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Entradas de la categoría ‘Biografí­as’

A propósito de Trueque mental, de Robert Sheckley

30 de marzo de 2013 en Arte, Biografí­as, Ciencia-Ficción

Trueque mental

Una buena noticia para los aficionados a la ciencia ficción: RBA acaba de reeditar Trueque mental, una novela de Robert Sheckley (1928-2005) que no debería pasar desapercibida, y que debería leerse con algo más que la simpatía inherente que suscita el autor, y la condescendencia que otorga la etiqueta de clásico menor.

Pongo en antecedentes a quienes no conozcan a Sheckley. Allá por la década de 1950, la ciencia ficción vivió la llamada Edad de Plata gracias a publicaciones como la Galaxy que dirigía Horace H. Gold y The Magazine of Fantasy and Science Fiction de Anthony Boucher, que igualaron en capacidad de influencia y superaron en logros literarios a la mítica Astounding de J. W. Campbell. Los autores ya establecidos se dieron cuenta de que la ciencia ficción no solo podía ser un vehículo de transmisión de ideas sino también un medio para publicar buena literatura subversiva (en sus páginas se publicaron algunas de las mejores obras de Isaac Asimov o Theodore Sturgeon), y surgió una nueva generación de autores todoterreno, con un estilo muy depurado, una capacidad de fabulación asombrosa y un talento impresionante para la ficción breve.

A esta categoría pertenece Robert Sheckley, un judío de Brooklyn criado en un pueblecito de Nueva Jersey (como Marvin Flynn, el protagonista de Trueque mental) que venía de desarrollar un voluntariado en Corea justo antes de que estallase la guerra, y de ejercer toda la plétora de profesiones que suelen conformar al escritor medio estadounidense. Sheckley se pasó toda esa década publicando una obra maestra detrás de otra, a ser posible en Galaxy, cuya línea editorial parecía hecha a medida de su talento y sus aptitudes. Quien quiera leer esa sucesión milagrosa de relatos (los más destacados, Un pasaje a Tranai, Ciudadano del espacio o El motín del bote salvavidas) con los que le dio lustre a la ciencia ficción de la década de 1950 puede adquirir (de segunda mano, eso sí, ya que todas ellas están descatalogadas) recopilaciones como Ciudadano del espacio, Peregrinación a la Tierra, El arma definitiva o La séptima víctima, cuyo relato epónimo es el origen de todos los Battle Royale, Juegos del Hambre e inventos similares, gracias a la exitosa adaptación cinematográfica de Elio Petri (1965), titulada La décima víctima y protagonizada por Marcello Mastroianni y Ursula Andress. El propio Sheckley se encargó de novelizar la película… y a ese punto queríamos llegar.

Las novelas de Sheckley. No es que sean malas. Trueque mental no lo es, en absoluto, como tampoco lo son Los viajes de Joenes, Dimensión de milagros, Dramocles o, ya puestos, La décima víctima. Lo que sucede, por un lado (y esto se nota mucho en Trueque mental), es que muchas veces dan la impresión de estar formadas por relatos independientes hilvanados a costurones a una novela con la que no siempre guardan relación (véase la subtrama de Juan Valdez y de la búsqueda de Cathy, que es una novela dentro de la novela). Por otro lado, durante la década de 1960 Sheckley perdió el toque, como él mismo decía, redujo de manera drástica su producción de ficción breve, no supo adaptarse a la creciente mercantilización del mercado editorial (que pasaba, de manera inevitable, por dejar de escribir relatos y publicar novelas), se embarcó en una vida un tanto dispersa y alocada (que lo llevó a casarse cuatro veces y vivir a lo hippie en Ibiza durante largas temporadas) y, para cuadrar números, se vio abocado a aceptar proyectos, reescrituras y franquicias a cual más garbancera. Las más presentables son las novelitas de la franquicia de Bill, héroe galáctico de Harry Harrison (En el planeta de los cerebros embotellados) y algunas novelas de Star Trek y Babylon 5. Por resumir mucho, Sheckley se pasó quince años forjando una sólida reputación que lo convirtió en uno de los (¿cinco?, ¿diez?) mejores cuentistas de toda la historia de la ciencia ficción, y treinta años cayendo en barrena, al borde de la indigencia, hasta el punto de que sus últimos meses fueron todo un suplicio. Enfermó de gravedad en una convención en Ucrania, y solo se lo pudo repatriar gracias a lo que hoy en día llamaríamos crowdfunding de aficionados de todo el mundo, pero ya era demasiado tarde: Sheckley solo sobrevivió seis meses.

