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Entradas con etiqueta ‘Crítica literaria’

La mujer escondida

3 de abril de 2013 en Autores, Literatura, Narrativa

George Eliot

En una carta que le escribió Charles Dickens a George Eliot en 1858, el primero indicaba cierta sospecha acerca del sexo de la persona que se escondía tras el pseudónimo de Eliot. Dickens expresaba que, aunque se dirigía al creador de algunas de sus obras favoritas en masculino, ya que este elegía definirse como tal, no podía dejar de notar que su texto estaba lleno de una exquisita verdad y delicadeza. Decía que si estas ficciones emocionantes no provenían de la mano de una mujer, creía que ningún hombre ha tenido hasta ahora el arte de hacerse a sí mismo, mentalmente, tan como una mujer, desde el inicio del tiempo.

Desconozco si Dickens sabía entonces, a ciencia cierta, que George Eliot era el nombre literario de Mary Anne Evans. Tal vez sus afirmaciones no eran más que excusas para poder dirigirse con pleno conocimiento de causa a la autora, o puede que realmente reconociera a una pluma femenina tras el seudónimo y pretendía satisfacer su curiosidad. La prosa de Eliot no es, ni mucho menos, una prosa asociada a una autora tradicional de su tiempo, en un siglo XIX donde la gran mayoría de las escritoras creaban textos románticos dirigidos a lectoras de igual disposición; sino que se acerca mucho más al realismo psicológico y social de los grandes escritores masculinos de su tiempo: desde el propio Dickens a otros como Zola en Francia o Pérez Galdós en España. No obstante, es posible que ciertos giros de lenguaje, la insistencia en determinados detalles o su análisis concienzudo del entorno de la familia (un contexto tan propio de la mujer de la época, cuyo núcleo de acción era el hogar) la traicionaran y la terminaran por incluir en ese apartado distinto, lleno de prejuicios para lectores, que pertenece a la mujer escritora.

Claro que entre aquel 1858 y nuestro 2013 ha llovido bastante. Llegaron y se fueron (tal vez) las escritoras que reivindicaban el lenguaje femenino, la libertad de poder usar un idioma emocional y representativo que eliminara tabúes y eufemismos, que pudiera trasladar a palabras el rico vocabulario gestual y sensorial de un sexo que se declaraba lingüísticamente independiente, políticamente orgulloso y que a la vez llevaba al ojo público lo que definía como característico de la feminidad (aquí, por ejemplo, la maternidad se convirtió en el ojo del huracán del nuevo discurso, un centro al que regresar, como un punto en común inamovible). El postmodernismo y la deconstrucción condujeron a la evaluación de este lenguaje femenino con varios filtros, con desconfianza, y finalmente acabamos por llegar a un punto donde la escritora y el escritor contemporáneo pueden confundirse, pueden interpretarse. En un juego de identidades, y como respuesta a las polémicas declaraciones de Naipaul de las que ya hablamos, que defendía el texto literario masculino como texto superior, el periódico británico The Guardian se atrevió en su momento a jugar con sus lectores y los invitó a intentar identificar el sexo de los autores de varios extractos que publicaron en su página web. Fue un juego en el que pocos acertaron.

Y a pesar de esta igualdad, esta equivalencia (por mucho que siga habiendo literatura para mujeres y literatura para hombres), uno no puede dejar de maravillarse cuando lee a los personajes femeninos de Jonathan Franzen, por ejemplo, que consigue introducirse a profundidades insalvables en la psique de sus mujeres, en toda su compleja autodestrucción y esperanza y sexualidad ambigua (exactamente la misma compleja autodestrucción y esperanza y sexualidad ambigua de sus personajes masculinos, pero a la vez tan diferente y reconocible). No obstante, la última vez que miré en la Wikipedia, Franzen era hombre (aunque uno no debería fiarse de la Wikipedia, y si no que se lo pregunten a Philip Roth).

¿Y vosotros? ¿Qué autores creéis que pueden construir personajes femeninos de manera totalmente creíble? ¿Qué autoras ofrecen personajes masculinos de verosimilitud absoluta? ¿Creéis que puede existir una escritura femenina, una escritura masculina, o que los tiempos acabarán por homogeneizar los discursos? No hacemos más que abrir otra puerta en una discusión peliaguda que lleva tiempo realizándose en el ámbito de la teoría literaria, pero nos encantaría conocer vuestras opiniones.

Autores relacionados:
Benito Pérez Galdós
Charles Dickens
Émile Zola
George Eliot
Jonathan Franzen

Las joyas (descatalogadas) de la serpiente (II)

18 de febrero de 2013 en Autores, Ciencia-Ficción, Terror

Joyas de la serpiente

Como veíamos en la entrega anterior, elaborar un canon de la literatura fantástica española es una tarea condenada al fracaso, entre otras cosas porque muchas de las obras que lo integrarían están descatalogadas, e incluso inencontrables en los mercadillos y librerías de segunda mano, reales o virtuales. Es una verdadera lástima, porque las nuevas generaciones de lectores se están perdiendo una buena cantidad de obras que no solo les sorprenderían sino que también podrían influir en su manera de valorar el género e, incluso (y aquí tiro con bala, y que me entienda quien quiera), de escribirlo.

