducción editorial es más que evidente, y en los que como lectores disponemos de una cantidad inmensa (tal vez demasiados) de textos entre los que escoger.

En un artículo reciente de Robert Pinsky para la publicación estadounidense Slate, se nos recuerdan tres reglas doradas que se han venido sugiriendo para las reseñas de libros desde el propio Aristóteles. Pinsky las define así:

1.Toda reseña debe decirnos de qué trata el libro.
2.Toda reseña debe decirnos qué dice el autor del libro sobre aquello de lo que trata el libro.
3.Toda reseña debe indicar qué piensa el reseñador o crítico sobre lo que dice el autor del libro sobre aquello que trata el libro.

Cualquier profesional de la crítica académica (en la que pueden interesar más otros aspectos formales o narrativos, por ejemplo) podría ponerle peros a estas supuestas reglas de oro, pero para la reseña periodística suele necesitarse de estas claves. La sorpresa de Pinsky en Slate surgía cuando descubría que rara vez veía que éstas se cumplieran completamente, prefiriendo muchos críticos lucir su talento literario, desviándose por caminos de sorna y desprecio ingenioso hacia el objeto de su análisis en vez de centrarse en lo que al lector (y comprador) podría interesarle, es decir: de qué va el libro, cómo lo enfoca el autor y, finalmente, si el libro merece la pena (o el precio de treinta euros en tapa dura).

Personalmente, añadiría que el aspecto valorativo de la reseña, fuera de su función de mercado, no es siempre estrictamente necesaria, y añade cierta virulencia a muchos textos críticos que puede ser del todo injusta y casi personal. En ese sentido adaptaría una idea que suele promoverse en la crítica de arte (otra cosa, claro, es que se lleve a cabo en el ámbito artístico), que insiste en su papel como mediadora entre el objeto artístico y el receptor, funcionando como herramienta de conocimiento. Es decir, si el crítico literario invirtiera más tiempo desgranando niveles de sentido, analizando formas y personajes y, en general, aclarando la lectura para hacérsela más provechosa al receptor; y menos tiempo alabando o insultando las habilidades del escritor, obtendríamos, posiblemente, una crítica más provechosa, y muchísimo más objetiva. Tal vez un encuentro feliz entre la crítica académica y la periodística podría proporcionarnos textos ideales; reseñas explicativas en un lenguaje comprensible para el lector medio. O tal vez la respuesta sea aun más sencilla, y sólo se trata de conseguir que críticos, reseñadores y similares consigan dejarse el ego en la puerta cada vez que se sienten a hablarnos al resto de un libro.

Extraños subgéneros: la asombrosa literatura de la metacrítica

10 de abril de 2011 en Autores, Literatura

Critica literaria

Todos hemos oído en alguna ocasión la expresión cualquier publicidad es buena, o es bueno que hablen de ti, aunque sea mal. Numerosos estudios han demostrado que, a nivel comercial, estas máximas pueden cumplirse. La publicidad, aunque sea negativa, acerca de un producto poco o nada conocido, le confiere fama, y el carácter positivo o negativo de dicha fama no es necesariamente recordado por el consumidor una vez se encuentra delante de éste. Algo parecido puede pasar con los libros (un caso muy distinto sería el de libros muy conocidos que adquieren una fuerte publicidad negativa que actúa en su contra, aunque dudo que el polémico libro de Ana Rosa Quintana perdiese ventas tras su acusación de plagio).

Recientemente, esta mala publicidad llega, además, de las manos de los propios escritores. Toda persona que haya lanzado al arriesgado mercado de lo público algo que haya escrito con sus propias manos conoce el atroz miedo a una mala reseña, y el sentimiento de frustración e impotencia ante la mala crítica que, inevitablemente, suele venir de alguna u otra fuente. No es necesario ser vilipendiado en The Times, basta con una palabra poco considerada de un amigo o familiar. El problema surge cuando el escritor, en vez de sufrir su desilusión en silencio, decide compartir con el mundo su ira, dirigiéndola habitualmente contra el responsable de la crítica.

Éste ha sido el caso de la escritora Jacqueline Howett, cuya novela autoeditada The Greek Seaman (El marino griego) obtuvo una crítica poco favorable por parte del blog Big Al’s Books and Pals. Howett contestó a dicha reseña de manera soez y poco profesional. Todo habría quedado en una simple pataleta de autor de no ser por las nuevas y fantásticas posibilidades de Internet: Twitter, Facebook y la blogosfera anglosajona se ocuparon de que Howett pasara de la oscuridad literaria a la fama más embarazosa, partiendo de una serie de comentarios inmaduros en una página web casi desconocida. Este quite y desquite entre autor y crítico no es, en absoluto, algo nuevo, lo que sí lo es es la posibilidad de promoción que pueden recibir sus entretenidos forcejeos gracias a la web 2.0. Algunos autores han llevado estas rencillas hasta el nivel de lo personal de manera ridícula (y peligrosa); la escritora Alice Hoffman, tras una reseña negativa en el Boston Globe, puso en su Twitter el nombre, email y número de teléfono del reseñador para que sus fans pudiesen molestarlo personalmente. Está por ver si las novelas de Howett y de Hoffman se ven beneficiadas por esta línea de acción. Es muy posible que así sea. En estos momentos de saturación de información, en los que lo que ayer era relevante hoy no tiene más importancia que un cotilleo olvidado, es muy probable que los lectores recuerden el nombre de Howett, por ejemplo, sin recordar por qué les es familiar, lo que resultaría en un crecimiento exponencial de ventas para una obra que, sinceramente, no merecía tanta prensa.

Autores relacionados:
Alice Hoffman

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