Trueque mental, como decimos, es una novela digna, tal vez caótica y dispersa pero llena de hallazgos, con personajes entrañables, la socarronería típica de Sheckley (la misma que lo convierte en una de las fuentes de inspiración más o menos reconocidas de series como Futurama y relatos emblemáticos de la ciencia ficción española como Cuestión de oportunidades, de Gabriel Bermúdez Castillo, y que lo habría convertido en un autor tan célebre como Kurt Vonnegut si hubiera perseverado), un buen ejemplo de una época en la que se podían escribir novelitas de doscientas páginas sin necesidad de estirarlas hasta lo absurdo, y toda la magia, el toque, que Sheckley dijo haber perdido no mucho después de escribirla. Marvin Flynn es el prototipo del personaje inquieto que sale del pueblo gracias a una agencia de intercambio de cuerpos para descubrir que el marciano con quien se ha intercambiado es un delincuente en busca y captura, y embarcarse en una aventura que lo lleva de Nueva Jersey a Marte, y de ahí hacia el infinito y más allá. En el camino tenemos comedia de enredo, novela de espionaje, picaresca a saco, policíaco metafísico, novelón romántico, un western y una vuelta al hogar digna de la de la Dorothy de El mago de Oz. Y todo eso, no lo olvidemos, y aun reconociendo que los bruscos giros argumentales deslucen un poco el resultado, en solo 256 páginas. Hoy en día se necesitarían varias trilogías para contar tantas cosas.

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Luz de estrellas lejanas, de George R. R. Martin

5 de febrero de 2013 en Biografí­as, Ciencia-Ficción, Literatura

Luz de estrellas lejanas, de George R. R. Martin

Sin duda, el éxito que ha acumulado George R. R. Martin gracias a su serie de Canción de hielo y fuego ha sido fundamental para la aparición de reediciones de sus primeras novelas, así como de la publicación de antologías, tanto recopiladas por él -pronto veremos Wild Cards 1- como sobre su obra. En este caso que nos ocupa, Luz de estrellas lejanas es un libro de lo más interesante para los seguidores de la obra del autor americano, ya que es en parte recopilación, en parte biografía.

En este primer volumen de su autobiografía literaria nos encontraremos algunos de sus cuentos dedicados al fantástico mientras Martin nos relata el momento y las circunstancias que acompañaban a su creación y publicación. Es curioso encontrarse los primeros cuentos que publicó, recomendados sólo para los muy curiosos, fanáticos o estudiosos de su obra, y poder hacer la comparación con sus primeros éxitos, relatos como La canción de Lya o El camino de la cruz y el dragón, los dos galardonados con el prestigioso Premio Hugo.

En Luz de estrellas lejanas podemos ver la evolución del estilo y la manera de narrar desde un Martin casi adolescente al Martin que ya ha terminado la universidad y trata de ganarse la vida como escritor profesional, todavía sin conseguirlo. Es una manera muy interesante de conocer el fandom americano de los años 70 y 80 a través de las anécdotas que va contando el autor, que nos habla de los grandes editores, como Ben Bova, y las revistas, que en aquel entonces eran la mejor manera de darse a conocer. Esta es una antología interesante, tanto para, como ya hemos dicho, los curiosos en conocer al Martin primerizo como por la alta calidad del resto de sus relatos.

Gigamesh va a publicar el resto de sus memorias literarias, en las que se añadirán otros cuentos y relatos, no sólo dedicados a la ciencia ficción sino también al resto de sus pasiones literarias, la fantasía y el terror, además de continuar explicándonos su trayectoria vital, que más tarde le llevaría a ser guionista de series de televisión como La bella y la bestia, y, por supuesto, a la escritura de Canción de hielo y fuego.

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Novelas post-mortem (I)

16 de noviembre de 2012 en Autores, Biografí­as

Verne - Agencia Thompson y Cia

Aunque es difícil separar al texto de su creador, sobre todo en una sociedad en la que la identidad del escritor va estrictamente asociada a lo que produce, y donde los derechos de autor son fuente de riqueza, prestigio o conflicto, es inevitable que en ocasiones las obras tomen una vida propia, más allá de los deseos de sus creadores, más allá, incluso, de la vida de estos. Y no hablamos solo de aquellos textos que sobreviven a los que escriben, textos que se convierten en testimonio y legado de un escritor de mayor éxito que sus colegas y coetáneos, sino de aquellos que van más allá de la propia voluntad de su demiurgo, aquellos que perduran en contra de su deseo o de manera diferente a como éste habría querido en vida.