Ya hemos hablado de una obra de Alfonso Sastre, un dramaturgo adscrito a la corriente realista y con buena reputación en el stablishment, y de otra de Gabriel Bermúdez, un gran autor cuyos dos grandes pecados han consistido en publicar en colecciones especializadas y en adelantarse un par de décadas al resto de la ciencia ficción española.

Las joyas de la serpiente fue la primera novela publicada de Pilar Pedraza, una autora que no necesita presentación. Quería hablar de la que considero su mejor obra, La fase del rubí, pero mientras me documentaba para este artículo descubrí que Valdemar la reeditó hace tres años. Lo lógico sería que la editorial madrileña hiciera otro tanto con Las joyas de la serpiente, cuya primera publicación data de 1984, y que nos muestra una trama de dobles, ambigüedad sexual, pasiones ocultas, mucho morbo, pulsiones reptilianas, vampirismo, tradiciones orales y ambientación histórica (un siglo xvii que parece sacado de una película del Visconti, el Fellini o el Pasolini más desatados). El periplo amoroso y sexual de Bartolomé por una ciudad castellana indefinible y onírica (¿Toledo? ¿Salamanca?) lo enfrenta a sus fantasmas interiores, y produce escenas cuya insania es de tal calibre que solo se ha podido leer en otras obras de la autora. Pedraza nos ofrece un vanitas al estilo de la pintura de la época (Juan de Valdés Leal, por ejemplo) y prefigura un estilo personal y arrebatador que nos ha deleitado durante treinta años, y la ha confirmado como uno de los puntos de referencia del terror español, tanto en el campo narrativo como en el ensayístico. Y todo, absolutamente todo eso, comenzó con esta Las joyas de la serpiente, hoy descatalogada y, sin duda, al nivel de La fase del rubí o Paisaje con reptiles.

Por último, un título que seguramente esté condenado a permanecer descatalogado de manera indefinida, ya que su autor falleció en 2011 y, hasta donde se sabe, no ha dejado herederos: El enfrentamiento, de Juan Carlos Planells. Publicada en 1996 por Miraguano, fue escrita al menos quince años antes, ya que el autor la mencionaba en un ensayo sobre Philip K. Dick que apareció en el número 145 de la mítica revista Nueva Dimensión, en 1982. El propio autor era consciente de las similitudes con una de las obras cumbre de Dick, El hombre en el castillo, aunque cambiando ligeramente el escenario. El enfrentamiento nos ofrece varias tramas de universos paralelos cuyas acciones transcurren siempre en Barcelona, ya sea la ciudad ocupada por unos nazis que ganaron la segunda guerra mundial, ya sea la que padece los designios de un dictador llamado Ronald Reagan que prohíbe escribir ficción (y aquí tenemos ecos de otra novela de Dick, Radio Libre Albemuth, y de la paranoia del autor estadounidense con el presidente Nixon), ya sea la de hoy en día. Planells remata una más que estimable novela de universos paralelos con un verdadero ensayo novelado sobre la evolución de la cultura popular en la Barcelona del franquismo. En 1997 apareció lo que hoy llamaríamos un spin-off, el relato Una oveja negra y varios lobos, ambientado en el mismo marco referencial.

Por el momento lo dejo aquí, pero seguro que habrá más joyas descatalogadas de las que hablar.

Autores relacionados:
Juan Carlos Planells
Pilar Pedraza
Libros relacionados:
El enfrentamiento
Las joyas de la serpiente

Cuatro tópicos del terror, revisados (¡y descatalogados!)

11 de febrero de 2013 en Autores, Literatura, Terror

Frankenstein unbound

De un lustro a esta parte, parece que el género de terror les ha ganado la partida a sus hermanitas venidas a menos, la fantasía y la ciencia ficción, por una serie de motivos que sería muy interesante discutir pero que me dejarían sin espacio para esta entrada. (No obstante, si ustedes gustan, pueden hablar de ello en los comentarios.) La proliferación de zombis y vampiros ha barrido de los escaparates a los jóvenes magos y las fieles espadas triunfadoras, aunque la proliferación de distopías con adolescentes implicados en variantes más o menos (generalmente, menos) originales de Los Juegos del Hambre hace prever un repunte de la ciencia ficción. Por todo ello podría parecer que ya se ha editado y se ha reeditado todito el material relacionado con los tópicos al uso de la literatura de terror.

Nada más lejos de la realidad. La sobresaturación de la oferta ha hecho que nos olvidemos de algunas novelas más que respetables que no se han reeditado ni aun a la estela de los crepúsculos y muertos andantes de rigor. Pongo solo cuatro ejemplos.

Por solera y antigüedad, lo justo sería comenzar con Más oscuro de lo que pensáis, de Jack Williamson, uno de los clasicazos de la Edad de Oro de la ciencia ficción (apareció nada menos que en 1940). Esta novela nos habla de los hombres lobo desde un punto de vista entre místico y mistérico, bastante alejado de la testosterona al uso con que se ha popularizado últimamente tan popular y peluda figura (pero ¡por favor!, si parece que todos son una banda de moteros traficantes de MDMA). ¿Que se ha quedado un poquito anticuada? Pues claro que sí, a quién vamos a engañar, pero que lleva sin reeditarse desde 1990 y ya va tocando que algún editor diligente la rescate, pues también.