Más allá de las obras publicadas de manera póstuma, podemos encontrar un buen número de libros y textos atribuidos a grandes nombres de la literatura pero que posiblemente fueran creados por otros autores, deseosos de aprovechar la fama y viabilidad comercial de sus predecesores. Esto es lo que se sospecha que ocurrió con gran parte de la producción publicada después de la muerte de Julio Verne. Basándose seguramente en manuscritos de su padre, se cree que Michel Verne escribió gran parte de estas novelas póstumas, de entre las cuales destacan títulos como La agencia Thompson y Cía o La asombrosa aventura de la misión Barsac. El investigador italiano Piero Gondolo della Riva ha ido aportado numerosos datos que hacen dudar de la autoría de algunas de estas novelas póstumas, basándose, entre otras muchas características, en una clara diferencia de estilo y en los manuscritos aportados al copista que se encargaba de transcribir los libros de Julio Verne.

Caso aparte es el de franquicias como Tarzán, el monarca de los monos creado por el estadounidense Edgar Rice Burroughs. Burroughs aprovechó de sobra el éxito de su personaje, y escribió más de veinte novelas de aventuras protagonizadas por el hombre criado en la selva. Pero parece ser que no eran suficientes, ya que tras su publicación comenzó a aparecer toda una serie de novelitas protagonizadas por Tarzán que procedían claramente de otras plumas. En Estados Unidos surgían bajo nombres ajenos y muchos fueron retirados de los comercios por los herederos de Burroughs, pero a nivel internacional les resultó mucho más difícil seguirles la pista. Los textos no iban firmados (los lectores asumían que habían sido creados por Burroughs) y gozaron de gran éxito en países como Argentina, Israel, o Siria (donde Tarzán era un héroe de la lucha árabe y ayudaba a sus amigos a frustrar los planes de sus enemigos israelíes).

Otra novela apócrifa que ha dado mucho de que hablar ha sido La novela de Violeta, una obra erótica que durante bastante tiempo se atribuyó a Alejandro Dumas. Se desconoce quién fue el verdadero autor, y algunos de los nombres que se han relacionado con ella han sido la marquesa Mannoury d’Ectot, Guy de Maupassant o Théophile Gautier. Se trata de otro texto cuyo verdadero origen se desconoce, por lo que cabe preguntarse cuántas otras obras se han publicado bajo nombres ajenos a lo largo de la historia, con la seguridad de que la muerte del supuesto autor ha cerrado su boca para siempre. En la segunda parte del artículo, sin embargo, nos centraremos no tanto en obras publicadas por herederos y escritores ajenos, sino en textos publicados bien contra la voluntad de su autor o bien de manera incompleta.

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Grandes autores que se quitaron la vida

10 de noviembre de 2012 en Autores, Biografí­as, Literatura

Escritores y suicidio

El suicidio es un tema considerado tabú, tanto por sus implicaciones emocionales, normalmente muy negativas, como por un cierto temor a un supuesto «efecto llamada» en el caso de que el hecho de quitarse la vida llegara a percibirse como algo más habitual de lo que a primera vista parece. Sin embargo, cuando el suicidio afecta a figuras públicas, como músicos o escritores, es mucho más difícil que pase desapercibido y trasciende hasta el gran público… o no. Hoy en Lecturalia os vamos a hablar de varios escritores que decidieron poner punto y final a sus vidas en un momento determinado.

Jack London fue un viajero incansable y un hombre comprometido políticamente durante toda su vida. Sus aventuras reales son casi superiores a las que describió en muchos de sus libros y recomiendo encarecidamente sus textos sobre viajes. Pese a todo, London siempre fue una persona atormentada y con numerosos problemas de alcoholismo. Muchos piensan que el 22 de noviembre de 1916, London acabó con su vida con una sobredosis de morfina.

Hunter S. Thompson, cuya figura está ahora recibiendo nuevos homenajes, fue el creador del periodismo Gonzo, no sé si más por necesidad que por buscar caminos nuevos. Thompson vivió sus últimos años entre el alcohol y las drogas, arriesgándose incluso a infiltrarse en la banda de motoristas de Los ángeles del inferno. Se suicidó a los 67 años, 17 más de los que, según él, necesitaba o quería. Se disparó con su propia arma.

Sylvia Plath fue una poeta de gran intensidad pero que jamás fue feliz en este mundo. Después de varios intentos de suicidio a lo largo de los años, Plath murió por una intoxicación de dióxido de carbono. Para saber más de esta autora americana, imprescindible su libro La campana de cristal. En 2001, el psicólogo James C. Kaufman presentó una investigación en la que hablaba del Efecto Sylvia Plath. Según su trabajo, los poetas son más dados a sufrir de enfermedades mentales que el resto de escritores, agravándose esta situación en el caso de que el poeta en cuestión sea mujer.

Otra poeta cuya vida se detuvo por su propia mano fue la argentina Alejandra Pizarnik, autora de poemarios como Los trabajos y las noches o El infierno musical, y muy conocida por La condesa sangrienta. Con 36 años, y tras varios intentos anteriores, Pizarnik se suicidó con una sobredosis de pastillas. A lo largo de su trayectoria había recibido una beca Guggenheim y una Fullbright.

Vsévolod Garshin no es uno de los autores rusos más conocidos. Hace poco reseñamos su obra La flor roja, un claro ejemplo de su desgraciado conocimiento de las instituciones mentales de su época. Garshin apuntaba a convertirse en uno de los grandes escritores de su generación. En 1882 se lanzó por el hueco de una escalera. Tenía sólo 33 años.

Escritor romántico por excelencia, Mariano José de Larra se suicidó con 27 años, siguiendo de fiel manera el trágico sentimiento de la vida en el que se vio envuelto. ¿La causa? Siendo un romántico del siglo XIX no podía ser otra que la del amor. Su separación de Dolores Armijo lo hundió en una severa depresión de la que sólo pudo escapar de un tiro en la sien.

Más reciente tenemos el caso de David Foster Wallace, novelista americano que parecía destinado a revolucionar por completo el panorama literario anglosajón gracias a obras como La broma infinita. Wallace se ahorcó en 2008, tras ser incapaz de superar una depresión que le había acompañado los últimos veinte años de su vida.

Un autor cuyo suicidio marcó su obra de una manera diferente a la de los demás fue John Kennedy Toole. Ninguna editorial quiso publicar la genial La conjura de los necios, algo que afectó al joven escritor de tal manera que acabó quitándose la vida al inundar su coche con el humo del tubo de escape de su coche. Años más tarde ganaría el Pulitzer de manera póstuma.

Sin duda, la muerte de Ernest Hemingway es uno de los suicidios más conocidos de la historia. Autor venerado en su país y de una influencia enorme en todo el mundo, Hemingway acabó sus días con un disparo de escopeta en 1961, harto de sufrir una enfermedad que en los últimos años había minado su salud y de la que no encontraba salida.

Emilio Salgari se quitó la vida al estilo del suicidio ritual japonés tras varios años de frustración completa al ver cómo sus obras se vendían por todo el mundo mientras que él, como autor, apenas recibía dinero de sus editores. Su carta de despedida fue una acusación muy dura y se levantó una fuerte polémica a su alrededor.

Ryunosuke Akutagawa fue uno de los principales escritores de Japón; en su homenaje se entrega actualmente el más importante de los premios literarios de su país. Akutagawa fue otro de los que murieron demasiado pronto, con apenas 35 años decidió tomar una sobredosis de barbital al no poder sobrellevar los síntomas de una incipiente esquizofrenia.

Uno de los autores que gozaron de una gran popularidad y que luego fueron olvidados fue Sándor Márai, escritor húngaro cuyo estilo realista y su activismo político contra los nazis le llevaron al exilio en Estados Unidos. En 1989 acabó con su vida de un disparo, cansado de luchar contra un duro cáncer. Hoy en día su obra se está recuperando y se le sitúa al mismo nivel que otros autores como Joseph Roth.

Cesare Pavese destacó tanto por su obra literaria, de las más importantes del siglo XX italiano, como por su compromiso social y político. Precisamente, su desengaño sobre la política y problemas personales desembocaron en una depresión de la que sólo escapó con una sobredosis de barbitúricos en 1950. Ese año ganó el Premio Strega, el más prestigioso de su país.