Otra obra que no se reedita desde 1990, aunque ha visto alguna que otra reimpresión, es Frankenstein desencadenado, de Brian W. Aldiss (1973), que sirvió de base para una película de Roger Corman que era una auténtica ida de olla. Aldiss se apuntó una de sus novelas más extrañas (que ya es decir), un jalón más de su revisión de clichés del género fantástico británico victoriano (que lo llevaron a escribir monumentos como La otra isla del doctor Moreau o El árbol de saliva). En esta novela le mete mano a la relación entre Mary Shelley y su monstruo, con idas y venidas espaciotemporales y, en resumen, un escenario completamente alejado de la estética decimonónica que se le suele adjudicar al moderno Prometeo.

Puede que Un poco de tu sangre (1961) no sea la mejor novela de Theodore Sturgeon, el genial autor de dos de las novelas clave de la ciencia ficción, Los cristales soñadores y Más que humano, y probablemente uno de los mejores cuentistas que ha dado el siglo xx, sin distinción de género literario ni nacionalidad. No obstante, se trata de una novela sorprendente, elaborada en forma de sesiones entre un militar retirado del servicio y su psiquiatra. ¿Les suena a Entrevista con el vampiro? Pues sí, pero no. Para empezar, se adelanta en quince años a Anne Rice. Para seguir, la ambientación es contemporánea y en clave manifiestamente realista. Y, para terminar, la conclusión es de las que le revuelven las tripas incluso al lector menos timorato (no conviene leerla durante esos días). Todavía no se ha editado en español como novela independiente (apareció de tapadillo en una recopilación de relatos apadrinados por Alfred Hitchcock), y de verdad que merece la pena.

Dejo para el final la temática estrella del género de terror en los últimos años: los zombis. Para ello, nada mejor que hablar de Ojos verdes, de Lucius Shepard (1986), que editó la fenecida Júcar allá por 1989, con bastante éxito de crítica. Shepard venía a hacer con la temática zombi lo mismo que había hecho Richard Matheson con la vampírica en Soy leyenda: darle una explicación científica. A semejanza de Un poco de tu sangre, también ahonda en las sesiones clínicas entre sujeto experimental (Donnell) y terapeuta (Jocundra), aunque con una estética próxima a lo que ahora llamaríamos thriller científico. Dada la sobrexplotación que ha sufrido la temática zombi, no se entiende que no la haya reeditado algún editor con dos dedos de frente. Venga ya, pero si le da cien vueltas al ochenta por ciento de lo que se está publicando ahora mismo…

Autores relacionados:
Brian Aldiss
Jack Williamson
Lucius Shepard
Richard Matheson
Theodore Sturgeon
Libros relacionados:
Frankenstein desencadenado
Más oscuro de lo que pensáis
Ojos verdes
Soy leyenda
Un poco de tu sangre

Los libros que cambian con nosotros

4 de febrero de 2013 en Autores, Literatura

Casa de Bernarda Alba

Recuerdo con claridad un examen de comentario de texto que realicé hace tiempo, cuando BUP y COU todavía existían. Podíamos elegir entre tres textos clásicos de literatura española: un poema de Lorca, otro de Bécquer y un soneto de Quevedo. Elegí a Quevedo, más que nada porque Bécquer ya me sentaba mal al estómago tras una sobredosis adolescente de sus Rimas y leyendas y porque aquello del mas polvo enamorado me parecía una de los versos más hermosos que hubiera leído nunca. Ni me planteé hablar de Lorca. Tantos colorines, figuras y palabras cortas y malsonantes me resultaban zafios y obtusos. Lorca era inaccesible para mí, en su aparente simpleza formal.

Años más tarde, tuve que memorizar a Lorca en un taller de teatro, donde ensayábamos La casa de Bernarda Alba. No me resultó tan desagradable. En la facultad, me vi obligada a estudiar El público, y empecé a darme cuenta, esta vez de verdad, de todo lo que había escondido debajo de aquellas formas en apariencia ridículas y simplonas. Del mismo modo que muchos teóricos argumentarían que Quevedo es más complejo que Góngora, por el trastocamiento de la esencia misma del significado, hoy en día yo argumentaría que el texto de Lorca era, en aquel examen, el más complicado, con diferencia. Muchos diréis que era obvio.

Para esto han tenido que pasar años, y todo lo que he leído me ha influido y ha modificado mi perspectiva. Me pregunto qué ocurriría si releyese tantas de esas obras que me aburrieron en mi adolescencia, o si volviera a coger aquellos libros que en su momento me fascinaron. Algunos, como he podido comprobar, no han sobrevivido muy bien al paso del tiempo; sobre todo al paso de mi tiempo. En un artículo reciente para la web estadounidense NPR, el escritor Kevin Smokler habló del año que pasó releyendo a los clásicos que había consumido, por obligación casi siempre, en el colegio. La relectura le abrió los ojos. Vio, y entendió, de una forma muy diferente El guardián entre el centeno, La letra escarlata, o El gran Gatsby. Para Smokler, para mí, e imagino que para la mayoría de los lectores, no es solo una cuestión de edad y experiencia, sino de la percepción expandida de leer lo que ya conocemos. Todos tenemos libros que cogemos una y otra vez, que nunca dejan de sorprendernos, de ofrecernos nuevos detalles, y por esta razón se prestan tan bien al redescubrimiento obras largas y llenas de detalle como Sueño en el Pabellón Rojo, El señor de los anillos o El Quijote. Tal vez en unos años releyamos a G. R. R. Martin y nos resulten de repente interesantes sus detalladas descripciones de comida, o retomemos a Joyce y cobren sentido algunas de aquellas exclamaciones a la orilla de un río en Finnegan’s Wake. Las relecturas no solo nos hablan de los libros, y de todo aquello que nos perdimos (o que ganamos) en su momento, sino de cómo hemos cambiado nosotros mismos.

Me encantaría saber cuáles son los títulos que os habéis reencontrado, ahora, muchos años después, y si han significado para vosotros algo muy diferente a cuando los leísteis originalmente. ¿Qué habéis descubierto que antes no estaba allí? ¿En qué ha cambiado la obra, desde que habéis cambiado vosotros? Esperamos vuestra respuesta, como siempre, en los comentarios.

Autores relacionados:
Federico García Lorca
Francisco Gómez de Quevedo y Santibáñez Villegas
George R. R. Martin
Gustavo Adolfo Bécquer
James Joyce
Libros relacionados:
El gran Gatsby
El guardián entre el centeno
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
El señor de los anillos
Finnegans Wake

Las interpretaciones menos conocidas de textos muy conocidos (II)

25 de enero de 2013 en Autores, best-seller, Literatura

Alicia País de las Maravillas matemáticas

En la primera parte de este artículo os hablábamos de algunas teorías e interpretaciones curiosas que rodeaban a algunos textos literarios muy famosos. Como podréis imaginar, hay unas cuantas más, y de nuevo nos quedamos con las que nos resultan más interesantes.

Es muy probable que hayáis escuchado o leído alguna interpretación política o social acerca de la obra más importante de J. R. R. Tolkien, El señor de los anillos. La más popular es seguramente aquella que insiste en que todo el libro es una gran metáfora de la Segunda Guerra Mundial, y que el Anillo Único de Sauron que tantos quebraderos de cabeza le proporciona al pobre Frodo es, realmente, la bomba atómica. Si bien esta interpretación se presta además a una elaboración muy detallada (las equivalencias entre las regiones de la Tierra Media y la Europa de la época pueden llegar a ser bastante convincentes), el propio Tolkien negó en rotundo que su obra estuviera basada en la guerra. Insistió en que comenzó a escribirla mucho antes de que empezaran los conflictos bélicos, y que de hecho aborrecía las alegorías literarias en general, por lo que había intentado concebir un mundo que existiera por sí mismo, lejos de símiles y comparaciones. Está claro que nadie escribe desde el vacío, y que el contexto histórico y social influye a un escritor hasta cierto punto, lo quiera o no, pero es muy diferente que escriba una obra con un significado concreto en mente, que en el caso de Tolkien no fue así, o por lo menos es lo que asegura el autor de fantasía épica.

Para terminar con esta lista de interpretaciones curiosas, nos quedamos con una de las obras que más quebraderos de cabeza le ha proporcionado a críticos y teóricos a lo largo de los últimos 148 años: Alicia en el país de las maravillas, del reverendo Charles Lutwidge Dodgson, más conocido como Lewis Carroll. Por lo general se ha especulado acerca de la calidad y tipo de drogas que pudieron influir en la creación de un texto tan surrealista y absurdo, pero hay dos teorías que han cobrado bastante fuerza en los últimos tiempos. Ambas tienen bastante sentido, pero le confieren una nota aún más extraña a esta obra supuestamente infantil. Por un lado, Carina Garland indica que el mundo entero creado por Carroll en este texto se expresa a través de representaciones de comida y apetito. Alicia se mueve por impulsos de hambre, y conforme crece o disminuye en tamaño su relación con las demás criaturas varía, sube y baja en la cadena alimenticia. Hay muchas referencias al canibalismo, ya que los animales de la historia se alimentan de otros animales tan antropomórficos como ellos. Garland concluye asimismo que la sonrisa del Gato de Cheshire es un recordatorio carnívoro de nuestra propia mortalidad. ¿Curioso, verdad? Pues no tan curioso como la segunda teoría.

Para otros teóricos, la historia de Alicia no es más que un gran compendio de nociones matemáticas. Ya sea una sátira, donde Carroll se burlaba de las nuevas tendencias matemáticas que comenzaban a surgir en su tiempo (sobre todo aquellas que se referían a las geometrías no euclídeas), o un estudio real que alabase las posibilidades de esta nueva clase de matemáticas, aparecen a lo largo del texto todo tipo de conceptos relacionados con este campo de saber: el límite de una función, sistemas de numeración diferentes a la decimal, cambio de variables… No hay que olvidar que, ante todo, Carroll era científico. Incluso hubo rumores (si bien Carroll los negó en varias ocasiones) de que cuando la reina de Inglaterra terminó de leer su obra infantil y expresó su deseo de recibir más libros de este escritor tan maravilloso, este le envió uno de sus tratados matemáticos.

¿Qué otras interpretaciones extrañas y alternativas conocéis de textos famosos? Esperamos vuestra aportación, como siempre, en los comentarios.