La lista no acaba ahí, claro. Es mucho más larga. Estremecedoramente larga, diría. Me hace pensar si es por el hecho, como ya he comentado, de ser figuras públicas o si la vida al filo del escritor influye en buscar este tipo de salida. Resulta entristecedor leer sobre todos esos jóvenes autores, con apenas 30 años, que no encontraron su lugar en este mundo cuando tenían tanto que ofrecer. Una verdadera lástima.

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Los autores que no amaban a otros autores

12 de septiembre de 2012 en Autores, Biografí­as

Escritores enfadados

El ego del escritor es legendariamente inmenso, y con los grandes talentos llegan, con frecuencia, grandes y conflictivas personalidades. Por tanto, no ha de extrañarnos que las disputas entre autores (y, por supuesto, las disputas entre autores y críticos) estén a la orden del día.

Todos recordamos aquel soneto A una nariz de Quevedo, tal vez la muestra más famosa que tenemos en la historia de la literatura española de un desencuentro entre grandes autores. Pero las broncas literarias no son exclusivas de un solo país, cultura o época. Hay odios, desprecios y rencores para elegir, como en todas las familias.

La animadversión no se limita a los coetáneos, ya que muchos autores han expresado, de manera vehemente, su aberración por escritores ya fallecidos. Algunos hasta han insistido en su deseo de desenterrar al autor detestado para aporrear su esqueleto, como le ocurría al dramaturgo George Bernard Shaw, que odiaba tanto las obras de William Shakespeare que afirmaba que la intensidad de mi impaciencia con Shakespeare llega a veces hasta tal punto que sería para mí un alivio desenterrarlo para tirarle piedras, conociendo como conozco tanto su incapacidad como la de sus adoradores para entender cualquier forma menos obvia de humillación. Claro está que Shaw también tenía sus detractores; de él dijo H. G. Wells (autor de La máquina del tiempo o La guerra de los mundos) que era un niño idiota gritando en un hospital. Y aquello de vejar cadáveres no se quedaba en el célebre dramaturgo irlandés; Mark Twain decía de Jane Austen, autora de grandes clásicos de la novela decimonónica como Sentido y sensibilidad que cada vez que leo Orgullo y prejuicio quiero desenterrarla y pegarle en el cráneo con su propia tibia.

Ni los más grandes y populares se libran del odio de sus colegas escritores. Y qué decir de críticos y teóricos: Harold Bloom dijo de J. K. Rowling, en el año 2000: ¿Cómo leer Harry Potter y la piedra filosofal? Bueno, con mucha prisa, para poder llegar al final. ¿Por qué leerlo? Si es imposible convencerte de que leas otra cosa mejor, imagino que Rowling tendrá que servirte. Stephen King, sin embargo, defendía a Harry Potter, aunque no puede decirse lo mismo de Crepúsculo: Tanto Rowling como Meyer le están hablando de manera directa a los jóvenes. La diferencia es que J. K. Rowling es una autora excelente y Stephenie Meyer no sabe escribir. No es muy buena.

Ni siquiera ese gran favorito de la literatura española, Cervantes, se libra del desprecio ajeno. Martin Amis dijo del Quijote en una ocasión: Leer Don Quijote podría compararse con una visita indefinida de tu pariente anciano más insoportable, con todas sus travesuras, costumbres asquerosas, relatos interminables y amigos terribles. Cuando termina la visita, y el viejo por fin se marcha (en la página 846 de una prosa apretada, sin pausas para el diálogo), llorarás, pero no lágrimas de alivio o arrepentimiento sino de orgullo. Lo conseguiste, a pesar de todo lo que Don Quijote podía hacerte.

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Adiós a las armas… de 47 maneras diferentes

13 de julio de 2012 en Autores, Biografí­as, Literatura

Adios a las armas

Ernest Hemingway aportó un buen puñado de obras maestras a este mundo de luces y sombras que es la literatura. Su importancia como escritor a veces se nos escapa a los que no somos practicantes del idioma de Shakespeare y por eso nos llaman la atención noticias sobre él como la que nos llega ahora: publicarán Adiós a las armas con cuarenta y siete finales distintos.

Hay que revisar bien la noticia para entender bien de qué están hablando. Los cuarenta y siete finales no son finales alternativos como tales, sino, más bien, los distintos borradores que manejó el autor americano antes de dar con las palabras definitivas. En los buenos viejos tiempos en los que no se podía borrar una frase de la máquina de escribir no es de extrañar que se acumularan las páginas llenas de cambios. Afortunadamente para los herederos de Hemingway y sus actuales editores, al parecer nadie tiraba una página a la papelera y gracias a ello podemos acceder hoy al proceso creativo que rodeó el final de una de las obras clave de la literatura norteamericana.

No contentos con esta versión en DVD con finales alternativos, el libro aparecerá con material de archivo que hasta el momento se había limitado a investigadores y académicos. Además, también vendrá con los títulos que se barajaron para el libro, tales como Love in War, Every Night and All, World Enough and Time, Of Wounds and Other Causes o The Enchantment. Por si fuera poco, también habrá párrafos descartados de algunos capítulos.

A falta de saber su podrán algún día montar la voz en off de Hemingway para el making off de una nueva versión, ¿qué os parece este tipo de ediciones? ¿Es interesante saber qué descartó el autor para encontrarle significados nuevos a una obra o es una maniobra más para exprimir el legado de un autor famoso?

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En memoria de Bradbury

21 de junio de 2012 en Autores, Biografí­as, Ciencia-Ficción, Literatura

Ray Bradbury

Si has estado de vacaciones en Júpiter durante las últimas semanas, es posible que no te hayas enterado de la muerte del escritor nonagenario Ray Bradbury. Internet está repleta de homenajes, artículos y lamentos varios dedicados al autor de Farenheit 451, ese libro cuyo título hace referencia a la temperatura a la que arden los libros.

Bradbury era uno de esos nombres escasos que sirven como puente entre los lectores de literatura general y aquellos que se decantan sobre todo por la ciencia ficción, junto a otros autores “nexo” como George Orwell (1984), Kurt Vonnegut (Matadero cinco) o Philip K. Dick (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?). Sus libros han marcado a toda una generación de lectores y de escritores de todos los géneros y especialidades. Por esto, era de esperar que con su fallecimiento a los 91 años comenzara a surgir todo tipo de obras y recopilaciones en su recuerdo.

El compendio que más me ha llamado la atención, y que sin duda querríamos que se tradujera lo antes posible a nuestro idioma, es Shadow Show, un conjunto de relatos hasta ahora inéditos e inspirados por Bradbury, escritos por algunos de los más grandes nombres de literatura fantástica actual: Neil Gaiman, Audrey Niffenegger, Ramsey Campbell y Margaret Atwood, entre otros. La publicación es una iniciativa conjunta de Gauntlet Press y Borderlands Press, editada por Mort Castle y Sam Weller, y pretende ser una tirada limitada de libros numerados y firmados.

En cuanto al escritor en sí, me quedo con las palabras de Neil Gaiman, quien contó lo siguiente tanto en su blog como en un artículo escrito a propósito para el periódico británico The Guardian:

Last week, at dinner, a friend told me that when he was a boy of 11 or 12 he met Ray Bradbury. When Bradbury found out that he wanted to be a writer, he invited him to his office and spent half a day telling him the important stuff: if you want to be a writer, you have to write. Every day. Whether you feel like it or not. That you can’t write one book and stop. That it’s work, but the best kind of work. My friend grew up to be a writer, the kind who writes and supports himself through writing.

Ray Bradbury was the kind of person who would give half a day to a kid who wanted to be a writer when he grew up.

La semana pasada, mientras cenábamos, un amigo me contó que cuando tenía 11 ó 12 años conoció a Ray Bradbury. Cuando Bradbury se enteró de que mi amigo quería ser escritor, lo invitó a su oficina y se pasó medio día informándole de todas las cosas importantes: si quieres ser un escritor, debes escribir. Todos los días. Te apetezca o no. Que no puedes escribir sólo un libro y detenerte ahí. Que es trabajo, pero es el mejor tipo de trabajo. Con el tiempo mi amigo se convirtió en escritor, del tipo que escribe y además vive de lo que escribe.

Ray Bradbury era el tipo de persona que sacrificaría la mitad de un día por un niño que quería ser escritor de mayor.

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El destino kafkiano de los documentos de Kafka

12 de junio de 2012 en Autores, Biografí­as, Literatura

Kafka

Kafka es uno de esos escritores que han sabido hacerse un hueco en el canon literario con una producción muy escasa. Esto se debe, sobre todo, a que el escritor de origen checo, que murió en Austria en 1924, ni siquiera quería que sus obras vieran la luz. En vida apenas publicó un puñado de historias cortas, y le pidió a Max Brod, su amigo y posterior biógrafo, que destruyera el resto de sus obras, todas inéditas.