Autores relacionados:
John Ronald Reuel Tolkien
Lewis Carroll
Libros relacionados:
Alicia en el país de las maravillas
El señor de los anillos

Las interpretaciones menos conocidas de textos muy conocidos (I)

23 de enero de 2013 en Autores, best-seller, Literatura

Sherlock Watson

Las teorías de la conspiración no se aplican solo al mundo político y económico; cualquiera que le haya echado un simple vistazo al mundo de la crítica literaria (sobre todo a la académica) se habrá dado cuenta de que este está repleto de hermenéutica un tanto cogida por los pelos, por no decir absurda. No obstante, algunas de estas interpretaciones nos hacen dudar, ya que tienen cierta lógica retorcida, o directamente nos hacen reír. A continuación os enunciaré las más disparatadas, curiosas e intrigantes que he podido encontrar.

Tal vez mi favorita sea la que desarrolló un grupo de psicólogos acerca de Winnie The Pooh, ese entrañable osito que vive en un mundo idílico rodeado de amiguitos que son, como él, peluches en forma de animales que conviven con el niño Christopher Robin. La publicación científica Canadian Medical Investigation Journal presentó un artículo en el año 2000 en el que diagnosticaba a cada uno de los miembros de este feliz mundo con una dolencia mental: Pooh tenía un caso severo de déficit de atención; Piglet sufría de ansiedad; el burrito Eeyore, por supuesto, era depresivo; Tigger era hiperactivo y el dulce Christopher Robin mostraba predisposición a sufrir problemas de identidad sexual.

Otra teoría que no deja de ser llamativa es la que propuso la página web estadounidense Cracked. Si bien este sitio es de humor, y no hay que tomárselo demasiado en serio, la idea tiene su gracia: Hogwarts es todo un producto de la imaginación de Harry Potter. Potter es en realidad un niño maltratado, que crea un mundo de fantasía en su mente para evadirse de su dura realidad; las tropecientas veces que Harry acaba en la enfermería por heridas relacionadas con grandes batallas mágicas son en realidad el resultado de las palizas recibidas por parte de familiares abusivos. Una teoría, como veis, de lo más deprimente.

La teoría más popular, sobre todo ahora que tenemos tantas versiones de cine y televisión interpretadas por actores jóvenes y atractivos, es aquella que insiste en la relación homosexual entre los personajes de Conan Doyle: Sherlock Holmes y su fiel Watson. Los aficionados a esta teoría insisten en el subtexto, en esa lectura entre líneas de dos hombres que vivían juntos y adoraban su mutua compañía, por mucho que uno de ellos terminara por casarse (aun así, su relación con Holmes no cambiaba) y que el otro manifestara cierto interés por una de las pocas mentes que pudo vencer a la suya: la fabulosa Irene Adler. No obstante, el interés de Holmes por Adler parece ser meramente platónico y de sincera admiración; parece más interesado, en un sentido casi pasional, por su némesis Moriarty. Holmes rechaza la presencia de mujeres en su vida por una razón fría y lógica: considera que serían una distracción para su trabajo, lo cual implica que el sexo femenino sí tiene poder, en teoría, para distraerlo, para interesarlo. Watson sería un compañero ideal para sus pesquisas intelectuales, al no despertarle la más mínima emoción. Aun así, las interpretaciones más recientes de la obra de Conan Doyle, aquellas que hemos visto últimamente en la gran y pequeña pantalla, juegan con descaro con las inferencias contemporáneas de dos hombres que viven y trabajan juntos y que demuestran poco o escaso interés en el sexo opuesto. Toda una herramienta de guionistas modernos, sin duda, pero os dejo un pequeñísimo detalle de lo más curioso: hay teorías que apuntan a que el responsable de que Conan Doyle no abandonara a su personaje más conocido tras la publicación de Estudio en escarlata fue Oscar Wilde, tras un encuentro en el hotel Langham de Londres. El encuentro fue para cenar con un editor estadounidense, pero parece ser que ambos escritores quedaron encantados el uno con el otro, y que se inspiraron mutuamente.

En la segunda parte del artículo os hablaremos de más interpretaciones y teorías llamativas acerca de libros muy conocidos.

Autores relacionados:
Arthur Conan Doyle
Oscar Wilde
Libros relacionados:
Harry Potter y la piedra filosofal
Historias de Winny de Puh

Los diez finales de libros más odiosos (III)

4 de enero de 2013 en Autores, best-seller, Literatura

El Ocho

Seguimos con nuestra serie de finales menos queridos o directamente, odiosos. Os recordamos que hay que tener cuidado con los spoilers.

-El ocho, de Katherine Neville. No hubo muchos lectores que se quedaran satisfechos con la conclusión de esta novela, que muchos han definido como una versión quiero y no puedo de las mejores obras de intriga de Umberto Eco. Mucho antes de que apareciera El Código da Vinci, Neville ya estaba escribiendo sobre conspiraciones a lo largo de la historia, todo en relación a un misterioso juego de ajedrez. Parece ser que su final, un tanto abierto, no terminaba de resolver las grandes preguntas de la novela, y que parecía destinado a tener una secuela que, efectivamente, llegó, si bien no apareció hasta veinte años más tarde (2008). Por lo que hemos podido averiguar, esta tampoco termina de resolver muchas de las cuestiones de la primera novela, y queda también abierta a una nueva entrega, que podría estar escribiendo Neville en estos momentos. Según la autora, fue su editor quien decidió que las piezas del extraordinario ajedrez de Montglane se enterraran al final de El ocho, en vez de destruirse, por si surgía una continuación a la historia, una resolución que no terminó de convencer a muchos fans del libro.