Ni Brod ni Dora Diamant, la compañera final del escritor, cumplieron del todo sus deseos respecto a sus obras sin publicar. Aunque quemó gran parte de los papeles de su amante, Dora guardó durante años varios cuadernos y cartas de éste, que finalmente fueron confiscados por la Gestapo en 1933 y que siguen desaparecidos. En cuanto a Brod, se llevó una maleta marrón repleta de papeles de su amigo de la antigua Checoslovaquia, huyó a Palestina y poco a poco fue publicándolos.

Sin embargo, Brod no llegó a compartir todo el contenido de aquella maleta. Ésta quedó en posesión de su secretaria, Esther Hoffe, residente de Tel Aviv, de quien se sospecha que tuvo una relación amorosa con Brod (en las narices, parece ser, de su propio marido e hijas). A la muerte de Hoffe, la maleta pasó a ser propiedad de sus dos hijas, Eva y Ruth. Fue la propia Esther la que vendió el manuscrito de El proceso, por la nada desdeñable cifra de dos millones de dólares, en 1939.

En la actualidad, el valor del contenido de la maleta de las hermanas Hoffe es incalculable. Se desconoce qué había exactamente dentro de esta pieza de equipaje que siguió a Brod en sus viajes, pero el estado de Israel está, como es obvio, bastante interesado. Reclama para sí estos documentos, acusando a las Hoffe de no tener ningún derecho sobre la maleta. Por otro lado, tras la muerte de Ruth, todo queda en manos de su hermana Eva, una mujer soltera, sin hijos, que vive en un hogar vacío con la única compañía de sus gatos. Para ella, la maleta, cuyo contenido guarda en celoso secreto, es su único legado. Su abogado afirma que el intento del estado de Israel por describir a Kafka como un escritor israelí o con alguna conexión a Israel es completamente absurdo, algo con lo que están de acuerdo estudiosos y académicos de otros países, que desean que los papeles del autor checo de origen judío no caigan en manos de un país en exclusiva, para que puedan ser accesibles para cualquier persona interesada. Eva Hoffe insiste en que los documentos de Kafka estarían a mejor recaudo en las bibliotecas de otro país como Alemania. La élite intelectual israelí insiste en la importancia de vincular a Kafka con su cultura, y aduce, por ejemplo, el interés del propio Kafka por aprender hebreo y su sueño de vivir en Israel (entonces Palestina), algo que puede observarse en los documentos personales que sí se conservan del escritor y que están disponibles para el público.

Mientras, las posesiones de Eva Hoffe están celosamente guardadas en diferentes cajas de seguridad esparcidas por Europa y, una vez más, el duelo entre los guardianes de una herencia literaria y el estado que la acoge es responsable de que una serie de documentos de inmenso valor cultural estén lejos del alcance de los que realmente los necesitan: todos los lectores.

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De biografías inventadas y otras falsedades (I)

14 de abril de 2012 en Autores, Biografí­as, Literatura

En mil pedazos

Como ocurre con cualquier sector, el ámbito literario también tiene su larga lista de tramposos, plagiadores, mentirosos y desvergonzados que no han dudado a la hora de fabricar grandes estafas con el objetivo de hacerse ricos y famosos. Uno de los géneros más populares para ello es el de la autobiografía, ya que la tentación de convertir una vida ya de por sí llamativa en una vida espectacular es demasiado grande, y con frecuencia los mayores engaños no proceden de la avaricia sino del propio orgullo.

En este sentido, uno de los casos más impactantes de nuestro tiempo fue el de James Frey, autor de En mil pedazos. Frey describió, utilizando un estilo curioso, casi de monólogo y flujo de conciencia, su difícil experiencia como ex-adicto, y su novela alcanzó un éxito impresionante, sobre todo después de una recomendación personal de la diva estadounidense Oprah Winfrey, cuyas opiniones suelen significar cifras millonarias de ventas para las obras que tienen la suerte de caer en sus manos y, lo más importante, gustarle. Sin embargo, una serie de investigaciones llevadas a cabo por diversas publicaciones como The Smoking Gun o The Star Tribune terminaron por demostrar que muchos de los datos que había dado Frey en su libro, como el tiempo que había pasado en la cárcel o el suicidio de uno de los personajes, eran o bien falsos o por lo menos cuestionables. En un nuevo encuentro televisado con Oprah, Frey tuvo que admitir que había exagerado y modificado partes de su obra, con motivaciones tanto personales como estilísticas, y es más, la propia editora de su libro, la prestigiosa Nan Talese, vicepresidenta de la inmensa firma editorial Doubleday, tuvo que admitir ante el público televidente que no había comprobado la veracidad de la novela de Frey, obra que ante otros había vendido como “brutalmente honesta” y totalmente verídica.