-El Club Dumas, de Arturo Pérez-Reverte. Aunque a nivel personal disfruté bastante del giro final de esta obra de Pérez-Reverte, por no hablar del juego que mantiene con el lector al utilizar dos tramas paralelas, para algunos lectores fue un final muy confuso y decepcionante, ya fuera porque esperaban una resolución más sencilla, que atara todos los cabos sueltos, o porque el elemento sobrenatural presente no fuera precisamente el esperado.

-Romeo y Julieta. En la mejor línea del teatro trágico, Shakespeare le dio una muerte de lo más patética y frustrante a sus dos amantes de Verona, víctimas tanto de dos familias enfrentadas como de su propia estupidez. Hay que admitir, desde luego, que su plan maestro para escapar de los suyos y poder vivir a sus anchas un amor prohibido tenía unas cuantas lagunas. En este sentido también se lleva una mención La Celestina, con premio de honor para la absurda caída de Calixto de una escalera.

-El Señor de los anillos. Mucha tinta se ha vertido a la hora de hablar del final de la obra magna de Tolkien; y mucha de esta ha sido muy negativa. Es difícil de asimilar que, después de tanto sufrimiento, tribulación y sacrificio, los personajes que han salvado a la Tierra Media no encuentren más que frialdad y problemas en su tierra de origen; tanto, de hecho, que los más relevantes deciden marcharse del mismo mundo que creían haber redimido. Algunos críticos han atribuido esta decisión narrativa a la experiencia como veterano de guerra del propio autor: él sabía que el regreso a casa no siempre iba acompañado de vítores y laureles. Tolkien se atrevió a continuar su novela mucho más allá del final de la gran aventura; hay muchas más páginas después de la destrucción del anillo, que para muchos aficionados han resultado tediosas y anticlimáticas.

Así concluimos nuestra lista de algunos de los finales más criticados por parte tanto de lectores aficionados como por profesionales. ¿Cuáles nos hemos dejado olvidados? ¿Cuáles incluiríais vosotros? Una vez más, esperamos vuestra aportación en los comentarios.

Autores relacionados:
Arturo Pérez-Reverte
John Ronald Reuel Tolkien
Katherine Neville
William Shakespeare
Libros relacionados:
El club Dumas
El ocho
El señor de los anillos
Romeo y Julieta

Los diez finales de libros más odiosos (II)

2 de enero de 2013 en Autores, best-seller

Las aventuras de Huckleberry Finn

Y continuamos con nuestra lista de finales odiosos. Como ya os contamos en la primera parte del artículo, hemos querido recopilar un conjunto de libros cuyos finales no terminaron de satisfacer a muchos de sus lectores. En algunos de estos casos, se trata de grandes libros cuyas conclusiones podrían considerarse más que adecuados para las historias que presentan, pero que dejan, por una razón o por otra, cierta sensación de frustración al terminar su lectura. Se trata de obras que han tenido críticas muy enfrentadas precisamente por estos finales complejos, no del gusto de todos:

-Adiós a las armas, de Ernest Hemingway: Parece ser que muchos lectores se sintieron decepcionados con la conclusión poco satisfactoria de esta obra. Como escribió un usuario de Amazon y de Goodreads este mismo año: El final, bueno, era simplemente estúpido. No había ninguna lección que pudiésemos aprender, ningún final feliz, nada que lo hiciera un buen libro. Es obvio que un libro no necesita un final positivo, del mismo modo que también es obvio que no se puede complacer a todo el mundo; de hecho, Hemingway escribió 47 finales diferentes para la obra.

-Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain. Para muchos, esta obra cambia de manera ilógica a partir de la segunda mitad, donde Huckleberry se reencuentra con su amigo Tom Sawyer y se modifica de manera extraña la relación de amistad y respeto que había creado con Jim. Ambos chavales se dedican a mofarse de Jim, como si de repente Twain decidiera convertir una fábula sobre la amistad más allá de las razas en una parodia. T. S Eliot argumentó que la novela da un giro en el momento en que Finn entra en el mundo cómico de Sawyer; sea como sea, la interpretación, el cambio de tono ha decepcionado a muchos lectores a lo largo de los años.

-Mujercitas, de Louisa May Alcott. Mujercitas nos dejó a todos cierto regusto amargo cuando la independiente y testaruda Jo rechazó a Laurie, su supuesta alma gemela. Y qué os vamos a contar que no sepáis, en Aquellas mujercitas nada se desarrolla como querría el lector: Beth muere, Amy se casa con Laurie, Meg convive como ángel del hogar con un señor de lo más aburrido y con poco dinero, y Jo… bueno, Jo se queda con un profesor de origen alemán del que poco sabemos, carente de carisma. Alcott pretendía romper con estereotipos y finales previsibles y lo consiguió; se negó a proporcionar historias de amor al uso y consideró que su personaje favorito debía escoger a un hombre menos interesante pero más adecuado a su personalidad y gusto. Con todo, resultaba, para el lector, un tanto decepcionante.