No terminaron aquí los problemas de Frey, que fundó un sello editorial en 2009 llamado Full Fathom Five, buscando emular el éxito de sagas como Crepúsculo creando novelas de consumo rápido dirigidas a un público joven. En noviembre de 2010, una estudiante universitaria publicó en Internet el contrato que había firmado con dicho sello, un acuerdo legal tan injusto y restrictivo (entre otras cláusulas inaceptables, afirmaba que a los autores se les podía eliminar de un proyecto sobre la marcha, y que podía publicarse su obra sin usar su nombre, además de establecer un anticipo bastante ridículo como pago), y poco a poco salió a la luz que Frey utilizaba mano de obra universitaria para producir libros como churros, ofreciéndoles a cambio una escasa compensación tanto económica como personal, con poco o ningún respeto por su posición como autores.

A pesar de todo, Frey sigue activo en el mundo literario, si bien sus libros posteriores a En mil pedazos han recibido críticas muy dispares, oscilando entre reseñas que lo consideran brillante y otras que lo definen como un autor de baja estofa. Siempre habrá escritores dispuestos a mentir para alcanzar el estrellato, y de ello seguiremos hablando en la segunda parte del artículo.

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James Frey
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Mis memorias, de Eugène-François Vidocq

22 de marzo de 2012 en Autores, Biografí­as

Mis memorias, de Eugène-François Vidocq

Personalmente, creo que Vidocq es uno de los personajes más interesantes del siglo XIX francés y cuya influencia en el pensamiento político moderno, sobre todo en lo que concierne a los servicios secretos y la policía, va más allá de lo que muchos conocen.

Pero hagamos un poco de historia, ¿quién es Vidocq? ¿Qué hizo para servir de inspiración a Balzac, Dumas, Víctor Hugo o incluso a Doyle? Los datos que podemos manejar vienen de una biografía de dudosa atribución al propio Vidocq (lo más probable es que fuera un autor contratado para dar forma a sus recuerdos… o invenciones) y la verdad es que su vida, si es tal cual la podemos leer, da para mucho.

Desertor del ejército tras militar en los granaderos -un cuerpo de élite-, Vidocq fue condenado a la guillotina -de la que se libró, así como de un matrimonio no deseado- y acabó por unirse a una banda de ladrones. En esa época de su vida, Vidocq se comportó como un verdadero libertino, entre prostitutas, sonoros atracos y en una lucha constante con la guarida de París. Fue arrestado innumerables veces y otras tantas escapó. Llegó hasta combatir como corsario contra barcos ingleses, sin que eso mermara nuevas oportunidades en su vida para delinquir, ser encerrado y volver a escapar. Tras varios intentos de llevar una vida más normal, sin demasiado éxito, Vidocq se entregó a la policía y comenzó a trabajar como soplón. Con el tiempo, Vidocq creció en influencia y fue responsable de la formación del cuerpo que llegaría a ser la Sûreté Nationale (Seguridad Nacional) convirtiéndose en uno de los hombres más poderosos del París de la Restauración, aunque también mantuvo su despacho abierto para atender casos privados. En los últimos años de su vida, Vidocq cambió las intrigas callejeras por las políticas en despiadados juegos de poder.

Como veis Vidocq fue todo un personaje que, además, dotó de mayor entidad a la criminología científica y que se hizo famoso por toda Europa, sirviendo de modelo a los primeros detectives de ficción. En tiempos más recientes, Vidocq sirvió también de inspiración a una curiosa película francesa protagonizada por Gerard Depardieu.

Pues bien, la gente de Libros del Silencio edita su biografía. Es uno de esos libros peculiares que no suelen ser muy conocidos, pero creo yo que, viendo el caldo y calaña del personaje, merece la pena que le echemos un vistazo, ¿verdad?

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