¿Qué opináis de estas obras en concreto? ¿Creéis que los finales estaban a la altura de los libros o consideráis que habrían merecido otro tipo de conclusión? ¿Qué otras obras querríais que hubieran acabado de una forma muy diferente? Esperamos vuestra aportación en los comentarios.

Autores relacionados:
Ernest Hemingway
Louisa May Alcott
Mark Twain
Libros relacionados:
Adiós a las armas
Aquellas mujercitas
Las aventuras de Huckleberry Finn
Mujercitas

Las antologías de ciencia ficción española (I)

31 de diciembre de 2012 en Ciencia-Ficción, Literatura

Antología de la ciencia ficción española

Una de las señales más claras de que un movimiento literario se ha asentado de manera definitiva llega cuando echa la vista atrás y comienza a hablar de sí mismo. El hecho de ser consciente de que hay una historia que merece la pena contar es el primer síntoma de que ese movimiento ya es mayor de edad. Claro que, mal mirado, esto es un poco lo que sucede con los discos de grandes éxitos: a partir de determinado momento, sale más a cuenta reeditar material viejo que producir material nuevo. En realidad, todo depende del color del cristal con que se mire.

La ciencia ficción española en formato breve (es decir, cuentos y novelas cortas) no es una excepción. Salvo tres de las Antologías de novelas de anticipación (en concreto, la VII, la IX y la XVII) que editó Acervo entre 1967 y 1972, y los dos volúmenes de la Antología de la ciencia ficción en lengua castellana que publicó Miguel Castellote Editor en 1973, el género apenas se aventuró fuera de las páginas de revistas y fanzines.

La autorreferencialidad, es decir, el deseo de recapitular y publicar en formato libro los buenos relatos del género, llega cuando Domingo Santos selecciona, allá por 1982, Lo mejor de la ciencia ficción española. Aunque siempre se le ha reprochado el haber dejado fuera a algún que otro autor que luego fue importante (Rafael Marín, Juan Miguel Aguilera o Elia Barceló, por ejemplo), lo cierto es que esa antología es un buen reflejo de lo que dio de sí la década de 1970, al menos la de la órbita de la mítica revista Nueva Dimensión… porque, claro, de lo que publicaban otras revistas como Zikkurath, ni rastro. La prolongación natural de esta antología llegó en 2003, cuando Julián Díez puso de manifiesto cuán satisfactorias habían sido las dos siguientes décadas (en particular, la de 1990) y nos dejó la modélica Antología de la ciencia ficción española. 1982-2002. También aparecieron otras dos recopilaciones, sin vocación de «lo mejor de» pero llenas de buenos relatos: la Antología 10 seleccionada por Julián Díez en 2004 y los Cuentos de ciencia ficción seleccionados por Miquel Barceló y Pedro Jorge Romero en 1998. Y, claro está, los buenos autores que habían estado escribiendo buenos relatos de ciencia ficción aprovecharon el cambio de milenio para publicar recopilaciones con material propio: Besos de alacrán, de León Arsenal; Sombras de todo tiempo, de Armando Boix; La sed de las panteras, de Rafael Marín; Callejones sin salida y Laberinto de espejos, de Rodolfo Martínez; Transformándose, de Ramón Muñoz, y alguna más.

Entiéndanme, no digo que no haya buenas novelas de ciencia ficción española (que las hay), sino que esta no se puede entender (ni bien ni mal: no se puede entender, y punto) si no se conocen los relatos que la convirtieron en un género estimable y literariamente sorprendente. Pero claro, la mayoría de aquellos fanzines y revistas ya han cerrado, y el mercado editorial es (¿lo es?) históricamente reacio a publicar libros de relatos, por lo que el ochenta por ciento de la buena ciencia ficción española está condenado a la invisibilidad.

De hecho, todas las antologías que acabo de recomendar se encuentran descatalogadas ahora mismo, así que, si no se las han leído o no conocen a sus autores, tendrán que hacer una auténtica prueba de fe y creerme: contienen algunos de los mejores cuentos españoles de los últimos años, con independencia del género literario al que se adscriben.

Autores relacionados:
Domingo Santos
Elia Barceló
Juan Miguel Aguilera
León Arsenal
Rafael Marín

Los cinco mejores finales de la ciencia ficción

19 de diciembre de 2012 en Autores, Ciencia-Ficción, Literatura

Muerte de la luz

En entradas anteriores hemos visto los diez finales de libro más odiosos de la historia de la literatura, esas magníficas (o dejémoslo en prometedoras) obras que iban muy bien, hasta que, de repente, un giro argumental mal planteado, un mal día por parte del autor o lo que doy en llamar el «efecto Spielberg» (adivinen por qué) los echa a perder en apenas una de página, o un párrafo, o incluso una línea. Estaremos más o menos de acuerdo con la elección de estos despropósitos, pero una cosa está clara: disuaden al lector de seguir leyendo más obras de los autores de marras, por mucho que nos gusten.

Pero también hay ejemplos del fenómeno contrario. Entiéndanme, no estoy hablando de novelas malas como un dolor que, de manera incomprensible, acaban bien, que las hay, y les voy a poner un ejemplo: El camino del trono, de Ange Guéro. Es una novela de fantasía épica que transcurre de manera anodina y predecible hasta que, en la última página, hay un giro argumental de esos que hacen que se te desencaje la mandíbula y te quedes con las ganas de leer las dos novelas siguientes de la trilogía de Ayesha. Pero claro, el truco consiste en eso: los autores se marcan un cliffhanger cojonudo para dejar al lector con ganas de más. Así cualquiera.

No, no. Estoy hablando de novelas autoconclusivas (aunque algunas acabaron convirtiéndose en sagas, en vista del éxito) que, con independencia de lo buenas que sean o dejen de ser, tienen finales simplemente perfectos, de los que pasarán a la historia de la literatura. Como soy muy «del terruño», haré patria con cinco ejemplos de novelas de ciencia ficción con final perfecto, que no feliz.

No creo que la capacidad de George R. R. Martin para dejar sus novelas en el punto culminante y dejarnos durante equis años royéndonos las uñas y los nudillos necesite presentación a estas alturas. De todos modos, hacerlo en una novela autoconclusiva (y, tratándose de Martin, sin cepillarse al protagonista… de manera expresa) tiene más mérito. Esto es lo que hizo el autor de Nueva Jersey en Muerte de la luz, su primera obra larga, que nos lleva a un escenario de space opera en el que se exploran los conceptos de amistad, amor y —sobre todo— honor (¡pero si parece el emblema de alguna casa de Poniente!) y tiene la inmensa virtud de dejar la acción en uno de esos momentos culminantes, llenos de tensión, que te ahorran algo tan obsceno como saber en qué acaba lo-que-durante-toda-la-novela-sabes-que-tenía-que-pasar. (Como verán, en esta entrada tengo que recurrir a todo tipo de elipsis, sobrentendidos y comentarios crípticos para no machacarlos a ustedes a spoilers).

El final de Pórtico es tan perfecto que habría que correr a gorrazos al bueno de Frederik Pohl por haberlo echado a perder escribiendo el resto de la (absolutamente innecesaria, créanme) saga de los Heechee. La sesión de psicoanálisis que enfrenta al explorador espacial Robinette Broadhead con su psicoanalista Sigfrid alcanza el punto culminante con el fabuloso discurso final de este último, una preciosa apología de la alegría de vivir que, por otro lado, también tiene su guasa que no venga de un ser humano sino de un robot. En mi mejor sentido hipotético, envidio a Pohl por habernos regalado ese final, en vez de haberlo dejado, en plan sus-vais-a-cagar-con-el-cliffhanger-que-se-me-ha-ocurrido, en el flashback final de la aciaga expedición que lo lleva de cabeza al psicoanalista, que es lo que habría hecho cualquier autor en su sano juicio.

La última frase de Ubik, de Philip K. Dick, ha sido parafraseada, repetida, citada y descontextualizada hasta la saciedad, pero no por ello deja de resultar menos efectiva; hasta el punto, fíjense ustedes, de que esta novela sea la favorita de los lectores de nuestro autor friki esquizofrénico favorito, por encima de Tiempo desarticulado, El hombre en el castillo, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, Una mirada a la oscuridad o Valis. Por otro lado, la cosa tiene el mérito añadido de que el último capítulo no deja de ser la típica sorpresa final que no añade ni quita nada al resto de la novela, que en realidad acaba en el penúltimo capítulo, y que solo gente como Fredric Brown o el propio Dick podrían convertir en algo original y arquetípico. La imagen con la que concluye Ubik consigue que nos olvidemos de la media docena de escenas memorables que contiene esta novela (ninguna de las cuales «homenajeó» Mateo Gil en el guion de Abre los ojos, mira tú por dónde).

Para finales poéticos de novela de ciencia ficción, el de Solaris, de Stanislaw Lem. La mejor novela sobre primer contacto con alienígenas (o, más bien, sobre contacto imposible con alienígenas) transcurre con descripciones poéticas del planeta inteligente Solaris, y de los monstruos que produce el sueño de la razón, el amor y el recuerdo de los científicos que se dejan la cordura en la nave espacial que orbita su mar coloidal. La excursión de Kris Kelvin a la superficie del planeta es pura poesía, pero la última frase, solo la última frase, contiene más literatura que el resto de la ciencia ficción que se produjo en todo el año 1962.

A modo de conclusión, y ya que el final de Soy leyenda, de Richard Matheson, queda explícito en el título de la novela y (por lo tanto) es un spoiler de la trama, citaré un hermoso final de una de las obras maestras desconocidas del género: La tierra permanece, de George R. Stewart. Esta novela postapocalíptica con toques rurales nos muestra una elegía a la naturaleza que se sobrepone a la desaparición de la humanidad de la única manera posible: con imparcialidad y sin rencores. Isherwood Williams ve desfilar ante sí el fin de la civilización tal como la conocemos, e intenta reconstruirla a pesar de que sabe que se trata de una tarea destinada al fracaso. Su claudicación final, repleta de lucidez y humildad, se basa en una cita bíblica, así que el mérito debería ser compartido, pero la manera en la que articula el discurso que nos lleva hasta esa hermosa e implacable frase es de las que te dejan boquiabierto y no puedes olvidar mientras vivas. Más que un final-final perfecto, lo que tenemos aquí es un capítulo final perfecto.

Autores relacionados:
Frederik Pohl
George R. R. Martin
George R. Stewart
Philip K. Dick
Richard Matheson
Libros relacionados:
La Tierra permanece
Muerte de la luz
Pórtico
Solaris
Soy leyenda

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